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Dirección: Volker Schlöndorff.
Países: Alemania y Luxemburgo.
Año:
2004.
Duración: 98 min.
Género:
Drama.
Interpretación: Ulrich Matthes (Padre
Henri Kremer), August Diehl (Teniente Gebhardt), Bibiana Beglau
(Marie Kremer), Hilmar Thate (Obispo Philippe), Germain Wagner
(Roger Kremer), Jean-Paul Raths (Raymond Schmitt), Ivan Jirik
(Armando Bausch), Karel Hromádka (Laurant Koltz), Miroslav
Sichmann (Marcel Bour), Adolf Filip (Klimek).
Guión: Eberhard Görner y
Andreas Pflüger.
Producción: Jürgen Haase.
Música: Alfred Schnittke.
Fotografía: Tomas Erhart.
Montaje: Peter R. Adam.
Diseño de producción: Ari Hantke.
Dirección artística: Jaromír Svarc.
Vestuario: Jarmila Konecná.
Estreno en Alemania: 11 Nov. 2004.
Estreno en España: 13 Enero 2006. |
CRÍTICA
por
Julio Rodríguez Chico
Fe e ideología en la conciencia
Un sacerdote
es liberado de un cam-po de concentración y devuelto a su
Luxemburgo natal. En realidad no es más que un permiso de nueve
días para que convenza a su Obispo de que apoye a Hitler o para
dividir a la Iglesia con esta cuestión. A cambio, las
autoridades alemanas le ofrecen respetar su vida y la de los
2.771 clé-rigos prisioneros en el campo de Da-chau. Esta es la
historia real sucedi-da en 1942 y escrita por el propio Jean
Bernard —el padre Kremer en la película— al término de la
guerra. A partir de ahí, los guionistas se han en-cargado de
crear la ficción de esos nueve días, con el propósito de abordar
—con todos los matices posibles— el dilema moral plan-teado, y
también de resaltar el heroísmo de unas personas de fuer-tes
convicciones que se comportaron de la mejor manera posible.
Tras un
impactante prólogo que refleja las brutalidades cometidas en
Dachau, pronto se pasa a otra tortura mayor al dejar en manos de
Kremer la vida del resto de sacerdotes retenidos: como
prisione-ro bastaba con que obedeciese las órdenes de sus
vigilantes, pero su “libertad provisional” conlleva una pesada
losa sobre su concien-cia. El conflicto interior del protagonista
se enriquece con un senti-miento de culpabilidad que arrastra
desde que no compartió el agua de que disponía con un prisionero
a quien la desesperación llevó a la muerte. Estos
remordimientos, unidos a las evidentes secuelas psíquicas del
campo de concentración, serán el terreno idóneo para que un
oficial de la Gestapo siembre su plan maquiavélico. Los
en-cuentros entre ambos se convierten en un auténtico duelo
dialécti-co entre dos mundos dispares e irreconciliables: las
argumentacio-nes del oficial esconden un pasado personal
traumático y una ideo-logización de la religión, vaciada de su
sentido trascendente y redu-cida a mera palabrería y burocracia;
de hecho su discurso es retor-cido, prolijo y deshonesto, y bien
podría haberlo utilizado C.S.Lewis —ahora que se ha vuelto a
poner de moda con Narnia— en su “Car-tas del diablo a su
sobrino”. Frente a él, Kremer personifica la pos-tura de la fe,
alejada del debate racionalista y la confrontación, aun-que con
su propia crisis existencial; Schlöndorff
lo retrata con sus
imperfecciones, cobardías y dudas, con silencios que pueden ser
entendidos como ambigüedad, pero también con la entereza y
honestidad de quien actúa con buena concien-cia. Los diálogos
entre ambos no tienen desperdicio en cuan-to a los asuntos
tratados, y menos aún al reflejar el esfuerzo de ambos por
defender una conciencia que lucha por esquivar o ente-rrar la
sombra de convertirse en un nuevo Judas que traicione sus
ideales. En el fondo, es la batalla del nazismo por anular la
con-ciencia individual y provocar así el desmoronamiento de la
persona: ese temor a que haya voces disonantes es la clave del
comentario de un Kremer que pregunta al oficial “¿De qué tienen
miedo?”.
Mundos de
firmes principios detrás de los que hay experiencias persona-les
y heridas sin cicatrizar. Sin em-bargo, éstas quedan en la
película en un segundo término, eclipsadas por la fuerza que
adquiere el dilema interior planteado, resuelto con unos
diálogos excesivamente discursivos. En ese sentido, la música de
tonos graves y la fría fotografía resultan determinan-tes para
esa abstracción que lleva a cabo el director alemán. Con todo,
la puesta en escena resulta extrema-damente austera y árida, sin
ape-nas momentos de emotividad —salvo algunos momentos de calidez
humana entre Kremer y su her-mana—, y quizá por eso tampoco se
llega a entender la fascina-ción que el nazismo pudo ejercer
entre la juventud alemana. La fo-tografía tenebrista busca
reflejar las oscuridades del alma que duda y sufre la angustia
existencial, mientras que en los flash-back se recurre a
ralentíes de la imagen y sobre-exposiciones de luz un tanto
efectistas.
A Schlöndorff
le ha salido una película de personajes y de te-sis, honesta y
desideologizada, profunda y nada sentimental, que no atrapa del
todo al espectador por su frialdad y carác-ter excesivamente
intelectualizado. A diferencia de la película de Costa-Gavras,
el director de “El tambor de hojalata” procura dar una visión
matizada de ese difícil momento, donde una pastoral del obispo
de Utrecht contra Hitler propiciaba la deportación de 40.000
católicos holandeses o donde un prudente silencio de Pío XII era
considerado como muestra de debilidad o de apoyo al régimen.
Calificación:
    
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y sinopsis de "El noveno día" - Copyright © 2004 Provobis
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