CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
De extravagancias y
universos temporales
De toda la reciente hornada de nuevos cineastas
estadounidenses que han surgido a lo largo de los últimos diez
años y que resultan más bien difíciles de agrupar o clasificar
en base a otro criterio que pertene-cer a la misma generación y
compartir una cierta voluntad de construir un discurso con
pretensiones más o menos autorales y (habitualmen-te, pero no
siempre) que suele marcar distancias con el enfoque del
Hollywood actual –un grupo formado en principio por gente tan
diversa como Paul Thomas Anderson, Todd Solondz, Alexander
Payne, Da-rren Aronofsky, Sofia Coppola o Spike Jonze, y en el que
sin duda es-taríamos obligados a incluir al guionista Charlie
Kaufman–, Wes An-derson es sin duda uno de los que poseen de una
forma más acusada eso que suele dar en llamarse un universo
personal propio y un estilo claramente reconocible. Con tan solo
cuatro películas realizadas des-de su debut en 1996 con "Bottle
rocket" (la única de su filmografía que desconozco), Anderson ha
conseguido desconcertar a propios y extra-ños con tres obras que
desafían abiertamente cualquier intento de en-casillamiento,
incluso por parte de la crítica, que se haya dividida ante la
disyuntiva de hallarse en presencia de un absoluto genio o de un
tipo que disfruta tomándoles el pelo con películas que, en el
fondo, no son sino una gigantesca broma y no pueden ser
tomadas muy en se-rio.
"Academia Rushmore" (1998), la segun-da película de Anderson, era una
cinta
ciertamente estimulante que giraba en torno a un adolescente muy
peculiar que, detrás de su pinta de empollón pedante, escondía a
un tipo que adivinaba toda la amargura que la vida le iba a
servir en grandes raciones a través de su relación con un
Bill
Murray que, en un papel es-plendoroso, sentaba las bases de los
personajes desencantados que luego cla-varía en "Lost in
translation" y ahora en esta "Life aquatic". Un film de lo más
rei-vindicable que ya apuntaba un sentido del humor bizarro, un
ritmo perezoso y un gusto ciertamente excesivo por las
disgresiones argumentales, pe-ro que estaba lleno de momentos
brillantes, de soluciones visuales ingeniosas y una melancolía
irresistible que a veces incluso llegaba a transformarse en rara
poesía. Seguidamente, "Los Tenenbaums" (2001), un extraño retrato de una familia
de supuestos genios que en el fondo tendían a comportarse como
auténticos imbéciles o tarados emocionales, nos dejaba con la
duda de si estábamos ante la come-dia más rematadamente triste o
ante el drama más liviano y repleto de toques de amargo humor de
los últimos años, sumiéndonos en el des-concierto a quienes nos
habíamos enganchado a la peculiar poética de su anterior filme y
ahora nos sentíamos tristemente desconectados de su nueva
propuesta (cuando no mortalmente aburridos) a pesar de que había
elementos en común que sin duda revelaban que estábamos an-te un
autor coherente con su propio universo personal, por
extravagan-te o marciano que resultara.
Y ahora,
"Life aquatic" lleva al extremo esa capacidad de
desconcier-to porque ¿cómo demonios se analiza una película que
se nos pre-senta en su formato como una parodia/homenaje (no está
nada claro cuál de las dos es, aunque conociendo a Anderson,
probablemente ambas) de la figura de Jacques Cousteau y aquellos
documentales del mundo submarino que todos recordamos, pero que
a la vez cierra una trilogía sobre el desencanto, la amargura y
las relaciones padres/hijos con sus dos anteriores filmes, que
exhibe un nuevo catálogo de perso-najes excéntricos y situaciones
extravagantes, que mezcla sin disimu-lo drama con comedia y hasta
aventura, que está repleta de homena-jes cinéfilos y que, de
propina, tiene de fondo una estupenda aunque algo descolocante
banda sonora formada por canciones de David Bo-wie versioneadas a ritmo de
suave bossa nova y cantadas en portu-gués? Respuesta: pues con
mucho cuidado y con una más que reco-mendable, obligatoria, falta
de prejuicios.
