CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
La vida dentro de una
pecera
Aunque valoro
positivamente la
singula-ridad y atrevimiento del cine de
Wes An-derson, es obvio que se precisa de algo más que
una personalidad pintoresca pa-ra que una película
termine de funcionar, y ahí es donde este joven autor de Texas
suele quedarse a medio camino. Ander-son —que siempre ha contado con la
complicidad de su amigo Owen Wilson,
ya sea participando en el guión o delante de las cámaras, y con
la indefectible pre-sencia de Bill
Murray en el reparto— tie-ne destreza para
proyectar personajes lu-náticos de vuelta de todo y en trazar si-tuaciones generales
igualmente extrava-gantes que darán juego en sus interacciones, pero
a pesar de que
siempre parte de ideas prometedoras, pierden gran parte de
interés y fuerza en su desarrollo, y el resultado acostumbra a dejarme
bastante indiferente: no me disgusta, porque aprecio que existen
algunas bon-dades
iniciales desaprovechadas, pero su plasmación final apenas me
comunica nada. Creo que gran parte de la culpa se debe a su
particu-lar empleo del humor surrealista y la parodia, dos
recursos que me en-cantan pero que deben ser servidos al dente
para que el espectador los reconozca y los juzgue con propiedad.
Su comicidad es tan de-sencantada,
circunspecta y amarga
que se asfixia a sí misma, y nunca se sabe si pretendía contagiar
risa o pena, si algo resulta patético a voluntad o se trata de
un número fallido. Ocurre
lo mismo con sus caracteres, tan estrambóticos que ultrapasan el
absurdo, y dirigidos por un estilo interpretativo que es
intencionada-mente rígido y solemne, pero poco expresivo, por lo
que se hace difícil empatizar con ellos. Tampoco es de gran
ayuda esa narrativa desga-nada y
poco compacta que avanza a paso fúnebre, y que sumado a lo
anterior tiende con facilidad al aburrimiento, si no a la total descone-xión.
Todas estas limitaciones ya se encontraban presentes en su
an-terior trabajo, "Los
Tenenbaums. Una familia de genios", pero quizás
se agudizan ahora en "Life aquatic" al pretender abarcar más
temáti-cas, registros y circunstancias sin contar con el apoyo
necesario de un guión firme y bien hilvanado.
El primer
aporte curioso de "Life
aquatic" es que toma como referen-cia argumental las expediciones
a bordo del Calypso de Jacques Cousteau, el
famoso y estimado explorador e investigador de la vida marina
que marcó a varias generaciones a través de sus aventuras
te-levisadas, para habilitar una especie de parodia-homenaje en
torno a esta figura. El film nos presenta a Steve Zissou (Bill Murray
caracteri-zado con el mismo gorro de lana rojo del que nunca se
separaba el ca-pitán francés), un popular oceanógrafo cuyos
documentales cada vez gozan de menos éxito y ya nadie quiere
financiar.
Después de que en una de sus inmersiones, un insospechado
tiburón-jaguar mate a su amigo y socio Esteban, Zissou decidirá
embarcarse en una nueva ex-pedición para localizar al animal y
matarlo como
venganza. A la tripu-lación y equipo técnico habituales del viejo Belafonte se sumarán Ned Plimpton (Owen Wilson),
un joven sospechoso de ser su hijo, su ex mujer Eleanor (Anjelica
Huston), el productor Oseary Drakoulias (Mi-chael
Gambon) y una reportera (Cate
Blanchett), embarazada de un hombre casado que se
desentiende de ella, que debe cubrir la noticia. Durante la
travesía surgirán ciertas complicaciones y tropezarán con la
compañía de su rival Alistair Hennessey (Jeff
Goldblum) y de un gru-po de piratas filipinos.
Con una pauta inicial bastante esperan-zadora, que parecía servir en
bandeja la oportunidad de aventuras y conflictos dra-máticos en
la misma mesura —ya sa-ben, todo aquello del viaje exterior e
inte-rior—, la decepcionante realidad es que esta película, que
al igual que sus predecesoras se propone abordar cuestiones como
las relaciones pater-no-filiales y sentimentales, la amis-tad, el
fracaso o el desencanto exis-tencial, termina
sin habernos contado prácticamente nada y sin que los
pro-tagonistas muestren algún signo de evolución, por más millas que hayan re-corrido o experiencias atravesado, y uno se queda con la sensación de que está
exactamente igual que al principio; de hecho, el film concluye
con unas escenas similares a las de su inicio, como si se
cerrara al-gún tipo de círculo. No le
exijo a una historia que se ciña a un esque-ma
clásico de presentación-nudo-desenlace, ni tampoco que sus
per-sonajes avancen hacia el autodescubrimiento o la debacle
total, pero invertir dos horas, varias decenas de actores y no
sé cuántos cambios de escenario para alcanzar una impresión
tan insustancial, da que pensar.
