CRÍTICA
por
Manuel Márquez
Un poema de
amor desesperado: si hay un film que, en el ámbito de la
producción más reciente y junto a un reducido catálogo de ellos
en todo el amplio arco de la historia cinematográfica universal,
pueda atribuirse con propiedad la aplicación del título nerudiano, ése no es otro que
"Million dollar baby", la última
entrega de lo que empieza ya a atisbarse como un corpus creativo
de un nivel excep-cional —la filmografía de
Clint Eastwood—, en
el que esta película vuelve, con un alarde de talento
excepcional, a elevar una vez más el listón con un salto
limpio y poderoso.
No era tarea
fácil: su entrega ante-rior, "Mystic river", ya había vuelto a
alcanzar el nivel de verdadera obra maestra, aunando un nivel
excepcio-nal, tanto en el plano formal (un ejerci-cio de
caligrafía fílmica realmente so-bresaliente) como en el del
contenido (a base de desplegar y entreverar una trama de una
enorme complejidad y densidad emocional, riquísima en ma-tices
humanos), y siempre se hace complicado, ante resultados de ese
calibre, alcanzar el mismo nivel en la película que se hace
inmediatamente a continuación. Sin ánimo de entrar en
disquisiciones comparativas siempre —amén de odiosas— muy
complicadas —y aun cuando haya evidentes concomitancias, so-bre
las cuales ya habrá ocasión de incidir—, no se puede negar que "Million dollar baby"
no desmerece, en lo más mínimo, a su
ilustrísima predecesora, e incluso pudiera ser que la supera-ra
en alguno de sus rubros.
El último film de
Eastwood utiliza el mundo del boxeo como esce-nario sobre el cual
desarrollar su muy particular liturgia acerca de las relaciones,
y las pasiones, humanas: un mundo tan representa-tivo como
cualquier otro, dado que en el mismo hallan cabida las mismas
pulsiones y los mismos sentimientos que es dable encon-trar en
todo ámbito donde se despliegan relaciones entre personas, aun
cuando las mismas puedan verse matizadas y amplificadas por sus
connotaciones de dureza y violencia física. Un mundo del bo-xeo
que se desdobla, a su vez, en dos escenarios bien diferencia-dos:
el gimnasio, una suerte de microcosmos peculiar, con sus
personajes fijos, cada uno de los cuales asume un rol
paradigmá-tico, con el único punto en común de su condición de
perdedores (es muy significativo que el único de sus integrantes
que consigue despuntar, no cuaja hasta que no se desvincula de
él), y en el que la voz en off de uno de los personajes
principales nos va desgra-nando, a base de sentencias con un
punto lapidario, los principios básicos sobre los que se asienta
el sistema de valores de ese mundo (también es muy significativo
que la voz en off vaya perdien-do presencia a medida que, por un
lado, va siendo menos necesa-rio su papel explicativo y, por
otro, el personaje de Maggie va asu-miendo un cada vez mayor
protagonismo); y el ring, el escenario en el que terminan
desembocando, y encarnándose, los sueños de grandeza que Maggie
ha ido trabajando, de manera inclemente consigo misma, en sus
interminables horas de entrenamiento, y en el que asistimos a
los que, probablemente, sean los combates que mejor se hayan
filmado en toda la historia del cine (y son muchas las películas
que han centrado su atención en este mundo), en un auténtico
ejercicio virtuoso del arte de situar y mover la cámara para
captar la imagen en movimiento. No son, obviamen-te, los únicos
lugares que aparecen a lo largo de un film que se prodiga —como
ya lo hacía "Mystic river" al jugar tan sabia y fluida-mente con
el escenario urbano de Boston como tapete de su po-tente partida
de situaciones dramáticas— en retratar interiores y exteriores
de una suerte de América profunda (valga el recurso al tópico
para utilizar una etiqueta que puede identificar con claridad a
qué nos referimos) con resonancias claramente hopperianas en
muchas ocasiones; pero sí son, y con mucho, los más importantes
y significativos, tanto por la frecuencia con que aparecen a lo
largo del metraje como por su peso en el desarrollo de la trama.