Empecemos
con el personaje alrededor del cual gira todo. Steve Zissou (un
Bill Murray tan impecable como en sus últi-mos trabajos) no
parece dar muchas muestras de estar contento con su vida. Es
más, su gesto indica todo lo contra-rio: un extraño tiburón se
acaba de co-mer a su mejor amigo durante la filma-ción de su
último documental, su esposa (una hierática y divertida
Anjelica
Hus-ton) no puede mantener una actitud más distante con él, no
encuentra financiación para otra expedición (esta vez de
vengan-za) porque parece que su trabajo ya no interesa a casi
nadie, mientras que su colega de profesión Hennessey –un
estupendo Jeff Goldblum–, a quien considera básicamente un
gilipollas, vive en la abundancia, y, para colmo, acaba de
conocer a un joven que puede ser (o no) hijo su-yo –el
imprescindible en toda película de Anderson
Owen Wilson– y que
acaba enrolado en su tripulación, más que nada porque representa
para él una posibilidad de ajustar cuentas pendientes con el
pasado ahora que intuye que sus expediciones están próximas al
fin. Su tri-pulación, con la que se conduce más como un padre de
familia deseo-so de reconocimiento que como un capitán de barco
al uso, es todo un catálogo de personajes extravagantes que se
desdoblan en sus fun-ciones, desde el fiel ingeniero Klaus
(Willem Dafoe) –que le sigue con particular devoción–
hasta el cámara hindú –que registra todo lo que sucede incluso
cuando no debe– o esos becarios maltratados que viven su
experiencia en un estado de semiesclavitud. Para más inri, por
allí anda una embarazada periodista (Cate
Blanchett) que va a ha-cer un reportaje sobre Zissou
y de la que éste se encapricha pero que a su vez prefiere a su
hijo Ned; y aún quedan un buen montón de reve-ses en esta
aventura tipo Moby Dick, pero en clave surrealista, porque esto
no ha hecho sino comenzar.
El
sarcasmo y el cinismo presiden los actos de Zissou, en el fondo
un tipo que se sabe fracasado en casi todos los aspectos de su
vida y de vuelta de casi todo, un adulto con arrebatos
infantiles que no obs-tante recibe con el implacable estoicismo
del que sabe que van a se-guir viniendo mal dadas todas las cosas
que van aconteciendo y que se esfuerza, si bien no en exceso, en
dejar cierto legado y en poner parches a los enormes agujeros de
su pasado antes de abandonar esa especie de eterna y muy amarga
infancia en la que se ha convertido su existencia. El universo
construido por Anderson, como suele suceder en sus filmes (si
bien aquí de una manera mucho mas extrema) sólo tiene sentido
dentro de
sí mismo, es decir, en cuan-to que es un espacio aislado,
desgajado de esa molesta realidad con la que apenas mantiene un
contacto esporádico. Los personajes de la película, extraños
como ellos solos (en el fondo, siguiendo a su inefa-ble líder,
todos son en mayor o menor medida adultos que se compor-tan como
niños), no están demasiado alejados de los que han poblado con
anterioridad otros filmes del director y, curiosamente, algunos
de ellos consiguen vencer la reticencia inicial con la que son
recibidos por parte del espectador para, en un rasgo bastante
habitual en el cine de Anderson, convertirse en entrañables dentro
de su disfuncional com-portamiento. Lo que distingue a Anderson
de otros cineastas de su ge-neración es su casi absoluta libertad
creativa y la tenacidad con la que se aferra a esos personales
universos que surgen de su mente, sin du-da imperfectos,
incoherentes y caóticos para cualquier observador ex-terno pero
que sí parecen tener sentido, por extraño que pueda parece-rnos,
para aquellos que los pueblan. Mal que a alguno le pese, es un
rasgo autoral clarísimo.
