CRÍTICA
por
Manuel Márquez
No es un formato que encontremos
frecuentemente en las pantallas co-merciales el de las películas
de episo-dios, películas compuestas por el en-samblaje de varias
piezas de duración variable, oscilantes entre el corto y el
mediometraje, y que suelen tener al-gún nexo de unión, ya sea
formal o temático, que las aglutina. Desde ese punto de vista,
el de su carácter infre-cuente, ya se podría dar por bienveni-da
esta propuesta de tres directores de culto, como
Michelangelo
Anto-nioni, Steven Soderbergh y
Wong Kar-Wai; si, además, el tema
alrede-dor del cual se articulan sus propuestas es tan sugerente
y “cine-matográfico” como el del amor —probablemente, y de alguna
ma-nera, todo el cine es un inmenso relato de amor...—, el
producto ostenta ya unas credenciales dignas de que, a priori, y
más allá de las posibles disparidades de nivel de calidad (algo
con lo que, tam-bién, en principio, siempre hay que contar en
estos casos), se le preste toda la atención, con la confianza de
que nos encontrare-mos con algo, cuando menos, solvente,
interesante.
Vana pretensión. Si exceptuamos la última
de sus piezas ("The hand", de Kar-Wai), auténticamente súblime,
"Eros" se nos presenta como una propuesta absolutamente
fallida, en la cual las dos piezas que firman Antonioni y
Soderbergh carecen del mínimo nivel exigible a dos directores
considerados, de manera general, como autores de postín, aunque
también habría de decir que a quien esto firma, tal hecho no le
sorprende en lo más míni-mo, por las razones que a continuación
explicará. En cualquier ca-so, considero escaso bagaje, más bien
pírrico, éste que, parafra-seando el argot baloncestístico,
resultaría ser de “una de tres”: ma-nifiestamente mejorable,
desde luego. Vayamos, pues, por partes.
El de Antonioni, "Il filo pericoloso delle cose"
("El filo peli-groso de las
cosas"),
es un ejercicio puramente esteticista en el cual, si bien
cabe apreciar un notable talento desde el punto de vista del
trabajo técnico de captación de la imagen, que termina de-rivando
en un agradable resultado desde el punto visual, no hay el más
mínimo aliento narrativo, de manera que la resultante final es
una propuesta inane, totalmente hueca de contenidos, y en la que
es complicado encontrar los atisbos del amor, ni de manera
implíci-ta ni explícita, más allá de las efusiones corporales de
unas prota-gonistas que nos regalan una generosa exhibición de
sus (induda-blemente hermosos, por cierto) cuerpos desnudos. Y
poco más, dado el estrepitoso fiasco de unos diálogos y
situaciones escéni-cas que, de puro deletéreos y abstractos,
terminan moviendo más al patetismo que a la sorpresa. Propuestas
de este tipo es bien cierto que pudieron tener momentos de más
lozanía y pujanza, ha-ce ya bastantes años, pero, afortunadamente
superadas en su fun-damento discursivo, hoy día constituyen un
anacronismo en el que cabe apreciar escaso vigor artístico, y sí
una rememoración de usos fílmicos que, muy probablemente,
tendrían mejor cabida en anaqueles museísticos que en salas de
estreno.
