CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
Eastwood
nos
deja k.o.
En contra de lo que pudiera parecer, el último trabajo de
Clint Eastwood no es un
película acerca del boxeo, ni tampoco una his-toria de superación
personal sobre los progresos profesionales de un púgil, del mismo modo que su anterior proyecto, "Mystic
river", no se trataba de un thriller sobre pequeños
mafiosos locales, ni "Sin perdón" resultó ser otro western
más al uso. En "Million Dollar Baby" el realizador
californiano vuelve a hacer un empleo particular del subgénero
como mero telón de fondo para asentar aquello que en
verdad nos quiere relatar: un melodrama de
personajes, como aquellos otros, cincelados por un desafortunado
pasado y a los que el destino
les deparará una nueva encrucijada cuando intenten re-componer
sus vidas. Es cierto que las
interioridades de este depor-te, desde el espectáculo que rodea
el fragor de las peleas hasta los sacrificios que se
salvaguardan en la
intimidad de los entrenamien-tos, están retratados con un rigor y,
sobre todo, con un respeto de-sacostumbrados, aportando al mismo
tiempo interesantes reflexio-nes sobre su funcionamiento
trasladables al ámbito cotidiano. Pero, insisto, "Million Dollar
Baby" no es "Rocky", ni siquiera es "Girlfight".
Aquí el cuadrilátero acoge, en realidad, ese otro gran
combate que es la vida,
la misma que fue poco piadosa con estos tres protagonistas,
y que, tras otorgarles una última esperanza pa-ra la felicidad,
también se la arrebatará. En este
sentido, el pesi-mista determinismo que planea sobre el film es
implacable. Y des-corazonador.
Así,
es ésta una historia cimentada en las relaciones humanas, en
donde convergen las
trayectorias de tres se-res poco
agraciados en lo personal y en lo afectivo que saldrán
benefi-ciados de su encuentro. La primera, Maggie (Hilary Swank),
es una joven desarraigada
de humildes orígenes que ha crecido sabiéndose menos que nada. A
pesar de que ha supera-do la edad para iniciarse en el boxeo, su
sueño es abrirse paso en este deporte como única tabla de salvación
posible delante del asfixiante futuro que la espera: un trabajo como
cama-rera desde los trece años, y una familia ignorante y
descompuesta que no agradece sus atenciones ni valora sus
esfuerzos, cuando no la desprecian directamente. Maggie cree que
no importa fraca-sar cuando has hecho todo lo posible por
lograr el éxito. Después de haber perdido a la única
persona que al parecer la trató con ca-riño, su padre, Maggie
sólo necesita encontrar a alguien que crea en ella. Luego está Frankie (Clint
Eastwood), un veterano entrena-dor, manager y reparacortes que
sabe que lo más importante de todo es proteger a sus luchadores. Hombre
solitario y adusto, trata de reforzar sus lejanas raíces irlandesas
aprendiendo gaélico y le-yendo a Yeats. Su única hija le castiga
desde hace años con el
si-lencio, por una culpa que ignoramos y que él intenta purgar, sin
conseguirlo, acudiendo casi impulsivamente a una religión que no termina de
comprender, ante la mirada de complicidad de un atí-pico sacerdote (Brian
O'Byrne)
que, en lugar de aburrirlo con abs-tracciones teológicas, le
ofrece prácticos consejos. Frankie necesi-ta redención. El tercer
vértice del triángulo es Eddie (Morgan Free-man), un antiguo
boxeador que tuvo que retirarse tras perder un ojo en un
combate y que
en la actualidad se ocupa del gimnasio de Frankie, donde también
vive, menos fértil como negocio que como centro de acogida de
una serie de muchachos descarriados como Peligro (Jay
Baruchel). Eddie
necesita contar esta historia; al final sabremos por qué.
Cuando, muy a regañadientes, Frankie acepte entrenar a esta joven desvalida pero
tenaz, se establecerá entre ambos, cojos en afectos familiares complementarios, una peculiar relación paterno-filial,
cuyo grado de implicación se pondrá a prueba en un último conflicto. Maggie
habrá encontrado entonces a un hombre que no quería hacer nada por ella y que
acabará dándoselo todo. Frankie, una hija a quien ofrecérselo.
Sería tentador hacer una inocente refe-rencia al trágico giro
que emprende el film en su parte final, y cuyo desenlace,
dolorosamente realista y adulto, apoyaría lo dicho hasta ahora;
incluso entrar en valoraciones sobre su tratamiento.
Sin em-bargo, la molesta tendencia de buena parte de la crítica a
hacer in-dicaciones demasiado obvias, creyendo que así no
revelaban deta-lles implícitos, logró arruinarme esa sorpresa
antes de haber visto la película, de modo que dejaré que
aquellos que lean estas líneas "disfruten" con total plenitud
ese momento, sin padecer la torpeza de ningún comentario previo,
como debería ser siempre.
