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EL REINO DE LOS CIELOS
(Kingdom of heaven)


Dirección: Ridley Scott.
Países:
USA, Reino Unido y España.
Año: 2005.
Duración: 145 min.
Género: Drama, historia, acción, épica.
Interpretación: Orlando Bloom (Balian de Ibelin), Eva Green (Sibylla), Jeremy Irons (Tiberias), David Thewlis (Hospitalario), Brendan Gleeson (Reynaldo), Marton Csokas (Guy de Lusignan), Liam Neeson (Godofredo de Ibelin), Alexander Siddig (Imad), Ghassan Massoud (Saladino), Velibor Topic (Almaric).
Guión: William Monahan.
Producción: Ridley Scott.
Música: Harry Gregson-Williams.
Fotografía:
John Mathieson.
Montaje: Dody Dorn.
Diseño de producción: Arthur Max.
Vestuario: Janty Yates.
Estreno en USA: 6 Mayo 2005.
Estreno en España: 6 Mayo 2005.

 

CRÍTICA
por David Garrido Bazán

De Cruzadas, mensajes humanistas y maniqueísmos

  A estas alturas, nadie que conozca un poco la filmografía de Ridley Scott debería ser tan ingenuo como para exigir del realizador inglés que sus películas ambientadas en determina-dos momentos del pasado posean un cierto rigor histórico. Cualquiera que haya visto "Gladiator" o, de forma mu-cho más evidente, "1492: La conquis-ta del paraíso", sabe que Scott tiende a sacrificar dicho rigor en favor de otro tipo de cuestiones que le interesan más, ya sean éstas una mera excusa para imprimir a sus relatos una mayor espectacularidad y potenciar sus ele-mentos melodramáticos o, lo que quizás es más perdonable (más que nada porque es algo que se viene repitiendo desde que el cine es cine), mirar a ese pasado con los ojos y el conocimiento de los hechos que tenemos desde el presente. Adoptar esa perspectiva contemporánea entraña el riesgo de que alguien olvide que esta-mos ante una cinta de ficción en la cual ese momento histórico concreto no deja de ser un simple telón de fondo sobre el que de-sarrollar la historia y que, en consecuencia, se crea a pie juntillas que Las Cruzadas se desarrollaron efectivamente de esa forma, pero, como el propio Ridley Scott se ha encargado de repetir cada vez que se le menciona el tema, él no es un documentalista sino un director de películas de ficción y no tiene por qué sentirse res-ponsable de unas lagunas que no son de su competencia ni mucho menos venir a cubrir las mismas. Y la verdad es que algo de razón no le falta, si bien moverse en esas coordenadas significa también asumir que esa evidente falta de rigor histórico pueda afectar a otros elementos del relato y, por lo tanto, a la valoración conjunta de la obra fílmica, riesgo que Scott parece por otra parte más que dispuesto a asumir.

  Viene esta introducción a cuento porque lo que más llama la atención en una película como "El reino de los cielos" es su clara voluntad de transmitir un mensaje que aboga por el entendimiento entre las civilizaciones, la comprensión mutua, el respeto y la tolerancia, lo que no deja de resultar de lo más para-dójico si tenemos en cuenta que, por un lado, Las Cruzadas surgen precisamente del deseo de Occidente de imponer su dominio sobre Tierra Santa, desalojando a sangre y cuchillo de Jerusalén –y otros pequeños reinos adyacentes– a sus originales pobladores, dando pie así a un conflicto que se prolongó por casi dos siglos, en el que el fanatismo religioso y la intolerancia se cobraron nueve millones de vidas; y que, por otro lado, tampoco parece que las cosas ha-yan cambiado mucho hasta el momento actual, con Jerusalén sien-do pieza en conflicto esta vez entre judíos y palestinos, con el aña-dido de los tristes acontecimientos de Irak que todos conocemos. Scott ha construido desde la incorrección histórica una película con mensaje de lo más políticamente correcto y nadie debería rasgarse las vestiduras por ello, pues es una opción personal con la que uno puede estar más o menos de acuerdo –personalmente, yo no lo es-toy en absoluto– pero que no debería conducir al error de enjuiciarla en función exclusivamente de ello.

