MÁS CRÍTICAS (incluyen
spoilers)
Hans Rosemberg
(E-mail a la redacción)
«Es aceptable hacer referencias
entre esta producción y filmes como “El señor de los anillos” o
la serie de Harry Potter sólo bajo el cometido de que en la
más reciente historia cinematográfica, este grupo de películas
han establecido un creciente antojo por la fan-tasía de corte
épico en las audiencias. Pero para ser realistas, “Las crónicas de
Narnia: El león, la bruja y el armario” es un filme que no llega ni a la sombra de la visión de
Peter Jackson con su Tierra Media, y se sitúa inofensivamente
–por el momento– al lado del jo-ven aprendiz de mago en sus
adaptaciones para cine.
El filme cuenta la historia de un cuarteto de hermanos –dos
hijos de Adán y dos hijas de Eva– que son evacuados a la campiña
para estar a salvo del conflicto armado durante la segunda
guerra mundial. Du-rante su hospedaje en su nuevo hogar, una
encantadora niña, Lucy (Georgie Henley), descubre un mundo
alternativo llamado Narnia –localizado en el interior de un
mágico ropero–, en donde ella, junto con sus hermanos, está
destinada a cumplir una profecía milenaria para salvar a Narnia
de la malvada bruja Jadis (Tilda Swinton).
Es conocido por la mayoría que los escritos de C. S. Lewis
–la materia prima de esta adaptación–, tienen un contenido
alegórico bastante visible del cristianismo. En ese sentido –y
por las evidentes referen-cias presentes en el filme, destacando
la muerte y resurrección de Aslan (voz de Liam Neeson), un león
animado por computadora que ocupa el lugar de Jesucristo–,
“Las drónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario” establece de una forma marcada una
separación tanto de los escritos de Tolkien como de los de J.K.
Rowling. El primero más enfocado al aspecto lingüístico y etnias
(con un eleva-do nivel intelectual), y, la segunda, por su parte, a
la creación de inocuos hechizos para un público infantil. Lo
mismo sucede para las versiones cinematográficas.
Pero considerar a esta adaptación dirigida por Andrew Adamson
como un filme religioso es otorgarle demasiada seriedad a una
película que es, sobre todo, una tierna y deleitable historia
fantástica. Para ese caso, es mucho más acerta-do el logro de los
hermanos Wachowski con su trilogía “Matrix”, en donde
retrataban a un Jesucristo como un programador de software que
salvaría el mundo de la rebelión de las máquinas. En Narnia,
aunque las referencias son más explícitas en el texto (tanto en
el libro como en el guión cinematográfico), resulta más un
esbozo te-nue de una clase dominical que un sermón religioso.
La verdadera potestad de esta producción yace en la habilidosa
dirección de An-drew Adamson, quien previamente ha dirigido las
exitosas películas del ogro Shrek. Su transición del píxel al
fotograma –de la anima-ción por computadora al live action
(acción en vivo)–, es una pla-centera sorpresa. El director tiene
un sentido tan agudo del ritmo cinematográfico, que el flujo de
la historia va surgiendo de una for-ma tan orgánica, que para
cuando terminan las dos horas veinte minutos que dura el
metraje, no sólo da la impresión de haber pre-senciado una
película más corta, sino que también queda un anhe-lo de
continuar viendo la historia de los pequeños –que según los
resultados en la taquilla estadounidense, Disney no tardará en
dar luz verde a la continuación–.
Añadido a eso hay otros elementos que vale la pena mencionar.
Primero, la espléndida armonización entre la partitura musical
de Harry Gregson-Williams (quien tam-bién compuso la música
original de "Shrek") y la corriente de imá-genes que dan vida al
filme. Segundo, un trabajo de fotografía lim-pio combinado con la
subestimación que hice de los efectos visua-les al ver los
avances –que resultaron ser, al final, muy competen-tes–. Y
tercero, una afectuosa interpretación de Georgie Henley (Lucy) y
Skandar Keynes (Edmund), quienes se enfrentan básica-mente por
primera vez ante una cámara y demuestran con buen acierto su
carisma.