Esto se debe en gran medida al débil libreto coescrito por
Noah Baumbach —hasta el momento
discreto autor de un reducido currículum—, que propicia la
sucesión arbitraria de una serie de se-cuencias sin mayor
progresión, y en donde los diferentes caracteres entran y salen
sin ton ni son, y cambian de actitud sin son ni ton, o, en el
peor de los casos, directamente parecen no disponer de actitud
alguna —véase, por ejemplo, las diferentes reacciones en torno a
la paternidad de Zissou, imposible por razones que descubriremos
más tarde, o a la muerte de Esteban y todas las peripecias en
que ésta de-semboca—. Si a este
torrente de subtramas mal asistidas, de accio-nes que discurren
con sigilo y de
personajes a la deriva, le añadimos un ritmo relajadísimo y su
característico ánimo luctuoso, el resultado produce una más que
justificada letargia.
Por más que se la haya
etiquetado dentro de este género, "Li-fe aquatic" no es, desde
luego, una película abiertamente hila-rante, ni siquiera una
comedia dramática, sino una nueva mues-tra de ese sentido del
humor triste al que Anderson nos tiene acostumbrados. Sin
embargo, éste continúa apoyándose en las pe-culiares
idiosincrasias de sus criaturas y en las situaciones atípicas
que cruzan como si esperara que al juntar ambos componentes, el
resto funcionara por sí solo, cosa que sólo ocurre de manera muy
eventual —sin ir muy lejos, el forzado triángulo amoroso que se
forma entre Zissou, su hijo y la periodista, el incidente con
los piratas en alta mar o el rescate posterior están
reproducidos de una manera pretendi-damente grotesca pero, como
mencionaba al principio, el disparate es tal que no alcanza el
objetivo que se proponía, prestándose a ser juz-gado como algo
absurdo sin el más mínimo sentido—. No obstante, cabe reconocer
a Anderson su capacidad para construir micro-univer-sos
personales apartados de la realidad y que se rigen por sus
propias reglas, a pesar de que compartir esa misma mirada de
complicidad y afecto hacia sus creaciones exija del espectador
un esfuerzo extra que no demasiados estarán dispuestos a
concederle. Otro de los pro-blemas se encuentra en su críptico
protagonista, mejor perfilado que sus caricaturescos compañeros
pero aun así harto difuso. Steve Zis-sou se nos presenta como un
hombre afligido, muy cansado, desgana-do hasta el extremo, y
casi ausente de todo cuanto le rodea. Zissou parece
convincentemente deprimido, pero eso provoca que no parezca
convincente en el resto de emociones que maneja.
En cambio, si por algo destaca favo-rablemente "Life aquatic" es por un estilo visual muy sugerente
que, gra-cias
en parte a la fotografía de
Ro-bert Yeoman,
envuelve al especta-dor en un clima hipnótico e irreal, que aporta a los
diferentes escena-rios un aspecto inusual muy atractivo, entre
decadente y mágico, como el propio Belafonte y ese Hotel Citroen
abandonado en una isla perdida, logrando algunas composiciones
realmente her-mosas y con una factura estética fasci-nante.
Anderson también introduce aquí algunos recursos muy creativos, como
ese corte lateral del barco, que permite ver lo que sucede
dentro de todas las estancias y camarotes a la vez, paseando
laberínticamente por ellos. Otra de las peculiaridades de "Life
aquatic", que viene a reforzar esa atmósfera
pseudo-onírica, es que todas las criaturas marinas
que aparecen en pantalla son imagi-narias; un pequeño toque de
fantasía fruto de la animación stop motion en la que ha participado el
mismísimo Henry Selick
("Pesadilla antes de Navidad"). En este sentido, la mejor escena
del film no llega hasta el final —vaya por Dios—, cuando Zissou y su
tripulación navegan su-mergidos dentro del submarino —amarillo,
como manda la canción— y el titánico tiburón-jaguar avanza en su dirección y los sobrepasa.
Es ese momento, con un grupo fundido en una misma mirada de
recono-cimiento y admiración, si no de completa rendición, el momento más bello
y comunicativo de toda la película, y sería igualmente bello y
co-municativo en otra película llena de otros muchos momentos
bellos y comunicativos, y aunque sólo sea por eso, "Life aquatic"
no fue una completa pérdida de tiempo.