Si hay algo que hace de "Million Dollar Baby" una gran
historia es la honesta humanidad que des-prenden sus
protagonistas, cuyos triunfos y vicisitudes conmueven al
espectador como si fueran los suyos propios. Si hay algo que
hace de "Million Dollar Baby" una gran pelí-cula es ese
constante ejercicio de contención y sutileza que, a través de un elegante manejo del subtexto,
va desplegando un flujo subcutáneo de significados e
informaciones que hier-ven sin derramarse. Simple y pura,
donde nada está de más ni nada falta, "Million Dollar Baby" es probablemente una de
las muestras de precisión y economía más perfectas que haya podido disfrutar el cine
en los últimos años. Sin necesidad de recurrir a largos flash-backs, ni a la obviedad de los diálogos,
de las acciones remarca-das o de los gestos desatados, al guión
de Paul Haggis le bastan
cuatro apuntes, apoyados en la ajustada expresividad de los
acto-res y en el temple reposado de la dirección, para ubicarnos
en las circunstancias de los personajes, dibujarnos su talante,
e irnos mostrando a partir de ahí los lazos que participan de su
evolución y conflictos. Y es esta hechura de pieza maestra,
reflejo indiscutible de un talento curtido por la veteranía, lo
que separa a "Million Dollar Baby" del telefilm lacrimógeno en
que podría haber derivado en otras manos.
Como suele suceder cuando un actor se pone
tras las cáma-ras, el peso que se concede a las interpretaciones
cobra aquí especial relevancia, yendo mucho más allá de la
credibili-dad con que se recita un texto. Porque en "Million Dollar Baby" no importa tanto lo que se dice
—diálogos, por otra parte, que gol-pean secos y precisos como ganchos— como la forma en que se dice, y se presta una minuciosa atención
a todo aquello que se transmite en el silencio de gestos, miradas o
leves desplazamien-tos. Resulta más que evidente que Hilary
Swank ha hecho una gran contribución física para preparar su
papel, practicando y aprendien-do los pasos y movimientos propios
del boxeo, hasta parecer absolutamente convincente como púgil
tanto en las peleas como en sus diferentes actitudes durante
todo el proceso. Pero, del mis-mo modo, no cabe sino alabar la
insólita autenticidad con que hace transparentes la situación
e ilusiones de esta humilde pueblerina que deposita en el boxeo
todos sus esfuerzos. Como ya le ocurrie-ra con
Al Pacino en "Insomnio",
Hilary Swank proyecta su innega-ble admiración por Eastwood a
esta muchacha que está en
todo momento pendiente de la aprobación de su entrenador. Sin ningún género de
dudas, su composición de Maggie es de las que hacen historia, y merece verse recompensada por el
Oscar®,
después de haber recibido un Globo de Oro entre otros laureles.
Sería una lás-tima que la Academia no la considerara
simplemente por el hecho de haberla premiado ya con anterioridad
gracias a su intervención en "Boys
don't cry" —dicho sea de paso, tampoco se entiende
có-mo una actriz de tamaño talento se ha visto arrinconada desde
en-tonces en baratijas interpretativas como "El
núcleo" o "Premoni-ción"—.
Clint Eastwood se ha reservado el papel que más le favore-ce, el
de hombre labrado por la vida y parco en muestras de afecto,
pero que bajo esa aparente fachada de tipo duro esconde
sensibles intereses y vulnerabilidades. Por último, gracias a
Eddie recupera-mos la elegante contención del Morgan
Freeman que mejores re-cuerdos interpretativos nos trae, lejos
de esos personajes desubi-cados en producciones de dudosa
calidad.
Fiel a su
estilo más tradicional, Eastwood
elige contarnos este re-lato tan potente en emociones con la
menor sobrecarga visual posi-ble, exhibiendo una solución clá-sica,
sobria y
funcional cuyo discur-so narrativo se apoya en la voz en off de
Eddie, y no por casualidad, aun-que sus razones no las
descubramos hasta la conclusión final. En esta puesta en escena
tan austera como efectiva donde predominan las esce-nas en
penumbra, destaca la tene-brista
fotografía de Tom Stern,
gene-rosa en contraluces, violentos contra-stes y
sombras agrestes que sumen a los protagonistas en la mis-ma
oscuridad que abrigan sus almas y sugieren el fatalista destino
que los acecha, acentuando con gravedad sus líneas de expresión
y rescatando apenas su perfil para situarlos en el plano.
En
unos tiempos en los que predomina un tipo de cine que busca
impresionar mediante los sentidos, las grandes gestas épicas y
los golpes de efecto, es grato encontrar películas como "Million
Dollar Baby" que logran hacerlo a través del curso
cotidiano de los senti-mientos. Auténtica, profunda y conmovedora historia de amor
que redime de las asperezas de la vida, confirmando a East-wood
no sólo como un director capacitado en lo técnico con cosas que
contar, sino con una voz sensible y personal para contarlas. En
opinión de quien esto suscribe, que no es, precisa-mente, una
entregada seguidora de su filmografía, una de sus me-jores
composiciones hasta la fecha. Con más de setenta años en su
haber, Eastwood nos ha dejado completamente k.o.
Calificación:
    
Imágenes
de "Million dollar baby" - Copyright © 2004 Warner
Bros. Pictrures, Lakeshore Entertainment, Malpaso y Ruddy Morgan
Productions. Distribuida en España por Filmax. Todos los derechos
reservados.
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