CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
El K.O. de Eastwood
Recuerdo que hace poco más de un año me lamentaba, en el co-mienzo de la
crítica de "Mystic River", del suplicio que suponía ser consciente
al empezar a escribir unas líneas de que no podría, por razón del
espacio y la complejidad de la propuesta de
Eastwood, hacer
justicia a todo lo que proponía en aquella terrible
representa-ción de la fatalidad, que se convirtió por derecho
propio en una de las mejores películas de un realizador
descomunal. Poco podía sospechar entonces que su siguiente film
me iba a colocar en un precipicio aún mayor, pues "Million Dollar
Baby" es, en opinión de este cronista, un film
mucho más que notable, una de esas pelícu-las destinadas a
convertirse con el tiempo en un clásico, y es pre-cisamente la
parte del argumento que hace de esta película una obra mayor
algo sobre lo que conviene guardar silencio bajo pena de causar
un daño irreparable a aquel que aún no la haya disfruta-do.
Dilema irresoluble para cualquier crítico, que se ve forzado a
elegir entre la urgente necesidad de compartir sus impresiones
so-bre esa sublime reflexión moral, que sólo un cineasta con el
oficio, la valentía y la madurez creativa y personal que Eastwood arrastra a sus espaldas
es capaz de plantear a los espectadores, y la
sem-piterna obligación de no revelar más de lo estrictamente
necesario, con la paradoja de que el simple planteamiento del
problema es en sí mismo contraproducente, pero algo que no debe
obviarse.
"Million
Dollar Baby" es la
máxima expresión de una peculiar forma de entender el cine que
muchos nos te-memos que desaparecerá con la pro-pia figura de Clint
Eastwood, al que hace ya tiempo que no le queda gran-de la
etiqueta de último gran cineasta clásico. No en vano, Eastwood
sigue reinterpretando el clasicismo a su manera o, mejor dicho,
sigue aco-giéndose a las claves y arquetipos narrativos del cine
de género pa-ra, en el fondo, plantear otra serie de cuestiones.
Por eso "Million Do-llar Baby" es mucho más que una pe-lícula de boxeo, pese a que
el planteamiento de la misma no difiere demasiado de otras obras
que han utilizado el cuadrilátero como metáfora de la condición
humana, obras en las que los golpes de la vida resultan
infinitamente más dolorosos que su equivalente físico. La
película se articula en base a la relación de apenas tres
perso-najes de los que, como siempre en el cine de Eastwood,
sabemos casi más por lo que intuimos que por lo que se nos
cuenta. Su pa-sado incluye, como el de todos, algunas decisiones
erróneas que condicionan de forma clara a unos personajes que
son perfilados de manera magistral por un férreo guión que,
entre diálogos afila-dos, puntuales momentos de humor que hacen
aflorar la sonrisa en el espectador y un argumento que recuerda
mucho, demasiado, a otras historias de superación personal a
través del esfuerzo y el sa-crificio, va tejiendo de manera
subterránea algunos de los temas re-currentes del director y
preparando el terreno para lo que está por venir.
Así, esta
historia de falsos perdedores (en el cine de Eastwood perder no
significa necesariamente melancolía o tristeza, sino que siempre
es una parte más, natural, de la vida) funciona a varios
ni-veles: en primer plano está la lucha de una voluntariosa joven
sin nada que perder por conseguir su objetivo de ser una
boxeadora, y dar algo de sentido a su existencia a través de su
relación con ese entrenador de vuelta de todo, reticente a
prepararla, y ese antiguo boxeador que ve en ella posibilidades;
una trama que responde punto por punto a cualquiera de los
tópicos imaginables del género. Por debajo de todo eso
transcurren los verdaderos temas de la película, auténticas
obsesiones del cineasta: la conciencia de la propia madurez, la
culpa por los pecados del pasado de los que nunca se puede
escapar del todo y que atormen-tan el presente, la sublimación de
una amistad de años en la que basta una palabra o una mirada
para expresar las más contundentes verdades y, por encima de
todo, el terrible sen-timiento de pérdida paterna, esa
insoportable angustia que Eastwood ya había explorado en
películas como "Un mundo perfec-to", "Los puentes de Madison", "Poder
absoluto" y, sobre todo, "Mystic River", en el que la necesidad de
recuperar una relación pa-dre/hija perdida en alguna esquina de
la vida consigue superar cual-quier tipo de barrera, incluso la
falta de una relación biológica pro-piamente dicha.
