CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
Una vez más, los ricos también
lloran
Cuenta
la rumorología oficial que cuando Orson Welles creó a su mag-nate
de la prensa Charles Foster Ka-ne como personaje central de
“Ciuda-dano Kane”, lo hizo inspirándose en las personalidades de
Howard Hughes y William Randolph Hearst, dos figu-ras públicas
coetáneas cuyo atracti-vo, para bien o para mal, no dejaban
indiferente a nadie. Las similitudes entre la biografía del
ficticio Kane y Hearst resultaban a todas luces tan evidentes, que el segundo
intentó de-tener la producción de aquel film, que se convertiría
con el transcurso de las décadas en uno de los más celebrados de
la historia del cine —este conflicto, entre otras inte-resantes
anécdotas, se recogen en la estimable “RKO 281” de Benjamin Ross, donde James
Cromwell interpreta al mencionado multimillonario—. En cuanto a
Hughes, si bien sus actividades po-co tenían que ver con las de
Kane en la gran pantalla, su carácter rompedor, visionario y ambicioso los acercaba
mucho
entre sí —incluso con el propio Welles—. Quizás por eso en la
presente recreación que de la vida de Howard Hughes ha hecho Scorsese, es posible avistar
cierta influencia cinematográfica de
“Ciudadano Kane” —que "El aviador" y "RKO 281" compartan
guionista tampo-co se me antoja gratuito—, así como algunos
atisbos de “El último magnate” de Elia
Kazan, cinta de 1976 basada en una novela de F. Scott Fitzgerald.
Martin Scorsese, uno de los
grandes maestros del séptimo arte que todavía se mantienen en
activo, siempre ha sentido una predilección natural por las
personalidades fuertes, estri-dentes, incomprendidas,
problemáticas, que, si no bordean directamente la locura, sí
se ven atormentadas por traumas pasa-dos que lastran su
felicidad futura. No cuesta entender, pues, que el director de
“Taxi driver”, “Toro salvaje” o “Uno de los nuestros”,
emprendiera esta película casi como un proyecto personal y se
volcara en él con patente entusiasmo, algo que se vio reforzado
por retratar, a la vez, un periodo glorioso para la industria
del cine y to-da la sociedad que giraba en torno a la Meca.
“El aviador” es,
como anunciaba, un acercamiento voluntarioso, más ama-ble que
insidioso, a las grandezas y
miserias de Howard Hughes, influyen-te empresario tejano, joven
heredero de una gran fortuna familiar, que com-paginó sus
negocios en el cine y en la aviación —sus dos grandes pasio-nes,
sobre todo la última, junto a las mujeres—, quedándole todavía tiempo
libre para repartir
sus encantos y atenciones entre una larga colección de féminas —algunas de
ellas céle-bres actrices del momento—, lo que lo catapultó al
papel couché como afamado playboy. Excéntrico, caprichoso,
descarado, impulsivo, temerario, despilfarrador, muy consciente del poder
que otorga el dinero —hasta para “comprar”, si cabe, la
meteorología, como se nos muestra durante su descabellado rodaje
de “Ángeles del in-fierno”—, pero también un luchador nato,
vital e inconformista, con
una insólita capacidad de recuperación y una visión de futuro
envi-diable; defectos y cualidades, en realidad las dos caras de
una misma moneda, que le acarrearon tantos enemigos como
fascina-dos devotos
—sin duda, su mayor rival, Juan Trippe, no dejaba de admirar su
emprendedora clarividencia y su obstinado empeño en superarse
continuamente—. Pero este
hombre llamado a la gloria por su posición socio-económica, su
inteligencia y su audacia, su-fría algunas debilidades que se negaba a
reconocer, igual que se empecinaba en vencer cualquier otro
obstáculo: una notable sorde-ra y, sobre todo, una manía con la higiene, la
comida y el contagio de enfermedades —imbuida, según se nos
insinúa en la introduc-ción, por
su madre,— propia de la neurosis obsesivo-compulsiva, alteración que le
abrió las puertas hacia un deterioro mental en aumento.
