CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
El sueño
convertido en pesadilla
Scorsese contiene su megalomanía fílmica para
abordar de forma solemne una historia sobre los infiernos
personales de una seduc-tora figura tan importante en el Hollywood clásico como lo fue Ho-ward Hughes.
Magnate,
productor, cineasta, pione-ro de la ingeniería aeronáutica,
colec-cionista de amantes, Howard Hughes pertenece a esa estirpe
de personali-dades del Hollywood Clásico que se han ganado (para
bien o para mal) un puesto de honor en la Historia, mucho más
allá del Séptimo Arte. Sobrino del escritor y cineasta Rupert
Hu-ghes, Howard fue de los hombres jó-venes más ricos del mundo al
heredar la Hughes Tool Company, que admi-nistraba la mayor parte
del petróleo de Texas. Apasionado por la aviación, llegó a
plantarle cara al monopolio aé-reo de la PanAm al adquirir
la TWA,
siendo uno de los grandes de la RKO antes de llevarla a la
quiebra. Descubrió starlettes como Je-an Harlow, Jane Creer,
Jane Russell o Terry Moore; Hughes fue un vividor, un mecenas
extravagante y uno de los modelos que no apa-reció en los títulos
de crédito de "Ciudadano Kane" de Welles. Pre-cisamente con esta
figura, la película de Scorsese evidencia tener algún vínculo
desde su prólogo, cuando en la infancia de Hughes se observa un
elemento que le perseguirá a lo largo de su vida. Pero ahí se
acaba cualquier comparación entre ambas películas (sería ilícito
equipararlas), a pesar de narrar la odisea de dos hombres tan
parecidos como Charles F. Kane y Howard Hughes, dos complejas
personalidades; megalómanos, excéntricos, ambiciosos, soñado-res
y visionarios.
"El aviador" es el vehículo idóneo para que Martin Scorsese haya
podido componer eso que tanto tiempo llevaba buscan-do: una
entusiasta oda de amor al cine clásico, al viejo Holly-wood de la
Época Dorada, con una cuidada reconstrucción estética y
argumental. Rebelde y kamikaze no sólo en el aire, si-no también
en el cine, en la vida y en el amor, la figura de Hughes es
englobada en esta película en un próspero lapso de tiempo para
el rico heredero, ubicándose tan sólo en sus dos décadas más
glo-riosas, ya que si bien podría haber recogido numerosos
capítulos de su abrumadora biografía, Scorsese ha preferido
destinar el me-traje a sus logros, parte de su enajenación
creciente y al taxativo viaje al tormento de un personaje
problemático, de esos que tanto fascinan al director. No
estamos, por tanto, ante un biopic, ni mu-cho menos ante una
hagiografía, ni siquiera se ocupa "El aviador" en desglosar los
episodios más importantes de su vida como pode-roso magnate,
amante o aviador, sino que Scorsese y su guionista
John Logan
sitúan este periodo fraccionándolo a lo largo de un viaje
interno, de la lucha de un hombre contra sus infiernos. Un via-je
a la cima del mundo que tiene como regreso un amargo tránsito a
una habitación solitaria y
mugrienta. Como su propia vida, inmer-sa en un concepto
enfermizo, a modo de virus que coartaba su co-lérica propensión
al aislamiento, Hughes se enfrentó a todo aquello que pudiese
romper sus ambiciones y deseos, con
un apego a la trasgresión de los cánones de su
época, de un modo obsesivo, co-mo todo en Hughes.
En ese
sentido, el filme muestra un personaje atormentado e ina-daptado
por su forma de ser, aisla-do debido a una sociedad que no le
comprende, por lo que Hughes no está muy lejos de los
representados en Travis Blickle, Henry Hill, Rupert Pupkin, Jake
La Motta o Jack Pierce, pues todos
ellos unen sus caminos en un sendero de perdición, entre la
paranoia y la desalentada lucidez de una confusión gradual.
