CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
Mala adaptación, peor
película, pésimo ejemplo
Hay más en común de lo que
podría parecer a simple vista entre los tres últimos
largometrajes de Christopher Nolan.
Dejando a un lado su debut
con la desconocida "Following" —una muestra de
puro cine negro
roda-da con exiguos medios, que puede ser entendida como una
avanzadilla de lo que vendría a continuación—, los protagonistas de "Memento",
"In-somnio"
y la presente película son hombres señalados inequívocamente por
el pasado, portadores de una culpa que socava su equilibrio
emo-cional y que finalmente reconducirán, para beneficio propio
o público, ya sea por la vía de la justicia o de la venganza —si
es que en algunos casos no es lo mismo—, te-niendo como
propósito primordial dar caza a un malhechor que re-viste toda
la simbología propia del villano arquetípico. Y es que no pasa
desapercibido que, al igual que sucedía con la mayoría de las
obras de Alfred Hitchcock, su actual compatriota y aventajado
alumno también emplea esa apariencia de intriga criminal como
vehículo para retratar los más oscuros resortes que guían la
mente humana y, por extensión, siembran de cadáveres nuestra
sociedad. Muy probablemente, junto al rápido prestigio logrado
por este joven autor, ése fuera el principal motivo por el que
la Warner respaldó la candidatura de Nolan para ponerse al
frente de "Batman begins", un film que, con muy ligeras
variaciones, vuelve a servir a su perso-naje central, Bruce
Wayne, las cartas de la memoria, la identidad, el miedo, el
dolor, la marginalidad y la restitución del bien para ju-gar su
particular partida —cartas que vienen marcadas por dos
epi-sodios clave a los que asiste durante su infancia: un
incidente en una cueva que desembocará en un terror atroz por
los murciélagos y el asesinato de sus acaudalados padres a manos
de un delin-cuente de medio pelo—.
Estaba claro, por tanto, que
a diferencia de las
estimables versio-nes de Tim Burton y de las lamentables
fantochadas perpetradas
por Joel Schumacher, el Batman del siglo XXI iba a ser más perso-na y
menos superhéroe. No en vano, se proponían acercarnos al
nacimiento del icono gráfico creado por Bob Kane, un ser, para em-pezar, desprovisto de
poderes sobrenaturales, que a lo largo de los años ha sufrido
revisiones de muy distinta índole en su vasto y de-sigual
recorrido a través de las viñetas,
la gran pantalla o la tele-visión, oscilando desde lo más pop,
kitsch y naif hasta lo más góti-co y severo. La idea de presentar un
abordaje más adulto, sombrío y realista, bebiendo en mayor grado
del espíritu que Frank Miller y
David Mazzuchelli
imprimieron a las páginas de "Batman: Año Uno", en contraste con la
fanfarria netamente fantástica y ligera de sus precedentes
fílmicos, prometía
elevar el nivel de la historia ali-mentándola en la misma medida
de relieve dramático y acción, y rescatando a su figura
protagónica de ese segundo plano al que lo desplazaban, de
manera inevitable, toda esa horda de excéntricos malvados casi
siempre más atractivos que la supuesta estrella de la función.
Se hacía patente, pues, que más allá de ofrecernos una simple
precuela, existía la firme decisión de volver a comenzar la saga
reconstruyéndola desde una nueva perspectiva; unas intencio-nes
que recoge ese título tan explícito y sobradamente premonito-rio.
Por desgracia, del dicho al hecho hay mucho trecho, y el
resultado vie-ne a corroborar una vez más el refrán. Porque, si
bien es cierto que este nuevo principio apuesta en cierto mo-do
por profundizar en las razones de los personajes,
contextualizando, asi-mismo, el relato en unos cauces más
mundanos, y que se desvincula hasta determinado punto de los
convencio-nales contenidos que malbaratan el cine comercial, esta
engañosa volun-tad sólo se aprecia muy a grosso mo-do como punto
de partida, pues, en realidad, su tosco, predecible y anodino
desarrollo no hace sino reincidir en los consabidos tópicos del
peor cine de género, adoptando un tratamiento tan infantil,
torpe y superficial, mediante una puesta en esce-na
del todo incompetente, que finalmente nos encontramos con más de
lo mismo de siempre, pero encima con una calidad y una factura
inferiores a lo habitual. El caso despierta no poca ironía,
teñida de perplejidad, si tomamos en consideración los
exor-bitantes medios y contrastados talentos que se han
congregado para la ocasión, amén de las expectativas sostenidas
por sus res-ponsables durante meses, que no han cesado de
publicitar este despropósito como mejor adaptación de un cómic,
digno entreteni-miento y película de altura... Pues va a ser que
ninguna de las tres. Si el cine es el arte de contar historias,
el trabajo de Nolan y su coguionista
David S. Goyer es
tan poco potable que no pasaría el examen final de cualquier
escuela de audiovisuales que se tuviera en estima.
