55ª BERLINALE - Festival Internacional de Cine de Berlín

 

 

 

 

 

 

 

 


 


 


HOTEL RWANDA


cartel
Dirección: Terry George.
Países:
Reino Unido, Sudáfrica, USA e Italia.
Año: 2004.
Duración: 121 min.
Género: Drama.
Interpretación: Don Cheadle (Paul Rusesabagina), Sophie Okonedo (Tatiana), Nick Nolte (Coronel Oliver), Joaquin Phoenix (Jack), Desmond Dube (Dube), David O'Hara (David), Cara Seymour (Pat Archer), Fana Mokoena (General Augustin Bizimungo), Hakeem Kae-Kazim (George), Tony Kgoroge (Gregoire), Ofentse Modiselle (Roger).
Guión: Keir Pearson y Terry George.
Producción: A. Kitman Ho y Terry George.
Música: Andrea Guerra, Rupert Gregson-Williams y Afro Celt Sound System.
Fotografía:
Robert Fraisse.
Montaje: Naomi Geraghty.
Diseño de producción: Tony Burrough y Johnny Breedt.
Dirección artística: Emma MacDevitt.
Vestuario: Ruy Filipe.
Estreno en USA: 22 Diciembre 2004.
Estreno en España: 25 Febrero 2005.

 

CRÍTICA
por Tònia Pallejà

El hombre que tuvo el valor de concederle valor a la vida

  Ver películas como "Hotel Rwanda" hace daño. Porque más allá de asistir a una sucesión de dolorosas imágenes que reproducen una ca-tástrofe que sabemos real, nos obligan a enfrentarnos a nosotros mis-mos, situándonos en una posición incómoda que indigna, avergüenza y entristece a la vez. "Hotel Rwanda" no nos sacude la conciencia a nosotros como hutus participantes activos en el genocidio ruandés, ni a nosotros como las pasivas fuerzas internacionales que se desenten-dieron de aquella masacre humana, sino a nosotros como miembros que alimentamos y perpetuamos unos sistemas políticos y mediáticos más que cuestionables: ciudadanos, votantes, telespectadores con poder de decisión. Porque, en última instancia, ésta no es un película sobre el exterminio tutsi, ni sobre un hombre que puso su vida en peli-gro para salvar a 1268 personas; ni siquiera sobre las barbaridades co-metidas por los aventajados países blancos en esa cuna de la huma-nidad llamada África, convertida impunemente en despensa y vertedero de Occidente;  "Hotel Rwanda" es un examen sobre el valor que les concedemos a las vidas ajenas, y es un examen en el que todos sus-pendemos... excepto su protagonista, Paul Rusesabagina; por eso es un héroe. El último film del siempre combativo Terry George no viene a denunciar nada que no supiéramos, pero sí a recordarnos algo que todo el mundo prefiere no reconocer. Algo tan simple como aquello que le advierten los representantes de la ONU y de la prensa a Ruse-sabagina: si eres negro y vives en un país pobre que nadie sabe situar en el mapa, te pase lo que te pase, no esperes que la comunidad in-ternacional te preste su atención, o que la televisión te ceda su precia-do tiempo, o que la audiencia haga otra cosa que exclamar "¡Qué ho-rror!" para olvidar el tema a continuación y seguir cenando. No se trata ya de cine necesario, sino imprescindible, cuya existencia, co-mo bofetada de castigo y obligada reflexión acerca de dónde venimos y, sobre todo, hacia dónde nos precipitamos de conti-nuar así, deberíamos agradecer.

  Entender "Hotel Rwanda" es entender la magnitud de aquella tragedia. Durante la época colonialista, las potencias euro-peas se repartieron África como a un bo-tín: la invadieron, la subyugaron, la sa-quearon y la desmembraron a su antojo sin reparar en consideraciones étnicas que encenderían rivalidades y más tarde desembocarían en sangrientos conflictos. La historia de Ruanda, bajo dominio bel-ga hasta la década de los 60, no es muy distinta de la de otros países africanos. Los belgas establecieron una división artificial entre la mayoría hutu y la mino-ría tutsi para controlar mejor su gestión. La convivencia entre ambas tribus empeoró antes de lograr la indepen-dencia de Bélgica, cuando el rey tutsi murió y los hutus se hicieron con el poder, obligando a más de cien mil tutsis a exiliarse. En 1994, después de tres décadas de enfrentamientos, estaba a punto de al-canzarse un acuerdo de paz que contaba con el respaldo de la ONU, sin embargo, cuando el avión en el que viajaba el presidente ruandés fue abatido, el gobierno del hutu Juvenal Habryrimana culpó a los tutsis del asesinato e instó a la población hutu a que se alzara contra ellos para reprimir una posible invasión. Mientras las radios gubernamenta-les llamaban a la limpieza étnica, los hombres del coronel Theoneste Bagosora se hacían con el dominio de la situación, distribuyendo ma-chetes y azadas para exterminar a sus indefensos enemigos. En tan sólo cien días, un millón de personas murieron brutalmente asesina-das, la mayoría tutsis, pero también algunos hutus que se negaban a ceder a la presión; medio millón de mujeres fueron violadas y otros tantos ruandeses desplazados a los países vecinos. El genocidio ruan-dés es uno de los capítulos más sangrientos de la historia africana, no el único; también uno de los más importantes de la historia de la hu-manidad, aunque haya sido ridículamente difundido. No obstante, el carácter lamentable de esta catástrofe es más grave aún, si cabe, en tanto que el resto del mundo miró hacia otro lado negándoles su ayu-da: no se produjo ninguna intervención militar, no hubo pactos o coali-ciones para solucionar la crisis, y las agencias de prensa recogían los dramáticos hechos tildándolos de "pequeñas luchas tribales", redu-ciéndolo entre todos a “otro incidente del Tercer Mundo” cuyo alcance siquiera merecía la pena considerar.

