CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
En el cuadrilátero de la
vida
Desde hace varias décadas, el sep-tuagenario
Clint Eastwood nos viene ofreciendo casi anualmente
una obra de primera magnitud, entre el clasicis-mo más americano
y los aires nihilis-tas de la posmodernidad. Grandes pe-lículas
como "Sin perdón", "Un mundo perfecto" o "Los puentes de
Madison" tuvieron su continuación el año pasa-do con "Mistyc
River" y ahora con es-te drama en torno al boxeo
femenino. Sin embargo, sólo superficialmente a Eastwood le
interesa esta trama pugi-lística, pues lo que en el fondo
preten-de es hacer un retrato de personajes con heridas del
pasado, mos-trando al espectador esas cicatrices interiores que
siguen doliendo, a la vez que les concede una segunda
oportunidad para cumplir las expectativas que un día la vida les
ofreció.
En las
primeras secuencias nos presenta ya a Frankie, un mana-ger del
boxeo que arrastra un sentido de culpa por errores en el modo en
que llevó a sus deportistas, y también por el abandono de su
única hija, que no le habla desde hace años. A su lado, su
ami-go y colaborador Scrap –boxeador retirado desde que perdió
un ojo por no haber abandonado a tiempo un combate– será quien
aliente a Maggie, una joven huérfana y de infancia difícil,
decidida a cual-quier sacrificio para triunfar entre las doce
cuerdas. A regañadien-tes, Frankie acaba por aceptar ser su
entrenador, con la esperanza silenciada de recuperar el título y
la hija que un día perdió.
Fiel al estilo más clásico –incluido un sentido homenaje a John
Ford y su "Innesfree"–, el guión parte de una historia real. Con
una cuidada y litera-ria voz en off, Scrap cuenta al espec-tador
–y a la hija de Frankie, a través de una carta– la verdadera y
profunda historia de un hombre que luchó toda su vida contra el
destino, en el cuadri-látero de la vida. Eastwood no necesi-ta
ningún flash-back para explicar un pasado que pesa como una
losa: basta con leves referencias en los diálogos y con unos
gestos llenos de dolor y expresividad para que el espectador
adivine las corrientes subterráneas que circulan por esas almas,
que pelean contra las dificultades de la vida, frente a las
ingratitudes e indiferencias familiares, en una sociedad –del
boxeo, en este caso, con sus promotores corruptos– que les
empuja a forzar las situa-ciones “contra la naturaleza” y
abandonar la sensatez. Frankie es un perdedor, un hombre
acabado, que va a Misa casi a diario y que se preocupa por
cuestiones teológicas... porque algo le remuerde por dentro;
Maggie echa en falta a su padre y se ha propuesto de-mostrar
todo lo que es capaz... Uno y otro sufren heridas más dolo-rosas
que las provocadas por unos guantes de boxeo, y tienen la
esperanza de restañarlas y volver a pelear por un sueño, con una
relación que se asemeja a la paterno-filial.
Toda la
película está rodada con una fotografía expresionis-ta, de
fuertes claroscuros, con escenas en permanente pe-numbra y
juegos de contraluz: se logra con ello una ambien-tación casi
opresiva, que sirve para mostrar la oscuridad in-terior de sus
protagonistas. El boxeo como metáfora de la vida, y las
sombras como señal de las dudas que les atenazan y que les
obligan a “protegerse siempre” –lema de Frankie en el boxeo y en
la vida–, lo que a la larga significa encerrarse tras su coraza,
en su escepticismo y en su soledad.
El carácter lineal de la historia, des-de los primeros
entrenamientos hasta el combate por el título mundial, sufre un
quiebro en su parte final, que no conviene desvelar; pero este
giro dra-mático golpea de lleno al espectador y le encoge el
alma. El duro desenla-ce, con unos personajes que sufren el
conflicto de conciencia ante la muer-te, y que se acercan al
abismo que les espera si traicionan sus conviccio-nes, queda
lejos de la frívola y sensi-blera postura pro-eutanasia de
Ame-nábar: aquí se respira auténtico respeto y sensibilidad ante
el dolor y quien lo sufre, y se percibe sinceridad en su
director al plantear la duda moral entre un pretendido “derecho
a morir” y la licitud al dejar de poner medios extraordinarios
para mantener la vida.
Película dura en sus escenas de combate y más cruda aún en el
fondo que transmite. De factura clásica, aprovecha el subgénero
del boxeo para hablar de relaciones personales y dramas
familiares, con un fondo fatalista y unos personajes complejos,
interpretados magníficamente por el propio East-wood,
Morgan Freeman o
Hilary Swank, al lado de otros
secun-darios impecables. Después de ganar dos Globos de Oro
–mejor director y actriz dramática–, opta a siete Oscar®, entre
ellos al me-jor director: con permiso de Scorsese, esta vez
Eastwood se mere-ce lo que se le negó el año pasado.
Calificación:
    
Imágenes
de "Million dollar baby" - Copyright © 2004 Warner
Bros. Pictrures, Lakeshore Entertainment, Malpaso y Ruddy Morgan
Productions. Distribuida en España por Filmax. Todos los derechos
reservados.
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