El único que tambalea es William Moseley (Pe-ter), quien se
derrumba totalmente en cada primer plano con unos gestos y
articulaciones poco convincentes. Sin embargo, toda la
confluencia de los elementos que habitan el fantástico mundo de
Narnia hace que ese detalle se minimice considerablemente.
Nar-nia no tiene la grandeza de la Tierra Media –es más, no
existe ese sentido tan presente en “El señor de los anillos” del
descubrimiento de nuevas tierras, sus orígenes, nombres, gente
que las habita, etcétera–, pero aunque en síntesis es un trabajo
muy inferior a lo ejecutado por Peter Jackson, en sus propios
términos Narnia es un filme que recomiendo con entusiasmo por
contar una amigable his-toria fantástica capaz de cautivar a
chicos y adultos.
Es una pelícu-la reservada pero coherente en su narración. Con
una timidez evi-dente a la hora de retratar las escenas de
batalla –que por cierto C. S. Lewis le dedicó pocas páginas en
sus escritos pero que los rea-lizadores le otorgaron mayor
presencia para atraer a una audiencia más adulta–, con el
objetivo de mantener la calificación PG para la audiencia
infantil. Sin embargo, con “Las crónicas de Narnia: El le-ón, la
bruja y el armario”, el espectador
de seguro obtendrá un mo-mento placentero. Los seguidores del
género fantástico no deberán perderse esta interesante
adaptación, la cual, con sus próximas entregas en el horizonte,
se visualiza como una serie muy prome-tedora».
David Garrido Bazán
(Lista de Cine)
«En una escena casi al final de la
maravillosa "Tierras de penum-bra" ("Shadowlands", Richard
Attenborough, 1993) el escritor C.S. Lewis, que acaba de
enviudar de su esposa Joy Gresham tras una larga y dolorosa
enfermedad, encuentra al hijo de ésta, Douglas, sentado en la
oscuridad de la buhardilla, frente a un armario. Sabe-mos por
una escena anterior que Douglas ha leído "Las Crónicas de
Narnia" escritas por Lewis, y no hace falta más para darse
cuenta que ese niño que acaba de perder a su madre desearía
po-der escapar de su dolorosa realidad hacia ese universo mágico
sali-do de la mente del escritor, algo naturalmente imposible.
Siempre me he preguntado si Lewis, que sufrió una enorme crisis
de fe tras el fallecimiento de su esposa, hubiera sido capaz de
escribir con posterioridad a este hecho "Las Crónicas de
Narnia", unos cuentos tan imaginativos como en el fondo
simplistas que ensalzaban de forma harto evidente los valores
cristianos que Lewis mismo profe-saba. Amigo y coetáneo de
Tolkien, sus respectivas obras compar-ten no pocos elementos en
común, y es un hecho innegable que a pesar de los múltiples
proyectos que existieron en el pasado para llevar a la gran
pantalla algunas de las siete novelas que componen la obra más
conocida de Lewis, sólo el arrollador éxito de la trilogía de "El
Señor de los Anillos" ha permitido que una productora
se arriesgara a dotar con el suficiente presupuesto una
producción que, hecha con menos medios o habilidad, distaría
mucho de ser la obra sumamente fiel al espíritu original de la
novela que sin duda es. La verdad es que Disney ha apostado
fuerte en su intento de convertir "Las Crónicas de Narnia" en
una franquicia que aspira a heredar el enorme hueco dejado por
la obra de Jackson y a compe-tir con las anuales aventuras de
Harry Potter, pero viendo el resulta-do final uno no puede sino
preguntarse si el tono mucho más infan-tilizado de esta primera
entrega respecto a las dos obras antes mencionadas es
verdaderamente el más adecuado para toda una generación de niños
que está creciendo con propuestas bastante más oscuras y
complejas que ésta. Bien es cierto que la obra de Lewis, que
goza de una enorme popularidad en el mundo anglosa-jón, pero que
