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DVD de "Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario"
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DVD edición especial de "Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario"
DVD Ed. Especial

Banda sonora original de "Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario" (Harry Gregson-Williams)
BSO

Libro de "Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario" (C.S. Lewis)
LIBRO

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LAS CRÓNICAS DE NARNIA: EL LEÓN, LA BRUJA Y EL ARMARIO (The chronicles of Narnia: The lion, the witch and the wardrobe)


Dirección: Andrew Adamson.
País:
USA.
Año: 2005.
Duración: 140 min.
Género: Aventuras, fantasía.
Interpretación: Tilda Swinton (Jadis, la Bruja Blanca), Georgie Henley (Lucy), Skandar Keynes (Edmund), Anna Popplewell (Susan), William Moseley (Peter), James McAvoy (Tummus), Jim Broadbent (Profesor Kirke), James Cosmo (Santa Claus), Kiran Shah (Ginarrbrik), Liam Neeson (Aslan [Voz versión original]), Rupert Everett (Fox [Voz v.o.]).
Guión: Andrew Adamson, Christopher Markus, Stephen McFeely y Ann Peacock; basado en el libro de C.S. Lewis.
Producción: Mark Johnson.
Música: Harry Gregson-Williams.
Fotografía:
Donald M. McAlpine.
Montaje: Sim Evan-Jones y Jim May.
Diseño de producción: Roger Ford.
Dirección artística: Karen Murphy, Jules Cook y Jeffrey Thorp.
Vestuario: Isis Mussenden.
Estreno en USA: 9 Diciembre 2005.
Estreno en España: 7 Diciembre 2005.

MÁS CRÍTICAS (incluyen spoilers)

Hans Rosemberg (E-mail a la redacción)