"Lo" de Soderbergh es otra historia,
palabras mayores. Aunque supongo que habría que comenzar
analizando cómo, a través de qué misteriosos e inexplicables
mecanismos, el director de "Traffic" o
"Erin Brockovich"
ha conseguido que una buena parte de la crítica lo salude
como a una suerte de resurrección de Orson Welles, cuan-do al que
esto firma sus películas no dejan de parecerle muestras bastante
desangeladas de cine con muchas pretensiones y parcos logros (o,
en el mejor de los casos, películas de un nivel de calidad
perfectamente paran-gonable al de 40 ó 50 films de su misma
cosecha). Si cupiera des-velar dicha incógnita, es probable que
el visionado de este engen-dro pudiera llevarse a cabo desde otra
perspectiva. Pero, no siendo así, y entrando en materia, hay que
decir que el señor Soderbergh se marca un episodio, con el
título de "Equilibrium" (otro sarcasmo más...),
en el que, jugando con dos planos (el físico y el
onírico, ya ven, todo un dechado de originalidad), desarrolla
(¿?) los avata-res psiquiátricos de un enfermo a quien se le
aparece, en visiones, una hermosa y misteriosa mujer (más
original aún...): eso sí, esto se articula de tal forma que no
haya cristo viviente que pueda en-tender qué es lo que se está
contando, ni por la ordenación de las imágenes ni por el
despliegue de los textos, mecanismo con el cual, he de suponer,
pretende que, ante el riesgo de pasar por un patán incompetente,
incapaz siquiera de asimilar las profundidades filosóficas y
técnicas de un producto de tan altas miras, uno prefie-ra mirar
hacia arriba y silbar... En este caso, va a ser que no, y, an-tes
del silbido, diré, al menos, qué es lo que me parece la pieza,
utilizando un vocablo del castellano más antiguo y venerable, y
no, por ello, menos comprensible y clarito: un bodrio. Y punto.
Ah, también habría que mencionar que, en una clara demostración
de que hay actores cuyo saco de desgracias nunca parece
colmarse, lo protagoniza Robert Downey Jr. En fin...
La vida, no obstante, hace a veces
justicia, incluso, y aunque sea poco frecuente, en estas cuitas
del cine, y la cuestión es que todo estoico que haya tenido la
santa paciencia de soportar las dos infu-mables entregas
precedentes sin abandonar, presa de la más ab-soluta de las
desesperaciones, la sala oscura, se ve recompensa-do, al menos,
con la posibilidad de disfrutar las excelencias que muestra el
último de los episodios, el de Wong Kar-Wai, una pieza sutil,
lírica, emocionante, auténtica orfebrería cinema-tográfica que,
moviéndose en las coordenadas temáticas y estilísticas de "In the
mood for love (Deseando amar)", si bien con matices (hay aquí más oscuridad,
tanto visual como narrativa, y un cierto trasfondo o pespunte de
sordidez que no aparece en el largo de referencia), nos muestra
a un cineasta en plena forma y dotado de una sensibilidad
extraordinaria, capaz de envolvernos y transportarnos, desde
unas pautas formales muy personales y defi-nidas, a un mundo
cerrado y completo, que se basta a sí mismo, y en sí mismo se
agota, preñado de una hermosura en las formas que no es gratuita
ni artificial, sino el reflejo de unos estados del al-ma que se
nos hacen fáciles de captar gracias a la universalidad de los
sentimientos que expresan y a la delicadeza del envoltorio con
que los mismos son revestidos (vestuario, peinados, fondos
musi-cales; todo un derroche de belleza). Es difícil calibrar si
esta tre-menda delicatessen sitúa el fiel de la balanza en su
justo centro, a la hora de hacer una valoración global del film,
pero, si así no fuera, no será por su falta de “peso”,
ciertamente.
El cine, como todas las artes, evolu-ciona,
en sus formas y en sus discur-sos: a algunos, como Antonioni,
pare-ce que les cuesta enterarse de ello; a otros, pienso que,
sinceramente, les da exactamente igual —es el caso de
Sodherberg: algunos le instalaron en el olimpo, no se sabe muy
bien en ba-se a qué, y así será difícil que de ahí llegue a
bajar...—; y existe un reduci-do grupo de privilegiados, entre
los que se cuenta Wong Kar-Wai, que no sólo son conscientes de
ello, sino que, además, han asumido con talen-to y entusiasmo la
tarea para la que parecen estar especialmente dotados y
designados: la de ser los abanderados de nuevos estilos, nuevas
tendencias, aire fresco so-bre el celuloide. Que no se extinga la
llama...
Calificación:
    
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