CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
El riesgo
de vivir un sueño
Clint
Eastwood propone una valiente, inquebrantable y enternece-dora
obra maestra que establece lo mejor del clasicismo cimenta-do en
una sencillez y una pureza exultantes.
Parecía
difícil que tras "Mystic River", sombría y pesimista obra de
sólidos pilares acerca de la más cruel y oscura naturaleza del
ser humano y la violencia de la sociedad americana actual,
Clint Eastwood volviera a
arriesgar tanto en su nueva propuesta. Sólo un cineasta como él,
consolidado como uno de los últimos clásicos del cine moderno,
era capaz de atravesar el umbral dramático de la dureza y
destemplanza que había situado con su anterior filme para
explorar la amistad, el dolor y la muerte en un ámbito honesto y
re-al con la propia condición humana como es su nuevo trabajo.
Clint Eastwood lleva
décadas componiendo con sus inmejorables cintas los capítulos de
la gran tragedia americana, de lo doloroso de aquellos
personajes a los que el cine de su país no dedica una sola
mirada, outsiders en continuo conflicto con los valores
que le rodean.
Y "Million Dollar Baby" no iba a ser una excepción. La emotiva
historia presenta a Frankie Dunn, un preparador de
boxea-dores víctima de algunas decisiones vitales que le han
convertido en un ser resentido y triste, debido a la pérdida de
contacto con una hija que le desprecia hace tiempo. En su
gimnasio, los únicos vínculos humanos que mantiene son un
prometedor púgil que está a punto de dejarle para fichar con un
gran manager y Eddie "Scrap", un ex
boxeador malogrado por la pérdida de un ojo que cuida y mantiene
el recinto. En su vida irrumpirá Maggie Fitzgerald, una joven e
inculta camarera dispuesta, pese al inicial desprecio de Frankie,
a alcanzar su único sueño de lograr pelear por un título.
Algo que Frankie nunca consiguió como entrenador.
Pero,
al contrario de lo que pue-da
pensarse, "Million Dollar Baby" no es un filme centrado en el
bo-xeo (muchos quieren compararla con los paradigmáticos clásicos
de Ros-sen,
Mark Robson, Robert Wise o John Huston),
al igual que "Sin per-dón" no era un western. Ambos géne-ros (en
este caso subgénero) son simples pretextos para ahondar en al-go
mucho más profundo, en aristas vi-tales, errores o
estigmas pretéritos que endurecen toda una vida. Si en su oscarizado western se adentraba en complejas cuestiones
morales y so-ciales como la redención, el valor de la vida y la
venganza, en su nueva y magistral película, Eastwood escarba
en los sueños de la vida y los riesgos que se deben tomar para
lograrlos, a modo de ini-gualable
introversión sobre la muerte en un mundo de desarraiga-dos unidos
por imperfecciones y defectos comunes, donde la deu-da de las
ilusiones supera las frustraciones vitales en un entorno de
fortaleza mental, representado en un
cuadrilátero que delimita la vi-da de unos seres que solventan en
él gloria y sufrimiento. El con-texto pugilístico sirve
perfectamente para utilizar sus criterios, re-glas, germanía y
combates para metaforizar así la soledad huma-na, el amor, el
dolor y la culpa de unos antihéroes clandestinos, fuera
del contexto social cotidiano, pero
que existen en el mundo real, persiguiendo sueños que se saben
imposibles.
Una atípica historia de superación sobre perdedores que se
resisten a ser con-siderados como basura y que, con mucho
sacrificio, muestran el triunfo humano en lo que para muchos es
una vida de fracaso.
Apoyado en guión equilibrado y sobrio,
Paul Haggis adapta un relato corto de Jerry Boyd (más
conocido como F.X. Toole)
que Eastwood aprovecha para ofrecer un recital de clasicismo,
acomodado en este género utilizado como simple excusa pa-ra
adentrarse en lo que de verdad el importa, en las tinieblas más
oscuras y políticamente incorrectas de un drama universal como
es el desamparo emocional, ejerciendo de
cronista del ocaso y consa-grando un estudio
psicológico donde las decisiones
trascendentes nunca fueron tan significativas
para el destino de unos personajes que poseen la nobleza,
integridad y constancia como único modo de vida. Y es ahí donde
encuentra su armazón espiritual, en aque-llas resoluciones que
cambian la existencia.