  «Es aceptable hacer referencias entre esta producción y filmes como “El señor de los anillos” o la serie de Harry Potter sólo bajo el cometido de que en la más reciente historia cinematográfica, este grupo de películas han establecido un creciente antojo por la fan-tasía de corte épico en las audiencias. Pero para ser realistas, “Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario” es un filme que no llega ni a la sombra de la visión de Peter Jackson con su Tierra Media, y se sitúa inofensivamente –por el momento– al lado del jo-ven aprendiz de mago en sus adaptaciones para cine. El filme cuenta la historia de un cuarteto de hermanos –dos hijos de Adán y dos hijas de Eva– que son evacuados a la campiña para estar a salvo del conflicto armado durante la segunda guerra mundial. Du-rante su hospedaje en su nuevo hogar, una encantadora niña, Lucy (Georgie Henley), descubre un mundo alternativo llamado Narnia –localizado en el interior de un mágico ropero–, en donde ella, junto con sus hermanos, está destinada a cumplir una profecía milenaria para salvar a Narnia de la malvada bruja Jadis (Tilda Swinton). Es conocido por la mayoría que los escritos de C. S. Lewis –la materia prima de esta adaptación–, tienen un contenido alegórico bastante visible del cristianismo. En ese sentido –y por las evidentes referen-cias presentes en el filme, destacando la muerte y resurrección de Aslan (voz de Liam Neeson), un león animado por computadora que ocupa el lugar de Jesucristo–, “Las drónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario” establece de una forma marcada una separación tanto de los escritos de Tolkien como de los de J.K. Rowling. El primero más enfocado al aspecto lingüístico y etnias (con un eleva-do nivel intelectual), y, la segunda, por su parte, a la creación de inocuos hechizos para un público infantil. Lo mismo sucede para las versiones cinematográficas. Pero considerar a esta adaptación dirigida por Andrew Adamson como un filme religioso es otorgarle demasiada seriedad a una película que es, sobre todo, una tierna y deleitable historia fantástica. Para ese caso, es mucho más acerta-do el logro de los hermanos Wachowski con su trilogía “Matrix”, en donde retrataban a un Jesucristo como un programador de software que salvaría el mundo de la rebelión de las máquinas. En Narnia, aunque las referencias son más explícitas en el texto (tanto en el libro como en el guión cinematográfico), resulta más un esbozo te-nue de una clase dominical que un sermón religioso. La verdadera potestad de esta producción yace en la habilidosa dirección de An-drew Adamson, quien previamente ha dirigido las exitosas películas del ogro Shrek. Su transición del píxel al fotograma –de la anima-ción por computadora al live action (acción en vivo)–, es una pla-centera sorpresa. El director tiene un sentido tan agudo del ritmo cinematográfico, que el flujo de la historia va surgiendo de una for-ma tan orgánica, que para cuando terminan las dos horas veinte minutos que dura el metraje, no sólo da la impresión de haber pre-senciado una película más corta, sino que también queda un anhe-lo de continuar viendo la historia de los pequeños –que según los resultados en la taquilla estadounidense, Disney no tardará en dar luz verde a la continuación–. Añadido a eso hay otros elementos que vale la pena mencionar. Primero, la espléndida armonización entre la partitura musical de Harry Gregson-Williams (quien tam-bién compuso la música original de "Shrek") y la corriente de imá-genes que dan vida al filme. Segundo, un trabajo de fotografía lim-pio combinado con la subestimación que hice de los efectos visua-les al ver los avances –que resultaron ser, al final, muy competen-tes–. Y tercero, una afectuosa interpretación de Georgie Henley (Lucy) y Skandar Keynes (Edmund), quienes se enfrentan básica-mente por primera vez ante una cámara y demuestran con buen acierto su carisma. El único que tambalea es William Moseley (Pe-ter), quien se derrumba totalmente en cada primer plano con unos gestos y articulaciones poco convincentes. Sin embargo, toda la confluencia de los elementos que habitan el fantástico mundo de Narnia hace que ese detalle se minimice considerablemente. Nar-nia no tiene la grandeza de la Tierra Media –es más, no existe ese sentido tan presente en “El señor de los anillos” del descubrimiento de nuevas tierras, sus orígenes, nombres, gente que las habita, etcétera–, pero aunque en síntesis es un trabajo muy inferior a lo ejecutado por Peter Jackson, en sus propios términos Narnia es un filme que recomiendo con entusiasmo por contar una amigable his-toria fantástica capaz de cautivar a chicos y adultos. Es una pelícu-la reservada pero coherente en su narración. Con una timidez evi-dente a la hora de retratar las escenas de batalla –que por cierto C. S. Lewis le dedicó pocas páginas en sus escritos pero que los rea-lizadores le otorgaron mayor presencia para atraer a una audiencia más adulta–, con el objetivo de mantener la calificación PG para la audiencia infantil. Sin embargo, con “Las crónicas de Narnia: El le-ón, la bruja y el armario”, el espectador de seguro obtendrá un mo-mento placentero. Los seguidores del género fantástico no deberán perderse esta interesante adaptación, la cual, con sus próximas entregas en el horizonte, se visualiza como una serie muy prome-tedora».

David Garrido Bazán (Lista de Cine)

