CRÍTICA
por
Miguel Laviña Guallart
Eros, último Antonioni
Tres
directores convocados para dar su particular visión sobre el
amor y el deseo forman el tríptico "Eros". El cineasta
Michelangelo Antonioni es acompañado por dos de los directores
con más presti-gio del cine actual, Steven Soderbergh y Wong Kar-Wai, en un pro-yecto con resultado irregular, en el que
destaca la maestría del di-rector de "In the mood for love (Deseando amar)".
Resulta increíble poder escribir en el
año 2005 sobre el estreno de una obra firmada por
Michelangelo
Antonioni. El director de "La aventura", que tiene
ahora 93 años, estrenó en 1995 la que parecía su última
película, "Más allá de las nubes", un digno y hermoso fi-nal
para uno de los autores más emblemáticos de la historia del
Ci-ne. Atrás quedaban años de silencio con multitud de proyectos
frustrados, graves problemas físicos (en 1985 sufrió un ataque
cere-bral que le paraliza parcialmente) y una errática carrera en
la que sus últimos trabajos no lograron la aceptación de crítica
y público. Durante este tiempo se dedicó a escribir, a la
fotografía y a otra de sus grandes pasiones: la pintura.
"Eros",
estrenada en el Festival de Venecia de 2004, llega ahora a
nues-tras pantallas con un considerable re-traso. El proyecto se
puso en marcha cuando el productor Stéphane Tchal
Gadjieff
intentó reunir a tres grandes maestros del cine, Elia Kazan,
Billy Wilder y Michelangelo Antonioni, para confeccionar tres
historias en torno al erotismo. Aquel proyecto no pudo lle-varse
a cabo, y se publicó que junto a Antonioni iban a estar
Wong
Kar-Wai y Pedro Almodóvar. Finalmente, ha sido el director
Steven Soder-bergh el que ha completado el trío. Esta fórmula
hace posible que el director italiano pueda volver a diri-gir,
apoyado por el tirón de estos realizadores. "Eros" recupera
una fórmula de episodios muy utilizada en Europa durante los
años 50 y 60, momento en el que convivían grandes nombres del
cine italia-no y francés. Aunque los resultados suelen ser
irregulares, dan la oportunidad a sus creadores de experimentar
y pueden contener in-teresantes hallazgos o pequeños
divertimentos.
Tal
vez sea éste el último trabajo cinematográfico del emblemáti-co
autor italiano, que debutó en 1950 con "Crónica de un amor",
y que en la llamada trilogía de la incomunicación, "La
aventura", "La noche" y "El eclipse", exploró una
nueva concepción del lenguaje cinematográfico. Reflejó la
profunda crisis existencial de la persona ante la sociedad
industrial, utilizando el silencio, los tiempos muer-tos y la
simbología del entorno como reflejo del estado emocional de sus
personajes. Culminó esta etapa con "El desierto rojo", en
la que experimentó por vez primera con el color y dejaba
entrever algo del agotamiento de esta fórmula. A partir de ahí
comenzó un largo periplo, en el que destaca la mítica "Blow up",
icono de la estética de los 60, rodada en plena magia del
swinging londinense. La histo-ria, vagamente
inspirada en un relato de Cortázar, planteaba, a par-tir del
revelado de una fotografía, las múltiples interpretaciones de la
realidad.
Cabe preguntarse qué queda de las claves de este cine en “Il
filo pericolo-so delle cose”, mediometraje de "Eros" basado
en uno de los relatos de “Quel bowling sul tevere”, base también
de "Más allá de las nubes". Con varios puntos de referencia
a aquella película, actualiza junto a To-nino Guerra, guionista
que le ha acompañado durante gran parte de su carrera, un
proyecto que quiso rodar en los años 80. En un principio, da la
impresión de que Antonioni reali-za un boceto, una especie de
estu-dio al aire libre, en el que tan sólo esboza parte de sus
constantes existenciales. Un matrimonio durante unas vacaciones
parece incapaz de comunicarse a través de sus palabras y sus
elocuentes silencios. De nuevo, la pareja en crisis, acentuada
por el entorno. Su crispación se hace todavía más evidente ante
la luz del final del verano en la costa de Tosca-na. El cineasta
que mejor ha integrado la arquitectura abandona la ciudad, que
oprimía el espíritu de los protagonistas de "El eclipse",
para situarse ante un horizonte abierto. Tal vez éste sea el
último lugar al que dirigirse, la necesaria última parada de la
pareja donde encontrarse, al igual que en la parte final de "La noche", el matri-monio se enfrentaba a su realidad en la
serenidad de la madrugada. Pero a diferencia de aquella pareja
que se incomunicaba (o se co-municaba) a lo largo de toda la
película a través de sus silencios, éstos no dejan de hablar, en
ocasiones a gritos, sin conseguir en-tenderse.
