SINOPSIS
Devlin,
(Cary Grant), un agente del gobierno norteamericano, enta-bla
relación con Alicia Huberman (Ingrid Bergman), hija de un espía
alemán recién encarcelado, y le propone trabajar para su país
en Río de Janeiro. La misión es seducir a otro alemán, Alex
Sebastian (Claude Rains), que años atrás estuvo enamorado de
ella, y sacar la máxima información de él y sus contactos, pues
es una de las bases del nazismo activo que opera tras la guerra.
Alicia, pese a estar enamorada de Devlin, acepta no sólo el
desafío de conquistar a Sebastian, sino también su inesperada
petición de boda. Una misteriosa botella de vino pondrá la
primera nota de inquietud en la tensa labor de espionaje de
Alicia.
CRÍTICA
por
Manuel Márquez
Aun desde la majestuosidad que le confiere una nómina de
títulos que, por cantidad y calidad, la sitúan entre las más
señeras de la historia universal de la cinematografía, la
filmografía de Alfred Hitchcock
no deja de tener, dentro de un nivel medio muy alto, sus
altibajos y sus diferencias: ciertamente, no se puede equiparar
el nivel de algunos de sus films menos destacados con el de
autén-ticas obras maestras, entre las cuales hay que situar, sin
lugar a ningún género de dudas, "Encadenados", novena producción
de su época norteamericana, que, bajo la égida del legendario
productor David O. Selznick,
supuso un espaldarazo definitivo para su asen-tamiento en el orbe
hollywoodiense y le situó entre sus directores más solventes,
tanto artística como comercialmente.
Partiendo
de un guión original extraordinariamente bien armado y
desarrollado –obra de Ben Hecht,
un genuino “todoterreno”, autor, a un ritmo de trabajo
auténticamente estajanovista, de un sinfín de piezas
maravillosas a lo largo de las decadas de los 30 y los 40–,
Hitchcock se aplica a poner sobre celuloide, con su fluidez
narrati-va y su impronta visual características, una historia con
unas con-notaciones políticas que la hacen alejarse de sus
referentes habi-tuales, aun cuando tal componente política venga
a confluir con otras dos vertientes temáticas –la del drama
amoroso y la de la in-triga criminal– que sí se hallan con más
profusión en el corpus fíl-mico hitchcockiano, y que dotan a la
trama de una consistencia y una riqueza de matices (en la medida
en que su entrelazado se produce con una naturalidad y una
armonía encomiables) verdade-ramente digna de admiración. Es
difícil pronunciarse acerca de cuál de los tres elementos marca
la línea predominante, o determina la adscripción genérica del
film, dado el equilibrio del peso de los mis-mos.
Merece la
pena, en cualquier caso, detenerse, siquiera sea some-ramente, en
cada una de las tres líneas argumentales, dado que ofrecen, por
sí mismas, material más que suficiente para el comen-tario.
En lo que
respecta al drama amoro-so, centrado en la relación afectiva
entre el agente Frank Devlin (Cary
Grant) y la “espía colaboradora” Alicia Huberman (Ingrid
Bergman), consti-tuye uno de los más logrados ejem-plos
de lo que el glamour y la quími-ca, sabiamente combinados, podían
desplegar sobre la pantalla blanca: un sentimiento arrasador y
deslumbran-te, apto para atrapar en sus redes afectivas hasta al
espectador más re-miso y precavido. El juego de falsos equívocos
(los amantes se reprochan continuamente motivos manifiesta-mente
impropios para justificar la –falsa– tibieza de sus
sentimien-tos, como arma defensiva para no dejarse arrastrar por
la pasión a que su amor les empuja) y móviles voluntades (Frank
y Alicia osci-lan continuamente entre el arrojarse sin trabas a
los brazos de su impulso o el constreñirse en aras de intereses
superiores a los que deben servir –y aquí, en la plasmación del
conflicto entre el amor y el sentido del deber, se puede
apreciar, de manera muy evidente, la influencia de un título tan
legendario como "Casablanca"–) delinea una relación que se
desliza por un tobogán continuo y sinuoso, que sólo ofrecerá un
descanso con la resolución final de la historia. Tampoco cabe
desdeñar, como un aspecto que dota a este ele-mento dramático de
una intensidad enorme, el hecho de que pres-ten cuerpo y alma al
mismo dos intérpretes en estado de gracia –y que, como un apunte
de detalle, nos legaron para la historia de los grandes momentos
fílmicos (por cortesía de sir Alfred) el que, pro-bablemente, sea
el beso más hermoso jamás plasmado en celuloi-de–.
En todo
caso, "Encadenados" no es (o no es solamente) una inmensa
historia de amor, sino que nos ofrece, una vez más, una
demostración evidente de la querencia hitchcockiana por las
intrigas criminales, y, muy especialmente, por la
utiliza-ción de éstas para desarrollar esos mecanismos visuales
que, aso-ciados al género, siempre gustó de desplegar en pos del
máximo virtuosismo: es siempre un juego de planos, y no el
lenguaje verbal (que se limita a un papel de refuerzo), el
elemento definitorio y re-solutivo (a la par que efectista) de
cada situación. En ese sentido, "Encadenados" se nos presenta
como un festín, un banquete ver-daderamente pantagruélico, en el
que la sucesión de golpes de efecto y destellos de genialidad en
la resolución de episodios pun-tuales hace que el espectador no
encuentre descanso en su gozo –ni en su desazón: Hitchcok no
ceja, una y otra vez, en colocar al público al borde del ataque
de nervios con su capacidad para apu-rar hasta el límite
situaciones de peligro e incertidumbre, de cuya mención
detallada habré de prescindir por deferencia hacia futuros
nuevos espectadores–. Así, entre retruécanos y conejos sacados
de la chistera (la tan traída y llevada teoría del mcguffin,
traducido a botella de uranio, se encarnó, y habitó entre
nosotros...), la trama se va desplegando y desarrollando en un
fluir que, pese a lo previsi-ble que puede resultar en orden a su
desenlace final, no pierde nunca el más mínimo punto de interés:
una vez más, asistimos a la constatación de que el triunfo no
está en la llegada a la meta, sino en el disfrute de todo lo
largo del recorrido.