  «En una escena casi al final de la maravillosa "Tierras de penum-bra" ("Shadowlands", Richard Attenborough, 1993) el escritor C.S. Lewis, que acaba de enviudar de su esposa Joy Gresham tras una larga y dolorosa enfermedad, encuentra al hijo de ésta, Douglas, sentado en la oscuridad de la buhardilla, frente a un armario. Sabe-mos por una escena anterior que Douglas ha leído "Las Crónicas de Narnia" escritas por Lewis, y no hace falta más para darse cuenta que ese niño que acaba de perder a su madre desearía po-der escapar de su dolorosa realidad hacia ese universo mágico sali-do de la mente del escritor, algo naturalmente imposible. Siempre me he preguntado si Lewis, que sufrió una enorme crisis de fe tras el fallecimiento de su esposa, hubiera sido capaz de escribir con posterioridad a este hecho "Las Crónicas de Narnia", unos cuentos tan imaginativos como en el fondo simplistas que ensalzaban de forma harto evidente los valores cristianos que Lewis mismo profe-saba. Amigo y coetáneo de Tolkien, sus respectivas obras compar-ten no pocos elementos en común, y es un hecho innegable que a pesar de los múltiples proyectos que existieron en el pasado para llevar a la gran pantalla algunas de las siete novelas que componen la obra más conocida de Lewis, sólo el arrollador éxito de la trilogía de "El Señor de los Anillos" ha permitido que una productora se arriesgara a dotar con el suficiente presupuesto una producción que, hecha con menos medios o habilidad, distaría mucho de ser la obra sumamente fiel al espíritu original de la novela que sin duda es. La verdad es que Disney ha apostado fuerte en su intento de convertir "Las Crónicas de Narnia" en una franquicia que aspira a heredar el enorme hueco dejado por la obra de Jackson y a compe-tir con las anuales aventuras de Harry Potter, pero viendo el resulta-do final uno no puede sino preguntarse si el tono mucho más infan-tilizado de esta primera entrega respecto a las dos obras antes mencionadas es verdaderamente el más adecuado para toda una generación de niños que está creciendo con propuestas bastante más oscuras y complejas que ésta. Bien es cierto que la obra de Lewis, que goza de una enorme popularidad en el mundo anglosa-jón, pero que carece de la universalidad de un Tolkien, tiene ese mismo tono fabulador, alegórico, sencillo y directo, que plantea las cuestiones habituales de la lucha entre el bien y el mal en estado puro o la exaltación como valores supremos de elementos como la inocencia, el sacrificio o el perdón y, desde ahí, poco cabe repro-charle a los responsables del filme, que bajo el férreo control del mismísimo Douglas Gresham como uno de los productores del fil-me, apenas ha permitido devaneos respecto del original. Sin em-bargo, cabe cuestionarse si este camino es el más acertado. Re-sulta extraño y hasta chocante que un director como Andrew Adamson, que en su momento dinamitó todas y cada una de las convenciones de los cuentos infantiles en esa obra tan brillante llamada "Shrek" que tan bien supo conectar con toda esta nueva generación, se haya limitado a plasmar en imágenes –con profesio-nalidad y alguna que otra gota de brillantez, desde luego– la obra que admira desde niño sin mayor aportación de cosecha propia que unos castores a ratos divertidos y la gran batalla final, resuelta en el libro en apenas un par de páginas y que aquí se extiende durante unos veinte minutos en un tramo final en el que el departamento de efectos visuales trabaja a destajo, si bien los altibajos que hay en cuanto a la calidad de dichos efectos a lo largo del metraje es otra de las cosas que más llaman la atención en una obra ciertamente irregular. Y el caso es que a la película no le falta cierta capacidad de sugerencia y la magia que se le supone a este tipo de produc-tos. A ello ayuda mucho tanto el excelente diseño de producción del filme como