CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
Mirando al Mal de frente
Resulta interesante prestar cierta atención a la manera en la
que Oliver Hirschbiegel da comienzo a esta sobrecogedora
experien-cia fílmica. Sobre un fondo negro oímos la voz (real en
la versión original) de Traudl Junge, secretaria personal de
Adolf Hitler desde 1942 hasta que éste se quitó la vida en el
búnker de la Cancillería en abril de 1945. Junge afirma ser
incapaz de perdonar a aquella jo-ven que se mantuvo
voluntariamente inconsciente del enorme daño que causó
ese régimen nazi al que servía tan apasionadamente. No es algo
en absoluto casual, porque "El hundimiento", estremecedo-ra y
rigurosa crónica de los estertores finales de ese Tercer Reich
que pretendía gobernar mil años, se articula principalmente en
tor-no a dos libros que relatan de forma bastante fidedigna lo
aconteci-do en aquellos terribles días: uno del historiador
Joachim Fest, que lleva el mismo título que el filme y que
proporciona el marco donde se desarrolla toda la acción, y otro
autobiográfico de la pro-pia Traudl Junge, en el que relata sus
experiencias de primera ma-no como testigo directo de lo que
ocurría día a día entre las sólidas paredes de ese refugio. Junge (interpretada con convicción por la joven actriz
Alexandra
Maria Lara) se convierte así en el hilo con-ductor del film, como
lo prueba el hecho de que la primera secuen-cia es la de
su contratación como secretaria por el mismo Führer en el Nido
del Águila tres años antes.
Decía que la cosa tiene su importan-cia, porque Hirschbiegel corta
así de raíz, a través de la propia voz de la protagonista
renegando de las accio-nes de su yo pasado, con la única
po-sibilidad que tiene el espectador de poner en práctica ese
habitual meca-nismo de funcionamiento del cine que es la
identificación. De otro modo, a través de los inocentes ojos de Junge, uno podría llegar a la sin duda errónea conclusión de que
ésta no es sino una especie de imagen de esa confor-table
coartada moral que supone diso-ciar por completo a Hitler y sus
colaboradores de ese pueblo ale-mán que les aupó primero al poder,
y que celebró de forma entu-siasta después los primeros éxitos
del régimen nazi, para tratar de desentenderse de él una vez
acabada la guerra y según iban que-dando al descubierto las
atrocidades de todos bien conocidas, ar-guyendo una insostenible
ignorancia quizás necesaria para poder seguir adelante, pero
difícilmente justificable desde un punto de vis-ta objetivo.
Volveremos sobre esta idea después, cuando hablemos del último
plano de la película.
Tampoco resulta casual la forma en la que se nos presenta por
primera vez a Hitler. La figura del Führer tiene un peso tan
enorme en el inconsciente colectivo de toda la humanidad que
basta con pensar en su nombre para asociar a él la
representación del Mal con mayúsculas como responsable de haber
sido el ideólogo y ha-ber puesto en marcha el más terrorífico
mecanismo de destrucción sistemática que ha visto el ser humano,
responsable directo, por lo tanto, de la pérdida de más de
cincuenta millones de vidas. Por eso, cuando aparece por primera
vez en pantalla el Hitler en-carnado por Bruno Ganz y se nos
muestra como una persona amable, atenta y comprensiva ante los
nervios de la candi-data a ser su secretaria personal y
alimentando con cariño a su perra, basta esa imagen para
descolocarnos por comple-to. Porque "El hundimiento" es una obra
plenamente consciente de la tarea que tiene por delante: servir,
tras casi medio siglo de casi absoluto silencio por parte del
cine alemán sobre el tema, para afrontar esa necesaria tarea de
mirar al Mal de frente y retratar a Hitler como lo que, por más
que nos disguste admitirlo, era: un hombre.