Ya
en su primera secuencia podemos observar cómo Frankie no escapa
al hecho de asumir riesgos, pero siempre desde la protec-ción,
haciendo que su mejor púgil salga al ring con el ojo destroza-do,
aconsejándole que se deje golpear una sola vez para obstruir la
herida. Un golpe más y tendrá difíciles consecuencias. Para Fran-kie asumir riesgos se ha convertido en un suplicio desde que
su mejor amigo perdiera un ojo por no tirar la toalla a tiempo.
De este modo, se ha convertido en un ser huraño, poco
comunicativo, derro-tado y aislado
en su incurable soledad
que se ha propagado debido a la indiferencia de una hija que no
le habla ni quiere saber nada de él. Posiblemente, por algo que
el propio Frank hiciera en el pasado. Algo terrible, porque
todas las cartas que ha enviado a lo largo de los años le han
sido devueltas sin abrir (siempre con el membrete de “devolver
al remitente”). Sin adoctrinar ni dramatizar, el dolor de Frankie se aprecia en su ajado rostro, por una punición
incurable que no encuentra ninguna moralizante recompensa. Lo
único que le queda es su modesto gimnasio, la lectura de Yeats y
su autodidac-ta forma de aprender gaélico. El único contacto
fuera del boxeo lo tiene con un pobre y paciente cura al que putea con preguntas bí-blicas de enigmático esclarecimiento.
La
aparición de Maggie va a cambiar su vida. Esta inculta y
obstinada chi-ca economiza y reserva todo su dine-ro para
entrenarse y progresar como boxeadora, trabajando para ello como
camarera y subsistiendo de las propi-nas y de las sobras de sus
clientes. Una actitud que convencerá al viejo Frankie de que la
ilusión y la ambi-ción todavía pueden devolverle la es-peranza de
seguir entrenando a un ni-vel de primera. Dos mundos que cho-can,
pero que acabarán complemen-tando sus carencias, compartiendo un
espíritu en común y descubriendo el sentido de familia que
habían perdido tiempo atrás. "Million Dollar Baby" enuncia la
determina-ción de una mujer por conseguir un reto que encuentra a
la única persona que, no queriendo saber nada de ella y
des-preciando su empeño, acaba por darlo todo por esta lucha-dora,
en todos los sentidos de la vida, en un poderoso y brutal ac-to
de amor. Frankie pasará a simbolizar al amado padre que Mag-gie
perdió siendo niña y el veterano entrenador encontrará una
se-gunda oportunidad para exorcizar la herida emocional que tanto
da-ño le está haciendo.
Clint Eastwood aborda lo arduo de la
situación con una compro-metida simplicidad del cine clásico que,
en manos del director, consigue la sobriedad del más que difícil
ejercicio de denotar lo pro-fundo a través de lo sencillo,
en una frontera realista en la que no existe la poética ni el
lirismo y donde nada está embellecido,
filma-do con una elegancia y moderación que sólo puede darse
desde la experiencia vital de quien ha vivido y sabe lo que es
la vida, especu-lativo con todas las respuestas vitales que
ofrece este maravilloso drama. Un ejercicio epistolar,
donde su tenebroso realismo se ali-menta del inescrutable dolor y sosegante serenidad que subliman unas imágenes cuyo ritmo parece
contenerse en cada fotograma, haciéndolo progresar la historia
silenciosamente, hacia
una desga-rradora tragedia.
Eastwood huye en todo momento de la artificiali-dad auspiciado en
su autoridad narrativa e inspiración
artística, con un virtuoso
tratamiento de las emociones y situaciones, dotando a los
personajes de voz propia, retratándolos sin evadir sus miedos,
sus defectos o vestigios sentimentales, pero dejando espacio
para la ironía y la sonrisa, capaz de pasar, en un solo
cambio de plano, de la tragedia al toque de humor sin que se
debilite el fondo de la película
en la enésima lección de progresión dramática. Si algo destaca
en "Million Dollar Baby" es la facilidad con la que el
espec-tador se identifica con los personajes, con su situación y
sus mise-rias, encaminados a una dolorosa resolución humana, a un
impere-cedero descenso a los infiernos morales más profundos que
se puedan dar en esta vida. En este sentido, la película de Eastwood es una de las experiencias emocionales más intensas,
dolo-rosas y asfixiantes que se hayan podido contemplar en una
pantalla en la última década.
