CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
De Cruzadas, mensajes
humanistas y maniqueísmos
A estas alturas, nadie que conozca un poco la filmografía de
Ridley Scott debería ser tan
ingenuo como para exigir del realizador inglés que sus películas
ambientadas en determina-dos momentos del pasado posean un
cierto rigor histórico. Cualquiera que haya visto "Gladiator"
o, de forma mu-cho más evidente, "1492: La conquis-ta del
paraíso", sabe que Scott tiende a sacrificar dicho rigor en
favor de otro tipo de cuestiones que le interesan más, ya sean
éstas una mera excusa para imprimir a sus relatos una mayor
espectacularidad y potenciar sus ele-mentos melodramáticos o, lo
que quizás es más perdonable (más que nada porque es algo que se
viene repitiendo desde que el cine es cine), mirar a ese pasado
con los ojos y el conocimiento de los hechos que tenemos desde
el presente. Adoptar esa perspectiva contemporánea entraña el
riesgo de que alguien olvide que esta-mos ante una cinta de
ficción en la cual ese momento histórico concreto no deja de ser
un simple telón de fondo sobre el que de-sarrollar la historia y
que, en consecuencia, se crea a pie juntillas que Las Cruzadas
se desarrollaron efectivamente de esa forma, pero, como el
propio Ridley Scott se ha encargado de repetir cada vez que se
le menciona el tema, él no es un documentalista sino un director
de películas de ficción y no tiene por qué sentirse res-ponsable
de unas lagunas que no son de su competencia ni mucho menos
venir a cubrir las mismas. Y la verdad es que algo de razón no
le falta, si bien moverse en esas coordenadas significa también
asumir que esa evidente falta de rigor histórico pueda afectar a
otros elementos del relato y, por lo tanto, a la valoración
conjunta de la obra fílmica, riesgo que Scott parece por otra
parte más que dispuesto a asumir.
Viene esta
introducción a cuento porque lo que más llama la atención en
una película como "El reino de los cielos" es su clara voluntad
de transmitir un mensaje que aboga por el entendimiento entre
las civilizaciones, la comprensión mutua, el respeto y la
tolerancia, lo que no deja de resultar de lo más para-dójico si
tenemos en cuenta que, por un lado, Las Cruzadas surgen
precisamente del deseo de Occidente de imponer su dominio sobre
Tierra Santa, desalojando a sangre y cuchillo de Jerusalén –y
otros pequeños reinos adyacentes– a sus originales pobladores,
dando pie así a un conflicto que se prolongó por casi dos
siglos, en el que el fanatismo religioso y la intolerancia se
cobraron nueve millones de vidas; y que, por otro lado, tampoco
parece que las cosas ha-yan cambiado mucho hasta el momento
actual, con Jerusalén sien-do pieza en conflicto esta vez entre
judíos y palestinos, con el aña-dido de los tristes
acontecimientos de Irak que todos conocemos. Scott ha construido
desde la incorrección histórica una película con mensaje de lo
más políticamente correcto y nadie debería rasgarse las
vestiduras por ello, pues es una opción personal con la que uno
puede estar más o menos de acuerdo –personalmente, yo no lo
es-toy en absoluto– pero que no debería conducir al error de
enjuiciarla en función exclusivamente de ello.
