CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
El mismo antropólogo bajo
una nueva piel
Debo reconocer que nunca me he
incluido entre las filas de entu-siastas de un
cineasta tan irregular y escurridizo como David Cro-nenberg,
lo cual no me impide apreciarlo como uno de los pocos autores que
no sólo se han dedicado a cosechar un estilo personal y
renovador dentro del fantástico y el horror, sino que además
se han preocupado por utilizar el género para transmitir
contenidos de auténtica relevancia antropológica —¿o no era su
"Videodrome" una llamada de atención casi profética?—. Por eso,
durante mucho tiempo había llegado a disfrutar la audacia y lucidez con que
ponía su impacto visual al servicio de
perturbadores tratados sobre la condición humana en
algunos de sus más celebrados traba-jos. Pero en los últimos
años —léase sobre todo aquella tomadura de pelo titulada “eXistenZ”
y la soporífera “Crash”— le retiré la con-fianza porque sus
valores creativos habían quedado sepultados por una molesta
voluntad de generar controversia a cualquier costa que se
perfilaba como el único punto de interés de sus films. Con su
úl-timo largometraje, sin embargo, el canadiense ha conseguido
recu-perar de nuevo aquel equilibrio entre discurso y formas, y
si bien no podemos hablar de “Una historia de violencia” como
una de las películas más representativas de su carrera, sí se
en-cuentra entre las más sobresalientes y mejor logradas,
con-servando intactas las mejores constantes de su director bajo
una novedosa piel.
Precisamente, es bastante
probable que su nueva propuesta decepcione a aquellos
seguidores que se habían quedado sólo en la epidermis de su
cine: en su película más convencio-nal, moderada y accesible —algo
que debe ser interpretado únicamente en términos comparativos—,
Cronenberg deja de lado el componente fantásti-co, abandona su
aberrante imaginario orgánico-tecnológico y se despoja de toda
aquella poesía esteticista que nos sumergía en los rincones más
in-sanos y sórdidos de la mente. Pero
debajo de este pelaje más realista y austero, donde los males
que sacuden al hombre tienen un aspec-to menos grotesco y
evidente, el responsable de títulos como “La mosca”, “Inseparables”
o “Spider”
vuelve a indagar en las obsesio-nes temáticas que han venido
vertebrando su obra: la metamorfosis y la crisis de identidad
del individuo, la herencia genética, las pul-siones sexuales más
incómodas y las contradiciones morales de una sociedad incapaz
de digerir su propia naturaleza. En esta oca-sión, la historia de
un modélico padre de familia y convecino en una tranquila
población de Indiana que, tras convertirse en héroe oca-sional al
enfrentarse a unos atracadores, ve cómo su plácida exis-tencia se
tambalea, le permite abordar un retrato exhaustivo y minucioso
sobre la forma en que la violencia se instala en nuestro entorno
y es recibida en todos los niveles: desde el más íntimo e
individual, al familiar y al público, generando senti-mientos de
rechazo y atracción difíciles de conjugar.
Vaya por
delante una recomendación: no dejen que les expliquen demasiado
sobre un largometraje que tiene entre sus mayores vir-tudes la
capacidad para sorprender constantemente al espectador,
sembrando la inquietud a partir de lo más cotidiano. Porque si
su potente arranque parece prometernos un thriller de psicópatas cri-minales con regusto al
“A sangre fría” de Truman Capote, a conti-nuación burla nuestras
expectativas introduciéndonos en una postal de
la América interior sospechosamente amable donde no faltarán los
personajes arquetípicos asociados al paisaje, para, acto segui-do,
dar un vehemente giro hacia el cine de acción más desabrido, que
a su vez cede paso a
una suerte de fábula moral donde nuestro protagonista transita
de un estatus de héroe popular con tintes frankcapranos a falso
culpable sobre el que pesa la sombra de una duda muy
hitchcockiana que se remonta al pasado... Y aquí no se acaba
todavía la cosa ni mucho menos. Tomando como punto de partida una
estupenda novela gráfica de John
Wagner y
Vince Locke,
inscrita en el más puro género negro, el libreto escrito por
Josh Olson se desarrolla
mediante un continuo transvase de formatos y convenciones que
pilla desprevenido a quien no participe en este juego de falsas
apariencias: film noir de la vieja escuela que se esconde bajo
la fachada del melodrama costumbrista, be-biendo del extremismo y
la rigidez del cómic, y moteado por un hu-mor tan negro que ni
siquiera tiene conciencia de serlo, pero que nunca pierde de
vista su objetivo último, que no es otro que ir com-poniendo una
acerada radiografía de esa relación imposible que es-tablece el
hombre consigo mismo y de su posición siempre inesta-ble respecto
al Bien y al Mal.