carece de la universalidad de un Tolkien, tiene ese mismo tono
fabulador, alegórico, sencillo y directo, que plantea las
cuestiones habituales de la lucha entre el bien y el mal en
estado puro o la exaltación como valores supremos de elementos
como la inocencia, el sacrificio o el perdón y, desde ahí, poco
cabe repro-charle a los responsables del filme, que bajo el
férreo control del mismísimo Douglas Gresham como uno de los
productores del fil-me, apenas ha permitido devaneos respecto
del original. Sin em-bargo, cabe cuestionarse si este camino es
el más acertado. Re-sulta extraño y hasta chocante que un
director como Andrew Adamson, que en su momento dinamitó todas y
cada una de las convenciones de los cuentos infantiles en esa
obra tan brillante llamada "Shrek"
que tan bien supo conectar con toda esta nueva generación, se
haya limitado a plasmar en imágenes –con profesio-nalidad y
alguna que otra gota de brillantez, desde luego– la obra que
admira desde niño sin mayor aportación de cosecha propia que
unos castores a ratos divertidos y la gran batalla final,
resuelta en el libro en apenas un par de páginas y que aquí se
extiende durante unos veinte minutos en un tramo final en el que
el departamento de efectos visuales trabaja a destajo, si bien
los altibajos que hay en cuanto a la calidad de dichos efectos a
lo largo del metraje es otra de las cosas que más llaman la
atención en una obra ciertamente irregular. Y el caso es que a
la película no le falta cierta capacidad de sugerencia y la
magia que se le supone a este tipo de produc-tos. A ello ayuda
mucho tanto el excelente diseño de producción del filme como la
envolvente BSO compuesta por Harry Gregson Williams –clave en
algunos momentos del filme, como la primera incursión en Narnia
de la pequeña Lucy y su posterior encuentro con el fauno Tumnus–
si bien desde el punto de vista interpretativo de nuevo nos
encontramos con un trabajo desigual: los cuatro pro-tagonistas
infantiles oscilan desde la encantadora inocencia de la pequeña
Georgia Henley, creíble en todo momento como Lucy, hasta los
titubeos de Skandar Keynes como el inicialmente seduci-do por el
mal Edmund (un trabajo al que le perjudica un doblaje
ciertamente horrendo) pasando por los tan correctos como
insípi-dos hermanos mayores. Claro que aquí también tenemos lo
que a mi juicio es el verdadero punto fuerte de la película, que
es la so-berbia interpretación de Tilda Swinton como la gélida
Bruja Blanca, uno de los villanos más sobrecogedores que ha dado
el cine infantil de los últimos tiempos, precisamente por
representar el mal abso-luto sin ningún tipo de cortapisas ni
emociones a la vez que dota a su papel de un irresistible
carisma: la hermosa atracción que supo-ne el poder. Determinada
como está a dominar Narnia, no se dedi-ca a hacer ostentosas y
gratuitas demostraciones, sino que con una frialdad inteligente,
inquebrantable y carente de compasión ha-ce lo que debe para
conseguir sus objetivos, lo que la convierte en un personaje de
enorme atractivo. Tampoco está carente de atracti-vo ese pequeño
milagro de los efectos visuales que es el león As-lan, suprema
encarnación del Bien cuya verosimilitud en pantalla resulta
simplemente impresionante y los menos exigentes quizás puedan
contentarse con el variado despliegue de todo tipo de cria-turas
que desfilan por Narnia. Sin embargo, sea porque la película no
profundiza lo suficiente en los personajes como para que la
per-sonalidad de éstos sea algo menos plana –favoreciendo así la
iden-tificación del espectador con los mismos–, sea por la falta
de peri-cia del director al manejar el material con el que está
trabajando, lo cierto es que "Las crónicas de Narnia: El león,
la bruja y el arma-rio" resulta una película en la que se echa