la envolvente BSO compuesta por Harry Gregson Williams –clave en algunos momentos del filme, como la primera incursión en Narnia de la pequeña Lucy y su posterior encuentro con el fauno Tumnus– si bien desde el punto de vista interpretativo de nuevo nos encontramos con un trabajo desigual: los cuatro pro-tagonistas infantiles oscilan desde la encantadora inocencia de la pequeña Georgia Henley, creíble en todo momento como Lucy, hasta los titubeos de Skandar Keynes como el inicialmente seduci-do por el mal Edmund (un trabajo al que le perjudica un doblaje ciertamente horrendo) pasando por los tan correctos como insípi-dos hermanos mayores. Claro que aquí también tenemos lo que a mi juicio es el verdadero punto fuerte de la película, que es la so-berbia interpretación de Tilda Swinton como la gélida Bruja Blanca, uno de los villanos más sobrecogedores que ha dado el cine infantil de los últimos tiempos, precisamente por representar el mal abso-luto sin ningún tipo de cortapisas ni emociones a la vez que dota a su papel de un irresistible carisma: la hermosa atracción que supo-ne el poder. Determinada como está a dominar Narnia, no se dedi-ca a hacer ostentosas y gratuitas demostraciones, sino que con una frialdad inteligente, inquebrantable y carente de compasión ha-ce lo que debe para conseguir sus objetivos, lo que la convierte en un personaje de enorme atractivo. Tampoco está carente de atracti-vo ese pequeño milagro de los efectos visuales que es el león As-lan, suprema encarnación del Bien cuya verosimilitud en pantalla resulta simplemente impresionante y los menos exigentes quizás puedan contentarse con el variado despliegue de todo tipo de cria-turas que desfilan por Narnia. Sin embargo, sea porque la película no profundiza lo suficiente en los personajes como para que la per-sonalidad de éstos sea algo menos plana –favoreciendo así la iden-tificación del espectador con los mismos–, sea por la falta de peri-cia del director al manejar el material con el que está trabajando, lo cierto es que "Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el arma-rio" resulta una película en la que se echa de menos una mayor emotividad y eso pese a contar con secuencias con tanto potencial dramático como la protagonizada por Aslan en el Altar de Piedra o el ya mencionado tramo final donde el enfrentamiento entre el Bien y el Mal alcanza su momento culminante en el cara a cara de Pe-ter Pevensie con una Reina Blanca que no se anda precisamente con tonterías a la hora de entrar en batalla, fulminando a sus rivales con terrible efectividad. Carente de la ventaja de la complicidad ini-cial con la que contaban de entrada las adaptaciones de Tolkien o del popular mago creado por la escritora J.K. Rowling –que por cier-to no tiene empacho alguno en disimular que se inspiró en parte en la obra de Lewis para dar forma a algunos aspectos del universo de Harry Potter– "Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el arma-rio" es un producto bien confeccionado, familiar en el mejor sentido del término, razonablemente entretenido y al que no le falta cierta brillantez, pero que un servidor duda que conecte con todo tipo de público como hicieron sus antecesoras, por esa obligada infantiliza-ción de la épica y simplificación de los conflictos a los que obliga la fidelidad a la obra original de C.S. Lewis. Detalles como el risible título de ‘Pesadilla de lobos’ que le endilgan a Peter porque el jefe de los mismos se ha ensartado solito en su espada o que la pelícu-la trate de esquivar escrupulosamente el dolor y sufrimiento que conlleva toda guerra a la vez que exhibe la crueldad de Jadis, dudo mucho que conecten con gran parte de las nuevas generaciones, que en este campo de la épica y la fantasía han tenido en los últi-mos tiempos (y no sólo en el cine) espejos mucho más complejos en los que reflejarse».

