CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
El existencial viaje de un Don
Juan caduco
Jim Jarmusch ofrece su mejor
trabajo en años con una intimista in-trospección en la verdad de
un aburrido y viejo seductor enfrentado a su pasado.
El cine de
Jim Jarmusch, desasido pero a
su vez dentro de la esencia independiente del cine
contemporáneo, ha tenido siempre como finalidad (buscada o no)
un discurso autorreflexivo y cogita-bundo que se dilata más allá
de la historia que esté contando. Jar-musch está acostumbrado a
disertaciones aparentemente vaporo-sas, pero en realidad
cargadas de profusa mordacidad y austero sentido consecuente con
sus historias. En "Flores rotas", el ci-neasta norteamericano se
sumerge en un terreno que responde a sus expectativas fílmicas,
ya que a pesar de tratarse de una come-dia agridulce, es ideal
para desplegar su característica estructura narrativa que
procede de una elaboración estética reconocible y constante,
apoyada en todo momento en un determinismo minima-lista que
utiliza, a su vez, los espacios, las miradas cruzadas y los
largos silencios como contrafuerte medular de un filme que, más
allá de su trama argumental, en este caso, se descubre como
poé-tico y amargo.
La desconcertante y seductora "Flo-res rotas" narra la vida de
Don Johns-ton, un circunspecto mujeriego entra-do ya en los
cincuenta, propenso a la depresión y al estoicismo ante la vida
y sus conflictos (su joven novia acaba de dejarle), que un buen
día recibe una misteriosa misiva de color rosa sin remitente,
notificándole la existen-cia de un hijo desconocido, concebido
hace más de dos décadas. Debido a la persistente insistencia de
un vecino aficionado a la resolución de casos criminales, Don es
obligado a repasar su vida a través de su currículum
sen-timental, de las mujeres con las que compartió su vida casi
veinte años atrás. Un reencuentro con el pasado formulado como
sardóni-ca visión de una temática cultural americana tan
enraizada a la tra-dición cinéfila como es el género de road
movies, un viaje de bús-queda (también iniciático, en un
plano moral) que tiene como sote-rrado objetivo el hallazgo de
la verdadera identidad existencial del sujeto que lo realiza.
Antes de encaminarse a la gran aventura de conocer la verdad so-bre su
posible hijo, empujado por su vecino y por las circunstan-cias,
Don es un hombre que pulula por su casa en chándal, que ve
películas antiguas hasta altas horas de la mañana y puede estar
en silencio escuchando un réquiem de Gabriel Fauré mientras bebe
una botella de champán, ensimismado en su propia apatía frente a
la soltería y a la aversión que siente hacia el compromiso,
perci-biendo que su misantropía es lo que conoce como verdadero
hogar. La perplejidad de la existencia es la clave que Jarmusch
ofrece al espectador como punto de partida de una travesía
nostálgica y agraviante por el pasado de un individuo al que le
han colgado la etiqueta de Don Juan (muy enfatizada en su
inicio) y que ha acaba-do por creérselo, pero que aun así
permanece escéptico ante el de-venir de los acontecimientos.
Cansado de su vida y atormentado por la inconsistencia de sus
amores pretéritos y actuales, aburrido por la rutina que le
abate diariamente, decide emprender ese esper-péntico escrutinio
a su pasado sentimental, esperando encontrar una respuesta al
sentido de su vida. Para ello, Jarmusch no trai-ciona sus
hábitos fílmicos, dotando a la imagen de un mutis-mo que
prepondera por encima de lo que se está contando, conformando la
acción de esta deliciosa película en sutiles planos que
realzan la contemplación de cada viaje (gravitando so-bre las
notas de una portentosa selección de canciones), detenién-dose
en las seductoras mujeres que quisieron en algún momento de su
vida al protagonista, respondiendo o eludiendo la recurrente
cuestión capital de la cinta, aceptando un ramo de flores y
revivien-do todas ellas, por instantes, el amor transformado en
recuerdo, lástima u odio que sintieron o sienten por Don.
La gran baza de "Flores rotas", en su ilusoria trama
detectivesca, es que no se aportan indicios o pistas que lleven
una verdad que incluso puede ser incierta, ni subrepticias
explica-ciones que aporten la certeza al es-pectador de que lo
que contiene esa carta rosa es cierto. Jarmusch prefie-re
reconstruir el largo trayecto de Don como una silenciosa
travesía hacia su devenir, a la aceptación de su fracaso como
persona, de la negligencia vital que ha perpetuado a lo largo de
veinte de años reflejada, de diversas formas, en esas flores
rotas que simbolizan las mujeres que ha ido dejando y a la
semilla perdida que supues-tamente dejó diseminada en alguna de
ellas. Un efecto que derivará en melancolía, devenida en
añoranza, cuando Don visite a una amante ya fallecida que, sin
ningún tipo de prosopopeya, deja ver que era la mujer a la que
más amó (justo después de visitar a la única que le guarda
rencor) o, tal vez, en el momento en que asu-me que su vida no
ha sido más que un espejismo de lo que él con-sideró como ideal,
elevado a eterno amante, como el Don Juan in-capaz de
reconocerse en una madurez aburrida y cotidiana. Es en-tonces
cuando Jarmusch identifica a su personaje con el desenga-ño de
reconocer que todas esas mujeres significaron bien poco pa-ra su
protagonista y que éstas, en cierto modo, también viven
enga-ñadas en esa misma espiral de ostracismo.
Para que todo esto resulte
eficaz, no sólo basta con el virtuosis-mo de su director para
dotar de credibilidad un guión que, en su es-tructura, es
bastante sucinto y sobrio, sino que Jarmush halla en sus
intérpretes el elucidario para que todo funcione a la
per-fección en su intimista visión de la madurez, empezando
por un Bill Murray que
aunque recuerde a su Bob Harris de "Lost
in translation", esconde bajo ese hieratismo y
gravedad de todo, una imperceptible expresividad que palpita
vehemencia emocional, con un dominio del gesto adusto,
aparentemente perdido, para obtener un hilarante resultado de
regusto melancólico, así como el elogio colectivo que merecen
las cuatro flores rotas: Sharon Stone,
Frances Conroy,
Jessica Lange y
Tilda Swinton, que hacen de
sus breves apariciones excelentes composiciones interpretativas.
"Flores rotas" es, en definitiva, una hermosa fábula de un
antihéroe que recibe el triste encontronazo con el abatimiento
que provoca la incerti-dumbre y la soledad que acarrea la
madurez, en un final dotado de filoso-fía existencial nada
gratuita y sí muy reflexiva, donde Don se ampara en la
posibilidad de una verdad que ya no existe, en un fantasma sin
rostro que puede ser cualquier joven que transite por su perdido
pueblo, a un muchacho que tal vez busque un padre que po-dría
ser él mismo, que Jarmusch dibu-ja en un travelling
circular de podero-so sentido cinematográfico. Una historia
suficientemente escép-tica como para aguantar con lucidez y
perplejidad ese desa-rreglo emocional al que somete al
espectador el mejor Jar-musch de los últimos años.
Calificación:
    
Imágenes
de "Flores rotas" - Copyright © 2005 Focus Features y Five
Roses. Distribuida en España por Vértigo Films. Todos los derechos
reservados.
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