de menos una mayor emotividad y eso pese a contar con secuencias
con tanto potencial dramático como la protagonizada por Aslan en
el Altar de Piedra o el ya mencionado tramo final donde el
enfrentamiento entre el Bien y el Mal alcanza su momento
culminante en el cara a cara de Pe-ter Pevensie con una Reina
Blanca que no se anda precisamente con tonterías a la hora de
entrar en batalla, fulminando a sus rivales con terrible
efectividad. Carente de la ventaja de la complicidad ini-cial
con la que contaban de entrada las adaptaciones de Tolkien o del
popular mago creado por la escritora J.K. Rowling –que por
cier-to no tiene empacho alguno en disimular que se inspiró en
parte en la obra de Lewis para dar forma a algunos aspectos del
universo de Harry Potter– "Las crónicas de Narnia: El león, la
bruja y el arma-rio" es un producto bien confeccionado, familiar
en el mejor sentido del término, razonablemente entretenido y al
que no le falta cierta brillantez, pero que un servidor duda que
conecte con todo tipo de público como hicieron sus antecesoras,
por esa obligada infantiliza-ción de la épica y simplificación
de los conflictos a los que obliga la fidelidad a la obra
original de C.S. Lewis. Detalles como el risible título de
‘Pesadilla de lobos’ que le endilgan a Peter porque el jefe de
los mismos se ha ensartado solito en su espada o que la
pelícu-la trate de esquivar escrupulosamente el dolor y
sufrimiento que conlleva toda guerra a la vez que exhibe la
crueldad de Jadis, dudo mucho que conecten con gran parte de las
nuevas generaciones, que en este campo de la épica y la fantasía
han tenido en los últi-mos tiempos (y no sólo en el cine)
espejos mucho más complejos en los que reflejarse».
David Medina
(E-mail a la redacción)
«Dicen que C.S. Lewis y J.R.R.
Tolkien no sólo fueron contempo-ráneos sino también amigos y
colaboradores. Quién sabe si alguna lluviosa tarde de otoño se
sentaron juntos al abrigo de una taza de té (o de una pinta de
cerveza) a intercambiar personajes y entre-mezclar la Tierra
Media con el mundo de Narnia, quizá incluso en el mismo pub al
que años después acudiría también J.K. Rowling en busca de
inspiración. Y es que no hay duda de que las seme-janzas entre
ambos mundos son más que casuales. Sin embargo, aunque así
hubiese sido, estaríamos hablando de literatura, de dos sagas
que pese a sus claros denominadores comunes terminaron
diferenciándose una de la otra tanto en estilo como en destino,
es decir, el tipo de público al cual iban dirigidas. Ahora bien,
en su tra-ducción al lenguaje cinematográfico, esas diferencias
empiezan a perderse, debido sobre todo a que en este caso la
imaginación del espectador no es tan determinante como la del
lector., no siendo posible acogerse a la objetividad del público
para justificar unos pa-recidos nada razonables. Y es que se
puede asegurar categórica-mente que la versión de Andrew Adamson
de "Las crónicas de Nar-nia: El león, la bruja y el armario" no
es más que una versión tonto-rrona e infantiloide de la trilogía
de "El
señor de los anillos" de Pe-ter Jackson, eso sí,
convenientemente aderezada con toques harry-potterianos,
pues todo vale para conquistar la taquilla navideña. Co-mencemos
por el principio. Tras la escena introductoria, el cuarteto
protagonista (niños, cómo no) viajan en un tren que recuerda
ligera-mente al expreso de Hogwarts hasta una estación donde va
a reco-gerlos un ama de llaves que podría ser hermana de la
profesora McGonnagall en un carromato idéntico al empleado por
Gandalf al principio de "El señor de los anillos: La comunidad
del anillo" para conducirlos hasta una enorme casa, repleta de
pasillos, escaleras, puertas, armaduras y cuadros al más puro