De todos modos, y
aun siendo una película (excelente, por cierto) de bo-xeo, "Million dollar baby" es más que eso, mucho más que eso: es
un
re-lato lacerante y dolorido acerca de algunos de los
sentimientos más poderosos de la condición hu-mana; el amor,
obviamente, muy por encima de todos, dado que ése es el motor
que mueve a los personajes, tanto en sus gozos como en sus
su-frimientos, para redimirlos y para con-denarlos, para dotarlos,
en definitiva, de aquello que más los define en su condición;
pero también la ambición, la fe y el dolor, como contrapuntos o
complementos, esos elemen-tos que nos ponen a prueba,
empujándonos al borde del abismo para, desde allí, despeñarnos
o salvarnos (con una manotada in ex-tremis o con el gong del
último segundo del último asalto: habla-mos de boxeo...). Frankie
y Maggie desarrollan una relación que, con el impulso inicial y
la presencia siempre entre las bambalinas de esa suerte de hada
madrina que es Eddie, va mucho más allá de la relación entre
mentor y pupilo, o entre entrenador y boxeador: es una auténtica
relación de amor paterno-filial, en la cual cada uno asume el
papel que el otro le reclama y, a su vez, cubre sus nece-sidades
afectivas más básicas, supliendo esas carencias que, por ciertos
avatares de la vida (no explicitados, pero que no necesitan de
tal explicitud para ser perfectamente entendibles), sufren
am-bos. Y será esa relación la que irá dejando todo un reguero de
sen-timientos a ella conectados, hasta llegar a su (durísimo)
desenlace final —tras un inesperado giro de tuerca argumental—,
en un des-pliegue que, posiblemente, no alcanza la complejidad
afectiva que se exhibía en "Mystic river" (donde todo era más
turbio y enrevesa-do), pero sí un clímax de intensidad mucho más
fuerte.
No sería justo,
ni lógico, cerrar una reseña crítica, por poco ex-haustiva que se
pretenda, de "Million dollar baby" sin hablar del tra-bajo
interpretativo de sus tres protagonistas (me parecería una
mezquindad injustificable, aun cuando pudiera ser correcto desde
un punto de vista estrictamente técnico, considerar a
Morgan
Freeman en este caso como un secundario). Los tres rayan a la
altura de las calidades que ya han acreditado, cada cual a su
pecu-liar modo y manera, a lo largo de sus carreras
—especialmente Eastwood y Freeman, mientras que
Swank viene a
reafirmar una trayectoria que no terminaba de asentarse tras los
comienzos ful-gurantes que su Oscar® por "Boys don’t cry" parecía
augurar—, pero no por ello se puede dejar de resaltar cómo han
conseguido interiorizar sus personajes y prestar a los mismos un
grado de ve-rismo realmente impresionante. En el caso de Hillary
Swank, su Maggie denota un doble trabajo, físico e intelectivo,
de un calibre descomunal: el proceso a través del cual su
entrenamiento va con-virtiéndola en una boxeadora se traduce en
la adquisición de una complexión física espectacular, que no
desmerece en lo más míni-mo a la de cualquier púgil real; pero es
aún más meritorio el cariño con que trata el itinerario afectivo
de su personaje, jugando con el arma poderosísima de una sonrisa desarmante, esa sonrisa de quien ya agotó el cupo de lágrimas
que tenía asignado y asume que sólo desde la lucha continua se
puede plantar batalla, desde una sencillez intelectual (pocos
principios y pocas ideas, pero muy claros y asentados: a Maggie
le sobran las elucubraciones metafí-sicas, porque con ellas no se
hará campeona del mundo) resuelta con una economía de medios
expresivos muy apropiada. En cuanto a Clint Eastwood, su trabajo
“físico” es mucho más simple, pero, en cambio, ha de vérselas
con una personaje mucho más oscuro e intrincado que el de Maggie:
Frankie Dunn es la viva expresión del dolor de la memoria, el