De entrada, el flojo
argumento que empuja "Batman begins" no es más que un cúmulo de
rutinas y clichés vistos hasta la saciedad, a los que se vienen
a agregar ingredientes impor-tados con descaro de otros tantos
archiconocidos. No cuesta reconocer dentro de esta cara
coctelera elementos de la saga "Star wars", James Bond y de
cualquier mediocre telefilm de acción, artes marciales o
melodrama al estilo "los ricos también lloran". La película se
divide en dos partes claramente diferenciadas que la
de-sequilibran: una primera que podríamos denominar los orígenes
y la forja del personaje, y una posterior, iniciática, en la que
asistimos a las primeras aventuras nocturnas del enmascarado
Hombre Murcié-lago. Al primer tramo le pesa la repetición y esos
continuos flash-backs que nos transportan a la feliz infancia del
protagonista junto a sus padres, debilitando considerablemente
el ritmo y la estructu-ra, mientras que el segundo nos depara una
desechable trama en torno a unos terroristas más propia de una
cinta de Steven Seagal, que cae en el recurso fácil de la
catástrofe y el caos como sinóni-mo de espectáculo, y a la que los autores
no saben muy bien có-mo y cuándo ponerle fin, arrastrándonos
por varios desenlaces gra-tuitos que traban el metraje.
Así, la narración evoluciona a trompi-cones, titubeante y
deslavazada, sin fluidez alguna. La construc-ción de los
personajes dista mucho de ser ejemplar. Villanos y alia-dos
carecen de dimensiones y carisma porque se ha querido dar
magnitud al protagonista a costa de sacrificar a sus compañeros,
y por eso todas sus acciones y motivaciones están desposeídas de sentido o convicción. Los diálogos son tan pueriles y
autoconve-nientes que sonrojan, y, por supuesto, tampoco faltan
los cansinos chistes para caer en gracia sin tener gracia
alguna.
Pero, de hecho, su total ausencia de originalidad o la burda
manera en que se combinan e integran todos estos motivos serían
disculpables si el guión por lo menos dispusiera de una
coherencia interna y del suficiente va-lor explicativo,
requisitos que no cum-ple. El libreto es inaceptable por-que
está tan mal contado y tan re-pleto de inconsistencias que sólo
se entiende por el bajo nivel de interpretación que requiere del
público, echando mano de los re-dundantes diálogos para aclarar
aquello que las imágenes son in-capaces de resolver en solitario
o dejando huecos sin cubrir. Estos déficits que minan su
credibilidad están presentes desde el arranque, pero se hacen
más evidentes en momentos cumbre, tal y como sucede con todo el
asunto que rodea a esa máquina que amenaza a la población, o en
la escena en la que la chica se ve inexplicablemente acorralada
por un puñado de convictos, cuya fun-ción tampoco queda clara,
sin que el niño que la acompaña sufra las mismas consecuencias
que el resto de ciudadanos. Por no mencionar las incongruencias
que afectan al propio Batman: ¿tiene mucha lógica que intenten
concederle tanto realismo a la edifica-ción del mito, llegando a
niveles innecesarios que bordean el ridícu-lo —el tuneado del
traje con un aerosol, o la adquisición mediante catálogo de las
máscaras, al por mayor para disimular, no tienen desperdicio—
para que luego dejen otros cabos sueltos como la transformación
que sufre su voz?
Pero, en última instancia, si
este Batman no cuaja es porque ni cae bien ni invita a la
identificación: el Señor de la Noche es un heredero ricachón
alzado a golpe de talonario, sofisticados en-trenamientos y
rentables contactos, un cobarde que persigue sub-sanar su
trauma, un enchufado, un caprichoso, un pijo... a quien si ya
cuesta corresponder con empatía, bastante menos con simpa-tía.
