CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
La piel del lobo
Cronenberg recurre a su habitual
maestría para fraguar un sólido y abrumante diagnóstico sobre la
violencia inherente al ser humano.
David Cronenberg nos propone con "Una historia de
violencia" otra experiencia extrema, algo habitual en el
obsesivo autor de "Spider", pene-trando esta vez en la insondable
fisio-logía de la brutalidad inherente al ser humano y sus
diferentes representa-ciones de una manera, como no podía ser de
otro modo en este transgresivo realizador,
audaz y controvertida, sin rehusar a la
náusea implícita que ésta provoca bajo la falsa
felicidad, retor-nando a viejas perturbaciones temáti-cas como el
sexo, la ambigüedad o la ambivalencia. Esta historia de
violen-cia tiene como protagonista a Tom Stall, dueño de un
restaurante que vive feliz junto a su familia en Millbrook, un
pueblecito de clase media baja situado en el estado de
Indiana. Cuando Tom, en defen-sa propia, mata a dos criminales
que intentan asaltar su bar, sufre las consecuencias del examen
público por medio de los medios de comunicación que le aclaman
como a un héroe. Un hecho que pro-voca el tremebundo regreso de
sus fantasmas del pasado.
Lo que parece una película que
rompe la continuidad estilística y temática del autor
canadiense, no es más que el cambio metalin-güístico a la hora de
indagar en las oscuras acequias morales que inundan cuestiones
acerca de la identidad, la verdadera naturaleza y la obsesiva
dualidad encubierta que perduran en el interior huma-no. Con un
poder teologal de inabordable ingenio subversivo, "Una historia
de violencia" acomete un bucólico diagnóstico sobre esa fu-ria
que nos contamina, donde cualquier imagen idílica se puede
transformar en una pesadilla, en una inapelable tragedia de
enfer-medad infecciosa, la que provoca la violencia de carácter
atávico que necesita ser eliminada de raíz con más violencia. Una intensa y lúcida obra que demuestra que Cronenberg es un
director capaz de enfrentarse a su
propia idiosincrasia, tomando un material ajeno y
transformándolo por completo, sin renunciar por ello a sus
obsesiones morbosas o su brillante y sutil senti-do del
humor. Poco tiene que ver la versión cinematográfica del
comic book de John Wagner y
Vince Locke, guionizado para la
ocasión por Josh Olson, ya que Cronenberg destruye los precep-tos tebeísticos en su disertación de una pacífica familia en la
que un simple incidente desata una gradual metamorfosis hacia la
con-ducta violenta. Tal vez sea ésta la más naturalista de las
películas del director, donde la reincidente mutación es más
humana y abor-dable,
acercando al público a lo brutal desde la
normalidad, para desgranar una visión de la apariencia de lo
establecido y revelar la turbación que engendra lo más recóndito
del ser humano, con un metodismo tan enérgico como lo haya
podido mostrar anteriormen-te en sus películas más célebres.
"Una historia
de violencia" comienza desplazándose por un cauce aparen-temente
lánguido, donde nada es de-sapacible ni desconcertante,
presen-tando a un Stall modélico, hombre ru-ral que saluda cada
mañana a todos sus vecinos y participa en tediosas charlas sobre
ex novias, amante de una bella mujer que concreta ocasio-nales
juegos sexuales y padre ejem-plar de dos hijos encantadores.
De-masiado impávido si no supiéramos que algo está a punto de
pasar pro-movido por un magistral prólogo. Cuando los criminales
irrumpen en el restaurante de Stall y éste los elimina de forma
implacable y brutal, la narración comienza a implicar un nivel
emocional progresivo que tiene como consecuencia un subyugante
ritmo que se fragua en la abrumante intriga clásica y catártica
de divergencias entre ambien-tes y personajes. El heroísmo actual
de los Estados Unidos se construye sobre el asesinato de dos
ladrones por parte de un indi-viduo anónimo que es magnificado
por la prensa, lo que hará que se destape una doble faceta del
individuo, su ‘yo’ pasado. Y es que la trasgresión,
la perversión, la abyección psicológica y la sexua-lidad sin
tapujos giran en torno a la identidad
constituida a partir del círculo claustrofóbico de ese otro ‘yo’
afincado en la interioridad subjetiva. La metamorfosis es, en
definitiva, una mutación de la subjetividad que se desdobla en
el exterior. Una duplicidad insepa-rable que proviene aquí
de los más bajos (y naturales) instintos hu-manos como son el
sexo y la violencia
visualizada en la comentada secuencia de sexo
entre el matrimonio Stall con una morbosidad perversa,
encerrando en esta violencia, amago de violación y atrac-ción a
unos niveles psíquicos que arranca con iracundos golpes de odio
y desprecio por parte de la pareja y acaba con una colérica
cópula marital sobre las escaleras, suscitada por un primitivo
estí-mulo.
Concentrada
toda la tensión en una impecable puesta en escena, meticulosa y
precisa en los momentos de agresivi-dad violenta, la visceralidad
se va robusteciendo por una grafía de
concisión ejemplar, permitiéndose aglutinar refe-rencias al
cine negro de los años 50, espíritu del western, del
drama sentimental e incluso de cintas de fondo teenager,
"Una
historia de violencia" no se cuestiona por la moralidad de los
actos que en ella aparecen, porque llega un momento en que el
es-pectador, consciente de la crudeza de lo que está viendo,
respalda la actitud manipuladora e interesada de Stall, ya que,
en último tér-mino, su objetivo prioritario no es alejarse de su
pasado, sino man-tener a salvo a su familia, delimitando su
territorio y salvaguardando una progenie que ha logrado acabar
con el pasado.
Calificación:
    
Imágenes de "Una historia de violencia" - Copyright ©
2005 New Line Productions y Bender-Spink. Distribuida en España
por TriPictures. Todos los derechos
reservados.
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