estilo Hogwarts donde los espera un anciano aparentemente serio
y temible pero en el fondo un buenazo pleno de sabiduría cuyo
apellido no en Dumble-dore pero podría serlo y en la que
hallarán, en una habitación solita-ria, un armario protegido por
una sábana con propiedades mágicas, tal y como se encuentra el
espejo de Oesed también mágico que Harry Potter encuentra en "Harry
Potter y la piedra filosofal". Y esto sólo de
entrada. Una vez en Narnia conoceremos a un fauno cuya morada
bien podría pertenecer a la Comarca, a una reina/bruja
in-terpretada por Tilda Swinton pero con el mismo asesor de
imagen que Kate Blanchett en "El señor de los anillos: La
comunidad del anillo" y contemplaremos estupefactos cómo Papá
Noel (?) entrega a los niños unos regalos en forma de armas y
poción milagrosa que más adelante les resultarán indispensables,
como los presentes que Galadriel hace a los miembros de la
Comunidad del Anillo. Y eso por no mencionar la (aparente)
muerte y posterior resurrección de un Gandalf que aquí tiene
apariencia de león y que, como su ho-mólogo en la trilogía de
Jackson, aparecerá en la batalla portando refuerzos de última
hora para intentar derrotar a un ejercito del mal que hemos
visto constituirse en una escena que parece extraída de las
mismísimas minas de Gondor. Y así hasta la saciedad. Pues-tos a
fantasear, podríamos albergar la posibilidad de que Lewis y
Tolkien jugasen precisamente a eso, a construir dos historias
se-mejantes pero destinadas a generaciones diferentes. Dos
mundos paralelos de historias paralelas, uno dispuesto para
atraer a adultos ávidos de emociones fuertes y otro para seducir
a los pequeños que aún no han perdido la inocencia. Sin embargo,
tal excusa tam-poco sería aceptable a la hora de ser
transformada en película cine-matográfica, en primer lugar
porque "Las crónicas de Narnia: El le-ón, la bruja y el
armario", tanto por presupuesto como por preten-siones, no
merece ser considerada tan sólo como una película in-fantil, y,
segundo, porque su director, Andrew Adamson, es el pri-mero que
no parece decidirse por el público al que quiere dirigirse. Y es
que, como fábula infantil, la película está repleta de violencia
y muerte, y encierra unas moralejas muy poco convenientes
(aunque la presentación de las mismas, de la mano de Disney, sea
mucho más amable que las tan criticadas producciones manga) como
que la guerra es la única forma de que el bien venza al mal, sin
importar que quienes empuñen las espadas y arcos sean sólo unos
niños; que la traición es fácilmente perdonable, con lo cual no
pasa nada por ser malos de vez en cuando (incluso seremos
recompensados con delicias turcas); y que el amor por los padres
(que en la prime-ra escena parece un valor incuestionable) es
fácilmente olvidable. Sin embargo, como película para adultos
(obviando esas semejan-zas anillosas que hemos ido detallando),
la puesta en escena es lenta y torpe, la Reina Blanca no
consigue inspirar temor alguno (la simple presencia de los niños
en Narnia basta para menguar su poder) y la batalla final (único
punto de interés de la película) es torpe y de escaso valor
dramático. Resulta ridículo que en un mun-do tan aparentemente
fantástico como es Narnia, los verdaderos protagonistas no sean
los faunos, los centauros o los minotauros (por nombrar algún
ejemplo), sino simples animales comunes (un león, castores,
lobos) que hablan y actúan como humanos, cual simple cinta de
dibujos animados de escasa imaginación. Además, Narnia se
presenta como un lugar tan exageradamente fantástico, un sitio
donde realmente puede pasar de todo, que el ansia de
des-cubrimientos inicial se diluye ante la falta de emoción, ya
que cuando incluso la muerte es reversible, ¿qué se puede temer?
