CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
El hombre
que tuvo el valor de concederle valor a la vida
Ver películas como
"Hotel Rwanda" hace daño. Porque más allá de
asistir a una sucesión de dolorosas imágenes que reproducen una
ca-tástrofe que sabemos real, nos obligan a enfrentarnos a nosotros
mis-mos, situándonos en una posición incómoda que indigna,
avergüenza y entristece a la vez. "Hotel Rwanda" no nos sacude
la conciencia a nosotros como hutus
participantes activos en el genocidio ruandés, ni a nosotros
como las pasivas fuerzas internacionales que se desenten-dieron
de aquella masacre humana, sino a nosotros como miembros que
alimentamos y perpetuamos unos sistemas políticos y
mediáticos más que cuestionables: ciudadanos, votantes, telespectadores con poder de
decisión. Porque, en última instancia, ésta no es un película sobre el exterminio tutsi, ni sobre un
hombre que puso su vida en peli-gro para salvar a 1268
personas; ni siquiera sobre las barbaridades co-metidas por los
aventajados países blancos en esa cuna de la huma-nidad llamada
África, convertida impunemente en despensa y vertedero de
Occidente; "Hotel Rwanda" es un examen sobre el valor que
les concedemos a las vidas ajenas, y es un examen en el que todos
sus-pendemos... excepto su protagonista, Paul Rusesabagina; por
eso es un héroe. El último film del siempre combativo
Terry George no viene a
denunciar nada que no supiéramos, pero sí a recordarnos algo que
todo el mundo prefiere no reconocer. Algo tan simple como
aquello que le advierten los representantes de la ONU y de la
prensa a Ruse-sabagina: si eres negro y vives en un país pobre
que nadie sabe situar en el mapa, te pase lo que te pase, no
esperes que la comunidad in-ternacional te preste su atención, o
que la televisión te ceda su precia-do tiempo, o que la
audiencia haga otra cosa que exclamar "¡Qué ho-rror!" para
olvidar el tema a continuación y seguir cenando. No se trata
ya de cine necesario, sino imprescindible, cuya existencia,
co-mo bofetada de castigo y obligada reflexión acerca de dónde
venimos y, sobre todo, hacia dónde nos precipitamos de
conti-nuar así, deberíamos agradecer.
Entender "Hotel Rwanda" es entender la magnitud de
aquella tragedia. Durante la época colonialista, las potencias
euro-peas se repartieron África como a un bo-tín: la invadieron,
la subyugaron, la sa-quearon y la desmembraron a su antojo sin
reparar en consideraciones étnicas que encenderían rivalidades y
más tarde desembocarían en sangrientos conflictos. La historia
de Ruanda, bajo dominio bel-ga hasta la década de los 60, no es
muy distinta de la de otros países africanos. Los belgas
establecieron una división artificial entre la mayoría hutu y la
mino-ría tutsi para controlar mejor su gestión. La convivencia
entre ambas tribus empeoró antes de lograr la indepen-dencia de
Bélgica, cuando el rey tutsi murió y los hutus se hicieron con
el poder, obligando a más de cien mil tutsis a exiliarse. En
1994, después de tres décadas de enfrentamientos, estaba a punto
de al-canzarse un acuerdo de paz que contaba con el respaldo de
la ONU, sin embargo, cuando el avión en el que viajaba el
presidente ruandés fue abatido, el gobierno del hutu Juvenal
Habryrimana culpó a los tutsis del asesinato e instó a la
población hutu a que se alzara contra ellos para reprimir
una posible invasión. Mientras las radios gubernamenta-les
llamaban a la limpieza étnica, los hombres del coronel Theoneste
Bagosora se hacían con el dominio de la situación, distribuyendo
ma-chetes y azadas para exterminar a sus indefensos enemigos. En
tan sólo cien días, un millón de personas murieron brutalmente asesina-das,
la mayoría tutsis, pero también algunos hutus que se negaban a
ceder a la presión; medio millón de mujeres fueron violadas y otros tantos ruandeses desplazados a los países vecinos. El genocidio ruan-dés es uno de los capítulos más
sangrientos de la historia africana, no el único; también uno de
los más importantes de la historia de la hu-manidad, aunque haya
sido ridículamente difundido. No obstante,
el carácter lamentable de esta catástrofe es más grave aún, si
cabe, en tanto que el resto del mundo miró hacia otro lado
negándoles su ayu-da:
no se produjo ninguna intervención
militar, no hubo pactos o coali-ciones para solucionar la crisis,
y las agencias de prensa recogían los dramáticos hechos
tildándolos de "pequeñas luchas tribales", redu-ciéndolo entre
todos a “otro
incidente del Tercer Mundo” cuyo alcance siquiera merecía la
pena considerar.