Se puede aducir que en un film de estas características lo que
se explica es lo de menos mientras entretenga, afirmación con la
que estoy en completo desacuerdo —véase, si no, la modélica "Spider-Man",
capaz de cumplir al mismo tiempo como diversión y válido
discurso— y todavía menos cuando esos contenidos se venden co-mo un hecho
diferencial, como sucede en "Batman begins". Pero aun admitiendo
que una trama agotada y endeble no tiene por qué lastrar
necesariamente a una película que sepa compensarlo con una
narración amena y resultona, la triste realidad es que eso
tam-poco pasa aquí. Christopher Nolan, quien había despuntado
co-mo un director inteligente y mesurado en sus anteriores
lar-gometrajes, pierde totalmente el norte en un género con unas
exigencias particulares para las que no parece desti-nado, castigándonos con un estilo visual que es la
ineficacia, la incomodidad y la inconsecuencia personificadas.
Sólo hace falta prestar una mínima atención, antes de que nos
venza el ma-reo, a cómo plantea las
escenas de acción, reducidas a un borrón en el que es difícil
dilucidar lo que está ocurriendo debido a los mo-vimientos desorbitados de una cámara
que parece haber sido arro-llada por una manada de bisontes y al
montaje precipitado de pla-nos fugaces. Pero
es también visible en el resto de secuencias, donde el
realizador, incomprensiblemente, se recrea en lo banal y da un relieve plano a lo
trascendente, consiguiendo un efecto con-traproducente.
El lenguaje cinematográfico que resulta de encua-dres, óptica,
movimiento y edición es la mitad de una película, y Nolan se
comporta como un inexperto que no domina su intencio-nalidad
comunicativa, por eso "Batman begins" queda convertida en un
ejercicio vulgar, monótono y distante que no desprende ningún
tipo de atractivo.
Sin embargo,
desbarajusta hasta tal extremo la amplitud y claridad de lo que
nos está contando que repercute negativamente en los demás
aparta-dos. El diseño de producción y la dirección de arte son
quizás más pobres de lo que cabría esperar, evocando un molesto
tufillo a car-tón-piedra en demasiados momen-tos, aunque cabe
reconocer que los efectos digitales han sido intro-ducidos de
manera cabal, no co-mo fin, sino como medio. Pero su voluntarioso
trabajo pasa por entero desapercibido al quedar ahogado por las
obtusas composiciones de Nolan y la negada fotografía de
Wa-lly Pfister,
quien confunde siniestro y tenebroso con escasez de luz,
obteniendo un desfile de imágenes cuyas principales
caracte-rísticas son la opacidad y la confusión. Todo esto se
pone de espe-cial relevancia cuando Batman sobrevuela la ciudad
—una Gotham más próxima a una de nuestras grandes urbes modernas
que al as-pecto estilizado, gótico y fantasioso que venía siendo
usual, lo cual en sí mismo no es un inconveniente—, ya que sólo
le faltaría pen-der de unos hilos de pescador para completar el
nefasto resultado, o en esa otra escena en la que el
pseudo-quiróptero aparece sen-tado en lo alto de la fachada de
un edificio, recuperando una de sus míticas costumbres, y que
lejos de transmitir imponencia y solitud, lo único que
percibimos es un conjunto de sombras mal identifica-das.
El único capítulo en el que
es casi imposible levantar repro-ches es en el
interpretativo, lo cual no es mérito de nadie más que de los
actores, que, obviamente, ven desperdiciado su
talento en unos papeles sin sustancia ni riesgo, pero que
a fin de cuentas dotan el conjunto de un calibre superior.
