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Dirección y
guión: Lars von Trier.
Países: Dinamarca, Suecia, Reino Unido,
Francia, Alemania y Holanda.
Año:
2005.
Duración: 139 min.
Género:
Drama.
Interpretación: Bryce Dallas Howard
(Grace), Isaach De Bankolé (Timothy), Danny Glover (Wilhelm),
Willem Dafoe (Padre de Grace), Michäel Abiteboul (Thomas),
Lauren Bacall (Mam), Jean-Marc Barr (Sr. Robinson), Geoffrey
Bateman (Bertie), Virgile Bramly (Edward), Dona Croll (Venus),
Jeremy Davies (Niels), Udo Kier (Sr. Kirspe), Chloë Sevigny
(Philomena).
Producción: Vibeke Windeløv.
Fotografía: Anthony Dod Mantle.
Montaje: Molly Malene Stensgaard.
Dirección artística: Peter Grant.
Vestuario: Manon Rasmussen.
Estreno en Dinamarca: 3 Junio 2005.
Estreno en España: 10 Febrero 2006. |
CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Lección obligatoria de
democracia
En el pasado festival de Cannes –y también en la Seminci de los
50 años–, Lars von Trier
presentó su segunda película de la denominada “trilogía USA,
tierra de oportunidades”. Como siempre, llegaba dispuesto a no
dejar a nadie indiferente, a provo-car la polémica necesaria y a
poner en tela de juicio principios incuestio-nados en el
panorama mundial. Sin embargo, esta vez no ha dejado mu-cho
lugar a la sorpresa, al tratarse “Manderlay” de una continuación
stric-to sensu de “Dogville”,
tanto en su historia y estética, como en la contundente y mordaz
crítica hacia la política internacional de los Estados Unidos.
El fundador de Dog-ma 95 vuelve aquí a servirse de una Grace
ingenua y bienintencio-nada para arremeter contra un país al que
considera esclavista en su esencia: su intención es
desenmascarar las múltiples caras que ésta ha adoptado, unas
veces bajo las formas convencionales de las plantaciones de
algodón, y otras de manera más sofisticada con contratos y
formulaciones jurídicas vejatorias y segregacionis-tas.
Padre e hija han abandonado
Dogville para dirigirse al Sur, bien escoltados por la banda de
gánsteres que les protege. Una parada de trámite en una
plantación de Alabama se convierte en fonda per-manente para la
buena de Grace, que entonces se compadece de una mujer negra que
le suplica que interceda por un hombre al que van a azotar. El
esclavismo es una realidad en Manderlay –aunque haya sido
abolido hace 70 años–, pues está regido por la Ley de Mam, mujer
autoritaria que les mantiene bajo rígidas leyes opreso-ras. La
muerte de la señora Mam supondrá en la joven intrusa la
obligación moral de ayudar a los negros “huérfanos”, de
educarlos en la libertad y la democracia, ardua tarea para la
que unos y otros no parecen estar preparados: pronto la
necesidad de vivir con certe-zas y la tendencia humana al abuso
y el desmán exigirán el uso de la fuerza en una joven comunidad
que acabará anhelando los viejos tiempos de cautiverio.
A lo largo de más de dos horas, el director de “Bailar
en la oscuridad” ha-ce un repaso a los males y
deficien-cias de un régimen –la democracia– que en la práctica
muchas veces ha generado corrupción, estafas y chan-tajes;
intenta demostrar cómo el nú-mero de votos no es por sí mismo
ga-rantía de verdad –si no, que se lo pre-gunten a Grace–,
cuestiona las exce-lencias de una mentalidad donde la pena de
muerte se instaura a la pri-mera de cambio, o donde la
descon-fianza, el individualismo o la ociosidad se imponen con
facilidad. Pero la ma-yor carga de profundidad que lanza Von
Trier va dirigida contra la irresponsabilidad de quienes
“siembran vientos y luego se extrañan de recoger tempestades”:
así, sorprende la ingenuidad –aunque quizá no sea tanta, por lo
que la industria armamentística tenga que decir– de quienes una
y otra vez incuban elementos que poco después devienen en
problemas que han de sofocar. También arre-mete contra ese
espíritu de conquista americano que busca impo-ner sus propias
normas sin atender a las peculiaridades de cada pueblo, con sus
tradiciones, cultura o religión: en este sentido, re-sulta
políticamente oportuno su estreno teniendo en cuenta los
re-cientes acontecimientos de Irak.
Sin embargo, con todo lo que
de verdad haya en esas críticas, el tono de la cinta es
excesivamente beligerante y también parcial, con una postura
combativa que obvia los matices y que deriva ha-cia la
caricatura. Se podrá argumentar que se trata de una fábula
moral, y que el planteamiento responde a una parábola sobre la
realidad actual, pero aun así la falta de medida y respeto
contribuye a que pierda credibilidad y a que la causa
anti-americana resulte maniquea. Por eso y porque el espectador
puede haberse quedado un poco saturado de tanta política, parece
acertada la opción to-mada de retrasar el rodaje de
“Wasington”, la tercera parte.
En el aspecto cinematográfico, la película no se desvía un ápice
de “Dogville”: decorados abstractos y puesta en escena teatral
con un aire brechtiano que invita a la reflexión, juegos
de luces que generan espa-cios, división de la historia en
capítu-los con fuerte presencia del narrador –en ocasiones,
abusiva–, y una priori-dad concedida a unos personajes que
responden a arquetipos antropológi-cos. Las interpretaciones
resultan convincentes –Bryce Dallas
Howard sustituye a Nicole Kidman como Gra-ce–, aunque
quizá con menor fuerza que su antecedente, lo mismo que la
propia historia, menos fresca y más predecible al seguir un
esquema similar a aquélla.
Calificación:
    
Imágenes de "Manderlay" - Copyright © 2005 Zentropa
Entertainments8, Sigma Films, Memfis Film International, Ognon Pictures,
Pain Unlimited Filmproduktion e Isabella Films International. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos
reservados.
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