Es éste, en
cierto sentido, un biopic al uso, que sigue un esquema clásico
de ascenso y declive, pero con importantes matices, y toca cuantos palos le permite
su ya de por sí pro-longada duración. Porque el férreo y
detallista guión
de John Lo-gan sólo aporta unas pinceladas —por otro lado, harto
elocuen-tes— sobre la infancia del protagonista, y el relato
irrumpe, propia-mente, con un Hughes en alza, enfrascado en la
costosa y titánica filmación de “Ángeles del infierno” para
abrirse un hueco en un mundo que lo menoscababa —que
ya da buena cuenta de su talan-te y determinación—, y acaba con otro relativo
éxito moral de este prócer, lejos todavía de su ocaso, consumido
por las drogas y la enajenación, como si no quisiera dejarnos con un
sabor amargo en la boca.
“El aviador” repasa, así, la faceta
pú-blica, profesional y personal de Hu-ghes, sus triunfos y
fracasos, dete-niéndose con especial atención en su carrera como
director —tras dilapidar tiempo y dinero con la ya mencionada “Ángeles
del infierno”,
lanzó a Jane Russell en “El forajido”, enfrentándose a la
censura, y produjo “Scarface” de Howard Hawks—, en sus logros en
el terreno de la aeronáutica —piloto e in-geniero, diseñó
revolucionarios prototi-pos, batió récords de velocidad, y se
hizo cargo de la TWA—, marcados por las rivalidades con la
competencia a causa del monopolio de la PanAm en las aerolíneas
comerciales y las oscuras trabas guber-namentales, y en sus relaciones
amorosas con las mujeres —frustradas o insatisfactorias; en
cualquier caso, difíciles como su propio carácter—, subrayando
los affaires que mantuvo con Kathari-ne Hepburn, quien le dejó
por Spencer Tracy, pero por quien guar-daba un gran respeto dada
la complicidad que los había unido, y con una Ava Gardner
comprensiva pero con reparos —no
obstante, no se menciona a Jean Peters, con la que sí estuvo
casado—. Siempre sin dejar de lado la perspectiva de una
enfermedad que mermaba la vida de este controvertido genio loco,
apasionado y vulnerable,
rodeado de gente y sumido en su trabajo, pero en el fon-do solo,
imponiéndose constantes retos para no perder el rumbo. En
definitiva, una de esas historias que nos recuerdan al común de
los mortales, haciendo las veces de trillado consuelo para la
mayo-ría, que los ricos también lloran y que el dinero no compra
la felici-dad.
Scorsese
encuentra en esta generosa producción, que osci-la entre el
aliento épico, el drama intimista, el melodrama romántico, la comedia socarrona y la
reconstrucción más glamourosa del Hollywood dorado, una
oportunidad inmejo-rable para dar rienda suelta a todo su talento
técnico tras las cámaras, combinando planos abiertos, cerrados,
picados, contra-picados, travellings y juegos de encuadre con
absoluta intencionali-dad. No sólo domina el pulso de la
narración, apoyándose en el di-námico y efectivo montaje de su
habitual colaboradora Thelma Schoonmaker —las casi tres horas de
duración resultan del todo amenas y substanciosas—, sino que
compone, con magistral peri-cia, algunas secuencias memorables,
ya sea cuando se propone trasladar la demencia de Hughes en
imágenes, su hundimiento en reclusión o su percepción paranoica
de la realidad, ya sea cuando escenifica las acrobacias de las
naves en el aire, incluido ese apa-ratoso accidente que casi le
cuesta la vida, o cuando el millonario y Katharine Hepburn
sobrevuelan de noche la ciudad compartiendo una botella de
leche.