Christian Bale, como protagonista
indiscutible del film, no acaba de tener el porte suficiente para rellenar a Batman,
no obstante, es justo decir
que su desempeño no es sólo solvente, sino que dispone de la
versatilidad necesaria para dar cabida a los diferentes
registros que se le exigen: desde hijo de papá atormentado
y niño bien en su descenso a los infiernos hasta ese impostado
gigoló de vida alegre, pasando, claro está, por el superhéroe,
el galán de acción que co-quetea con el agente secreto y el
moderado retrato más humano e intimista. Mucho menos favorecida del
entuerto sale su partenaire romántica, y es que ni el personaje
de Rachel Dawes pasa de ser la enésima y lamentable chica
florero de turno con que el cine nos acostumbra a maltratar, ni Katie Holmes, que
es la sosura con-centrada, da el perfil físico e interpretativo
para el puesto. Michael Caine,
que mejora al mayordomo-cómplice-amigo del protagonista con su
saber estar, Tom Wilkinson,
esta vez como villano,
Rutger
Hauer o Gary Oldman,
especialmente arrinconados, y los siem-pre estupendos Liam Neeson y
Morgan Freeman ejecutan de
forma impecable su cometido, a pesar de que el segundo se vea
limitado a un rol que suena a déjà vu y en el que puede lucir
poco más que su grata presencia —en este caso, como una suerte
de Mister Q que abastece de gadgets e ingenios al superhéroe— y
que a Neeson le jueguen la mala pasada de convertirlo en una
paro-dia de Qui-Gon Jinn, a quien encarnaba en la saga galáctica
de Lu-cas —no sólo vuelve a repetir como mentor, con una
caracteriza-ción similar y un registro idéntico, sino que para
colmo sus líneas de diálogo se asemejan a las que recitaba en
"Star wars"... ¿se equivocaría de guión?—. Pese a no figurar en
los títulos de crédito, el elenco de murciélagos digitales
merece una nota marginal, pues su vistosa coreografía
salva algunos instantes.
Tampoco se puede
agregar nada
demasiado efusivo sobre la ban-da sonora firmada al alimón por
Hans
Zimmer y
James
Newton Howard,
y que bien poco tiene que ver con el encanto, sutileza y fuerza
con que vistió Danny Elfman a los Batman de Burton. Mien-tras que
en los momentos de máxima acción la música se transfor-ma en una
caja de ruidos electrónicos más adecuada para una or-dinaria
cinta de serie b o un gag cómico, en el resto de fragmentos
apenas destaca, más aún si tenemos en cuenta el renombre de sus autores.
El gran problema de "Batman be-gins" es que Nolan y Goyer creen
que respetar una figura emblemática de las viñetas se reduce a
incorporar gui-ños a su fuente gráfica y alargar su cuota de
pantalla; que Nolan y Goyer opinan que la audacia empieza y
aca-ba con sacar al superhéroe una hora más tarde de lo
acostumbrado; que Nolan y Goyer piensan que una pelí-cula se
convierte automáticamente en madura, profunda y elegante por
tocar temas trágicos y trascendentales y despilfarrar mucho
dinero, aunque lo hagan a través de patosas fórmulas que tiran
de manuales de psi-cología de quiosco, barata filosofía oriental,
demagogia política, símbolos alegóricos que pretenden dar unidad
y sólo delatan una parca imaginación, culebrones sobre tipos
podridos de pasta que no despiertan ninguna lástima y un
impostado tono circunspecto que da risa; que Nolan y Goyer
conciben que algo divertido es sinó-nimo de agitar bultos de
colores delante de nuestros ojos, e ir alter-nando personajes y
situaciones, cuantos más y más rápido mejor. Pero eso no es
cine, es un sucedáneo de cine que sólo podrá sa-tisfacer a
fanáticos del género o del personaje dispuestos a dispen-sarlo
todo o, en general, a espectadores ocasionales y muy
confor-mistas. En definitiva, "Batman
begins" es una mala historia pé-simamente relatada, que no alcanza
los mínimos valores exi-gibles en una gran producción de esta
naturaleza para consi-derarla admisible, y que como experiencia sólo
genera abu-rrimiento y bochorno. La idea podría haber sido buena,
pero está mal enfocada, peor confeccionada y nulamente lograda.
Nos halla-mos, entonces, antes el primer gran descalabro del año
y una —una más— olvidable adaptación de un tebeo que tiene como
única virtud ser el mal ejemplo que nunca se debería seguir. Sin
embar-go, dado el éxito de público y crítica que la apoyan, no
albergo dudas de que se está abonando el terreno para que el mal
cine continúe prosperando hasta el infinito... y más allá.
Calificación:
    
Imágenes de "Batman begins" - Copyright © 2005 Warner Bros.
Pictures y Syncopy. Distribuida en España por Warner Sogefilms. Todos los derechos
reservados.
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