  Y es que el personaje de Balian (Or-lando Bloom) alrededor del cual se articula la historia es, reconozcámos-lo, un tipo de lo más contemporáneo: de herrero en un pequeño pueblo fran-cés pasa a ser caballero e inopinado heredero de unas posesiones en Tie-rra Santa, servidor del rey Balduino IV. Tiene un serio problema de fe (cuando se te muere un hijo y la es-posa se te suicida pasan estas co-sas) y busca en Jerusalén el perdón, empezar una nueva vida, para lo cual seguirá su instinto; como es un tipo justo, solidario y tolerante con el mun-do nuevo con el que tiene que convivir, se lleva de maravilla con esos musulmanes que a él, la verdad, no le han hecho nada. Cree firmemente que puede crearse ese reino soñado, esa especie de utópico mundo compartido entre civilizaciones que se enriquezcan mutuamente e incluso lo pone en práctica a pequeña escala en sus posesiones, que convierte en un vergel gracias a la construcción de un pozo –que si no llega a ser por él, jamás hubieran aprendido a cavar (es inenarrable esa escena en la que se le ve zacho en mano compartiendo esfuerzo con sus súbditos)–, llamando así de paso la atención de la hermana del rey, Sibylla –una tan subyugante como desaprovechada Eva Green que también tiene su cuota de com-portamientos incomprensibles en lo que cabría esperar de una prin-cesa cristiana–, casada por desgracia con el templario Guy de Lu-signan, uno de esos fanáticos religiosos que abogan por la guerra y el exterminio del infiel para arreglarlo todo y al que esas ideas de convivencia pacífica le suenan extravagantes, cuando no directa-mente peligrosas.

  Scott cuida mucho tanto la reconstrucción física de aquel mundo –hay que reconocer que el trabajo en el diseño de producción, el vestuario y todos los elementos que ayudan al espectador a intro-ducirse en aquel tiempo, es impecable– como los delimitados posi-cionamientos ideológicos de los distintos personajes, pero, en su esfuerzo por abordar una cuestión que es mucho más compleja que la simple demonización del infiel, cae en la paradoja de conver-tir su película en un ejercicio de maniqueísmo mostrando, por un lado, a los malos malísimos, fanáticos e intolerantes, y, por otro, a los buenos buenísimos, que se esfuerzan por mantener la paz y la concordia (aunque cuando se vean obligados a combatir lo hagan con la fiereza que los tiempos exigen). Con lo cual Scott pierde por un lado lo que gana por el otro, y si bien la película aboga por un mensaje loable que es muy de agradecer en estos tiempos tan difíciles, la simpleza con la que son descritos los personajes impide tomarse la propuesta demasiado en serio y esperar algo más allá de un simple entretenimiento comercial de dé-bil calado, lo que no deja de ser una lástima, más que nada por-que tal postura implica además un intolerable distanciamiento emo-cional entre el espectador y los personajes que va muy en perjuicio de los intereses últimos del filme –algo que no sucedía, por ejem-plo, en "Gladiator", que siendo una obra sin duda bastante sobreva-lorada, tenía más carisma y la virtud de llegar a conectar plenamen-te con el público en más de un pasaje–.

  Centrándonos en otro tipo de consi-deraciones, hay que reseñar que Rid-ley Scott parece haber decidido impo-ner como marca propia ese discutible estilo visual –que mezcla cámaras rá-pidas con profusión de primeros pla-nos e inevitables ralentizaciones– con el que pretendió distanciarse en "Gla-diator" de referentes previos en las ba-tallas de masas y los combates cuer-po a cuerpo. No es una decisión de lo más acertada, pues aparte de que si-gue resultando de lo más confuso pa-ra el espectador, uno tiene a menudo la sensación de estar viendo algunos descartes de aquella película que no mejoran en gran cosa sus logros. Por otro lado, es inevitable que el tramo final de la cinta, el del masivo asedio a Jerusalén por parte del ejército de Saladino y sus catapultas y torres de asalto, despierte en el espectador el recuerdo del Abismo de Helm y del ataque a Minas Tirith ("El señor de los anillos") con cierta añoranza ya que, por mucho que Scott se esfuerce (y hay planos destacables, como el aéreo que sobre-vuela a los dos ejércitos cuando se derrumba la muralla mientras combaten en la brecha), no consigue ni mucho menos acercarse al nivel de perfección y, sobre todo, de emoción de las películas de Peter Jackson. En esta nueva era de lo digital en la que ya no es novedad la cantidad ni sorprende lo espectacular, la emoción debe conseguirse por otros medios más sólidos.

