CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
Un sobrecogedor espectáculo
Precedida de una extraña campaña publicitaria que, más
allá de la desmesura que ya es moneda común en este tipo de
superpro-ducciones y de la inteligencia con la que se han
dosificado los muy cuidados tráilers del filme, se ha destacado
por las abusivas y un tanto draconianas condiciones a las que se
vieron sometidos los medios en los pases de prensa previos al
estreno –donde al pare-cer, los periodistas, además de ser
cacheados y despojados de sus móviles, se vieron obligados a
firmar un contrato de confiden-cialidad que les impedía publicar
su opinión sobre el filme en cues-tión hasta la fecha posterior
al estreno, lo que en la práctica equi-valía a no poder ejercer
su trabajo de forma normal, un hecho tan insólito como
injustificable se mire por donde se mire– llega a nuestras
pantallas la esperadísima última película de
Steven Spielberg, una obra que
sin duda marcará la temporada de verano no sólo por su
previsible condición de taquillazo que, la verdad, no necesita
en absoluto de extraños reclamos alejados de lo estricta-mente
cinematográfico como la campaña de promoción de ese
Tom Cruise enamoriscado o la
extravagante estrategia publicitaria disfrazada de montaje de
seguridad que les describía hace un mo-mento, sino que se basta
y se sobra con la enésima demostración de talento de uno de los
directores que mejor sabe utilizar la enor-me variedad de
recursos a su disposición para ofrecernos un impre-sionante
espectáculo que es obligado disfrutar en su hábitat natu-ral, es
decir, en la sala de cine.
Steven Spielberg afrontaba varios re-tos en esta nueva versión,
muy libre-mente adaptada, de la novela que H.G. Wells publicó en
1898 en la que se describía, simple y llanamente, la forma en la
que una raza alienígena más avanzada que nosotros casi nos
barría de la faz de la Tierra con una superioridad insultante,
acabando de un plumazo con esa infinita compla-cencia con la que
los seres humanos nos hemos enseñoreado como reyes de la
creación en nuestro mundo, una mirada crítica y concienciada a
la so-ciedad de su tiempo que empapada de un darwinismo llevado
a sus últimas consecuencias obligaba a un necesario baño de
humildad. Para empezar, Spielberg tenía que lidiar tanto con la
existencia de buen puñado de obras precedentes que ya habían
sacado excelente partido de las ideas de Wells, co-mo el clásico
de 1953 rodado por Byron Haskin o aquel hito radio-fónico,
impensable hoy en día, con el que Orson Welles aterrorizó a gran
parte de la población estadounidense en 1939; sin olvidar
re-ferentes más o menos recientes cuyas temáticas coinciden con
la planteada por "La guerra de los mundos", entre las que sin
duda destaca con luz propia "Señales",
obra de ese excelente director que atiende al nombre de M. Night
Shyamalan. Por otro, Spielberg tenía que enfrentarse al peso de
su propia filmografía: convertido por méritos propios en el
valedor por excelencia de esa visión del alienígena como
embajador de buena voluntad en títulos tan señe-ros como
"Encuentros en la Tercera Fase", "E.T.
El extraterrestre" o incluso en la nota a pie de
página de "A.I.
Inteligencia artificial", provocaba un innegable
morbo ver al realizador hacerse cargo de una producción más
cercana al espíritu de títulos como "Indepen-dence Day" o "Mars
attacks!", en la que se nos muestra el lado más brutal y salvaje
de esos alienígenas que se dedican a destruir sin muchas
contemplaciones, ni explicaciones, a cuanto humano se les cruza
en el camino, reducidos a poco más que insectos a los que
aplastar.
