CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
Crónica
nevera del Tercer Reich terminal
Tradicionalmente, el mismo cine que se ha sobrealimentado del
nazismo y de los artefactos bélicos alemanes in-cluso en
contextos argumentales har-to caprichosos, se
ha asomado con notoria timidez a la figura de Adolf Hit-ler, una
suerte que también han corri-do otros dignos representantes del
te-rrorismo de Estado fallecidos hace décadas, como Stalin, Mussolini o Franco. Sin
embargo, esta ausencia de referentes, más allá de la sátira
de Chaplin en "El gran dictador" o de los recientes
acercamientos de Sokurov en "Molokh" y de Meyjes en "Max", no
debe entenderse como indiferencia delante de un material dra-mático de
indiscutible interés, cuya espeluznante realidad supera por sí
sola la ficción del más retorcido de los guionistas, sino como la
evasiva respuesta que genera un tema tabú capaz de levantar
ampollas todavía en la actualidad. Y es que cualquiera se atreve
a hurgar en una de las mayores heridas de la Historia moderna,
cuando todos, ya sea por acción u
omisión, van a salir salpicados de un más que inevitable juicio
moral. Condenar el exterminio de los judíos o la invasión
militar de otros países a manos de actores particulares es sencillo
ahora que existe un consenso sobre su ca-rácter abominable; lo difícil es hablar del
máximo responsable de las atrocidades, como si de un demente o de
un malvado se trata-ra, sin estar cuestionando la integridad del
pueblo que le entregó mediante las urnas el gobierno de su
destino, y que más tarde aprobó y consintió su legado de muerte
y destrucción. Más aún re-conocer que la historia de Hitler sólo
es el síntoma de una enferme-dad que se llama naturaleza humana,
capaz de repudiar hoy lo que ayer aceptaba, y mañana ya se verá.
Después de golpearnos con una concepción del hombre como lo-bo
del propio hombre a través de la dura y estimulante "El
experi-mento", el director alemán
Olivier Hirschbiegel
vuelve a enfrentar-nos a esa idea tan hobbiana con su dibujo
personal de uno de los más célebres depredadores del siglo
pasado, el Führer. No obstan-te, Hirschbiegel no se ha dejado
seducir como otros realizadores por las epopeyas de su época de mayor esplendor, sino que
recala en uno de los episodios menos explotados por la
filmografía, el de los estertores del Tercer Reich, como si
asistir a los últimos coleta-zos del monstruo nacionalsocialista nos permitiera
alcanzar mejor la naturaleza de delirio colectivo con que se
había consolidado.
Así,
partiendo de la novela homónina de Joachim Fest,
que aporta la base documental, y de la
biografía "Hasta la hora final", que recoge las experien-cias de
Traudl Junge, secretaria per-sonal de Hitler hasta el suicidio
del mandatario, como hilo conductor dra-mático, la acción de "El hundimiento" transcurre en su
mayoría dentro del búnker de la Cancillería de Berlín en el que la cúpula
nazi se había visto acorralada mientras las tropas rusas
destruían la ciudad. El panorama físi-co y mental que se
va desplegando ante nosotros es desolador. Mientras una Berlín en ruinas, ya sólo defendida por
unos pocos chiquillos atrincherados, se va sembrando de cadáveres y heridos que
colap-san los hospitales, Hitler desoye los consejos de sus
asesores mi-litares que le instan a abandonar la capital, y
continúa tomando de-cisiones inútiles para recuperar el
control de la situación, ciego an-te la evidencia de una más que
consumada derrota e impasible an-te el sufrimiento al que condena
voluntariamente a su pueblo. Aban-donado por los que creía sus hombres de
confianza, y seguido hasta las últimas consecuencias por un grupo de reducidos adep-tos que se quitan la vida junto a
él, es "El hundimiento" la radiogra-fía de un Hitler
terminal, ridículamente enajenado de la realidad, incapaz de
asumir su fracaso, y por tanto exento de arrepentimien-to, pero
también del desmoronamiento de un entorno que, ante el inminente
naufragio, huye despavorido, se entrega a la confusión, o se
refugia en unas últimas horas de frivolidad y placer.
Retrato
veraz de este Hitler crepuscular que se resiste a la agonía, crónica
firme y precisa del derrumbe psicológico, ideológico,
político y militar del Tercer Reich, "El
hundimien-to" tiene la virtud de ajustarse con rigor histórico
a la recrea-ción de los hechos, tomando la necesaria distancia
moral, ajena a sentimentalismos, a la hora de reproducir el caos
y la perplejidad que sume a unos hombres que podían haber
dominado el mundo y que terminan perdiéndolo todo. Desde una objetividad
férrea y aséptica, el guión de
Bernd Eichinger
se limita a exponer la realidad sin aportar respuestas ni emitir
valoraciones, mientras el espléndido reparto encabezado por
Bruno Ganz contribuye a
recu-perar a los cabecillas y a su séquito como seres de
carne y hue-sos, verosímiles en sus actitudes, comprensibles en
sus reaccio-nes, espeluznantes por su elocuente humanidad. La postura de Hirschbiegel,
ausente de tendenciosidad y realista en el abordaje dramático de sus
protagonistas, ha sido uno de los mayores focos de controversia
del film. Para la gente resulta más cómodo encerrar a los
asesinos en una esfera aparte, villanos planos sin procesos
mentales ni motivaciones, malvados en todas las facetas de su
vi-da, simples locos, que asumirlos como parte de nuestra
realidad humana. Al parecer, la corrección política exige
maniqueísmo. Una parte
de la audiencia no le ha perdonado a
Hirschbiegel que
convir-tiera a Hitler en una persona; la
otra mitad que no cargara las tintas contra él. Personalmente,
elogio la arriesgada perspectiva del direc-tor, alejada del
panfleto, casi siempre convincente, inquebrantable ante las
concesiones que podía exigir el público. Hirschbiegel trata de
ser imparcial, nunca benévolo. Las palabras y los
comporta-mientos de su Hitler hablan en todo momento por sí
solos, y no existe en "El hundimiento" ni un solo atisbo de
justificación o dis-culpa sobre su proceder. Su Hitler es
creíble, por eso produce es-calofríos.