Tan-to es así que a media película se pierde el interés por los
persona-jes, da igual lo que suceda o deje de suceder y lo único
que nos mantiene atentos a la pantalla es la curiosidad por ver
hasta dónde pueden llegar los millones gastados en efectos
especiales que, és-tos sí, están a la altura de lo esperado.
Tanto es así que ni siquiera se nos permite ver una simple gota
de sangre en una película que, en el fondo, narra una guerra
entre dos ejércitos (como si la falta de sangre la convirtiera
en algo positivo a ojos de un niño). Lo más de-cepcionante,
quizá, es que no toda la película es así. El arranque (sobre
todo el prólogo de Londres bombardeado) es prometedor y
dramático, y las primeras apariciones de los pequeños (sobre los
que destaca Georgie Henley con esos ojos hipnóticos) amenazan
con cautivarnos, ayudados por las estudiadas y bien
diferenciadas personalidades de cada uno de ellos –Peter encarna
el peso de la responsabilidad; Susan, la prudencia; Lucy es la
inocencia en es-tado puro; y Edmund la traición– que parece
augurar una tragedia que nunca llega. Pero a medida que pasan
los minutos, tanto la historia como las interpretaciones (quizá
por culpa de la completa difuminación de estas personalidades)
se diluyen hasta ser un sim-ple borrón, casi una sucesión de
bostezos en espera del ansiado fin. Una vez en el meollo, los
niños son totalmente simplones (Skandar Keynes está
infinitamente mejor como cobarde y mezqui-no que una vez
redimido) y los actores parecen estar de acampa-da, escapándose
incluso alguna sonrisilla en los momentos su-puestamente más
dramáticos. No todo es despreciable en la pelí-cula, por
supuesto, pues el dinero que ha costado bien tenía que ir a
parar a algún sitio. La fotografía es espectacular y los efectos
es-peciales sencillamente perfectos (incluso se habrían
asegurado el Oscar® cualquier año que no hubiesen tenido que
competir con "King
Kong"), pero eso es poco relleno para una historia
que sobre-pasa las dos horas y en la que aún estamos buscando al
héroe al que admirar (Aragorn, ¿dónde te hallas?), una dama a la
que ena-morar o un malvado al que derrotar. Carente de la
posibilidad de emocionar (ni siquiera el saber qué pasará ayuda
a mantener el in-terés, pues los resultados de la batalla se
pueden ver desde hace tiempo en las diversas imágenes
promocionales, lo que demuestra que ni siquiera productores o
distribuidores se han tomado en serio la película), "Las
crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario" sólo puede
agradar a espectadores cuyos niveles de exigencia se-an
realmente bajos. Demasiado poco para la parafernalia que rodea
la película y que tiene su punto culminante en la escena final,
en la que el profesor Kinke insinúa a Lucy (con otras palabras,
claro es-tá) que la secuela llegará en cuanto se confirmen los
esperados re-sultados en taquilla. Sólo nos queda el consuelo de
saber lo que se habrá reído Peter Jackson si ha podido colarse
en alguna sala de cine en medio de la promoción de su "King
Kong" y piense lo que habría sucedido si la obra de Tolkien
hubiese caído en manos de Andrew Adamson y Disney».