Y es que el personaje de Balian (Or-lando
Bloom) alrededor del cual se articula la historia es,
reconozcámos-lo, un tipo de lo más contemporáneo: de herrero en
un pequeño pueblo fran-cés pasa a ser caballero e inopinado
heredero de unas posesiones en Tie-rra Santa, servidor del rey
Balduino IV. Tiene un serio problema de fe (cuando se te muere
un hijo y la es-posa se te suicida pasan estas co-sas) y busca
en Jerusalén el perdón, empezar una nueva vida, para lo cual
seguirá su instinto; como es un tipo justo, solidario y
tolerante con el mun-do nuevo con el que tiene que convivir, se
lleva de maravilla con esos musulmanes que a él, la verdad, no
le han hecho nada. Cree firmemente que puede crearse ese reino
soñado, esa especie de utópico mundo compartido entre
civilizaciones que se enriquezcan mutuamente e incluso lo pone
en práctica a pequeña escala en sus posesiones, que convierte en
un vergel gracias a la construcción de un pozo –que si no llega
a ser por él, jamás hubieran aprendido a cavar (es inenarrable
esa escena en la que se le ve zacho en mano compartiendo
esfuerzo con sus súbditos)–, llamando así de paso la atención de
la hermana del rey, Sibylla –una tan subyugante como
desaprovechada Eva Green que
también tiene su cuota de com-portamientos incomprensibles en lo
que cabría esperar de una prin-cesa cristiana–, casada por
desgracia con el templario Guy de Lu-signan, uno de esos
fanáticos religiosos que abogan por la guerra y el exterminio
del infiel para arreglarlo todo y al que esas ideas de
convivencia pacífica le suenan extravagantes, cuando no
directa-mente peligrosas.
Scott
cuida mucho tanto la reconstrucción física de aquel mundo –hay
que reconocer que el trabajo en el diseño de producción, el
vestuario y todos los elementos que ayudan al espectador a
intro-ducirse en aquel tiempo, es impecable– como los
delimitados posi-cionamientos ideológicos de los distintos
personajes, pero, en su esfuerzo por abordar una cuestión que es
mucho más compleja que la simple demonización del infiel, cae en
la paradoja de conver-tir su película en un ejercicio de
maniqueísmo mostrando, por un lado, a los malos malísimos,
fanáticos e intolerantes, y, por otro, a los buenos buenísimos,
que se esfuerzan por mantener la paz y la concordia (aunque
cuando se vean obligados a combatir lo hagan con la fiereza que
los tiempos exigen). Con lo cual Scott pierde por un lado lo que
gana por el otro, y si bien la película aboga por un mensaje
loable que es muy de agradecer en estos tiempos tan difíciles,
la simpleza con la que son descritos los personajes impide
tomarse la propuesta demasiado en serio y esperar algo más allá
de un simple entretenimiento comercial de dé-bil calado, lo
que no deja de ser una lástima, más que nada por-que tal postura
implica además un intolerable distanciamiento emo-cional entre
el espectador y los personajes que va muy en perjuicio de los
intereses últimos del filme –algo que no sucedía, por ejem-plo,
en "Gladiator", que siendo una obra sin duda bastante
sobreva-lorada, tenía más carisma y la virtud de llegar a
conectar plenamen-te con el público en más de un pasaje–.
Centrándonos en otro tipo de consi-deraciones, hay que reseñar
que Rid-ley Scott parece haber decidido impo-ner como marca
propia ese discutible estilo visual –que mezcla cámaras rá-pidas
con profusión de primeros pla-nos e inevitables ralentizaciones–
con el que pretendió distanciarse en "Gla-diator" de referentes
previos en las ba-tallas de masas y los combates cuer-po a
cuerpo. No es una decisión de lo más acertada, pues aparte de
que si-gue resultando de lo más confuso pa-ra el espectador, uno
tiene a menudo la sensación de estar viendo algunos descartes de
aquella película que no mejoran en gran cosa sus logros. Por
otro lado, es inevitable que el tramo final de la cinta, el del
masivo asedio a Jerusalén por parte del ejército de Saladino y
sus catapultas y torres de asalto, despierte en el espectador el
recuerdo del Abismo de Helm y del ataque a Minas Tirith ("El
señor de los anillos") con cierta añoranza ya que,
por mucho que Scott se esfuerce (y hay planos destacables, como
el aéreo que sobre-vuela a los dos ejércitos cuando se derrumba
la muralla mientras combaten en la brecha), no consigue ni mucho
menos acercarse al nivel de perfección y, sobre todo, de emoción
de las películas de Peter Jackson. En esta nueva era de lo
digital en la que ya no es novedad la cantidad ni sorprende lo
espectacular, la emoción debe conseguirse por otros medios más
sólidos.
