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Dirección: Sydney Pollack.
Países: Reino Unido y USA.
Año:
2005.
Duración:
128 min.
Género:
Thriller, suspense.
Interpretación: Nicole Kidman (Silvia
Broome), Sean Penn (Tobin Keller), Catherine Keener (Agente Dot
Woods), Yvan Attal (Philippe), Jesper Christensen (Nils Lud),
Earl Cameron (Edmund Zuwanie), Sydney Pollack (Jefe Pettigrew),
George Harris (Kuman-Kuman), Michael Wright (Marcus), Maz
Jobrani (Mo), Tsai Chin (Luan).
Guión: Charles Randolph, Scott
Frank y Steven Zaillian; basado en un argumento de Martin
Stellman y Brian Ward.
Producción: Tim Bevan, Eric Fellner
y Kevin Misher.
Producción ejecutiva: Sydney Pollack, Anthony
Minghella y G. Mac Brown
Música: James Newton Howard.
Fotografía: Darius Khondji.
Montaje: William Steinkamp.
Diseño de producción: Jon Hutman.
Vestuario: Sarah Edwards.
Estreno en Reino Unido: 15 Abril 2005.
Estreno en España: 15 Abril 2005. |
CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Uno de los juegos favoritos de
Sydney Pollack en su nueva pelí-cula es la precisión que planea
sobre los diálogos, los perfiles, los ideales y los actos de sus
personajes. Y parece que esa exactitud es en verdad un problema
y una necesidad al mismo tiempo, un síntoma del lento
desbarajuste que avanza en tantos ámbitos del ser humano. Como
advierte Silvia Broome (Kidman) en su primer encuentro con el
agente Tobin Keller (Penn), la fidelidad de las pa-labras es
clave para que todo avance en línea recta. En la cola de la
taquilla escucho a alguien pedir una entrada para “La
interpreta-dora”. Craso error porque, de entrada, Silvia Broome
no interpreta nada ni a nadie, sólo traduce. La labor del
intérprete. Una profética señal del discurso que me iba a
encontrar a continuación.
La mayor pega
que puede repro-chársele a Pollack después de sie-te años de
retiro es que continúe empeñado en los tonos grandilo-cuentes...
y los amores de África. Esto último seguramente sea una
ca-sualidad, y bien es cierto que la pare-ja Kidman-Penn no surge
como clon artificial del tándem Redford-Streep. Más bien es uno
de esos hallazgos de laboratorio que despiertan química y
reacciones en cadena. Si la serie-dad de Sean Penn intenta
romperse con benevolentes sonrisas, la gracili-dad de Nicole se
esconde tras las puertas batientes de un personaje tan oscuro
como sus raíces afri-canas. Y entre el vaivén de las hojas de esa
puerta la película fluye por episodios de thriller y de drama
intimista. La grandilocuencia entra en la primera parte. Los
amores, en la segunda. Hasta que se supera la presentación
inicial, el turno de un tema a otro avanza a unas marchas
forzadas que hacen pensar en la inutilidad de esos pasajes
cotidianos más tópicos que decisivos. En adelante, toda la
acción sobrepasará en exceso el paladar y quedará, con sorpresa,
el sutil regusto de unas escenas a dos que discurren con triste
bre-vedad. “La intérprete” podría ser dos películas: una descarga
de ca-rreras, disparos, helicópteros, servicios secretos y
terroristas; o la disección de una mujer que encarna el espíritu
de la contradicción actual. En realidad, se queda entre las dos,
con esa pretenciosa coletilla de thriller político. No es
posible que la política sea un tira y afloja entre los
aguerridos guardianes estadounidenses y cual-quier país con
demasiadas armas en el bolsillo. Lo más típico ha-bría sido un
territorio de Oriente Próximo, pero en este caso se si-túa en una
región ficticia de África. Para esas cosas ya tenemos la visión
de los telediarios.
Sin embargo,
es
imposible negar que “La intérprete” fun-ciona como cinta de
tensión, a pesar de los altibajos. Y que al menos se escuchan
las conversaciones de Silvia y Tobin con sabor añejo. Con sabor
a duelo, respeto, roces lejanos y supuestas refe-rencias a Hitchcock. Es posible que al maestro del suspense le hu-biese
gustado esa intérprete rubísima, que sólo vive a través de los
micrófonos, los teléfonos y los cuadernos de notas; una heroína
en bruto que sabe interpretar las palabras, los discursos, los
nombres, los pasados, la flauta. Y la mejor de sus traducciones
es la que de-dica a Tobin, un hombre roto por la muerte de su
esposa y que co-mienza a reconstruirse a costa de las últimas
esperanzas de Silvia. Dos viajes paralelos, dos posturas
distintas ante las tarjetas de presentación y los revólveres, y
que, con uno de los mejores pulsos de Pollack, terminan en la
misma orilla.
Toda la sangre
que corre por las grietas del panorama internacional apenas
mancha el discurso definitivo de “La intérprete”, empapado de
bara-tas referencias pacifistas, quizá el precio impuesto por Kofi Annan ante sus concesiones de rodaje en la ONU. Una pequeña
moralina con la que Silvia intenta explicar el porqué de su
trabajo en la institución. Y co-mo sus pretensiones de hacer
reali-dad viejos relatos tradicionales, su arenga de paz no es
sino la máscara tribal que guarda una voluntad más profunda y
práctica: la necesidad de seguir traduciendo lo inexpli-cable, lo
aberrante, el pasado sujeto a un idioma minoritario. Las
intenciones de Pollack también se encaminaban hacia esos
derro-teros. Pero terminan dejándoselos a Silvia y resaltando las
estri-dencias de un conflicto ya ficticio, ya denunciante de lo
real, en cualquier caso sólo valioso como acción bien
estructurada, y sacri-ficando la estupenda historia de
confidencias a media calle de dis-tancia que podría haber sido.
Hasta sus protagonistas lo dicen con la mirada: Siempre nos
quedará África.
Calificación:
    
Imágenes de "La intérprete" - Copyright © 2005 Universal
Pictures, Working Tittle, Misher Films y Mirage Entertainment.
Distribuida en España por UIP. Todos los derechos
reservados.
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