  En cuanto a las interpretaciones, la película sigue la norma de ofrecer un conjunto bastante desigual. Aun reconociéndole a Or-lando Bloom su esfuerzo para liberarse de la imagen de fra-gilidad ofrecida en anteriores producciones épicas, sin duda está demasiado lejos de ser capaz de sostener sobre sus hombros el peso de una película de estas características. Por más que intente seguir el modelo de Russell Crowe en "Gladiator" –es decir, confundir dureza con inexpresividad de gesto–, Bloom carece de esa fuerza y, pese a algún momento aislado (las dudas que asolan a su personaje a su llegada a ese mundo nuevo, en es-pecial en la secuencia en el Gólgota), su composición ofrece de-masiadas inseguridades y, directamente, no consigue transmitir credibilidad en su tramo final, cuando se convierte en el defensor de Jerusalén (tampoco es que le ayuden mucho los inapropiados y un tanto absurdos parlamentos que el guión le obliga a declamar). Mu-cho mayor interés ofrecen el siempre fiable Liam Neeson y un es-tupendo David Thewlis en sus papeles de caballeros; una Eva Green que tiene que lidiar con un personaje que uno intuye mutila-do en el montaje y que no obstante tiene espacio para el lucimiento (véase la secuencia en el lecho de muerte de su hermano); un Ed-ward Norton que trabaja desde el lenguaje corporal su personaje enmascarado, consiguiendo salir airoso del trance; y, por último, destaca sobremanera un sólido y fiero Ghassan Massoud en el pa-pel de Saladino. Por contra, Jeremy Irons sigue en su inexplicable línea de los últimos papeles, o sea, francamente mal dirigido y un punto sobreactuado; mientras que Marton Csokas y Brendan Gleeson (lo de este último es un poco duro, teniendo en cuenta las prestaciones que podría llegar a ofrecer) poco tienen que hacer con sus villanos de una sola pieza que bordean la estupidez y el ri-dículo.

  No seré yo quien le niegue a "El rei-no de los cielos" su condición de ser una película razonablemente entrete-nida, que se deja ver con agrado so-bre todo en su primer tramo mientras Scott va perfilando la construcción de sus personajes y las posturas que és-tos adoptan y cuya segunda parte se hace llevadera gracias a que uno se abandona a la esperada conclusión épica con el consabido asalto final a Jerusalén; ni tampoco le negaré a Scott su capacidad de ser un director elegante que sabe cómo narrar una historia por más que algunas de sus decisiones visuales me parezcan un tanto inapropiadas. Lo que me parece algo menos perdonable es que con todo ese material que desde luego no carece de interés, uno abandone la sala con la sen-sación de que no se han explorado las muchas posibilidades que ofrecía y que, dentro de ese complejo mensaje humanista de lo más elogiable desde nuestra perspectiva contemporánea (y un tan-to inaudito para los tiempos que corren), se haya tomado el camino del maniqueísmo más fácil y digerible para el espectador medio a la hora de ponerlo en imágenes, como si fuera una necesidad hacer de la simplificación una norma, cuando en el fondo es esa mentali-dad la que provoca el círculo vicioso según el cual siempre hay que desconfiar de la capacidad de entendimiento del público al que es-tos productos van destinados. Es una lástima que Scott no se haya aplicado, con el mismo afán con el que construye ese discurso humanista situado más allá de cuestiones religiosas, en ofrecernos algo un poco más sólido en su desarrollo que un filme de buenos y malos, por más que uno sea consciente de que el comportamiento de los templarios posiblemente esté más cerca de la realidad de lo que los reinos cristianos llevaron a Tierra Santa que la pureza de espíritu que representa el personaje central de Balian.

Calificación:


Imágenes de "El reino de los cielos" - Copyright © 2005 20th Century Fox, Scott Free y KanZaman. Distribuida en España por Hispano FoxFilm. Todos los derechos reservados.

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