  "Hotel Rwanda" no es una crónica exhaustiva de aquellos aconteci-mientos; tampoco lo pretendía. George y su guionista Keir Pearson han desestimado el tono documental, quizás más preciso pero tam-bién más impersonal y generalista, y han apostado por la opción que se perfilaba como la más efectiva: acercarnos a la historia poniéndole rostro y nombre a la noticia. Así, el film sigue las vi-cisitudes de un personaje real, Paul Rusesabagina, un hutu bien posicionado, casado con una tutsi y padre de cuatro niños, que traba-jaba como director de un hotel de las aerolíneas belgas, el Mille Colli-nes, al estallar el conflicto. Cuando se desata la ola de violencia y ca-os, Rusesabagina confía en Occidente. Pero muy pronto se da cuenta de que los aliados blancos van a abandonarlos a su suerte, entregá-ndolos a una muerte segura. La imagen que ofrece una de las mejores y más poéticas escenas de la película es desoladora: Rusesabagina, empapado bajo de la lluvia, contempla a las puertas del hotel cómo los turistas blancos huyen despavoridos del sangriento escenario, y con ellos el ejército belga, quedándose completamente solo al frente del cuantioso grupo confinado a su cargo: huéspedes, familias acogidas, niños y religiosas de un colegio cercano... Más de mil doscientas per-sonas asustadas y en peligro. Las llamadas de auxilio al preocupado director de Sabena (Jean Reno) no fructifican, y ya no quedan repor-teros que informen al exterior y presionen a la opinión pública. Tam-poco las fuerzas de la ONU le serán de gran ayuda: su misión es úni-camente mantener la paz, no pacificar; si no hay paz que mantener, ellos no pintan nada allí. Es entonces cuando Rusesabagina, astuto relaciones públicas que, por su profesión, se ha  acostumbrado a man-tener la serenidad ante los imprevistos y a echar mano de todos los recursos a su alcance para solventar cualquier problema, hace acopio de entereza —incluso en esos momentos en que le vencen los nervios y no atina a anudarse la corbata— y continúa haciendo lo que mejor sabe, comportarse como un director de hotel: mueve los hilos disponi-bles, recurre a sus contactos e influencias, soborna, falsea y escon-de... toca todas las teclas posibles para que sus accidentales protegi-dos sobrevivan. Es el retrato de un hombre inteligente y bueno, pero sobre todo práctico y realista, cuya personalidad resolutiva, templada y avezada en la diplomacia representa un remanso de cordura y ho-nestidad entre tanto salvajismo y corrupción, pero que también es la clave de su salvación. Un hombre que gana en calidad humana y va-lentía con el transcurso de la película, que pasa de salvaguardar a los suyos a hacerse cargo del destino de todo un colectivo. Seguir sus progresivas penurias permite que el relato nos vaya introduciendo en ese otro panorama más amplio, a  través de los diferentes personajes que confluyen en la historia principal, conociendo no sólo las reaccio-nes de la población, las barbaries de las milicias hutus o la postura del ejército ruandés —como el general Bizimungo (Fana Mokoena), dis-puesto a devolver favores pero no a hacerlos—, sino también la des-preocupada posición de los diferentes medios internacionales implica-dos, como el patético papel de las fuerzas de la ONU, representadas por un impotente coronel Oliver (Nick Nolte), la voluntariosa pero des-bordada miembro de la Cruz Roja (Cara Seymour), o ese periodista norteamericano interpretado por Joaquin Phoenix que pide perdón al abandonar el país por ser incapaz de lograr que los sucesos tengan mayor repercusión.

