CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
Como la
vida misma...
Antes de entrar en materia, permí-tanme que les invite a
participar en un pequeño juego. ¿Qué es lo primero que se les
viene a la mente cuando piensan en un crítico de cine? Vamos a
hacer una lista de tópicos y lugares comunes. Quizás se les haya
apare-cido la figura de un tipo que ronda la cuarentena, cuyo
aspecto probable-mente no resulte excesivamente atractivo (es
más, seguro que es al-guien más bien pasado de kilos, con una
incipiente calvicie y algún tipo de barba o perilla que le dé
ese indispen-sable aire intelectualoide), que tiene cierta
tendencia a establecer dogmas de fe cuando habla del tema en el
que se siente seguro, conocimientos que aprovecha bien para
impresionar al interlocutor (no digamos ya si es interlocutora)
o apabullar al contrario, pero que a lo mejor exhibe cierta
reticencia o timidez al hablar de sí mis-mo o de otros temas que
domina menos. Para completar el cuadro, es más que probable que
se sienta un fracasado porque no pudo en su momento ser director
de cine o escribir un guión decente y por eso se dedica a esta
deleznable profesión de decirles a los de-más lo que tienen que
ver y por qué. ¿Les sale un retrato más o menos coincidente con
lo descrito? Bien, pues ahora cambien la fi-gura de un crítico de
cine por la de un profesor de literatura de insti-tuto, gran
experto en vinos, que está a la espera de saber si le pu-blican
por fin su primera y trabajada novela, cuyo divorcio de hace dos
años le ha dejado la autoestima por los suelos y que ya no
es-pera gran cosa de la vida, y tendrán ustedes una de las claves
(ni mucho menos la única, no seamos injustos) por la que esta
agra-dable película ha tenido una acogida tan entusiasta y
unánime por parte de la crítica especializada: la clarísima
identificación con el personaje que hace
Paul Giamatti, una especie de
perdedor no muy atractivo pero con indudables virtudes. Y es que
¿quién de los que se dedican a escribir no ha deseado alguna vez
en un momen-to de crisis en su vida personal que un día aparezca
una Virginia Madsen
cualquiera y le descubra en todo lo que vale?
"Entre
copas" (estúpido título castellano para "Sideways", algo así
como "Caminos secundarios", lo que en este caso en particular
cobra mucho más sentido) habla de forma aparentemente sen-cilla
de multitud de cosas que en realidad son bastante com-plejas. Dos
viejos amigos de mediana edad emprenden un viaje de una semana
para celebrar que uno de ellos se despide de la solte-ría. Miles,
el padrino, lo tiene todo bien planificado: harán un recorri-do
por la región vinícola del condado de Santa Bárbara, enseñará a Jack, su amigo de hace más de veinte años, a apreciar las
virtudes de los buenos vinos ya que es un experto en ellos,
jugarán al golf, comerán en buenos restaurantes y disfrutarán de
su último tiempo juntos antes de que se case. Pero Jack tiene
una idea bien distin-ta: todo lo anterior está muy bien, pero
este atractivo actor de se-gunda fila que una vez tuvo su momento
de gloria (con un papel fijo en un culebrón, vaya) y que ahora
malvive de los anuncios publici-tarios, está a punto de casarse
con un buen partido y quiere apro-vechar al máximo su última
semana de libertad. Vamos, que lo que tiene en mente es
básicamente echar un polvo. O, mejor dicho, muchos polvos. Y, de
paso, va a intentar curar el desesperante pe-simismo de su mejor
amigo con el método que a él siempre le ha funcionado mejor:
buscarle otro buen polvo, que la caza en pareja siempre resulta
además mucho más sencilla. Cualquiera que co-nozca la obra
anterior de Alexander Payne
sabe que este punto de partida de comedia clásica esconderá
lecturas mucho más complejas.
La
película funciona con la mis-ma fórmula infalible que lleva
fun-cionando en el cine desde hace décadas, contraponer dos
perso-najes básicamente opuestos y de-jar que el simple
intercambio de ideas, diálogos muy trabajados y situaciones
surrealistas se suce-dan de forma fluida en una come-dia
ciertamente agridulce, teñida de un desencantado humor entre
iró-nico y directamente negro. Miles es un tipo complejo,
pesimista, resigna-do, lúcido y un desastre con las muje-res,
sobre todo porque aún no ha sido capaz de superar el bache en el
que le dejó su esposa cuando se divorció de él hace ya dos años. Jack, por el contrario, es bastante más simple, optimista,
aparentemente seguro de sí mismo y un seductor nato, que mide su
éxito por la capacidad que tiene de camelar a las mujeres,
aun-que sea un mentiroso patológico y, en el fondo, otro
fracasado. Cuando a estos dos terribles especimenes masculinos,
que ya de por sí dan bastante juego en su química y en su
distinta forma de ver y enfrentarse a la vida, se les unen dos
mujeres tan decididas como las que se cruzan en su camino, el
abanico de temas y posi-bilidades que se abre delante nuestro es
enorme: hay en juego co-sas verdaderamente importantes.