Asimismo, la
labor de otros colegas recurrentes, como
Dante Ferretti al
frente del diseño de producción, Ro-bert Richardson en el
apartado foto-gráfico —realzando los colores digital-mente para
obtener el cromatismo del Technicolor propio de aquella época—,
y el despliegue del vestuario creado por
Sandy Powell, logran
una pues-ta en escena lujosa, elegante, acorde con la exquisitez
de los ambientes y los tiempos en que se movía Hughes. En lo que
se refiere a la banda sono-ra, las composiciones originales de
Howard Shore comparten es-pacio musical con canciones propias de
la primera mitad del siglo XX.
Huelga detenerse
unos instantes en el notable trabajo de un elen-co ya
consolidado, en el que destacan grandes nombres como
Alec
Baldwin, John C. Reilly,
Ian Holm,
Alan Alda,
Jude Law o
Willem
Dafoe, aunque la participación de algunos de ellos sea meramente
subsidiaria. Leonardo DiCaprio, como protagonista indiscutible,
enviste aquí una de sus mejores actuaciones hasta la fecha,
ajustándose con tanta contundencia y precisión a este per-sonaje
repleto de altibajos anímicos, matices y claroscuros, que
in-cluso sus detractores lograrán olvidar esa eterna cara de
niño, que en otras ocasiones le restaba credibilidad, ante
semejante exhibi-ción de madurez y consistencia interpretativas.
Es, en realidad, es-te Howard Hughes, con su fascinación, su
firmeza y su fragilidad una prolongación evolutiva de los
papeles que DiCaprio encarnó en "Gangs
of New York" y "Atrápame
si puedes". Quizás sean sus partenaires femeninas,
Cate Blanchett y
Kate Beckinsale,
quie-nes salgan peor paradas en el envite final, y es que ponerse
en la piel de dos arrebatadoras divas del celuloide como
Katharine Hep-burn y Ava Gardner, respectivamente, hace que las
comparaciones resulten más odiosas que nunca. Conscientes de que
el parecido físico entre la Blanchett y la Hepburn es nulo, a
pesar de la asis-tencia del departamento de estilismo, la actriz
australiana intenta suplir esta distancia asumiendo la
reconocible expresividad mímica y vocal del personaje, pero su imitación peca
de afectada y desme-dida, quedándose a ratos en una parodia algo
grotesca, más propia de un sketch humorístico rescatado de un
late night show por su artificiosidad. Del mismo modo, las turgencias de la Gardner y
la intensidad de su exótica mirada empalidecen en ese espejo,
tiran-do a escuálido y opaco, que ofrece Kate Beckinsale.
Finalmente, “El
aviador” se perfila como una obra sobresaliente por su
envergadura —los recursos y la ex-tensión de metraje destinados
ayu-dan— y buena coordinación, casi se diría que inmaculada, y con una pres-tancia y
una realización meritorias. Sin embargo, se echa de menos
a aquel tío Marty —ya se le podría lla-mar abuelo— que, en el
pasado, asu-mía riesgos y reinventaba los géne-ros, y al que tal
vez el varapalo que se llevó recientemente con “Gangs of New
York”, le haya hecho caer, en esta ocasión, en una ortodoxia y
una complacencia —ésta es una película académica, de Oscar®,
en el sentido más encorsetado de la palabra; ya lleva tres
Globos de Oro acumulados— poco repre-sentativas de su ingenio.
Solución formal demasiado clásica para un personaje que rompía
moldes. Sus concesiones a la comer-cialidad harán de esta
radiografía sesgada un entretenido producto para la mayoría,
pero dejará con hambre a aque-llos que conocen el potencial
creativo de Scorsese y, por tan-to, saben que pueden
exigirle más compromiso artístico.
Calificación:
    
Imágenes de "El aviador" - Copyright © 2004 Warner Bros.
Pictures, Miramax Films, Initial Entertainment Group, Forward
Pass, Appian Way, Cappa Productions e IMF. Distribuida en España
por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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