"Hotel Rwanda" no es
una crónica exhaustiva de aquellos aconteci-mientos; tampoco lo
pretendía. George y su guionista Keir
Pearson han desestimado el tono documental, quizás
más preciso pero tam-bién más impersonal y generalista, y han
apostado por la opción que se perfilaba como la más efectiva:
acercarnos a la historia poniéndole rostro y nombre a la
noticia. Así, el film sigue las vi-cisitudes de un personaje
real, Paul Rusesabagina, un hutu bien posicionado, casado
con una tutsi y padre de cuatro niños, que traba-jaba como director de
un hotel de las aerolíneas belgas, el Mille Colli-nes, al
estallar el conflicto. Cuando se desata la ola de violencia y
ca-os, Rusesabagina confía en Occidente. Pero muy pronto se da
cuenta de que los aliados blancos van a abandonarlos a su
suerte, entregá-ndolos a una muerte segura. La imagen que ofrece
una de las mejores y más poéticas escenas de la película es
desoladora: Rusesabagina, empapado bajo de la lluvia, contempla a
las puertas del hotel cómo los turistas blancos huyen
despavoridos del sangriento escenario, y con ellos el ejército
belga, quedándose completamente solo al frente del cuantioso
grupo confinado a su cargo: huéspedes, familias acogidas, niños
y religiosas de un colegio cercano... Más de mil doscientas
per-sonas asustadas y en peligro. Las llamadas de auxilio al
preocupado director de Sabena (Jean
Reno) no fructifican, y ya no quedan repor-teros que
informen al exterior y presionen a la opinión pública. Tam-poco
las fuerzas de la ONU le serán de gran ayuda: su misión es
úni-camente mantener la paz, no pacificar; si no hay paz que
mantener, ellos no pintan nada allí. Es entonces cuando
Rusesabagina, astuto relaciones públicas que, por su profesión,
se ha acostumbrado a man-tener la serenidad ante los
imprevistos y a echar mano de todos los recursos a su alcance para solventar
cualquier problema, hace acopio de entereza —incluso en esos
momentos en que le vencen los nervios y no atina a anudarse la
corbata— y continúa haciendo
lo que mejor sabe, comportarse como un director de hotel:
mueve los hilos disponi-bles, recurre a sus
contactos e influencias, soborna, falsea y escon-de... toca todas las
teclas posibles para que sus accidentales protegi-dos sobrevivan. Es el
retrato de un hombre inteligente y bueno, pero sobre todo
práctico y realista, cuya
personalidad resolutiva, templada y avezada en la diplomacia representa un
remanso de cordura y ho-nestidad entre tanto salvajismo y
corrupción, pero que también es la clave de su salvación. Un
hombre que gana en calidad humana y va-lentía con el transcurso de la
película, que pasa de salvaguardar a los suyos a hacerse cargo
del destino de todo un colectivo. Seguir sus progresivas
penurias
permite que el relato nos vaya introduciendo en ese otro
panorama más amplio, a
través de los diferentes personajes que confluyen en la
historia principal, conociendo no sólo las reaccio-nes de la población, las
barbaries de las milicias hutus o la postura del ejército
ruandés —como el general Bizimungo (Fana
Mokoena), dis-puesto a devolver favores pero no a
hacerlos—, sino también la des-preocupada
posición de los diferentes medios internacionales implica-dos,
como el patético papel de las fuerzas de la ONU, representadas
por un impotente coronel Oliver (Nick Nolte),
la voluntariosa pero des-bordada miembro de la Cruz Roja (Cara
Seymour), o ese periodista norteamericano
interpretado por Joaquin Phoenix que
pide perdón al abandonar el país por ser incapaz de lograr que
los sucesos tengan mayor repercusión.
Película
bien construida, conducida con oportuna solvencia mediante un
ritmo regular y ágil, y narrada de for-ma clara y concreta, "Hotel
Rwanda" encuentra en su poderosa fuerza vi-sual, sostenida por la
hermosa foto-grafía de Robert Fraisse,
y en su in-herente carga emotiva los mejores aliados para
implicar al espectador. A esta labor cabe sumar una sensible
banda sonora, con composiciones de
Andrea Guerra
o Rupert
Gregson-Wi-lliams entre
otros, que atraviesa el colo-rido de los ritmos africanos o la
caricia intimista de algunos instantes, para dar rienda suelta a
la épica de corte clásico en los momentos de mayor tensión o
desánimo. Relato intenso, crudo y conmovedor sobre una realidad
silenciada que recla-ma justicia al menos en el recuerdo, con
imágenes impactantes que se quedan pegadas a la retina y líneas
de diálogo que arrojan verdades como puños, es más que
comprensible su candidatura al Oscar® al Mejor Guión Original.