"Million
Dollar Baby" se
configura así como una obra llena de subtextos, en la que el
verdadero discurso de la pelí-cula se desarrolla plácidamente
bajo otra apariencia formal y en la que las claves de unos
personajes complejos se nos muestran sin estridencias pero sin
pausas; una película en la que Eastwood reescribe con su habitual
elegancia el clasicismo, entendido és-te en la mejor línea de la
narrativa tra-dicional. Al director le ayudan no poco las
impecables interpretacio-nes de los tres protagonistas de la
historia, empezando por él mismo. Ya es hora de que, además de
reconocer los méritos de Eastwood como cineasta, se empiece a
reivindicar el gran talento que tiene como actor: su composición
de ese veterano preparador de boxea-dores, ese restañador de
cortes, incapaz de contener la hemorragia de las heridas del
pasado, que sobreprotege a todos los que le ro-dean, es quizás el
mejor trabajo de su carrera en este campo, comparable a aquel
crepuscular William Munny de "Sin perdón". Por su parte,
Hilary
Swank ofrece una interpretación desar-mante y llena de carisma,
absolutamente maravillosa. Basta-ría con detenerse en secuencias
como esa contundente declara-ción de intenciones en la que
expresa su necesidad de boxear para conseguir encontrar algo de
sentido a su vida, su desolación cuan-do su entrenador trata de
deshacerse de ella por indagar en lo per-sonal, o esa complicidad
creciente que consigue con Eastwood a lo largo de toda la
película y que culmina en ese final indescriptible para darse
cuenta de que estamos ante una de las interpretaciones no sólo
del año, sino de los últimos tiempos. Morgan Freeman
vuelve a
demostrar que en pocas ocasiones se siente más cómodo que
trabajando a las órdenes de Eastwood, y su entrañable ex bo-xeador
de cabeza bien amueblada, que tiene arrestos tanto para ganar
algún combate más como para decir las cosas claras cuan-do es
preciso, es una presencia que llena la pantalla de saber ha-cer,
incluso cuando se limita a observar (y nosotros con él) lo que
se está desarrollando en ese gimnasio en el que se reúnen no
sólo la pareja protagonista sino algunos excelentes personajes
secun-darios.
No
conviene confundir los términos: que "Million Dollar Baby" esté rodada de una
forma tan clásica no equivale en ningún caso a sim-plicidad. La
película tiene un gusto por el encuadre en el que uno tiene la
sensación de que la cámara está siempre en el sitio más adecuado
para contar la historia de forma fluida, y en el que incluso
recursos tan viejos como el manido plano-contraplano cobran todo
su significado (obsérvese la ya mencionada escena de la
declara-ción de intenciones que conduce a la final aceptación de Frankie de entrenar a Maggie).
El juego de luces y sombras que
compo-ne la fotografía de Tom Stern no es sino un indicativo más
de que "Million Dollar Baby" no es la película que parece ser, y el trabajo de
montaje del veterano colaborador de Eastwood
Joel Cox es,
simplemente, digno de elogio: todos estos ele-mentos conforman un
ritmo pausado en el que el interés del espec-tador, lejos de
decaer, crece parejo al desarrollo de las relaciones entre los
personajes, que en algunos casos adquieren matices sor-prendentes
(hay que destacar aquí la peculiar relación que se esta-blece
entre el sacerdote y un Frankie que tiene tantos motivos para
sentirse comprensiblemente descreído como para no dejar de
acu-dir diariamente a esa iglesia, una relación que cobra todo su
signifi-cado en la última y desoladora conversación entre ambos)
o que despiertan la curiosidad (el brillante recurso de guión
del significado oculto de "Mo Cuishla", cuya revelación final
corona la secuencia más memorable del film). Quizás sólo se le
puede reprochar a Eastwood un cierto exceso de maniqueísmo en el
retrato de algunos de los personajes secundarios (concretamente
la fami-lia de Maggie), porque ni siquiera aquellos que, como yo,
no sean muy partidarios del recurso narrativo de esa
omnipresente voz en off, encontrarán motivos de queja una vez
haya terminado la pelícu-la.
Con la
misma seguridad con la que se puede afirmar que "Million Dollar
Baby" no es ni
mucho menos la pelí-cula definitiva sobre el mundo del bo-xeo (por
más que Eastwood se aten-ga a las reglas del género y ruede las
peleas de una forma impecable), hay que decir que muy pocas veces
se ha podido traducir en imágenes la forma en la
que uno debe quedarse K.O. tras recibir un golpe definitivo y
que-darse en la lona más allá de toda cuenta de protección
posible. Porque eso es lo que Eastwood consigue en el tramo
final de la película: sacudir nuestras conciencias de tal forma
que uno se ve lan-zado por el precipicio moral que plantea la
película. En un acto de honestidad insobornable, Eastwood
orquesta todos los ele-mentos antes mencionados para desembocar
en una serie de es-cenas que justifican por sí solas cualquier
trayectoria fílmica y me atrevería a decir que humana. Porque
hace falta haber vivido mu-chas cosas y haber alcanzado un grado
de madurez personal que no está al alcance ni mucho menos de
todo el mundo, para poder afrontar tanto los temas de los que
habla Eastwood como la forma en lo que lo hace, con una puesta
en escena despojada de todo ar-tificio, que rehuye cualquier tipo
de componenda emocional y no cede ni un solo milímetro de
terreno al sentimentalismo o a las jus-tificaciones superfluas, y,
lo que es aún más importante, que nos obliga a mirar de frente,
con un nudo en la garganta pero sin poder apartar la vista de la
pantalla, un acto que nace tanto del amor como del dolor, de la
humanidad más solidaria como de la desesperación más allá de
toda medida imaginable, que desembo-ca en un final incierto,
abierto, magnífico.
Calificación:
    
Imágenes
de "Million dollar baby" - Copyright © 2004 Warner
Bros. Pictrures, Lakeshore Entertainment, Malpaso y Ruddy Morgan
Productions. Distribuida en España por Filmax. Todos los derechos
reservados.
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