CRÍTICA
por
Miguel Laviña
Guallart
La visita del mal
Hace pocos
años, el director alemán afincado en Francia
Dominik Moll descubría en "Harry, un amigo que os quiere"
cómo bajo la apariencia más que corriente de un tipo cualquiera,
que Sergi López sabía conducir con mesura y una simpatía algo
ramplona, se escondía algo muy peligroso. En “Lemming” da una
vuelta a aquella comedia de tintes muy negros para sumergirse de
nuevo en las oscuras grietas que surgen bajo una existencia
aparentemente normal. Y lo hace tensando la cuerda de su acerado
análisis con un relato de atmósfera cada vez más enrarecida,
sometiendo a sus personajes a una especie de pesadilla que se
mueve entre lo real y lo onírico, entre lo efectivo y lo surgido
de las fabulaciones de la mente.
Dos
situaciones desagradables, pero en principio no excesivamente
relevantes, alteran la feliz rutina del joven matrimonio formado
por Alain y Bénédicte. Lo que se preveía como una cena de
compromiso con el nuevo jefe de él y su esposa, acaba con una
agria discusión entre los llegados, y deben asistir perplejos al
odio y desgaste que desprende la madura pareja. Esa misma noche,
Alain encuentra en el desagüe un pequeño roedor que resulta ser
un lemming, una especie originaria de Escandinavia, tendente, al
parecer, al suicidio masivo. A partir de ahí, se suceden una
serie de hechos inesperados, como si la visita hubiese sembrado
una semilla del mal, una diabólica tela de araña que involucra y
va alimentándose de los protagonistas, al mismo tiempo que
evidencia hasta qué punto la aparente seguridad de un acomodado
estamento social puede rápidamente desplomarse.
El
realizador consigue crear un clima de creciente inquietud, por
momentos de sordo miedo, empujando a sus personajes a una
espiral de estupor y violencia. Sabe imprimir el mismo
desasosiego a lugares luminosos, como las desiertas calles de
una urbanización o un idílico paraje perdido en las montañas,
con un lago que parece atraer siniestras miradas. En este
ambiente de turbios presagios, subrayado con la correcta
utilización de una música penetrante, inicia el descenso a la
perturbación de Alain. Las sorprendentes reacciones ante los
giros de la trama contrastan con unos diálogos que no pierden un
carácter marcadamente realista, que diseccionan con fría dureza
el conducir de los personajes.
La propuesta
más audaz es dar el mismo tratamiento formal a los dos niveles
en que se desarrolla lo narrado, el real y lo irreal, por lo que
al final es el espectador quien debe discernir dónde termina uno
y empieza el otro. Esto no hace más digerible la trama y exige
un esfuerzo extra: intentar ir descubriendo los hilos que su
esquinado argumento muestra en una u otra dirección. Equiparar
en el mismo lenguaje narrativo ambos niveles es una decisión
discutible, pero decisiva en cuanto a la complejidad de los
resultados. Sirve también para acentuar la sensación de
desconcierto de este personaje, Alain, atrapado en el perverso
juego de espejos que se establece entre sus dos protagonistas
femeninas.
El film se
asienta en varias lecturas de fondo, y obliga a entender parte
de sus elementos de forma simbólica. La aparición del lemming
como metáfora del sujeto extraño, ajeno a la cotidianidad, la
figura del intruso que llega dispuesto a alterar la normalidad.
El contraste entre ambos matrimonios es una amarga reflexión
sobre los estragos del paso del tiempo y su efecto destructor en
la pareja, mientras que otro de sus principales ataques se
dirige hacia la firmeza de la conciencia, evaluando hasta dónde
puede llegar una persona, en apariencia equilibrada, cuando ve
amenazado su bienestar.
La cinta es
una pieza a cuatro intérpretes que se aplican en matizar sus
caracteres. Comparten plano dos actrices cuya presencia
trasciende la pantalla para convertirse en modelos de su tiempo.
Charlotte Rampling, que
continúa en la nueva etapa de su carrera tras ser recuperada por
el director François Ozon, tiene una intervención breve pero
decisiva. Hiela la sangre con su hierático rostro, todo lo
contrario a la cantidad de sensaciones que trasmite la mirada de
Charlotte Gainsbourg. Por su
parte, junto a la madurez del efectivo
André Dussollier, se impone el trabajo de
Laurent Lucas, magnífico como
Alain, un papel que lleva el peso de lo narrado y que, con un
aspecto cada vez más desquiciado, sufre las situaciones en las
que el negro humor del director poco a poco le va hundiendo.
El cine
francés siempre ha sido proclive a cuestionar una burguesía
firmemente asentada, y durante décadas ha contado con la
sabiduría de Claude Chabrol como experto descubridor de sus
secretos. Dominik Moll sigue sus pasos y se constituye en uno de
sus posibles relevos, hurgando en las interioridades de esa
apariencia sólida y sus veladas corrientes del mal. Tanto en su
anterior trabajo como en éste, logra una atmósfera malsana y
deja unos sugestivos interrogantes. A la extrañeza que produce
lo visto añade con socarronería el alegre sonido de “Dream a
little dream of me”, canción cuyo título lleva a preguntarse,
una vez más, hasta qué punto lo visto pertenece al estado de los
sueños o de la realidad.
Calificación:
    
Imágenes
de "Lemming" - Copyright © 2005 Diaphana Films y
France 3 Cinéma. Distribuida en España por Vértigo Films. Fotos
por Philippe Quaise. Todos los derechos
reservados.
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