Todo lo dicho hasta ahora no son si-no sólo dos ejemplos de la
inteligente forma en la que Oliver Hirschbiegel (autor, conviene
no olvidarlo, de otra película que ya indagaba en los oscu-ros
mecanismos del mal como parte indisoluble del ser humano, la
pertur-badora "El
experimento") y su produc-tor y guionista
Bernd
Eichinger se enfrentan a un tema tan delicado para la
sensibilidad del pueblo alemán y que, como era por otra parte
inevita-ble, ha levantado no pocas ampollas y alimentado una
saludable polémica que han motivado que el filme se con-vierta en
un fenómeno que va más allá de lo estrictamente
cine-matográfico. Hirschbiegel consigue algo sumamente difícil
con esta estremecedora película, como es equilibrar la rigurosa
reconstrucción de aquellos oscuros días con la imprescindi-ble
progresión dramática exigible a un producto fílmico al uso, sin
por ello renunciar a provocar en el espectador una muy necesaria
reflexión moral mientras va revelando las debili-dades que
aquejan y las atrocidades de las que son capaces los, insisto de
nuevo, seres humanos que pueblan el filme.
"El hundimiento" nos presenta, pues, a un Hitler (en una composi-ción
de Bruno Ganz a la que, sencillamente, no hay adjetivos que
puedan hacer justicia, pues su transformación en el personaje es
absoluta) que es capaz de mostrarse colérico, egocéntrico e
inca-paz de reconocer sus propios errores a la vez que puede
mostrar preocupación por el destino de algunos de sus
subordinados o feli-citar a una cocinera por su guiso; un hombre
que ve con impotencia cómo le traicionan algunos de sus hombres
más allegados mien-tras otros le son fieles hasta las últimas
consecuencias, por estre-mecedoras que resulten; un ser que,
rayando en la locura, planea ataques imaginarios con tropas que
ya no existen mientras los ru-sos estrechan el cerco, se
desconecta de la realidad haciendo en-cargos imposibles de
cumplir a unos mandos que no se atreven a llevarle la contraria,
o persiste en la dicotomía de proclamar la su-perioridad de la
raza aria mientras es capaz de afirmar que la des-trucción de su
pueblo es consecuencia directa de su debilidad, un hecho
inevitable de la naturaleza, y que no derramará una lágrima por
él, llegando al punto de ordenar la destrucción de todas las
in-fraestructuras del país. Todo ello mientras envejece ante
nuestros ojos según va tomando conciencia de su final, disimula
el frenético temblor de su mano izquierda, fruto de su cada vez
más evidente Parkinson o se arrastra como una bestia herida por
las paredes del búnker mientras planea su propia muerte.
No, el retrato de Hirschbiegel dis-ta mucho de ser compasivo, por
más que nos puedan chocar sus momentos de humanidad en al-guien a
quien estamos acostum-brados a ver más como un arqueti-po que como
alguien real. Y eso es lo verdaderamente terrorífico, por-que
cuando Hirschbiegel nos obliga a afrontar el abismo de hacernos
com-prensibles algunas de las reacciones de Hitler para con sus
más allegados, en el fondo está volviendo a afirmar, con más
fuerza que nunca, la vieja te-oría de Hobbes sobre la naturaleza
in-trínsecamente perversa del hombre, que el Mal no es algo que
se pueda tratar como una perturbación ocasional, sino que es
algo que subyace en nuestro interior y que cada uno debe
combatir co-mo puede. Es ahí donde cobran pleno sentido los
distintos puntos de vista de los personajes que se arremolinan
en torno al ojo del huracán, que no son sino expresiones de ese
terreno estrictamente personal donde cada uno debe marcar la
línea conforme a sus pro-pias convicciones morales.
Por eso Albert Speer, con su confesión final al Führer de que ha
desobedecido sus órdenes de destruir las infraestructuras, ese
Dr. Schenk que no puede sino tratar de imponer un punto de
cordura en medio del caos y ayudar en lo que pueda a paliar el
sufrimiento de la población civil, o incluso el egoísta
comportamiento de ese arribista sin escrúpulos que es Fegelein
(el cuñado de Eva Braun) que intenta convencer a los que le
importan de que han de abando-nar el búnker, son contrapuestos al
fanatismo desbocado de los si-niestros Goebbels, incapaces de
imaginar un mundo posterior al nacionalsocialismo, o a la
permanente desconexión de la realidad de una Eva Braun que huye
hacia adelante organizando incompren-sibles festejos y que es
capaz de disociar, en una afortunada línea de diálogo que clava
su personaje más que ninguna otra cosa, a Hitler del Führer. Se
contraponen, de la misma forma, las borra-cheras de los
desesperados oficiales conscientes de que el fin está cerca
frente al profesionalismo de un general que pasa de recibir una
orden de ser fusilado (¡por cambiar su puesto de mando!) a ser
nombrado comandante en jefe de la defensa de Berlín o los
arreba-tos suicidas de algunos SS, por no mencionar ese padre
mutilado de guerra que intenta salvar a su hijo (y a los
chiquillos que lo acompañan) de una muerte segura mientras
siniestros escuadro-nes de la muerte van ejecutando civiles de
forma arbitraria. Un pai-saje del caos donde cada uno se
posiciona según su conciencia.