Alexander
Payne, irónico y certero observador de las amplias mi-serias del
ser humano (como ya demostró en sus anteriores y es-tupendas
"Ciudadana Ruth", "Election"
y "A
propósito de Schmidt"), construye un guión en el que
se hace un preciso re-trato emocional de esos dos hombres
perdidos por las esqui-nas de la vida y víctimas de sus propias
limitaciones, a los que trata con cierto cariño, pero de los que
en ningún mo-mento esconde sus múltiples defectos, defectos que
se hacen más patentes cuanto más tratan de profundizar (bueno,
es un de-cir) en sus relaciones con Maya y Stephanie, y cuanta
más con-ciencia toman de sí mismos y de su incapacidad para hacer
frente a sus fantasmas o a sus responsabilidades.
Paul
Giamatti (un excelente actor que aquí da buena muestra de su
enorme calidad, habitualmente ensombrecida en papeles
secun-darios) compone un desolador personaje que despierta las
simpa-tías del espectador por su infinita torpeza y cobardía a la
hora de relacionarse con Maya (una felizmente recuperada
Virginia Mad-sen), otra recién divorciada que tampoco se siente
especialmente segura de sí misma en este momento de su vida. La
melancolía y tristeza que desprende Miles, un hombre
acostumbrado a una sole-dad que, sin embargo, sobrelleva bastante
mal, se resiente aún más ante la infantil forma de comportarse
de su amigo, que le lleva a tener un, en el fondo, más que
discutible éxito allí donde él más fracasa. Bastan unos cuantos
planos de Miles comiendo solo en el restaurante o leyendo en su
habitación del hotel para transmitir to-da la tragedia del
personaje, toda la frustración con la que carga. Tampoco Jack lo
lleva mucho mejor. Su forma de enfrentarse a la vida entra de
lleno en el tópico (recuerden: los tópicos lo son por-que
conllevan algo de verdad) del cuarentón que se resiste a sentar
la cabeza y hacer frente a sus responsabilidades, pero entre
polvo y polvo hay que detenerse de vez en cuando a pensar hacia
dónde lo lleva esa huida hacia delante que a menudo entra en el
más puro desatino. Y, amigo, tomar conciencia de eso es
francamente jodi-do, por no mencionar que ser un mentiroso
patológico y vivir enga-ñando a todo el mundo (incluyéndose a sí
mismo) siempre acaba por tener un precio de lo más doloroso.
"Entre
copas (Sideways)" maneja un material fácilmente reconocible para
todo aquel que tenga una cierta edad y haya vivido un poco. Es
cierto que hay momentos en los que la auto-compasión alcanza
cierto regodeo y que la película sufre de algún que otro bache
de interés, pero la verdad es que el rico guión ideado por Payne
según una novela de Rex Pickett
da como resultado una de esas intere-santes películas en las que
lo ver-daderamente importante es la his-toria que se cuenta y los
persona-jes que la interpretan. Apoyado en un grupo de actores
magnífico (Giamatti destaca, pero el sorprendente
Thomas Haden Church y las dos
chicas no le andan a la zaga), Payne recupera el viejo en-canto
del cine hecho de una forma sencilla que habla de cosas que no
lo son en absoluto, y que además consigue en determinados
momentos que la emoción se apodere del espectador, especial-mente
cuando Miles tiene que enfrentarse a sucesivos reveses o
si-tuaciones delicadas, como las noticias sobre su ex-esposa,
segui-das por esa cena doble en el restaurante que no puede
llegar en peor momento, la hermosa secuencia del porche en la
que Maya le revela a Miles qué es lo que le gusta del vino, o la
forma en la que éste observa la salida de la iglesia en silencio
(hay que ver cómo sostiene ese primer plano Payne y cómo lo
defiende Giamatti en un momento prodigioso), reflexiona sobre
todo lo que ha vivido en los últimos días y toma una decisión
que sabe a derrota definitiva.
Quizás lo
mejor que pueda decirse de "Entre copas (Sideways)" es que su
historia, con su nada inocente carga de profundidad, va calando
en el espectador como (y perdónenme la imagen facilona) un buen
vino que se bebe despacio, sorbo a sorbo. Busca en todo momento
la complicidad del espectador y juega con ese sen-tido del humor
que la mayor parte de las veces surge preci-samente de cierta
tragedia vital (aunque a veces incluso se per-mita cierto guiño
al gag visual, como la antológica escena del acci-dente), que es
el poso que permanece a la salida del cine y que puede dar lugar
a interesantes reflexiones sobre cuestiones que nos afectan a
todos en mayor o menor medida. No pasará a la his-toria del cine,
qué duda cabe, pero no deja de ser cierto que a algu-nos nos
gustaría ver más a menudo en los cines películas tan bien
escritas e interpretadas, con el poder de hacernos reflexionar
sobre nosotros mismos y el sentido que tienen nuestras vidas,
como esta "Entre copas (Sideways)" con la que Alexander Payne
sigue de-mostrando que por suerte subsiste una forma de hacer
cine en el que lo que verdaderamente importa es lo que siempre
ha importa-do: las historias y los personajes que los
interpretan. A veces es tan sencillo como eso.
Calificación:
    
Imágenes
de "Entre copas (Sideways)" - Copyright © 2004 Fox Searchlight
Pictures y Michael London Productions. Distribuida en España por
Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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