  Película bien construida, conducida con oportuna solvencia mediante un ritmo regular y ágil, y narrada de for-ma clara y concreta, "Hotel Rwanda" encuentra en su poderosa fuerza vi-sual, sostenida por la hermosa foto-grafía de Robert Fraisse, y en su in-herente carga emotiva los mejores aliados para implicar al espectador. A esta labor cabe sumar una sensible banda sonora, con composiciones de Andrea Guerra o Rupert Gregson-Wi-lliams entre otros, que atraviesa el colo-rido de los ritmos africanos o la caricia intimista de algunos instantes, para dar rienda suelta a la épica de corte clásico en los momentos de mayor tensión o desánimo. Relato intenso, crudo y conmovedor sobre una realidad silenciada que recla-ma justicia al menos en el recuerdo, con imágenes impactantes que se quedan pegadas a la retina y líneas de diálogo que arrojan verdades como puños, es más que comprensible su candidatura al Oscar® al Mejor Guión Original. No obstante, tampoco pasan desapercibidas ciertas debilidades en su abordaje, que no empañan el estimable re-sultado final pero sí obligan a matizar su consideración. Por un lado, una tendencia al maniqueísmo y a tropezar en los tópicos que en oca-siones reduce a los personajes secundarios al estereotipo de buenos muy buenos o malos muy malos empobreciendo su desarrollo y vero-similitud, cuestión que afecta especialmente al limitado papel que de-sempeña Nolte como el Coronel Oliver, o al de esos hutus reflejados como malvados villanos, caso del empleado del hotel Gregoire (Tony Kgoroge). A esto se añade la obviedad casi infantil con que se mues-tran algunas reacciones, como esa escena en la que se desparrama una caja llena de machetes en el almacén que suministra a Rusesaba-gina, ocasionándole un sobresalto por lo que de anticipatorio tiene la situación. Por otro lado, su interés en exaltar la figura del protagonista provoca que la película descuide el dibujo de otros caracteres implica-dos y se olvide de profundizar en determinadas circunstancias decisi-vas en el conflicto, retratadas tan sólo como mero paisaje narrativo. Aun así, estas limitaciones no resultan un obstáculo insalvable para apreciar la enorme contribución de este film que estuvo a punto de no ver la luz, y repetir la infortunada suerte del pueblo ruandés, después de que ningún estudio apoyara el proyecto, y finalmente cristalizara gracias a la financiación colectiva de USA, Reino Unido, Italia y Sudá-frica. No es de extrañar, tampoco, que fuera precisamente Terry Geor-ge, conocido por su compromiso ideológico a través de sus colabora-ciones escritas con Jim Sheridan en "En el nombre del padre" y "The boxer" o de sus anteriores trabajos como realizador ("En el nombre del hijo" y "A bright shining lie"), el encargado de sacar adelante la pro-puesta.

  La carnicería perpetrada en Ruanda justificaba imágenes de un nivel de truculencia insoportable hasta la náusea. Sin embargo, los autores prefirieron suavizar los contenidos con la intención de que su mensaje pudiera llegar así a un mayor número de público. "Hotel Rwanda" gol-pea con una carga de violencia moderada, pero no por ello menos con-tundente. Porque ya sea en esas ocasiones en las que señala, más que exhibe, lo escabroso de las situaciones vividas, o en esas otras que hielan el aliento por su inevitable dramatismo, como la secuencia en la que Rusesabagina intenta circular por una carretera sembrada de cadáveres, dudo que deje indiferente a nadie y la mayoría le agradece-rán que no haya ahondado en detalles macabros, no sólo perfectamen-te sobreentendidos, sino representados con idéntica eficacia. Pero qui-zás sean los rostros de los protagonistas, reflejo continuado de todo el horror y la desesperación sufrida, el testimonio más elocuente de la destrucción y el desamparo que los circunda. En este sentido, las magníficas actuaciones del principal elenco actoral, caracteri-zadas ante todo por su humanidad, son otro de los puntos de apoyo sobre los que reposa la indiscutible capacidad comunica-tiva de este film. Don Cheadle, soberbio en su primer papel pro-tagonista, confecciona un personaje sólido y sometido a evolución, cuya idiosincrasia termina convirtiéndose en la verdadera alma de la película. A su lado, la también nominada al Oscar® Sophie Okonedo interpreta a su mujer, sabiendo contener sus inevitables manifestacio-nes de miedo o rabia sin caer en la desmesura. Joaquin Phoenix y Jean Reno están correctos en sus fugaces apariciones, mientras que Nick Nolte parece que no termina de coger el tono dramático, proba-blemente por la indefinición de su personaje.

    Pedrada en los dientes a Occidente, termómetro de la miseria humana univer-sal, "Hotel Rwanda" recoge el lema "tan-to tienes, tanto vales" para denunciar la indiferencia que sume a todo individuo cuando no lo mueven intereses persona-les, económicos o estratégicos, ya se trate de un mando ruandés corrupto que se vende por unas botellas de whisky, de un guerrillero hutu que perdona vidas a cambio de un puñado de dinero, o de las potencias mundiales en su pugna por el petróleo o la carrera armamentística. Una oportunidad  indispensable para conocer una de tantas realidades que han sido ninguneadas, cuando no acalladas, porque carecían de atractivo mediático o político. Realidades escalofriantes como las que en estos precisos instantes sacuden otros muchos lugares, como Sudán o el Congo, y que a pesar de haber gozado de una mayor repercusión, tampoco parece que vayan a correr mejor suerte. Falta saber si el público que acuda a las salas también preferirá apartar la mirada hacia otro lado, llámese "Hitch: Especialista en ligues", lláme-se "Constantine", o se involucrará con la cuestión. Saber para recor-dar. Recordar para no repetir.

Calificación:


Imágenes de "Hotel Rwanda" - Copyright © 2004 United Artists, Lions Gate Films y Kigali Releasing Limited. Distribuida en España por On Pictures. Todos los derechos reservados.

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