José Luis Santos
(Lista de Cine)
«Resulta complicado hacer
crítica sobre cine infantil. Enfocar las virtudes y defectos de
productos destinados a los locos bajitos tra-tando de abstraerse
de los razonamientos adultos, y compatibili-zarlo a la vez con
criterios cinematográficos, es un ejercicio de equilibrismo
cuando menos incómodo. Por eso, ante el estreno de “Las crónicas
de Narnia: El león, la bruja y el armario” no puedo de-cir
precisamente que el elaborar una crónica sobre ella se
equipara-ra en mis prioridades a lo de escribir un libro,
plantar un árbol y te-ner un hijo, pero dada la repercusión
publicitaria que está recibien-do se hace necesario hacer al
menos un par de matizaciones. Co-mo avales del producto se
presentaban dos fundamentales: el he-cho de tratarse de todo un
clásico de la literatura infantil y la pre-sencia al mando de la
nave de Andrew Adamson, director de las dos estupendas entregas
de Shrek. Sin embargo, ambos valores se ven lastrados por una
presencia, la de Disney, que lamentable-mente ha pasado de ser
sinónimo de fantasía y calidad a plasmar una evidente cuesta
abajo sin frenos (casi terminal tras su divorcio de Pixar, el
respirador artificial que mantenía un flujo de maravilloso aire
fresco a sus maltrechos pulmones) en la que ya sólo parece
garantizar la impronta de productos de muy limitada creatividad,
ca-da vez menos capaz de estimular la imaginación infantil más
allá de unas constantes ñoñas e incluso rancias. La cinta de
Adamson tiene un arranque prometedor, con su cuidada
ambientación en el Londres azotado por los bombardeos de la
Segunda Guerra Mun-dial, el exilio de los niños protagonistas a
la lúgubre mansión en el campo, y el descubrimiento de la
entrada a Narnia. No obstante, a medida que avanza aparecen
evidentes problemas que la van las-trando irremediablemente.
Resulta patente la ausencia casi absolu-ta de historia, que se
limita al enésimo enfrentamiento entre el bien y el mal de forma
tan deslavazada, pobre y esquemática que lleva a momentos tan
desopilantes como una surrealista y gratuita apari-ción de Santa
Claus convertido en una suerte de traficante de ar-mas. La
supuesta fantasía desbordante de la obra literaria (que no he
leído) se ve limitada en la película a un carrusel de
referencias y seres mitológicos sin orden ni concierto,
desigual, carente de emo-ción y que sólo transmite rutina, lejos
de las inspiraciones tolkiena-nas que se le atribuyen (no
digamos de la trilogía cinematográfica de Peter Jackson), y por
debajo de los fenómenos similares que parece querer emular
Disney en taquilla como Harry Potter o Lemo-ny Snicket. Por si
fuera poco, ni siquiera me convence su factura visual, que a
pesar de contar con el equipo de efectos especiales de “El
señor de los anillos” me transmite una sensación de
cartón piedra que, unida a todo lo anterior, me produce la
impresión de es-tar ante una miniserie de las que programan las
televisiones priva-das las tardes navideñas. Sólo algo positivo
puedo decir de “Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el
armario” para animar a su poco recomendable visión. Viene al
hilo de una sabia reflexión que el otro día me hacía el
compañero crítico respecto a la saga de Harry Potter: si estos
blockbusters con olor a caja registradora son capaces de
arrastrar a la lectura a algún que otro niño en la socie-dad de
la Playstation y los realitys, benditas sean. Entonces sí
que, desde luego, habrán merecido la pena».
Nieves Limón Serrano
(E-mail a la redacción)
«Ya es un hecho que las
adaptaciones de libros fantásticos se han constituido como clave
de una parte del cine de nuestros días, si bien tienen
precedentes en películas míticas (véase “La historia
interminable”), pero será en estos últimos años cuando los
anillos, los “Harry Potters” y demás personajes a medio camino
entre la realidad y la magia invadan las pantallas. Narnia es
eso, nada más que la adaptación de un libro fantástico el cual
escribió el irlandés C.S. Lewis y que precedió a la famosa obra
de su compañero y amigo Tolkien. El mundo que creaba y recreaba
Narnia tenía todos los ingredientes para que antes o después
algún director, auspicia-do por los millones de una gran
productora, lo llevase al cine: niños en principio normales que
tras la mediación de un objeto mágico llegan a un mundo
fantástico donde tienen que luchar contra el mal, para
restablecer el bien y regresar, sanos y salvos, a su realidad.
Traducir estas bases al universo Narnia es sencillo: cuatro
herma-nos salen de Londres huyendo de los bombardeos de la
Segunda Guerra Mundial y van a parar a la casa de un extraño
profesor don-de encuentran, en una de las muchas habitaciones,
un armario má-gico que les transporta a un mundo nuevo, Narnia.