El potente cartel actoral se adapta con corrección al tono y
cir-cunstancias, sobresaliendo un Bill
Murray que interpreta una vez más —a la vuelta de la esquina
tenemos "Lost
in transla-tion"—, y con la competencia
habitual, un papel equilibrado en la tragicomedia y hundido en
la tristeza, aunque más contenido
todavía que en anteriores ocasiones. Lo secundan unos solventes
se-cundarios de lujo, caso de Cate Blanchett, Anjelica Huston
(en un per-sonaje que siempre parece estar riéndose para sus
adentros, transmi-tiendo una imagen muy sibilina),
Willem Dafoe (quizás al que le cuesta más adaptarse al patio), Jeff Goldblum
(él mismo en su salsa), Michael Gambon o Owen Wilson. Si no se puede hablar
de unas inter-pretaciones de gran altura por el propio
entumecimiento a que los so-mete Anderson, al menos sí que es
verdad que la confianza que ha de-positado el elenco en el
proyecto ayuda a que éste gane en credibili-dad.
La
variopinta banda
sonora, integrada por temas de, entre otros,
David Bowie, composiciones
de
Mark Mothersbaugh
y por las canciones que ejecuta
Seu Jorge incorporadas como música am-biental, es para echarle de
comer aparte. Al margen de que haya fragmentos que directamente
chirrían por más que se avengan con la dinámica bizarra del film, como ese
molesto pi-pi-pi de organillo electrónico Feber, otros cortes
más pom-posos o rudimentarios que subrayan ese pretendido
patetismo, y algunas cancio-nes adecuadísimas con el discurso
emo-cional, el problema es que la música resulta a
menudo muy estri-dente e intrusiva, alejando la atención de la
historia o incluso solapándose con los diálogos. A lo mejor su
intención era despertar a un más que probable espectador
amodorrado en su butaca a golpe de decibelios. Pero lo peor de
todo es la machacona "campaña publi-citaria" que le regalan a Seu
Jorge... bueno, el film es tan retorcido en humor que quizás lo
que pretendían era hundir su carrera. Este buen hombre, cantante y actor brasileño al que
pudimos ver en "Ciudad de Dios" interpretando a Mané Galinha,
encarna aquí a Pelé dos Santos, uno de los miembros de la
tripulación que se pasa toda la película ras-cando la guitarra y
entonando versiones de Bowie en su idioma senta-do en la
cubierta, hasta que su omnipresencia acústica llega a hacer-se
tan insoportable que sólo deseaba que un piadoso giro del guión trajera una tempestad
que zarandeara la nave y lo lanzara al mar, gui-tarra incluida.
Ver "Life
aquatic" es como contemplar una pecera, asomarse a ese submundo
aislado de la realidad, lleno de criaturas atrapadas en los
lí-mites asumidos de sus patéticas circunstancias. La visión es
magnéti-ca, los acontecimientos irrelevantes, el discurso nos
ahoga en esas aguas estancadas de melancolía y desencanto. Se
trata de una exce-lente metáfora, pero el producto de esa
observación resulta, más allá de posibles identificaciones,
totalmente vacuo. Como muestrario de vidas asfixiadas en el
ridículo prefiero trabajos mucho mejor logrados en su conjunto,
incisivos en su fondo o creativos en su forma, ya sea el
humor negro y la mala uva de Todd Solondz, la acidez y
nihilismo del Terry Zwigoff de "Ghost world", la ironía y freakismo de "American splendor",
la tragicomedia naturalista de Alexander Payne o las
imagi-nativas fórmulas de Spike Jonze y Charlie Kaufman —Sofia
Coppola no, gracias—, que situándose igualmente en
coordenadas cercanas del cine independiente americano, son mucho
más eficaces, asequi-bles y entretenidos. Difícilmente podría
recomendar una película con la que no disfruté, pero el hecho de
que disponga de mar-ginales puntos de interés la salvan de
considerarla un film com-pletamente nefasto. En cualquier caso,
creo que Wes Anderson es un autor que está siendo sobrevalorado
en exceso, y que se encuentra en ese precario equilibrio entre
la más absoluta tomadura de pelo y esa postura "elitista"
siempre molesta con que se pretende disfrazar de genialidad o,
lo que es aún peor, de genialidad incomprendida aque-llo que
sencillamente carece del suficiente nivel.
Calificación:
    
Imágenes de "Life aquatic" - Copyright ©
2004 Touchstone Pictures y American Empirical Picture.
Distribuida en España por Buena Vista International. Todos los derechos
reservados.
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