Los personajes deambulan, pero sus actos suelen no revelar la
verdadera naturaleza de sus sentimientos. El momento de mayor
audacia es aquel en el que ella deja caer su copa al suelo en el
restaurante, gesto de provocación y tremendo hastío. En última
ins-tancia, se desprende la incomunicación a través del sexo,
acto su-premo de intimidad entre las personas. Sorprende la
vitalidad del viejo maestro a la hora de explorar el deseo, y
abordar la historia con la mayor carga erótica de la película.
Aunque reúne parte de los signos de identidad de su autor, no es
posible evitar cierta de-cepción ante este trabajo, acentuada por
una realización un tanto rutinaria, que se aleja de los
elegantes y complicados planos del resto de la filmografía. Si
alguna virtud tiene este breve suspiro del cine de Antonioni es
dejar en el ambiente varios interrogantes, acompañado de una
vaga sensación de desasosiego.
Steven Soderbergh, El “más listo de la clase” entre los
directores nortea-mericanos, se sube al carro de pro-ducción con
un guión propio, “Equili-brium”, que no trata el erotismo de
forma explícita, sino que al pa-recer pretende sugerirlo, a
través del relato de un sueño de un ejecutivo neurótico a su
psiquiatra. Los motivos por los que se pensó en este director, aparte de su evidente fama, pueden ser las turbulencias de su ya
lejana "Sexo, mentiras y cintas de vídeo". El director, que
tan pronto se dedica a filmar vehículos para estrellas tipo "Erin Brockovich" o producciones como
"Ocean's eleven
(Hagan juego)" y
secuelas, realiza un ejercicio de estilo en el que ese bus-cado
erotismo no aparece por ninguna parte. Al menos, no se ex-cede en
el metraje, contiene algún momento de humor y el buen trabajo de
Robert Downey Jr. y
Alan Arkin.
El
episodio sirve de transición para “The hand”, la apasionada
his-toria de Wong Kar-Wai, una perla caída del collar de "In
the mood for love (Deseando amar)", que nos introduce de lleno en los univer-sos
del deseo contenido y el amor desaforado. Mediante un flash back
nos lanza al relato del amor imposible y fiel de un joven sas-tre
por una prostituta de lujo. La habitación 2046 en la que se
ama-ban aquellos personajes es ahora el entorno de una historia
de fac-tura exquisita, protagonizada por
Gong Li. Parece que
Wong Kar-Wai es el único que realmente ha entendido el encargo
al que fueron retados los directores: sabe conducirnos por
los tor-tuosos caminos del deseo a través de uno de sus sentidos, el
tac-to, llegando de forma progresiva, a través de una simple
caricia, a uno de los momentos más intensos de la película.
Uno no puede dejar de preguntarse cómo habría sido el resultado
final de "Eros" si Pedro Almodóvar hubiese completado el
tríptico. Tal vez lo hubiese equilibrado con su capacidad a la
hora de recrear turbias pasiones. En "Eros" asistimos a una
especie de relevo de autores, por un momento coexisten en la
pantalla los universos de Antonioni y Kar-Wai: dos cineastas que
utilizan sus propias leyes de espacio y tiempo, y entienden el
Cine como un acto de creación integral.
Calificación:
    
Imágenes
de "Eros" - Copyright © 2004 Block 2
Pictures, Ipso Facto, Jet Tone Films, Solaris Entertainment, Roissy
Films, Cité Films y Fandango. Distribuida en España por Araba
Films y UIP. Todos los derechos
reservados.
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