Hirschbiegel construye una at-mósfera asfixiante en el interior
de ese búnker donde todo se des-morona, haciendo uso de una
puesta en escena muy cuidada que aprovecha al máximo las obvias
limitaciones de espacio de las que dispone, y resulta destacable
la forma en la que el director va tejiendo la im-parable
progresión dramática del fil-me. La composición de los planos
re-trata a la perfección el desamparo y la soledad a la que se
ven abocados los habitantes de ese agónico escenario en el que a
menudo se dan situaciones que rozan el surrealismo (véase la
secuencia de la boda civil de Hitler y Eva Braun observada desde
la distancia por Junge... que está mecanografiando el testa-mento
del Führer y cómo el funcionario le pregunta a Hitler, siguien-do
la ley vigente, si es de raza aria) pero, sobre todo, que
alcanzan un nivel de crueldad difícilmente soportable con la
terrible y despia-dada ejecución a manos de su propia madre de
los hijos de Goeb-bels, mostrada sin ningún tipo de recato por
parte del director.
Y es quizás ahí donde se le puede reprochar a éste que nos
es-catime tanto el suicidio de Hitler (aunque puede que haya una
vo-luntad consciente por su parte al dejar ese momento fuera de
cam-po, tanto de evitar cierto grado de compasión como de expresar
su-tilmente la pervivencia de ese terrible "huevo de la
serpiente" hoy en día) como la muerte final de esa escalofriante
madre, en una deci-sión que choca de plano con la atroz secuencia
anterior. Es com-prensible el enfado de Win Wenders en este
sentido, ya que sin duda es algo abierto a discusión, pero no
por el hecho de que eleve a condición de mito la figura de Hitler como pretende deducir Wen-ders, porque creo que el
posicionamiento de Hirschbiegel sobre es-te tema resulta evidente
a lo largo de todo el filme. Y con esto vuel-vo al principio,
porque Hirschbiegel cierra la película con un arries-gado plano
de la Traudl Junge real negando la más mínima posibi-lidad de
excusa sobre su responsabilidad (y por extensión del pue-blo
alemán) basada en la juventud o en la ignorancia sobre las
atro-cidades cometidas por el régimen nazi. Habrá quien critique
esta decisión porque puede chocar con la aparente neutralidad de
los hechos mostrados hasta entonces, pero nada más lejos de la
reali-dad. Si Hirschbiegel nos niega desde el principio la
posibili-dad de identificación (y, por lo tanto, de escape) con
la mirada de Traudl Junge es porque, en el fondo, esa
neutralidad no existe y jamás debe confundirse con la minuciosa
rigurosidad de los hechos mostrados, que demuestran bien a las
claras el objetivo último de los responsables del filme: es un
espejo nada deformante donde to-dos debemos obligarnos a vernos
reflejados... y mirar al verdadero Mal de frente.
Quien esto escribe salió sobrecogido del cine y con una idea muy
clara en la cabeza: ésta es una película de visionado
imprescindi-ble, no ya por sus evidentes virtudes
cinematográficas, sino como un testimonio necesario de aquellos
días terribles y preciso retrato de quienes los protagonizaron.
Pocas veces sale uno de la sala de cine con esta sensación de
que la película, desde su ficción, sirve bien al propósito de
representar de modo si no exacto sí muy fide-digno a lo que debió
de acontecer entre aquellas paredes. Algo an-te lo que no debemos
jamás esconder la vista.
Calificación:
    
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