Spielberg sale triunfante en la mayor parte de esos retos. Para
empezar, articula su película desde un punto de vista
exclusi-vamente humano e individualizado en las vicisitudes
de un más bien desastroso padre de familia divorciado que no
tiene ni la más remota idea de cómo debe afrontar la tarea no ya
de educar a sus dos hijos, sino de obtener un mínimo de respeto
o estima. Por su-puesto, el exterminio provocará en él una
reacción instintiva de pro-tección y, al mismo tiempo, le dará
un curso acelerado de paterni-dad responsable en un viaje que
cambiará para siempre sus vidas. Este recurso de utilizar a esa
familia desestructurada y llena de ca-rencias afectivas como
centro de la acción entronca de lleno tanto en la propia
filmografía del realizador –y muy especialmente en esa
inteligente y sutil trilogía sobre el desamparo y el desarraigo
com-puesta por "A.I. Inteligencia artificial", "Minority report"
y "Atrápame
si puedes"– como en una querida corriente argumental
muy propia del género del cine de catástrofes en el que la
obligación de enfren-tarse a algo que supera las circunstancias
personales de cada uno de los protagonistas obligados a
colaborar más allá de sus diferen-cias permite una suerte de
catarsis emocional que ayuda a los per-sonajes, caso de que
sobrevivan, a superar sus problemas e inclu-so a mejorar como
personas.
Esto dista mucho de ser algo ca-sual. En realidad, en la
modélica primera hora de "La guerra de los mundos", Spielberg
recrea con enorme acierto un ambiente más propio de una película
de catás-trofes que de un filme pertene-ciente al género de la
ciencia fic-ción. Se limita a describirnos a un conjunto de
personajes que nos resul-tan de lo más familiar gracias a una
serie de pinceladas que definen con precisión sus
personalidades, ya sea la irresponsabilidad de ese padre
in-capaz de comunicarse con sus hijos o de atenderlos con el
mínimo de cuidado exigible, la rebeldía y la rabia de ese
adolescente desencantado o la inteligencia y la sensi-bilidad de
esa niña que parece mucho más adulta de lo que en rea-lidad es.
Y sin mucho más preámbulo, entramos en materia. Pocas cosas
provocan mayor terror o desconcierto que una subversión del
orden natural establecido, y Spielberg saca buen partido de
ello: la cuidada descripción de esa tormenta que tiñe el cielo
de un color especial, seguida de una sucesión de rayos que
causan la pérdida de toda fuente de energía provocan una
angustiosa sensación de intranquilidad, que llega a su momento
más álgido en la impresio-nante aparición de la primera máquina
invasora, que emerge del suelo causando una enorme destrucción
para el pasmo de los ob-servadores. Spielberg, como ya hiciera
en películas como "Salvar
al soldado Ryan" o "La Lista de Schindler", fuerza de
forma inteligente una completa identificación del espectador con
la experiencia de Ray cuando el infierno se desata a base de
planos subjetivos y una esmerada puesta en escena nada confusa
que permite seguir con precisión todo lo que va aconteciendo,
hasta tal punto que su impo-tencia y su angustia es también la
nuestra, ya que poco más pode-mos hacer excepto acompañarle en
su desesperado viaje.
Orquestando con precisión los múltiples elementos que confor-man
un sobrecogedor espectáculo y tratando de equilibrar ese
ven-daval de imágenes de destrucción masiva con el calvario que
ape-nas está empezando a pasar esa familia en pleno proceso de
huida como hilo conductor del relato, se nos ofrecen
numerosas prue-bas del talento visual de Spielberg no ya para
contar una his-toria en imágenes de un modo que está al alcance
de pocos realizadores, sino para causar una angustia más que
genui-na con detalles tan simples en su concepción como
efectivos en su resolución. Así, resulta difícil quedarse
indiferente ante la dimen-sión del horror que supone observar
ese río por el que flota un cuer-po inerte al que siguen decenas
de ellos, la destrucción causada por un avión estrellado –un
impresionante trabajo de diseño de pro-ducción magníficamente
aprovechado– o el plano en el que la multi-tud de un ferry
observa con terror cómo uno de los trípodes aparece amenazante
en lo alto de una colina próxima.
