CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
La batalla que
suscita esta nueva adaptación de la obra de
H.G. Wells no se
libra entre humanos y no-huma-nos, sino entre varias e
irreversibles paradojas. Una cinta que tiene como carta de
presentación la millonada que han costado sus efectos
especia-les, mientras su papá, Spielberg, re-salta tras ellos el
drama familiar, co-mo los progenitores de alto standing que
quieren convencer a los demás de algún mérito propio en su niño
rico. Un extremo opuesto al experimento radiofónico de Orson
Welles; una bro-ma que los oyentes se tomaron de-masiado en serio,
ahora una película seria que será víctima del ca-chondeo y
la superficialidad de muchos. Y, para quien suscribe, la más
hiriente de todas las paradojas: que una historia como ésta se
autoproclame voz de alerta por los peligros que corre nuestro
ines-table mundo mientras hace uso de la política más vil puesta
en marcha por los Estados Unidos —la política del miedo y el
catas-trofismo—.
Hay
una terrible escena en esta "La guerra de los mundos" de
Spielberg donde el ser humano demuestra sus más instintivos
orí-genes de supervivencia: la masa de huidos ataca a la familia
prota-gonista para hacerse con el que parece único coche que
funciona en toda la ciudad. Un pánico que se contagia, no sé si
con referen-cias premeditadas o no, por la similitud de esa
escena, ficticia, exagerada, con el preludio de otra cinta de
Spielberg, "El Imperio del Sol", donde otra familia se ve
envuelta en la vorágine del coche, las súplicas, la huida, el
miedo. El que exista un vínculo tan directo entre algo irreal y
algo histórico, entre una invasión alienígena y una guerra
mundial, es lo que verdaderamente debería causar terror en este
relato. No es un secreto que Spielberg y uno de sus guionis-tas,
Koepp, se hayan inspirado en las experiencias norteamerica-nas
del 11-S para dar justificante a "La guerra de los mundos".
Y, de nuevo, la paradoja: si este tipo de películas llegan en el
peor o en el mejor momento. Si no fuera por los nuevos tópicos y
por la ideología cerrada de los yanquis, quizá llegaría en el
mejor.
No
sería extraño que el misterio en torno a los extraterrestres
(más inquietante el plano de un brazo reptante que las
revelaciones completas) fuese sólo un macguf-fin para hablar de
ese terror norte-americano a lo externo. En cuanto estallan la
tormenta y las dudas, los niños de la película, esa nueva
gene-ración con sus nuevos prejuicios y su futuro orden mundial,
preguntan si los culpables son terroristas o, en su de-fecto,
europeos. Esos gazapos de guión dejan a la luz, más que toda la
maquinaria alien, las carreras y los ojos desorbitados, el
verdadero miedo estadounidense a la ruptura de su burbuja. No
por otra razón la acción transcurre únicamente en su tierra, se
ensalza la heroicidad que es el pan del pueblo de Bush y no se
dan cuenta de que los auténticos no-humanos hace mucho que
pueblan la Tierra y que la destruyen con sus máquinas, sus
industrias, sus vahos, sus rencores intercontinentales. Parece
que el norteamericano medio sólo puede descargar las culpas
so-bre lo que no conoce, y qué mejor que los bichos
estereotipados, porque ésa es la única droga capaz de ocultar el
terror que inspira su propio mundo.
Tal
lastre resulta una lástima, porque el pulso de Spielberg para
retratar sensaciones universales no va mal encaminado. La
ausen-cia de explicaciones científicas y/o premonitorias acentúa
ese miedo a lo inexplicable, como el simple porqué de cual-quier
guerra, aunque los escépticos lo vean como una lagu-na
argumental. Al final, las alarmas se disparan ante la
destruc-ción de lo personal y se obvian las razones de la
injusticia, aunque siempre haya personas alucinadas por esos
discursos heroicos, por las propias películas de marcianos y un
publicitado instinto de lucha que el hombre no tiene, como
encarna el inquietante perso-naje de Tim Robbins, Ogilvy. La
fantasía estorba en la vida real, y Spielberg,
sorprendentemente, así lo manifiesta en el sótano, entre Ogilvy
y Ray, el héroe por antonomasia, incorrecto, identificable, con
más de un talón de Aquiles. Tom Cruise, cuyas paranoias
cienciólogas corrían el peligro de contaminar el discurso de la
pelí-cula, se enfrenta a un papel nuevo con los recursos de
siempre, por lo que Dakota Fanning, en su constante rol de
hija de, tiene la oportunidad de eclipsarle o, al menos, de
darle un motivo para que su actuación no caiga de lleno en el
dramatismo recargado.
La
mano de Spielberg es firme tras esos humildes personajes, que
de-sean encarnar algo que las dimensio-nes de la película no
permiten desa-rrollar, quizá porque la complacencia del público
continúe en las millonadas de efectos antes que en las virtudes
que no otorga el dinero. Su realiza-ción es cada vez más
autoperfec-tiva, detallista y admirable, y aún entre su glacial
fotografía pueden percibirse notas de lírica, como esa metáfora
visual y extrañamente profética, por la que la sangre del hombre
termina alimentando la tierra que él se ha dedicado a des-truir
(la poesía nunca tuvo por qué ser bella). Aún así, esos
empala-gosos tintes de ciencia-ficción, esos toques de humor
made in Ko-epp, esas concesiones finales, esa falta de
horizonte pierde a "La guerra de los mundos" en algo que no
debería ser, y arruina las po-sibilidades de una novela que, como
pocas, tiene la capacidad de amoldarse a cualquier tiempo y a
cualquier amenaza. Mientras los ovnis sigan distrayendo la vista
hacia el cielo, se estarán olvidando los árboles, los ríos, lo
cotidiano y, sí, la dichosa familia. No es un discurso
ecologista, sino realista. Otra paradoja en la ciencia-fic-ción,
ese terreno que Spielberg dice abandonar, con una historia
decepcionante en los sentidos señalados más arriba, pero también
entretenida para unos y documental para otros de la idiotez
huma-na y, en especial, la del norteamericano crédulo.
Calificación:
    
Imágenes
de "La guerra de los mundos" - Copyright © 2005 Paramount
Pictures, DreamWorks Pictures, Amblin Entertainment y
Cruise/Wagner Productions. Distribuida en España por UIP. Todos los derechos
reservados.
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