Yo,
en cambio, lo que no le consien-to a Hirschbiegel es que haya hecho
una película tan decepcionantemen-te aburrida. Porque al margen de su
ejemplar enfoque, es imperdo-nable que un largometraje sobre Adolf Hitler no sepa ganarse
con armas propias el interés del es-pectador más allá del
atractivo in-herente al personaje.
Es cierto, ca-be asumir que los trabajos de Hirsch-biegel
responden en gran medida al tópico frío y hermético del cine
ale-mán, características que no considero en sí mismas un
defecto. Pero en "El hundimiento", impermeable a cualquier
emoción,
tediosa por el cú-mulo de diálogos y personajes secundarios que
no se terminan de ubicar, a ratos inconsistente por su errático
punto de vista, con una concepción estética plomiza y sobria que
reverbera en sus estu-pendos diseño de producción y fotografía
—el gris domina las imá-genes, ya sea en los eventuales
exteriores, con una ciudad que ex-hibe sus entrañas carbonizadas,
o en los claustrofóbicos interiores del búnker, repleto de
uniformes, rostros macilentos y estancias iluminadas
artificialmente—, no existe para el espectador ni un sólo
elemento de implicación que no derive de la importancia
histórica de lo que se le está contando. Sus protagonistas,
desde luego, no conmueven, pero siquiera perturban, y la fuerza
dramática de la na-rración brilla por su ausencia. De este modo,
asistimos a escenas como los suicidios de los matrimonios
Hitler/Eva Braun y Goeb-bels, y al aún más trágico asesinato de
los hijos de estos últimos, con la misma frialdad con que se
ejecutan.
No cabe
sino alabar la gran labor del equipo artístico, des-tacando por
méritos propios la interpretación de Bruno Ganz, quizás el
Hitler más plausible que hayamos podido disfrutar en el cine por
su habilidad para sortear la caricatura, su ri-queza de matices y
aplomo.
Alexandra Maria Lara,
actriz ru-mana muy joven pero harto labrada en la gran y la
pequeña pan-talla, encarna a Traudl Junge, aportando con su
candoroso rostro toda la inocencia y la incertidumbre a un
personaje que representa a ese pueblo alemán entregado a la
causa nacionalsocialista, igno-rante en buena medida de las
terribles consecuencias que ocasio-naría. Precisamente, la
película se abre y se cierra con las declara-ciones de la
auténtica Traudl Junge, ya anciana, que pide perdón por su
ceguera y por la de tantos otros que como ella respaldaron la
barbarie. Y es este testimonio real de la secretaria personal de
Hitler otra de las piezas que chirrían, porque no sólo no se
ajusta a la inquebrantable falta de implicación del conjunto,
sino que confun-de el mensaje del film. Da la sensación de que
Hirschbiegel se
sin-tiera en la obligación de expiar culpas en nombre de todos
los im-plicados o que en un último momento haya intentado
disculpar la neutralidad de una cinta nunca complaciente. Y no
me gusta, por-que anula toda la valentía e inteligencia de su
propuesta.
No hay en
el "El hundimiento" ni adi-tivos ni cocción. El film de
Hirschbie-gel
funciona como una nevera que hu-biera
conservado intactos los sucesos para mostrarlos unos cuantos
años después. Por eso no dirige, ni agasa-ja, ni resuelve dudas,
si acaso las plantea; se limita a la cruda exposi-ción. Pero, ¿no
era descabellado es-perar lo contrario? Hace más de me-dio siglo
que el hombre intenta desen-trañar los misterios del "monstruo",
las razones de su éxito, los distintos factores implicados en su
elección y perpetuación, y nadie ha sido capaz de arrojar una
idea clara sobre su naturaleza. ¿Iba a hacerlo ahora una
película de ficción? Aun con todas sus limitaciones y
desa-tinos, no podría dejar de recomendar este largometraje por
la novedosa y audaz visión que ofrece sobre Hitler y el Ter-cer
Reich, deshumanizadamente humanizada, certeramente rigurosa,
afortunadamente no condescendiente, en la que el ajustado
reparto y los méritos de una austera y efectiva pues-ta en escena
compensan su áspero y desapasionado desarro-llo.
Calificación:
    
Imágenes de "El hundimiento" - Copyright © 2004 Constantin
Films, Degeto Film, ORF, EOS Producion y Rai Cinema. Distribuida
en España por DeAPlaneta. Todos los derechos
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