Eastwood, rehusando cualquier ca-non establecido, la impugnación
de la moral y la fe hegemónica, y sin coar-tadas esteticistas en
lo más doloroso de una forma directa, asume una de las historias
de amor paterno-filiales más emotivas que se hayan visto en
mucho tiempo. Un drama que, a pe-sar del desasosiego que llega a
provo-car, nunca cae en el sentimentalismo fácil, ni mucho menos
en el mani-queísmo, mirando a sus personajes a un nivel humano
cuando ejecutan sus actos o toman esas trascendentales
decisiones. Una cinta de una belle-za imponderable, reflejada en
varias secuencias que dejan ver el calado de integridad de los
caracteres y de Eastwood como director, simbolizado, por
ejemplo, en el plano en que Mag-gie,
después de ganar un importante título, recuerda lo único
que la hizo feliz cuando observa a través de la ventana del
coche a una ni-ña que le sonríe, mientras, simbólicamente, Frank
limpia los crista-les del coche, que no son más que las lágrimas
de la joven. O el trato que se le da desde su guión al
humanizado y comprensivo cu-ra, el padre Horvak (Brian
O'Byrne), de una forma positiva y ampa-radora del
dolor, algo inusual en una sociedad moderna apóstata y
peyorativa con la Iglesia. Otra lección de "Million Dollar Baby",
que no juzga una creencia sino a las personas. Incluso ahí, la
película de Eastwood se muestra como una visión retroactiva de
los mejo-res clásicos del cine. Todo funciona como un engranaje
de insupe-rable magnificencia; el determinante claroscuro
cinematográfico de la espléndida fotografía de
Tom Stern (que comienza con el
logo de la Warner en blanco y negro), los largos silencios, el
lenguaje corporal de los actores (magnífico aquel plano en que Swank ensa-ya el juego de piernas mientras sirve como camarera),
la utilización más que sutil y al mismo tiempo poderosa de la
voz en off, la direc-ción de producción austera y emocional de
Henry Bumstead, has-ta llegar a
los acordes de guitarra y piano que el propio Eastwood ha
compuesto para la ocasión. Tal vez lo único innecesario sea esa
prolongada subtrama que tiene como protagonista a la
despreciable familia de Maggie, egoísta y estereotipada, que
pesa en algún mo-mento sobre un guión férreo, de construcción
milimétrica. Una im-previsión que se encubre bajo las miradas
cómplices de Frankie y Maggie, la admonición de Scrap a favor de
ese entrañable persona-je retrasado llamado Peligro, y el
sentimiento de culpa que pesa sobre cada uno de estos pobres
sufridores
multiplican la
dramatur-gia con sus derrotas personales y albergan la esperanza
de las se-gundas oportunidades.
En el apartado de reparto, Morgan
Freeman aporta su habitual pátina de sabiduría
interpretativa en un papel que por fin se corres-ponde a una
altura actoral como la suya. Por su parte,
Hilary Swank apuntala con una
inabordable solidez el alma de la pelícu-la, acreditando una
sublime miscelánea de fisicidad e interpretación que merece
todos los elogios del mundo, increíble en su fusión de rudeza palurda y candidez inocente. Pero es Clint Eastwood quien merece
una mención aparte, ya que en este terreno en el que em-pezó y se
convirtió en estrella es donde jamás estuvo tan estupen-do,
mostrando su parte más humana en un elogio a la vulnerabili-dad,
a la emoción contenida. Sin duda alguna, Eastwood ha crea-do
la mejor interpretación de su carrera.
"Million
Dollar Baby" acoge el existencialismo tratándolo con ecuanimidad
de amor y de dolor, la compasión y el horror, hasta llegar al
momento cumbre de solidaridad y despedida.
Una de las películas más personales, heterodoxas
y arriesgadas que han sur-gido durante la última década en Hollywood. Muchos la califican de obra maestra. Y no están muy
lejos de acertar en sus muchos y merecidos ponderativos.
Calificación:
    
Imágenes
de "Million dollar baby" - Copyright © 2004 Warner
Bros. Pictrures, Lakeshore Entertainment, Malpaso y Ruddy Morgan
Productions. Distribuida en España por Filmax. Todos los derechos
reservados.
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