David Medina (E-mail a la redacción)

  «Dicen que C.S. Lewis y J.R.R. Tolkien no sólo fueron contempo-ráneos sino también amigos y colaboradores. Quién sabe si alguna lluviosa tarde de otoño se sentaron juntos al abrigo de una taza de té (o de una pinta de cerveza) a intercambiar personajes y entre-mezclar la Tierra Media con el mundo de Narnia, quizá incluso en el mismo pub al que años después acudiría también J.K. Rowling en busca de inspiración. Y es que no hay duda de que las seme-janzas entre ambos mundos son más que casuales. Sin embargo, aunque así hubiese sido, estaríamos hablando de literatura, de dos sagas que pese a sus claros denominadores comunes terminaron diferenciándose una de la otra tanto en estilo como en destino, es decir, el tipo de público al cual iban dirigidas. Ahora bien, en su tra-ducción al lenguaje cinematográfico, esas diferencias empiezan a perderse, debido sobre todo a que en este caso la imaginación del espectador no es tan determinante como la del lector., no siendo posible acogerse a la objetividad del público para justificar unos pa-recidos nada razonables. Y es que se puede asegurar categórica-mente que la versión de Andrew Adamson de "Las crónicas de Nar-nia: El león, la bruja y el armario" no es más que una versión tonto-rrona e infantiloide de la trilogía de "El señor de los anillos" de Pe-ter Jackson, eso sí, convenientemente aderezada con toques harry-potterianos, pues todo vale para conquistar la taquilla navideña. Co-mencemos por el principio. Tras la escena introductoria, el cuarteto protagonista (niños, cómo no) viajan en un tren que recuerda ligera-mente al expreso de Hogwarts hasta una estación donde va a reco-gerlos un ama de llaves que podría ser hermana de la profesora McGonnagall en un carromato idéntico al empleado por Gandalf al principio de "El señor de los anillos: La comunidad del anillo" para conducirlos hasta una enorme casa, repleta de pasillos, escaleras, puertas, armaduras y cuadros al más puro estilo Hogwarts donde los espera un anciano aparentemente serio y temible pero en el fondo un buenazo pleno de sabiduría cuyo apellido no en Dumble-dore pero podría serlo y en la que hallarán, en una habitación solita-ria, un armario protegido por una sábana con propiedades mágicas, tal y como se encuentra el espejo de Oesed también mágico que Harry Potter encuentra en "Harry Potter y la piedra filosofal". Y esto sólo de entrada. Una vez en Narnia conoceremos a un fauno cuya morada bien podría pertenecer a la Comarca, a una reina/bruja in-terpretada por Tilda Swinton pero con el mismo asesor de imagen que Kate Blanchett en "El señor de los anillos: La comunidad del anillo" y contemplaremos estupefactos cómo Papá Noel (?) entrega a los niños unos regalos en forma de armas y poción milagrosa que más adelante les resultarán indispensables, como los presentes que Galadriel hace a los miembros de la Comunidad del Anillo. Y eso por no mencionar la (aparente) muerte y posterior resurrección de un Gandalf que aquí tiene apariencia de león y que, como su ho-mólogo en la trilogía de Jackson, aparecerá en la batalla portando refuerzos de última hora para intentar derrotar a un ejercito del mal que hemos visto constituirse en una escena que parece extraída de las mismísimas minas de Gondor. Y así hasta la saciedad. Pues-tos a fantasear, podríamos albergar la posibilidad de que Lewis y Tolkien jugasen precisamente a eso, a construir dos historias se-mejantes pero destinadas a generaciones diferentes. Dos mundos paralelos de historias paralelas, uno dispuesto para atraer a adultos ávidos de emociones fuertes y otro para seducir a los pequeños que aún no han perdido la inocencia. Sin embargo, tal excusa tam-poco sería aceptable a la hora de ser transformada en película cine-matográfica, en primer lugar porque "Las crónicas de Narnia: El le-ón, la bruja y el armario", tanto por presupuesto como por preten-siones, no merece ser considerada tan sólo como una película in-fantil, y, segundo, porque su director, Andrew Adamson, es el pri-mero que no parece decidirse por el público al que quiere dirigirse. Y es que, como fábula infantil, la película está repleta de violencia y muerte, y encierra unas moralejas muy poco convenientes (aunque la presentación de las mismas, de la mano de Disney, sea mucho más amable que las tan criticadas producciones manga) como que la guerra es la única forma de que el bien venza al