En cuanto
a las interpretaciones, la película sigue la norma de ofrecer un
conjunto bastante desigual. Aun reconociéndole a Or-lando
Bloom su esfuerzo para liberarse de la imagen de fra-gilidad
ofrecida en anteriores producciones épicas, sin duda está
demasiado lejos de ser capaz de sostener sobre sus hombros el
peso de una película de estas características. Por más que
intente seguir el modelo de Russell Crowe en "Gladiator" –es
decir, confundir dureza con inexpresividad de gesto–, Bloom
carece de esa fuerza y, pese a algún momento aislado (las dudas
que asolan a su personaje a su llegada a ese mundo nuevo, en
es-pecial en la secuencia en el Gólgota), su composición ofrece
de-masiadas inseguridades y, directamente, no consigue
transmitir credibilidad en su tramo final, cuando se convierte
en el defensor de Jerusalén (tampoco es que le ayuden mucho los
inapropiados y un tanto absurdos parlamentos que el guión le
obliga a declamar). Mu-cho mayor interés ofrecen el siempre
fiable Liam Neeson y un
es-tupendo David Thewlis en
sus papeles de caballeros; una Eva Green que tiene que lidiar
con un personaje que uno intuye mutila-do en el montaje y que no
obstante tiene espacio para el lucimiento (véase la secuencia en
el lecho de muerte de su hermano); un
Ed-ward Norton que trabaja desde el lenguaje corporal
su personaje enmascarado, consiguiendo salir airoso del trance;
y, por último, destaca sobremanera un sólido y fiero
Ghassan Massoud en el pa-pel de
Saladino. Por contra, Jeremy Irons
sigue en su inexplicable línea de los últimos papeles, o sea,
francamente mal dirigido y un punto sobreactuado; mientras que
Marton Csokas y
Brendan Gleeson (lo de este
último es un poco duro, teniendo en cuenta las prestaciones que
podría llegar a ofrecer) poco tienen que hacer con sus villanos
de una sola pieza que bordean la estupidez y el ri-dículo.
No seré yo quien le niegue a "El rei-no de los cielos" su
condición de ser una película razonablemente entrete-nida, que
se deja ver con agrado so-bre todo en su primer tramo mientras
Scott va perfilando la construcción de sus personajes y las
posturas que és-tos adoptan y cuya segunda parte se hace
llevadera gracias a que uno se abandona a la esperada conclusión
épica con el consabido asalto final a Jerusalén; ni tampoco le
negaré a Scott su capacidad de ser un director elegante que sabe
cómo narrar una historia por más que algunas de sus decisiones
visuales me parezcan un tanto inapropiadas. Lo que me parece
algo menos perdonable es que con todo ese material que desde
luego no carece de interés, uno abandone la sala con la
sen-sación de que no se han explorado las muchas posibilidades
que ofrecía y que, dentro de ese complejo mensaje humanista de
lo más elogiable desde nuestra perspectiva contemporánea (y un
tan-to inaudito para los tiempos que corren), se haya tomado el
camino del maniqueísmo más fácil y digerible para el espectador
medio a la hora de ponerlo en imágenes, como si fuera una
necesidad hacer de la simplificación una norma, cuando en el
fondo es esa mentali-dad la que provoca el círculo vicioso según
el cual siempre hay que desconfiar de la capacidad de
entendimiento del público al que es-tos productos van
destinados. Es una lástima que Scott no se haya aplicado, con
el mismo afán con el que construye ese discurso humanista
situado más allá de cuestiones religiosas, en ofrecernos algo un
poco más sólido en su desarrollo que un filme de buenos y malos,
por más que uno sea consciente de que el comportamiento de los
templarios posiblemente esté más cerca de la realidad de lo que
los reinos cristianos llevaron a Tierra Santa que la pureza de
espíritu que representa el personaje central de Balian.
Calificación:
    
Imágenes de "El reino de los cielos" - Copyright © 2005 20th
Century Fox, Scott Free y KanZaman. Distribuida en España por
Hispano FoxFilm. Todos los derechos
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