CRÍTICA
por
José Luis Santos
En el cine español nos
encontramos cada año con un buen núme-ro de óperas primas, aunque
lamentablemente muchos de estos di-rectores noveles (en bastantes
ocasiones merecidamente, no nos engañemos) no llegan a rodar una
segunda película. Sin embargo, si público y productores tienen
la sensibilidad para apreciar un ejer-cicio distinto, arriesgado
y hábil como “El habitante incierto”, ése no va a ser el caso de
Guillem Morales, una especie
de Nacho Vigalondo a la catalana por su procedencia, ya que su
corto “Black Room” no llegó a los Oscar® pero sí a los Goya, y
se llevó más de 30 premios por todo el mundo.
Morales plantea una
propuesta sin duda atractiva (que parece al menos parcialmente
inspirada en un cuento del gran Julio Cortázar, “La casa
tomada”), la desarrolla a su manera y pone en marcha los
mecanismos necesarios para ha-cérsela vivir al espectador en su
justa medida. Imaginen que han sido recientemente
abandonados por su pareja y que viven en una casa enor-me,
antigua, llena de recuerdos, de sentimientos, de fantasmas de la
me-moria. Un día empiezan a sentir que hay alguien en ella y no
tienen ni idea de qué, quién o cómo es, ni de cuáles son sus
propósitos. No pue-den tocarlo porque es lo suficientemente
rápido para que ni siquiera lleguen a verlo. Pero de vez en
cuando lo oyen, lo sienten... lo te-men. A partir de aquí se inicia un
inteligente juego entre lo que se ve, lo que se oye, lo que se
intuye, lo que se piensa, lo que se ima-gina... El
planteamiento es lo suficientemente inteligente y ambicio-so como
para que algún pequeño agujero de guión (con alguna que otra
situación que rozan la inverosimilitud) pueda aceptarse en este
curioso rompecabezas, y tiene la habilidad de jugar con la
perspec-tiva de forma que a lo largo del metraje llega a
ofrecernos tanto el enfoque del acechado como el del acechador,
en un curioso juego de voyeurismo trufado de suspense que parece
inspirado en Hitch-cock, convirtiendo toda una casa en curiosa
ventana indiscreta y en co-protagonista de la película.
Contribuye a que el
conjunto salga a flote (a pesar de desa-rrollarse en un ámbito
casi teatral y con las limitaciones o irregularidades que puedan
encontrarse) la forma de plas-mar la historia en pantalla,
elegante, hábil, medida y prome-tedora de lo que este
debutante puede ofrecernos. Pese a lo equí-voco del pírrico
tráiler televisivo que se está exhibiendo, no hay san-gre,
monstruos, tipos con máscaras ridículas persiguiendo a mode-los
neumáticas ni sustos fáciles. Hay clima, atmósfera, preguntas
constantes, ilusiones y malas pasadas de los sentidos. No hay
te-rror barato ni tópico, hay suspense, intriga y morbo bien
entendido.
Ojalá, puesto que hacíamos la
comparación con Vigalondo al prin-cipio de este texto, podamos
hablar en breve de su primera pelícu-la, también un thriller,
“Los cronocrímenes”. Y ojalá tras verla poda-mos sentir también
la inquietud que se siente al mirar bajo la ca-ma, tras cada
puerta o dentro de los armarios después de ver “El habitante
incierto”. Será una buena señal.
Calificación:
    
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