mal, sin importar que quienes empuñen las espadas y arcos sean sólo unos niños; que la traición es fácilmente perdonable, con lo cual no pasa nada por ser malos de vez en cuando (incluso seremos recompensados con delicias turcas); y que el amor por los padres (que en la prime-ra escena parece un valor incuestionable) es fácilmente olvidable. Sin embargo, como película para adultos (obviando esas semejan-zas anillosas que hemos ido detallando), la puesta en escena es lenta y torpe, la Reina Blanca no consigue inspirar temor alguno (la simple presencia de los niños en Narnia basta para menguar su poder) y la batalla final (único punto de interés de la película) es torpe y de escaso valor dramático. Resulta ridículo que en un mun-do tan aparentemente fantástico como es Narnia, los verdaderos protagonistas no sean los faunos, los centauros o los minotauros (por nombrar algún ejemplo), sino simples animales comunes (un león, castores, lobos) que hablan y actúan como humanos, cual simple cinta de dibujos animados de escasa imaginación. Además, Narnia se presenta como un lugar tan exageradamente fantástico, un sitio donde realmente puede pasar de todo, que el ansia de des-cubrimientos inicial se diluye ante la falta de emoción, ya que cuando incluso la muerte es reversible, ¿qué se puede temer? Tan-to es así que a media película se pierde el interés por los persona-jes, da igual lo que suceda o deje de suceder y lo único que nos mantiene atentos a la pantalla es la curiosidad por ver hasta dónde pueden llegar los millones gastados en efectos especiales que, és-tos sí, están a la altura de lo esperado. Tanto es así que ni siquiera se nos permite ver una simple gota de sangre en una película que, en el fondo, narra una guerra entre dos ejércitos (como si la falta de sangre la convirtiera en algo positivo a ojos de un niño). Lo más de-cepcionante, quizá, es que no toda la película es así. El arranque (sobre todo el prólogo de Londres bombardeado) es prometedor y dramático, y las primeras apariciones de los pequeños (sobre los que destaca Georgie Henley con esos ojos hipnóticos) amenazan con cautivarnos, ayudados por las estudiadas y bien diferenciadas personalidades de cada uno de ellos –Peter encarna el peso de la responsabilidad; Susan, la prudencia; Lucy es la inocencia en es-tado puro; y Edmund la traición– que parece augurar una tragedia que nunca llega. Pero a medida que pasan los minutos, tanto la historia como las interpretaciones (quizá por culpa de la completa difuminación de estas personalidades) se diluyen hasta ser un sim-ple borrón, casi una sucesión de bostezos en espera del ansiado fin. Una vez en el meollo, los niños son totalmente simplones (Skandar Keynes está infinitamente mejor como cobarde y mezqui-no que una vez redimido) y los actores parecen estar de acampa-da, escapándose incluso alguna sonrisilla en los momentos su-puestamente más dramáticos. No todo es despreciable en la pelí-cula, por supuesto, pues el dinero que ha costado bien tenía que ir a parar a algún sitio. La fotografía es espectacular y los efectos es-peciales sencillamente perfectos (incluso se habrían asegurado el Oscar® cualquier año que no hubiesen tenido que competir con "King Kong"), pero eso es poco relleno para una historia que sobre-pasa las dos horas y en la que aún estamos buscando al héroe al que admirar (Aragorn, ¿dónde te hallas?), una dama a la que ena-morar o un malvado al que derrotar. Carente de la posibilidad de emocionar (ni siquiera el saber qué pasará ayuda a mantener el in-terés, pues los resultados de la batalla se pueden ver desde hace tiempo en las diversas imágenes promocionales, lo que demuestra que ni siquiera productores o distribuidores se han tomado en serio la película), "Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario" sólo puede agradar a espectadores cuyos niveles de exigencia se-an realmente bajos. Demasiado poco para la parafernalia que rodea la película y que tiene su punto culminante en la escena final, en la que el profesor Kinke insinúa a Lucy (con otras palabras, claro es-tá) que la secuela llegará en cuanto se confirmen los esperados re-sultados en taquilla. Sólo nos queda el consuelo de saber lo que se habrá reído Peter Jackson si ha podido colarse en alguna sala de cine en medio de la promoción de su "King Kong" y piense lo que habría sucedido si la obra de Tolkien hubiese caído en manos de Andrew Adamson y Disney».