prototipo de la persona sufriente por diver-sos episodios que
tiene siempre presentes y que siempre hallan su reflejo en la
mirada; esos ojos acuosos y cansados son la ventana por la que
nos asomamos a un Frankie críptico, lapidario, alguien con
fachada de “duro” para sobrevivir, pero a quien se le vendrán
to-das las máscaras abajo cuando aparezca en su vida un ciclón
de-terminada a que sea él, y sólo él, quien haga de ella una
campeona de boxeo; el proceso por el que Frankie pasa de la
negación al en-tusiasmo se exterioriza en una paulatina
relajación del rictus de Eastwood, que demuestra, en ese y mucho
detalles más, que su experiencia en papeles cercanos a este
registro de perdedor cre-puscular le hace dominar los mismos con
una suficiencia pasmo-sa. Y si Hillary Swank es la sonrisa y
Clint Eastwood es la mirada, ¿qué decir de un actor como Morgan
Freeman? El destilado de tris-teza y conformismo —algo parecido a
la fatalidad, pero barnizado de bondad intrínseca— que exhala su Eddie en cada uno de sus gestos y movimientos son una muestra
(otra más) de su enorme valía como actor y una demostración de
lo acertado de su elección para encarnar a ese “tercer hombre”,
ese vértice del triángulo encar-gado de mediar, facilitar y
aportar otra perspectiva sobre el desplie-gue de la historia.
"Million dollar
baby" no es una pelí-cula perfecta por una mera cuestión de
principios: las películas perfectas no existen, y ésta, en ese
sentido, no es una excepción a tal regla. Por su-puesto que existen elementos, aun cuando sean nimios, por lo poco que pesan
a la hora de articular una valoración global del film, que chirrían un tanto dentro del marco de su concepción global: no
cabe considerar de otra manera, por ejemplo, cómo carga las
tintas East-wood, hasta rozar lo caricaturesco, cuando nos
muestra la catadura mo-ral de la familia de Maggie, a través de
una secuencia que, por lo grueso de su trazo, desentona
posiblemente con el tono general de la película (un problema que
también se reproduce a la hora de di-bujar el personaje de la
rival a la que Maggie se enfrenta en su combate por el título
mundial, más cercana al esperpéntico Mr. T de "Rocky III" que a
sus rivales precedentes, mostradas con un ca-riz mucho más
realista); pero no dejan de ser apuntes mínimos de demérito que,
en absoluto, pueden empañar la grandeza de una pe-lícula que
trasciende, con mucho, lo que tales detalles pueden sig-nificar
en su valoración de conjunto. Una grandeza que, en el mo-mento en
que escribo estas líneas, aún no se sabe si se verá
sufi-cientemente reconocida en la próxima ceremonia de los Oscars®,
con la concesión de alguno o algunos de aquellos a los que
aspira (y que ascienden a un total de siete): sinceramente, no
creo que sea excesivamente importante. Para el autor, creo que
ya podría ser suficiente reconocimiento la conciencia de que,
por encima de las dificultades que hubo de superar para ponerla
en pie, ha erigido todo un monumento del arte cinematográfico,
destinado a engrosar las futuras e hipotéticas listas de
clásicos de la his-toria del cine; y para sus espectadores, la conciencia, igualmen-te, de haber asistido a uno de esos raros
momentos en que lo ar-tístico se funde con algo más profundo, más
visceral, para dejarte una huella indeleble que va mucho más
allá de lo que el mero reco-nocimiento de una calidad técnica
inmensa te puede aportar. ¿De veras, creen que hay alguna
estatuilla dorada que pueda competir con tales galardones? Lo
dudo...
Calificación:
    
Imágenes
de "Million dollar baby" - Copyright © 2004 Warner
Bros. Pictrures, Lakeshore Entertainment, Malpaso y Ruddy Morgan
Productions. Distribuida en España por Filmax. Todos los derechos
reservados.
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