Posiblemente si Howard Hughes hubiera muerto en uno de sus
aparatosos accidentes de avión, habría sido recordado como un
mito, como aquellos que viven intensamente y dejan un bonito
ca-dáver. Al no ser así, Scorsese disecciona un recorrido que
transcu-rre del mito a la caricatura, del héroe mediático a un
personaje gro-tesco víctima de sí mismo, recluido en un
apartamento, torturado por sus propios delirios de grandeza. No
muy lejos de los terrenos explorados por el cineasta italoamericano, donde la vida acaba co-mo una pesadilla que es
necesaria vivir para expiar los errores e im-prudencias y
redimirlos con una (aunque sea pasajera) ascensión al
equilibrio, a la armonía perdida. "El aviador" se presenta como
una lección de cine que resulta posible, en definitiva, porque a
su director le interesa mucho más el declive
paranoico-compulsivo de Hughes y su lucha contra los ataques
de la gran industria que la re-construcción del Hollywood
vivido por el personaje, su vertiente de mujeriego o su esencia
aventurera y suicida. Una estructura que no abandona Scorsese
con esa insurrección de Hughes en el juicio fi-nal, mostrando su
mayor brillantez y saliendo airoso de sus acusa-ciones cuando
parecía que su locura y manías habían acabado por devorarle. Y
lo hace centrado en una historia de dobles sentidos y
perspectivas, bajo las que subyace la enérgica imaginería de uno
de los grandes clásicos, tal vez el último, de la Historia del
cine.
Scorsese contiene para ello su
megalomanía fílmica, pero no su propensión a cierta mitomanía
que llega a someter a la historia hasta un cierto punto de
convencionalismo, justifi-cando, a pesar de ello, su pericia
narrativa, llena de épica en esta maravillosa
crónica simultánea de una victoria
oca-sional y de un fracaso personal. Por eso, tras observar la
caída en los infiernos de la locura, Hughes encara al Comité que
lo acusa de quedarse dinero del Ejército con una conquista
momentánea, consiguiendo pilotar el Hércules en su primer y
único vuelo, para dejarlo sumido nuevamente en los lóbregos
pozos de su perturba-ción, delante de un espejo, repitiendo una
frase (“el camino hacia el futuro”), como fatal letanía que le
llevaría a acabar sus días recluido y totalmente desequilibrado.
Desde un punto de vista biográfico, tal vez se haya dado
demasiada importancia a la parte romántica de la vida de Hughes,
ya que no fueron los triunfos en cualquiera de los campos en los
que probó suerte donde reside su leyenda, sino en su final, en
la paradójica locura de un hombre que pudo reinar. Sin embargo,
aunque se contenga y la película sea menos turbulenta y
amarga de lo que cabía esperarse, no deja de estar presente ese
punto característico de corrupción y decadencia fatalista que
tan bien despliega Scorsese. No obstante, se echa de menos su
rela-ción con Al Capone, su desastrosa gestión al frente de la
RKO y su colaboracionismo anticomunista (aunque se manifieste en
la breve secuencia protagonizada por Willem Dafoe).
Virtuosa reconstrucción de un
hombre y su época, "El aviador" va trazando ese poema de
ampu-losidad operística de esplendor aventurero a través de la
mirada de un personaje caótico y revolu-cionario, próvido amante
con agi-tada vida sentimental. Pero, ante todo, deteniéndose en
sus litigios per-sonales contra un periodo de absolu-tismo
político, social y en el mundo del cine. Tres apartados que
sirven a Scorsese para exponer su dominio de la narrativa en
secuencias que tienen como protagonistas a un L.B. Mayer que
menosprecia a un ambi-cioso Hughes, cuando éste pide dos cámaras
más para incorporar-las a las 24 que ya tiene para "Ángeles del
Infierno", el enfrenta-miento en los despachos de la MPAA contra
Breen, que dirigió el sistema de censura de Hollywood y, en su
final, el brillante plantea-miento del juicio en el que
Owen Brewster pretende hundir al mag-nate en
beneficio de Juan Trippe, dueño de la todopoderosa
Pan-Am. Todo ello evidencia
una personalidad inabarcable, movida de forma desbordante por la
pasión de la ambición y el talento. Scor-sese tampoco obvia su
ardua y excesiva vida sentimental que ilus-tra multitud de
romances; a veces manifiestos (como con Jean Har-low, Ava Gardner
o Faith Domergue) o insinuados (el caso de Jane Russell o Bette
Davis). Pero el cineasta y su guionista han preferi-do concentrar
este aspecto en la relación más importante de la vida de Hughes;
la que estuvo a punto de acabar en boda con Katharine Hepburn,
ilustrado en uno de los momentos más románticos del ci-ne de Scorsese, mientras Hughes observa pilotar a Hepburn y,
consciente de su escrupulosidad, mira la botella de leche de la
que acaba de beber la genial actriz para, sin miedo, sorber con
la segu-ridad de haber encontrado un alma gemela, una
inconformista co-mo él que comprende sus paranoicas manías,
aunque, como reco-noce el personaje de Hepburn poco después,
“Howard Hughes es demasiado Howard Hughes”.