Por
último, el trasfondo, o sustancia política, plenamente imbricado
en la intriga criminal antes referenciada, se sustenta en un
fenómeno que consti-tuía objeto de máxima atención –y
preocupación– en la época, y del que otra película legendaria, y
práctica-mente coetánea (como es "El
extra-ño", de Orson Welles) , también se había
ocupado: el de los epígonos del nazismo y sus maniobras en la
som-bra para recuperar los “restos del nau-fragio” que la derrota
hitleriana había generado. Es la lucha contra este huevo de la
serpiente la que se erige en núcleo central de toda la trama,
vista globalmente, de "Encade-nados", y constituye el elemento
que nos permite afirmar, sin el más mínimo margen de duda, que
Hitchcock adoptaba un posicio-namiento rotundamente claro contra
ese siniestro movimiento (algo plenamente coherente con sus
proclamas políticas ultraliberales: de su anticomunismo visceral
también habría de dar sobradas muestras en films posteriores,
como "Cortina rasgada" o "Topaz"), lo cual se ponía claramente
de manifiesto en el papel de “villanos de la función” que les
era asignado a Sebastian y sus conmilitones, personajes en cuyo
perfil definitorio no tuvo el más mínimo empa-cho el director en
cargar –sin caer en lo grotesco o esperpéntico– todas las tintas
posibles. No es un detalle baladí, y, como tal, debe ser
consignado a la hora de hacer un compendio de los aspectos más
relevantes de un film como éste.
Para
cerrar esta reseña, en cuanto a elementos de referencia, no
quería dejar de hacer mención al juego, o juegos, de relaciones
en-tre los personajes. Mucho se ha hablado por algunos de los más
significados exegetas de la obra de Hitchcock (Truffautt y
Spoto) de los triángulos de este cineasta. Y no seré yo quien
niegue las evi-dencias en tal sentido: de hecho, "Encadenados"
nos muestra, en su núcleo esencial, un triángulo más, el que
formarían los persona-jes de Devlin, Huberman y Sebastian; en
cierto sentido, un triángu-lo demasiado obvio, o, si se apura la
visión en tal sentido, hasta convencional. Pero este esquema
básico se ve enormemente enri-quecido por la entrada en juego de
dos personajes más, que, aun con un carácter secundario, dan
origen al desarrollo de nuevos “triángulos”: es éste el supuesto
de la señora Anna Sebastian (Leopoldine
Konstantin), la madre de Alex –que, diabólicamente
intuitiva, frente a la estolidez de su hijo, fruto del
encadilamiento amoroso que sufre por Alicia, será la encargada
de interponer una funesta “racionalidad” entre ambos (y
permítanme, una vez más, que, por motivos obvios, no me extienda
en detalles); un personaje que, en muchos aspectos, recuerda
enormemente (por su determi-nación ciega, por su frialdad, por su
maldad intrínseca) a la Mrs. Danvers de "Rebeca"–, y el capitán
Paul Presscot (Louis Cal-hern),
el responsable del espionaje estadounidense, superior inme-diato
de Devlin, y, en tal condición, jefe también de la heroína, un
personaje que, a diferencia y en contraste con el anterior,
viene a introducir una placidez y una tranquilidad de ánimo que
contribuye a aliviar los momentos de mayor tensión, tanto
emocional como cri-minal. En definitiva, tres triángulos de
personajes bien definidos que, con el entramado de sus
relaciones, contribuyen al exquisito discurrir del relato y a la
conformación de su excelente equilibrio in-terno.
Quizá no
sea bueno pretender que el ejercicio de la crítica se
extralimite mucho más allá del que debiera ser su territorio
natural, aquel que está en la esencia de su propia naturaleza:
el informar acerca de los aspectos y cir-cunstancias más
relevantes del objeto sobre el que recae y ofrecer la valora-ción
que el mismo merece al juicio del crítico ejerciente. Pero hay
oca-siones –contadas, si me apuran, pero las hay– en que el
crítico, empujado por pulsiones que van más allá de
apreciaciones estrictamente técnicas, se siente moralmente
obligado a algo más, o algo distinto; y ésta es una de ellas.
Desconozco hasta dónde he cumplido con mis obligaciones básicas
antes indicadas, informativas y valorativas, al emborronar estas
líneas; pero no qui-siera cerrarlas sin tener una mínima certeza,
o ilusión, de que las mismas han podido transmitir. aunque sólo
sea en una minúscula parte, el entusiasmo y vigor con que
quisiera recomendarles el vi-sionado de esta auténtica obra
maestra: por favor, no se la pierdan, les aseguro que no se van
a arrepentir.
Calificación:
    
ENLACES
Ficha en
IMDb
Otro clásico con Cary Grant: "Arsénico por compasión"
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