José Luis Santos (Lista de Cine)

  «Resulta complicado hacer crítica sobre cine infantil. Enfocar las virtudes y defectos de productos destinados a los locos bajitos tra-tando de abstraerse de los razonamientos adultos, y compatibili-zarlo a la vez con criterios cinematográficos, es un ejercicio de equilibrismo cuando menos incómodo. Por eso, ante el estreno de “Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario” no puedo de-cir precisamente que el elaborar una crónica sobre ella se equipara-ra en mis prioridades a lo de escribir un libro, plantar un árbol y te-ner un hijo, pero dada la repercusión publicitaria que está recibien-do se hace necesario hacer al menos un par de matizaciones. Co-mo avales del producto se presentaban dos fundamentales: el he-cho de tratarse de todo un clásico de la literatura infantil y la pre-sencia al mando de la nave de Andrew Adamson, director de las dos estupendas entregas de Shrek. Sin embargo, ambos valores se ven lastrados por una presencia, la de Disney, que lamentable-mente ha pasado de ser sinónimo de fantasía y calidad a plasmar una evidente cuesta abajo sin frenos (casi terminal tras su divorcio de Pixar, el respirador artificial que mantenía un flujo de maravilloso aire fresco a sus maltrechos pulmones) en la que ya sólo parece garantizar la impronta de productos de muy limitada creatividad, ca-da vez menos capaz de estimular la imaginación infantil más allá de unas constantes ñoñas e incluso rancias. La cinta de Adamson tiene un arranque prometedor, con su cuidada ambientación en el Londres azotado por los bombardeos de la Segunda Guerra Mun-dial, el exilio de los niños protagonistas a la lúgubre mansión en el campo, y el descubrimiento de la entrada a Narnia. No obstante, a medida que avanza aparecen evidentes problemas que la van las-trando irremediablemente. Resulta patente la ausencia casi absolu-ta de historia, que se limita al enésimo enfrentamiento entre el bien y el mal de forma tan deslavazada, pobre y esquemática que lleva a momentos tan desopilantes como una surrealista y gratuita apari-ción de Santa Claus convertido en una suerte de traficante de ar-mas. La supuesta fantasía desbordante de la obra literaria (que no he leído) se ve limitada en la película a un carrusel de referencias y seres mitológicos sin orden ni concierto, desigual, carente de emo-ción y que sólo transmite rutina, lejos de las inspiraciones tolkiena-nas que se le atribuyen (no digamos de la trilogía cinematográfica de Peter Jackson), y por debajo de los fenómenos similares que parece querer emular Disney en taquilla como Harry Potter o Lemo-ny Snicket. Por si fuera poco, ni siquiera me convence su factura visual, que a pesar de contar con el equipo de efectos especiales de “El señor de los anillos” me transmite una sensación de cartón piedra que, unida a todo lo anterior, me produce la impresión de es-tar ante una miniserie de las que programan las televisiones priva-das las tardes navideñas. Sólo algo positivo puedo decir de “Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario” para animar a su poco recomendable visión. Viene al hilo de una sabia reflexión que el otro día me hacía el compañero crítico respecto a la saga de Harry Potter: si estos blockbusters con olor a caja registradora son capaces de arrastrar a la lectura a algún que otro niño en la socie-dad de la Playstation y los realitys, benditas sean. Entonces sí que, desde luego, habrán merecido la pena».

Nieves Limón Serrano (E-mail a la redacción)