En este sentido, lo peor que puede pasarle a “Una historia de
violencia” es que sea interpretada como lo que no es: cine de
género concebido úni-camente para entretener. Su suscrip-ción a
los diferentes códigos que adopta y subvierte no supone ninguna
renuncia de Cronenberg a lo comer-cial, y todavía menos una
concesión al tópico. Cronenberg emplea la nor-malidad, lo
establecido, como vehícu-lo para ir introduciendo un elemento
insospechado y turbador, y componer así una profunda disección
dispuesta a socavar y transgredir los pilares del Sueño
Americano: el héroe y la familia. Por eso, el aspecto más
interesante de esta película perversamente inteligente no son
los distintos eventos que se van sucediendo, sino la solidez y
precisión con que recoge las reacciones de ese entorno
adulterado. Asis-timos a la deconstrucción de una familia donde
el rechazo y el te-mor hacia el otro —mediados por esa moralidad
tan arraigada co-mo poco práctica frente al dilema— se ven
superados incluso por el rechazo y el temor hacia uno mismo. La
historia se beneficia de unos personajes perfectamente
construidos, ricos en conflic-tos y matices, y sometidos a una
progresiva evolución, pero sobre todo de un guión donde cada
silencio y cada gesto están llenos de contenido, y nos avanzan
la tempestad que está a punto de estallar. No tiene, desde
luego, "Una historia de violen-cia" voluntad de adoctrinamiento
ni de redención. Cronenberg se mantiene en su papel de
antropólogo cultural nada inocente, que no emite juicios ni
ofrece pistas, invitando a la reflexión desde una exposición
cruda y aséptica que permite alejarnos emocionalmente de aquello
que estamos viendo sin provocar nunca indiferencia. En
definitiva, el cine adulto —y esta película merece ser
considerada entre esas escasas excepciones que la cartelera nos
brinda— no lo es porque trate problemas adultos, sino porque no
tiene proble-mas para tratar a los adultos como tal. Cabe
preguntarse si el es-pectador recogerá el testigo y se formulará
la pregunta que en últi-ma instancia se nos plantea: ¿por qué
disfrutamos tanto con la vio-lencia sobredimensionada en una
pantalla?
Que todo esto sea posible depende principalmente de la excelen-te
labor que Cronenberg ejerce, no sólo como eficaz narrador sino
como un director de actores capaz de ceder a éstos la entidad
que les corresponde. Desde el
principio, con ese brillante plano-secuen-cia casi coregrafiado a
“cámara lenta” que sirve como declaración de intenciones
estilística
y temática, nos damos cuenta de que és-ta va a ser una película
entendida como un ejercicio de estilo clásico, con una
elegancia sobria que persigue la distancia, y donde el relato se
va a tomar su tiempo en decir las cosas porque sabe que lo que
cuenta es importante, y más importan-te todavía que lo que cuenta tenga
tiempo de instalarse. Sirviéndo-se de abundantes planos largos y
con un ritmo pausado pero siem-pre sostenido, Cronenberg llama la
atención sobre todo por la habi-lidad con que resuelve algunas
secuencias memorables a través de composiciones que se basan en
una evolución física de los perso-najes en el espacio cargada de
significado sin necesidad de que medien diálogos. Algo que
podemos comprobar también en el de-saforado encuentro sexual que
mantiene el matrimonio en la esca-lera de su domicilio
—Cronenberg en estado puro—, en ese otro instante en que el
protagonista sale corriendo de la cafetería para proteger a los
suyos del peligro que acecha, o en la magnífica es-cena final,
con esa familia reunida alrededor de la mesa que ofrece las
señales irreversibles de su tragedia, y que pone broche de oro a
esta muestra de talento en estado de gracia plagada de soberbios
momentos, acertadamente trasladados por la impecable factura de
su habitual fotógrafo
Peter Suschitzky
y ribeteados por las compo-siciones del reputado
Howard Shore.
No hay duda de que "Una
historia de violencia" deparará algunas noveda-des agradables en
su apartado acto-ral. Y es que a pesar de que a
Viggo Mortensen todavía le
falta un hervor para encarnar a un protagónico con tanta
amplitud de registros después del estrellato conseguido en "El
Señor de los Anillos", no es menos cierto que logra
resolver con decoro un per-sonaje tan exigente. Por su parte,
Maria Bello convence esta vez
gra-cias a una entregada y contenida in-terpretación, además en
uno de esos pocos papeles femeninos con verda-dera substancia
dramática que nos permite el cine, mientras que
Ed Harris consigue compensar
con su siempre rotunda presencia escénica las limitaciones de un
personaje sin apenas fondo, y el prácticamente desconocido
Ashton Holmes cumple con
correc-ción. No obstante, será William
Hurt, en su breve pero decisiva in-tervención, el que
cogerá más por sorpresa al público, pues su enérgica y algo
desabrochada caracterización nada tiene que ver con aquello a
que nos había acostumbrado, aunque es capaz de resolver el
cambio con oficio.
Calificación:
    
Imágenes de "Una historia de violencia" - Copyright ©
2005 New Line Productions y Bender-Spink. Distribuida en España
por TriPictures. Todos los derechos
reservados.
Página
principal de "Una historia de violencia"
Añade "Una historia de violencia" a tus películas favoritas
Opina sobre "Una
historia de violencia" en nuestra Lista de Cine
Suscríbete
a la Lista de Cine si todavía no eres miembro
Recomienda "Una
historia de violencia" a un amigo
|