La segunda parte del filme, en que la acción se aleja de las
multitudes –ca-paces de lo mejor y de lo peor en tiempos de
crisis, como la película se esfuerza por mostrar– y se centra en
la lucha por la supervivencia de Ray y su hija en ese sótano en
el que son acogidos por el desquiciado personaje que interpreta
un Tim Robbins qui-zás un
poco pasado de vueltas, sirve, además de para que Spielberg
vuelva a hacer alarde de cierto virtuosismo técnico en una
escena de suspense un tanto alargada (y, reconozcámos-lo, mucho
menos efectiva que una bastante similar que acontece en
"Señales"), para que comprobe-mos hasta qué punto puede
evolucionar el personaje de Ray en su lucha por la supervivencia
y la de su hija. Quizás es en esas esce-nas donde mejor se puede
apreciar la complejidad de la composi-ción que Tom Cruise
imprime a su personaje en un trabajo bastante más inspirado de
lo que en él es habitual, bien acompañado por esa inquietante
niña-actriz, Dakota Fanning,
que más allá de al-gún que otro exceso vocal comprensible,
cumple de sobra con un papel que le exige cierta variedad de
registros.
Sin embargo, este segundo tramo resulta por comparación
bastante menos interesante y logrado que todo lo que los
artífi-ces de esta producción habían conseguido hasta entonces.
Princi-palmente porque no resulta muy de recibo que, tras todo
el esfuer-zo que supone construir la historia alrededor de las
acciones de un hombre corriente enfrentado a algo que le supera
en todos los sen-tidos y aun siendo lógico que ese proceso le
lleve a hacer algún que otro acto audaz, el personaje de Tom
Cruise disfrute de un par de momentos puramente heroicos que van
completamente en con-tra no sólo de la condición de hombre
normal de ese personaje, si-no de todo lo hasta entonces
esgrimido por el filme, una obra casi modélica en ese aspecto en
gran parte de su metraje, aunque su retrato dramático y
emocional sea de bastante menor calado que en algunas obras
anteriores del propio Spielberg. No menos decep-cionante, por
más que resulte coherente con la resolución que to-dos conocemos
de la novela original de Wells (de la que Spielberg no tiene
inconveniente en alejarse cuando le resulta útil a sus
inte-reses, razón por la cual la falta de decisión en este
extremo resulta de lo más criticable), es ese desenlace un tanto
ingenuo a estas alturas que desemboca en un final que, como por
otra parte le su-cede demasiado a menudo a este magnífico
realizador, malogra un tanto sus logros por ese inevitable
exceso de emotividad que siem-pre le acompaña y una solemnidad
complaciente que resulta un tanto fuera de lugar precisamente
por todo lo apuntado a lo largo de la cinta.
Aun y con todos esos peros (y algún otro en el que no conviene
detenerse demasiado, como la insostenible teo-ría del filme de
que esos cientos de máquinas invasoras han estado ente-rradas
bajo nuestras narices durante siglos sin que nosotros supiéramos
de su existencia), "La guerra de los mundos" es una película
notable, una obra angustiosa que consigue de sobra su propósito
de hacernos sentir esa necesaria impotencia ante la enormidad de
todo lo que acontece. Spielberg consigue de-jar en nuestras
retinas imágenes de una contundencia difícil de olvidar
–como esa inenarrable escena en la que asistimos al uso que los
invasores hacen de la sangre humana o la pesadillesca aparición
de un tren que circula a toda velocidad envuelto en llamas ante
la atónita mirada de los que buscan refugio en el ferry, por
poner sólo dos ejemplos– sin perder en ningún momento ese
sentido de gran espectáculo que domina la pantalla y que es
fruto tanto de su gran inventiva visual como del ta-lento de
todos aquellos que le han ayudado a plasmar su visión de la
historia. Spielberg nos ofrece todo aquello que queremos
experi-mentar en una sala de cine, y nos lo sirve con una
calidad y una maestría muy, pero que muy por encima de la media.
Calificación:
    
Imágenes
de "La guerra de los mundos" - Copyright © 2005 Paramount
Pictures, DreamWorks Pictures, Amblin Entertainment y
Cruise/Wagner Productions. Distribuida en España por UIP. Todos los derechos
reservados.
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