No obstante, tampoco pasan desapercibidas ciertas debilidades en
su abordaje, que no empañan el estimable re-sultado final pero sí
obligan a matizar su consideración. Por un lado, una tendencia
al maniqueísmo y a tropezar en los tópicos que en oca-siones reduce a
los personajes secundarios al estereotipo de buenos muy buenos o
malos muy malos empobreciendo su desarrollo y vero-similitud,
cuestión que afecta especialmente al limitado papel que
de-sempeña Nolte como el Coronel Oliver, o al de esos hutus reflejados como
malvados villanos, caso del empleado del hotel Gregoire (Tony
Kgoroge). A esto se añade la obviedad casi infantil
con que se mues-tran algunas reacciones, como esa escena en la
que se desparrama una caja llena de machetes en el almacén que
suministra a Rusesaba-gina, ocasionándole un sobresalto por lo
que de anticipatorio tiene la situación. Por otro lado, su interés en exaltar la
figura del protagonista provoca que la película descuide el
dibujo de otros caracteres implica-dos y se olvide de profundizar
en determinadas circunstancias decisi-vas en el conflicto,
retratadas tan sólo como mero paisaje narrativo. Aun así, estas
limitaciones no resultan un obstáculo insalvable para apreciar
la enorme contribución de este film que estuvo a punto de no ver
la luz, y repetir la infortunada suerte del pueblo ruandés, después de
que ningún estudio apoyara el proyecto, y finalmente
cristalizara gracias a la financiación colectiva de USA,
Reino Unido, Italia y Sudá-frica. No es de extrañar, tampoco, que
fuera precisamente Terry Geor-ge, conocido por su compromiso
ideológico a través de sus colabora-ciones escritas con Jim Sheridan en "En el nombre del
padre" y "The
boxer" o de sus anteriores trabajos como realizador ("En el
nombre del hijo" y "A bright shining lie"), el encargado de
sacar adelante la pro-puesta.
La carnicería perpetrada en Ruanda justificaba imágenes de un
nivel de truculencia insoportable hasta la náusea. Sin embargo,
los autores prefirieron suavizar los contenidos con la intención
de que su mensaje pudiera llegar así a un mayor número de
público. "Hotel Rwanda" gol-pea con una carga de violencia
moderada, pero no por ello menos con-tundente. Porque ya sea en
esas ocasiones en las que señala, más que exhibe, lo escabroso
de las situaciones vividas, o en esas otras que hielan el
aliento por su inevitable dramatismo, como la secuencia en la
que Rusesabagina intenta circular por una carretera sembrada de
cadáveres, dudo que deje indiferente a nadie y la mayoría le
agradece-rán que no haya ahondado en detalles macabros, no sólo
perfectamen-te sobreentendidos, sino representados con idéntica
eficacia. Pero qui-zás sean los rostros de los protagonistas,
reflejo continuado de todo el horror y la desesperación sufrida,
el testimonio más elocuente de la destrucción y el desamparo que
los circunda. En este sentido, las magníficas actuaciones del
principal elenco actoral, caracteri-zadas ante todo por su
humanidad, son otro de los puntos de apoyo sobre los que reposa
la indiscutible capacidad comunica-tiva de este film.
Don Cheadle, soberbio en su primer papel pro-tagonista,
confecciona un personaje sólido y sometido a evolución, cuya
idiosincrasia termina convirtiéndose en la verdadera alma de la
película. A su lado, la también nominada al Oscar®
Sophie Okonedo interpreta a su
mujer, sabiendo contener sus inevitables manifestacio-nes de
miedo o rabia sin caer en la desmesura. Joaquin Phoenix y Jean
Reno están correctos en sus fugaces apariciones, mientras que
Nick Nolte parece que no termina de coger el tono dramático,
proba-blemente por la indefinición de su personaje.
Pedrada en los dientes a Occidente,
termómetro de la miseria humana univer-sal, "Hotel Rwanda" recoge
el lema "tan-to tienes, tanto vales" para denunciar la
indiferencia que sume a todo individuo cuando no lo mueven
intereses persona-les, económicos o estratégicos, ya se trate de un mando
ruandés corrupto que se vende por unas botellas de whisky, de un
guerrillero hutu que perdona vidas a cambio de un puñado de
dinero, o de
las potencias mundiales en su pugna por el petróleo o la carrera
armamentística. Una oportunidad indispensable para conocer una de tantas realidades
que han sido ninguneadas, cuando no acalladas, porque carecían
de atractivo mediático o político. Realidades escalofriantes como
las que en estos precisos instantes sacuden otros muchos
lugares, como Sudán o el Congo, y
que a pesar de haber gozado de una mayor repercusión, tampoco
parece que vayan a correr mejor suerte. Falta saber si el
público que acuda a las salas también preferirá apartar la
mirada hacia otro lado, llámese "Hitch:
Especialista en ligues", lláme-se "Constantine",
o se involucrará con la cuestión. Saber para recor-dar. Recordar
para no repetir.
Calificación:
    
Imágenes de "Hotel Rwanda" - Copyright © 2004 United Artists,
Lions Gate Films y Kigali Releasing Limited. Distribuida en
España por On Pictures. Todos los derechos
reservados.
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