Pero este reino está dominado desde hace cien años por la bruja
blanca, contra la que tendrán que luchar los cuatro niños y así
reestablecer la paz y la felicidad, devolviendo la luz al frío y
oscuro mundo. La historia en sí, aderezada con personajes
fantásticos, pruebas medievales, combates y demás no estaría mal
si hubiese golpeado primero, pero no lo ha hecho y el film ha
llegado tras la creación de verdade-ras sagas fantásticas que,
fruto del machacante marketing, han saturado en cierta medida la
capacidad de los espectadores de ver una y otra vez lo mismo.
Ciertamente nos encontramos ante una película mucho más infantil
que las que estamos acostumbrados a ver en este género y sería
injusto no recalcar esto, a pesar de que una vez más, y parece
que para contentar a todos sin contentar a nadie, Narnia incluye
personajes, luchas y efectos que no son (o no deberían ser)
precisamente del agrado de los niños pequeños, y es que en esta
película el negocio se hace hecho y su fastuosa productora, en
horas bajas a pesar de la alianza con Pixar, ha intentado
remontar con un film cuanto menos grandilocuente. Para ello
contrató a Andrew Adamson, director de “Shrek”
que conocía los códigos del género, y a la guionista Ann
Peacock, que ha adap-tado la obra fielmente. Ambos no han
conseguido mucho más que crear un largometraje de aventuras a
veces un poco aburrido, con malos diálogos, cargado de efectos
especiales que tampoco son tan buenos como los que Peter Jackson
y demás nos han acos-tumbrado a ver, y sobreactuado sin
profundizar en ninguno de los personajes. Al gran número de
animales parlantes se suman los cuatro hermanos, lo que impide
empatizar con ninguno de ellos, aunque será Georgie Henley
(interpretando a la pequeña Lucy Pe-vensie) la que más se
involucre en su papel, lo que por otra parte le hace ser la más
redicha, pedante y exagerada teniendo reacciones poco propias de
su edad. Igual de motivado estará el personaje de su hermana,
Susan (Anna Popplewell), a la que le toca encarnar la figura de
la ciencia, el aporte lógico que se desprenderá de esta la-cra
para dejarse llevar por los tiernos consejos de su sabia y
jugue-tona hermana Lucy. Peter (William Moseley) será el más
relajado y natural, aunque con algún ademán excesivo en su
interpretación del hermano mayor, la cabeza pensante, el héroe.
Y por último, en-contramos al hermano incomprendido y chivato,
Edmund (Skandar Keynes), el cual podría salvarse por adaptarse
más fielmente a las pasiones y movimientos propios de un niño de
su edad. En el lado opuesto tenemos a la Bruja Blanca (Tilda
Swinton), que encarnan-do a la cruel bruja sin sentimientos se
desenvuelve perfectamente y desde su fisonomía hasta los bien
confeccionados trajes que lleva en la película se aúnan para
darle el halo justo y necesario, demos-trando cómo una de
fantasía para niños no tiene por qué ser exa-gerada. Y es que en
“Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario” ni la
dirección artística es muy adecuada y nos encontra-mos con
vestuarios impropios (no los de la primera parte de la película
cuando los chicos pertenecen aún al mundo de la realidad) y
tomas que recuerdan demasiado a alguna batalla de “El Señor de
los Anillos” o a “Braveheart”. Por todo esto no logra Narnia
introdu-cirnos en su reino de armarios, brujas y leones y uno
sale con la sensación de que le han “colado” otra de moral
Disney en la que, además, las inverosímiles reglas del reino
son, a veces, conocidas a posteriori por el espectador que puede
encontrarse perdido o aburrido. Aunque, con un poco de voluntad,
se puede disfrutar de la ternura de algún personaje».
Imágenes de "Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el
armario" - Copyright © 2005 Walt Disney Pictures y Walden Media. Distribuida en España por Buena Vista
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