CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Otro centauro del desierto
Una película de Wim
Wenders siempre
acapara la atención de la crítica y también del espectador
dispuesto a dialogar sobre temas de actualidad. Es un cine que
se apoya en el poder de la imagen para suscitar reflexiones
profundas, que nos lleva a plantearnos el sentido de la vida y
nuestra presencia en un mundo en que no nos reconocemos. Esa
misma búsqueda de la propia identidad y de las raíces, que tuvo
en “París, Texas” su obra más acabada, vuelve de nuevo de la
mano del dramaturgo Sam
Shepard,
co-guionista y actor principal de esta especie de western
crepuscular con aires de road movie y melodrama.
Para alguien que se cuestiona la relación entre la realidad y su
representación, y para quien entiende el cine como una búsqueda
continua, introducir escenas del rodaje de una película del
Oeste se convierte en el marco idóneo para colocar a su
protagonista, aquí un actor de western en franca decadencia.
Declive profesional pero sobre todo personal es el que sufre
Howard, hastiado de una vida de fama y excesos, vacío de
horizontes y con más preguntas que respuestas. A lomos de un
caballo del set de rodaje que pronto abandonará, cabalga por el
desierto y huye del pasado para refugiarse en una madre a la que
no veía desde mucho tiempo atrás. Su particular e indeterminada
odisea se definirá entonces, cuando descubra que hace veinte
años tuvo un hijo, y decida conocerlo. Más tarde sabrá que no es
el único que ha iniciado un viaje de búsqueda, aunque con
desigual talante y objetivo.
No es nueva la propuesta de Wenders, ni tampoco
su fuerte carga metafórica.
Por encima de la historia
personal del desconcertado e insatisfecho Howard, del rechazo y
desesperanza de su hijo, de la fe angelical de su otra
desconocida hija o de la tenacidad del agente del seguro
cinematográfico se esconden distintas actitudes del hombre
contemporáneo ante su propia realidad y la del mundo. De fondo,
una búsqueda de la felicidad por distintos caminos y con
diversas reacciones: de la insustancial existencia del actor
abandonado a las aventuras de sexo, juego y droga, hasta la del
hijo que un día decidió terminar con esa caída al vacío por no
saber quién era su padre; o de esa hija que siempre ha esperado
conocer la realidad de lo que ya conocía por el cine, hasta la
del frío y escéptico hombre del seguro, asqueado del mundo
exterior y encerrado en su empequeñecido en su horizonte
egoísta. Posturas vitales para viajantes que siempre están de
paso, como nuevos centauros del desierto que no acaban de
establecerse y formar un hogar, que huyen con miedo ante el
compromiso y responsabilidad de la familia.
Sin embargo, como ya hiciera en
"Tierra de abundancia",
Wenders está decidido a hablar de los Estados Unidos, país de
adopción al que mira con cariño pero también con perplejidad.
Por eso, la película admite otra lectura más sociológica,
ante la realidad de un pueblo que no acaba de conocerse a sí
mismo, que vive con la misma ingenuidad de siempre pero con un
profundo vacío moral y con el miedo añadido tras el 11 de
septiembre, sin capacidad para cuestionarse ni para reaccionar
con madurez. Es el desconcierto del propio Howard, sentado en el
sofá en plena calle del pueblo de Montana, dejando que pasen las
horas mientras que la cámara da vueltas en torno a suyo y la
bandera americana ondea en lo alto, quizá en la escena más
lograda de todo el film. Y es que estamos en el país de los
sueños, en la tierra de promisión y donde siempre se ha vivido
un poco de la ficción, cuando la realidad siempre es más rica y
estimulante. Por eso, no es casual la profesión elegida para el
protagonista, ni que se recojan escenas del rodaje en que actúa
como galán y del que huirá sin rumbo, harto de la falsedad de lo
representado y también de lo vivido.
Todo en la película está supeditado a esta triple lectura
–antropológica, sociológica y metacinematográfica–, y
precisamente por ello se resiente la historia contada, en que
las subtramas resultan narrativamente algo deslabazadas,
innecesarias y un tanto forzadas: aunque completan y
explicitan las relaciones con el mundo, lastran y recargan la
trama central, y le quitan fluidez y verosimilitud.
La historia del agente del
seguro resulta un tanto patética y poco armoniosa con el
conjunto, mientras que la de la hija que interpreta
Sarah Polley
podría haberse obviado o integrado en otro personaje, además de
que su postrera declaración vital no llega a convencer como
elemento desencadenante del desenlace. En definitiva, la entrega
de Wenders funciona mejor como metáfora y estudio de personajes
que como narración de una historia personal, lo que no impide
que asistamos a una obra de cuidada factura –aunque extrañan
algunos zooms, picados y contrapicados–, y con una preciosa y
sugerente partitura de
Bone Burnett,
de lo mejor de la cinta. Las interpretaciones están muy
conseguidas con un elenco de actores de calidad, entre los que
merece un lugar destacado el papel de
Jessica Lange
y su propio marido Shepard.
Una nueva aproximación al hombre que se busca a sí mismo y su
lugar en el mundo, de indudable interés cultural y
cinematográfico, aunque no alcance la altura de sus anteriores
obras e incurra en algunos excesos que conllevan una pérdida de
sutileza y contención. Sin embargo, gustará a los seguidores del
autor de “Cielo sobre Berlín” y a aquellos que aprecien un cine
abierto y conectado con la realidad contemporánea.
Calificación:
    
Imágenes de "Llamando a las puertas del Cielo" - Copyright ©
2005 HanWay Films, Reverse Angle Productions y Arte France
Cinéma. Distribuida en España
por Araba Films y UIP. Todos los derechos
reservados.
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