Por eso,
Anderson no se esfuerza de-masiado en resultar creíble (por
ejemplo, prefiere las magníficas a la vez que añe-jas animaciones
artesanales realizadas con la vieja técnica del stop motion de
Henry Selick, el mago responsable de maravillas como
"Pesadilla
antes de Na-vidad", antes que dar forma a las criatu-ras del film
con las artes engañosamente más reales de las imágenes CGI
creadas por ordenador) sino que lo que verdadera-mente le
interesa es lo que surge de la interacción de esos personajes en
el irre-al escenario que ha dispuesto para ellos: ver cómo se
desarrolla esa relación pa-terno-filial entre Zissou y Ned,
complicada con el triángulo amoroso que forma Jane con ellos y
en qué medida afecta eso a cada uno de los implicados; prestar
atención a los sentimientos heridos del insegu-ro Klaus;
comprobar cómo evoluciona la progresiva toma de conciencia de
Zissou de su propio fracaso o la lealtad de la tripulación a los
des-varíos que a menudo atacan a su líder es muchísimo más
importante que hacer mínimamente creíble la surrealista
peripecia con los piratas, preguntarse quién en su sano juicio
le ha estado subvencionando a se-mejante sujeto hacer esos
documentales de dudoso valor (en la mis-ma medida, uno se obliga
a preguntarse cómo consigue Anderson que sus películas sean una
realidad) o si la misma resolución del filme tie-ne un clímax
aceptable según las reglas de la ortodoxia narrativa.
"Life
aquatic" es una de esas películas que, si se tiene la men-talidad abierta para rarezas y, lo más importante, le pilla a uno en un
buen día, puede conseguir que sintonicemos con su tono
melancólico y vagamente poético o con su sentido del humor
construido desde el absurdo y desde esa mirada desencantada y
cínica a la realidad que a uno le rodea (lo que es una forma de
enfren-tarse a ella tan válida como cualquiera), pero no nos
engañemos: lo más probable es que una película como ésta
interese más bien poco al espectador común, vagamente acostumbrado a
que hagan con él este tipo de experimentos. O aún peor, que odie
a esa pandilla de des-cerebrados excéntricos que pueblan la
pantalla, se aburra mortalmente y, por ultimo, acabe indignado
con ese director listillo cuyo universo personal le importa
bastante menos que las dos horas de su tiempo que acaba de
perder intentando entender dónde está la maldita gracia del
chiste, que no acaba de ver por ninguna parte.
Y sin
embargo, un servidor, que recono-ce que salió del cine con
sentimientos contradictorios sobre el filme y que en-tenderá
perfectamente cualquier reclama-ción que se le quiera hacer a
posteriori por todo lo arriba expuesto, se atreve a recomendar
el visionado de "Life aqua-tic". Porque le encanta la ternura con
la que Wes Anderson trata a sus criaturas, porque no tiene más
remedio que aceptar que, pese a que su yo más crítico se re-bela
contra la caprichosa estructura del argumento o la forma en la
que los acon-tecimientos se suceden sin que haya el mas mínimo
atisbo de una progresión na-rrativa, sintoniza muy bien con esa
mirada desencantada al mundo que no hay un actor en este planeta
que la exprese mejor que Bill Mu-rray: hay que ver a ese Zissou
despotricando contra sus propios delfi-nes cuando éstos se niegan
a obedecerle, evadiéndose del mundo real tras el pase de la
primera parte de su documental esquivando a golpe de hachazo
verbal a todo aquel que se le cruza en el camino, mostran-do una
infinita ternura con un perro de tres patas o construyendo su
re-lación con Ned desde la ignorancia más absoluta. Pero sobre
todo, porque un director que es voluntariamente incapaz de
definir si su película va de broma o es una historia
terriblemente trágica siempre me interesará más que uno de esos
pulcros profesiona-les carentes del más mínimo atisbo de algo
parecido a un uni-verso propio, eso que Anderson tiene de sobra.
Guste más o me-nos, una cuestión tan personal como disfrutar o no
de la música de David Bowie en portugués y a ritmo de bossa
nova.
Calificación:
    
Imágenes de "Life aquatic" - Copyright ©
2004 Touchstone Pictures y American Empirical Picture.
Distribuida en España por Buena Vista International. Todos los derechos
reservados.
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