Martin
Scorsese ejerce en "El aviador" de exegeta fílmico, de me-tódico
estudioso del cine de la Época Dorada, donde no falta cierta
dosis de manierismo y virtuosa reconstrucción de la época,
explíci-ta y deliberadamente enfática y grandilocuente,
a veces excesiva, pero siempre delimitada a una línea narrativa
de perfecta sutileza, de puro cine clásico. Este laborioso
trabajo visual es ejemplar debi-do al conjunto de exquisiteces
que componen la cinta. Así, Robert Richardson propone un juego
cromático intencional, ya que en la primera hora
no existen los verdes y todo es aséptico e
higienizado (con gamas de azulados diáfanos), para avanzar con
un progresivo aumento del colorido ocre y terrosos, y acabar la
película en un es-cabroso verde intenso, afectado ya por toda la
sociedad y el mundo que rodea a Hughes. Sólo hay color en el
cielo (metáfora de la li-bertad del magnate) o en el ramo de
flores que invoca sus mejores recuerdos. "El aviador" es un
filme de intensidad creciente, argumentalmente eficaz y de un
ritmo lúcido e intachable (hay que recordar los 166 minutos de
duración), una consecu-ción procedente, como en toda obra de Scorsese, de la edi-ción de la gran maestra montadora
Thelma
Schoonmaker. Si a esto añadimos el trabajo que
Ferretti,
LoSchiavo y
Powell en el diseño de producción, los decorados y
el vestuario, respectiva-mente, en conjunto, el filme sólo admite
adjetivos superlativos.
Para
Leonardo DiCaprio el reto de
interpretar a Hughes le podría, a priori, haber quedado muy
grande, debido, en gran parte, a la invitación al histrio-nismo
que conlleva dar vida a un per-sonaje en constante declive que
cae en las redes de la locura. Pero el re-sultado es un
espléndido trabajo de contención encomiable, tanto en la
in-terpretación de los arrogantes éxitos de Hughes, como en su
degeneración psíquica, su sordera y los problemas de identidad
del ambicioso millonario. DiCaprio deja emerger el lento
in-timismo de un hombre enfermo, atrapado por sus fobias, sus
malsanas obsesiones y ese miedo que le conduce de forma
inevitable a locura y la soledad. Del resto del reparto
sobresale la exactitud y el riesgo con la que la gran y luminosa
Cate Blan-chett aborda un papel tan difícil como es el de dar
vida en una in-terpretación conmovedora, con los amaneramientos y
sofisticación de la gran impulsiva e indócil Katharine Hepburn.
John C. Reilly, el sobresaliente
Alan Alda y un cada vez mejor
Alec Baldwin com-ponen minuciosamente los apoyos del gran DiCaprio. No se puede decir lo mismo de la pobre
Kate Beckinsale,
que sale un tanto desafortunada en su recreación de Ava Gardner.
Mejor suerte co-rren Gwen Stefani,
Jude Law y
Kelli Garner al realizar práctica-mente un cameo.
Scorsese, al que se ha intentado
equiparar en minuciosidad y arrojo al mismísimo Howard Hughes,
observa a lo largo del filme a su personaje con la perspicacia,
la compasión y, hasta cierto pun-to, la admiración necesaria para
concebir una película que, más allá de su grado de "encargo",
es
una cinta donde cada rasgo, cada plano y la disposición
narrativa con la que lo aborda se identifica con la obra de uno
de los clásicos modernos más imprescindibles de la historia del
cine. Estamos, por tanto, an-te la primera gran película de este
2005 que acaba de empezar.
Calificación:
    
Imágenes de "El aviador" - Copyright © 2004 Warner Bros.
Pictures, Miramax Films, Initial Entertainment Group, Forward
Pass, Appian Way, Cappa Productions e IMF. Distribuida en España
por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
Página
principal de "El aviador"
Añade "El aviador" a tus películas favoritas
Opina sobre "El aviador" en nuestra Lista de Cine
Suscríbete
a la Lista de Cine si todavía no eres miembro
Recomienda "El aviador" a un amigo
|