  «Ya es un hecho que las adaptaciones de libros fantásticos se han constituido como clave de una parte del cine de nuestros días, si bien tienen precedentes en películas míticas (véase “La historia interminable”), pero será en estos últimos años cuando los anillos, los “Harry Potters” y demás personajes a medio camino entre la realidad y la magia invadan las pantallas. Narnia es eso, nada más que la adaptación de un libro fantástico el cual escribió el irlandés C.S. Lewis y que precedió a la famosa obra de su compañero y amigo Tolkien. El mundo que creaba y recreaba Narnia tenía todos los ingredientes para que antes o después algún director, auspicia-do por los millones de una gran productora, lo llevase al cine: niños en principio normales que tras la mediación de un objeto mágico llegan a un mundo fantástico donde tienen que luchar contra el mal, para restablecer el bien y regresar, sanos y salvos, a su realidad. Traducir estas bases al universo Narnia es sencillo: cuatro herma-nos salen de Londres huyendo de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial y van a parar a la casa de un extraño profesor don-de encuentran, en una de las muchas habitaciones, un armario má-gico que les transporta a un mundo nuevo, Narnia. Pero este reino está dominado desde hace cien años por la bruja blanca, contra la que tendrán que luchar los cuatro niños y así reestablecer la paz y la felicidad, devolviendo la luz al frío y oscuro mundo. La historia en sí, aderezada con personajes fantásticos, pruebas medievales, combates y demás no estaría mal si hubiese golpeado primero, pero no lo ha hecho y el film ha llegado tras la creación de verdade-ras sagas fantásticas que, fruto del machacante marketing, han saturado en cierta medida la capacidad de los espectadores de ver una y otra vez lo mismo. Ciertamente nos encontramos ante una película mucho más infantil que las que estamos acostumbrados a ver en este género y sería injusto no recalcar esto, a pesar de que una vez más, y parece que para contentar a todos sin contentar a nadie, Narnia incluye personajes, luchas y efectos que no son (o no deberían ser) precisamente del agrado de los niños pequeños, y es que en esta película el negocio se hace hecho y su fastuosa productora, en horas bajas a pesar de la alianza con Pixar, ha intentado remontar con un film cuanto menos grandilocuente. Para ello contrató a Andrew Adamson, director de “Shrek” que conocía los códigos del género, y a la guionista Ann Peacock, que ha adap-tado la obra fielmente. Ambos no han conseguido mucho más que crear un largometraje de aventuras a veces un poco aburrido, con malos diálogos, cargado de efectos especiales que tampoco son tan buenos como los que Peter Jackson y demás nos han acos-tumbrado a ver, y sobreactuado sin profundizar en ninguno de los personajes. Al gran número de animales parlantes se suman los cuatro hermanos, lo que impide empatizar con ninguno de ellos, aunque será Georgie Henley (interpretando a la pequeña Lucy Pe-vensie) la que más se involucre en su papel, lo que por otra parte le hace ser la más redicha, pedante y exagerada teniendo reacciones poco propias de su edad. Igual de motivado estará el personaje de su hermana, Susan (Anna Popplewell), a la que le toca encarnar la figura de la ciencia, el aporte lógico que se desprenderá de esta la-cra para dejarse llevar por los tiernos consejos de su sabia y jugue-tona hermana Lucy. Peter (William Moseley) será el más relajado y natural, aunque con algún ademán excesivo en su interpretación del hermano mayor, la cabeza pensante, el héroe. Y por último, en-contramos al hermano incomprendido y chivato, Edmund (Skandar Keynes), el cual podría salvarse por adaptarse más fielmente a las pasiones y movimientos propios de un niño de su edad. En el lado opuesto tenemos a la Bruja Blanca (Tilda Swinton), que encarnan-do a la cruel bruja sin sentimientos se desenvuelve perfectamente y desde su fisonomía hasta los bien confeccionados trajes que lleva en la película se aúnan para darle el halo justo y necesario, demos-trando cómo una de fantasía para niños no tiene por qué ser exa-gerada. Y es que en “Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario” ni la dirección artística es muy adecuada y nos encontra-mos con vestuarios impropios (no los de la primera parte de la película cuando los chicos pertenecen aún al mundo de la realidad) y tomas que recuerdan demasiado a alguna batalla de “El Señor de los Anillos” o a “Braveheart”. Por todo esto no logra Narnia introdu-cirnos en su reino de armarios, brujas y leones y uno sale con la sensación de que le han “colado” otra de moral Disney en la que, además, las inverosímiles reglas del reino son, a veces, conocidas a posteriori por el espectador que puede encontrarse perdido o aburrido. Aunque, con un poco de voluntad, se puede disfrutar de la ternura de algún personaje».


Imágenes de "Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario" - Copyright © 2005 Walt Disney Pictures y Walden Media. Distribuida en España por Buena Vista International. "Las crónicas de Narnia", "Narnia" y todos los títulos de los libros, personajes y escenarios originales de los mismos son marcas registradas de C.S. Lewis Pte Ltd. Todos los derechos reservados.

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