MÁS OPINIONES
José Luis Palacios Alonso
(Lista de
Cine)
«La verdad es que me estoy
convirtiendo en un incondicional fan de esta trilogía americana.
Si bien al principio impacta el no ver a Nicole Kidman, pronto
volvemos a ver a la inconfundible Grace intentando mejorar el
mundo. La luz se hace más tenue y tostada: nos encontramos en la
calurosa Alabama. La propuesta moral me sigue pareciendo
original: libertad, bondad, dominación, felicidad,... son
conceptos que se interrelacionan y no siempre como a las buenas
intenciones gustarían. Nuevas reflexiones sobre la psique humana
y la sociología. La realización, muy interesante: esa
construcción cíclica, esa división en episodios, ese humor negro
del locutor de voz en off, ese juego de luces, ese escenario
cada vez más minimalista, ese uso astuto del plano picado
altísimo... ¡me gusta!. Las imágenes de los créditos bien
fuertes y bien atrevidas (quizá en exceso). Si os gustó "Dogville",
debéis continuar la saga»
David Garrido Bazán
(Lista de
Cine)
«A estas alturas de la
película, algunos presumimos de tenerle cogido el truco a ese
brillantísimo prestidigitador y cachondo sin remedio llamado
Lars von Trier. El hombre que se sacó de la manga el Manifiesto
Dogma tras haber experimentado con multitud de formatos
narrativos –algunos aún recordamos "Europa" como una demoledora
experiencia– y golpearnos en la cabeza con la durísima
"Rompiendo las olas" para después abandonarlo sin miramientos
tras "Los idiotas" con el fin de subvertir las reglas del
musical en ese ejercicio de sadismo encubierto llamado "Bailar
en la oscuridad", ya nos tenía acostumbrados a que
podíamos esperar de él cualquier cosa cuando nos plantó a Nicole
Kidman y un buen puñado de excelentes actores en un escenario
pintado con tiza en "Dogville", construyendo una provocadora
fábula sobre el mal que podían llegar a desatar las simples
buenas intenciones de una buena samaritana cristiana que,
llegado el momento y en las condiciones propicias, podía echar
mano del vengativo Dios del Antiguo Testamento y dejarnos
estupefactos. Si a alguno le queda alguna duda sobre la
capacidad de hacer el mal de este perverso a la vez que
brillante cineasta, sólo tiene que echarle un vistazo a "Cinco
condiciones" y comprobar lo lejos que puede llegar en
ese sentido. "Manderlay" es la segunda parte de la trilogía
‘americana’ que el provocador cineasta danés ha construido
alrededor del idealista personaje de Grace, que en Dogville
tenía los rasgos de Nicole Kidman, aquí los de la joven Bryce
Dallas Howard –que, por cierto, está francamente bien en su
difícil cometido– y en la futura "Wasington" (así, sin h) aún no
sabemos. Es "Manderlay" una película inteligente y brutal que
trata temas tan dolorosos y polémicos en los E.E.U.U. como la
segregación racial, la esclavitud y el racismo, pero que también
le da un buen repasito a algunos conceptos como la democracia,
la libre elección y lo que el hombre es capaz de hacer con esa
libertad, que sin duda van a levantar numerosas ampollas no sólo
en la sociedad estadounidense, sino en cualquiera de las
acomodadas occidentales, tan orgullosas ellas de lo que han
conseguido a lo largo de las últimas décadas, olvidando que aún
queda mucho camino por recorrer. La acción de la película,
formalmente idéntica a "Dogville" –es decir, rodada en un único
y enorme espacio interior, con un decorado compuesto de unos
cuantos elementos sobrios y multitud de marcas en el suelo que
delimitan las distintas estancias de la plantación donde se
desarrolla la historia– arranca exactamente en el punto donde
dejábamos a Grace y a su padre, tras haber arrasado por completo
aquel pueblecito del interior de los E.E.U.U. salvajemente
purificado de sus pecados. Ahora se topan con una plantación en
Alabama, la Manderlay del título, en la que, pese a que hace ya
más de setenta años que la esclavitud fue abolida –estamos en
1933–, todo sigue igual que entonces, con una población
compuesta de varias decenas de negros y una vieja ama moribunda
(Lauren Bacall, en un breve papel distinto del que hizo en
"Dogville", claro) que los gobierna. Grace, llevada por su
inquebrantable espíritu idealista y bienintencionado, decide
emprender una nueva misión tras la muerte del ama: enseñar a
esos negros que no conocen otro mundo que el de Manderlay y
ahora de repente manumitidos a disfrutar de las ventajas que les
proporciona su nueva condición de hombres libres y dueños de su
destino. Es aquí donde entran en juego conceptos como la
democracia –la toma de decisiones de forma mayoritaria mediante
votación en asamblea: ¿quién asegura que la democracia es la
mejor forma de gobernarse?– la asunción de responsabilidades por
sus actos –la libre elección conlleva un inconveniente: nadie te
dice lo que debes hacer, así que has de ser lo suficientemente
inteligente como para hacerlo por ti mismo–, la forma en la que
se debe autogestionar la plantación para que sus nuevos dueños
puedan vivir de ella, etc. Las diversas fábulas morales de la
película tienen además una lectura política actual sumamente
inquietante, pues Grace no se queda sola en Manderlay, sino que
su padre le proporciona unos cuantos gangsters bien armados para
que ella tenga los recursos para llevar a cabo sus objetivos, y
aunque Grace no recurre a ellos salvo cuando es absolutamente
necesario –no cabe duda que el personaje ha evolucionado desde
"Dogville", aunque reincida en viejos errores: ya no se limita a
aceptar pasivamente lo que ocurre a su alrededor, sino que es
parte activa de lo que sucede, aun cuando no comprenda del todo
bien las implicaciones de sus actos–, no cabe duda que esa
situación hace pensar en la forma en la que Bush y sus muchachos
andan ahora por cierto país de Oriente Medio imponiendo por la
fuerza esos conceptos de libertad y democracia. Este es un
detalle que dista mucho de ser casual y menos conociendo cómo se
las gasta el amigo Lars. Volviendo a la trama de "Manderlay", lo
que sí queda bien patente en esta nueva propuesta del juguetón
realizador danés es que tiene una mala leche considerable. Su
película explora de nuevo a fondo, en un tono acaso aún más
cínico de lo que lo hacía en "Dogville", cómo las buenas
intenciones, el idealismo ciego desprovisto de un cierto
pragmatismo, pueden de nuevo acarrear desgracias sobre aquellos
a los que se pretende ayudar. No es apropiado hacer aquí, por
razones de espacio, un extenso análisis sobre los muchos temas
que toca "Manderlay" en esta magnífica película que, aun
lidiando con el inconveniente de que su propuesta formal ya nos
es conocida de "Dogville" y, por lo tanto, mucho menos
impactante –algo de lo que el propio realizador es consciente,
pues da por sabido que el espectador ya está más que
familiarizado con ella y no incide más de lo necesario sobre el
particular, lo que no significa que no le saque un considerable
partido– tiene la ventaja de ser en mi opinión una película
mucho más compacta que la primera, con un guión algo menos
disperso y que elabora un contundente discurso que, sobre todo
en su espléndida media hora final, que se sigue con los ojos
abiertos como platos, no dejará a nadie indiferente. Algunos
pueden argüir, no sin cierta razón, que Lars von Trier sigue
elaborando densos tratados filosóficos en lugar de películas,
pero a un servidor le apasiona la forma en la que el realizador
danés, sin concesiones, deja al descubierto muchas de las
vergüenzas ocultas o disimuladas en nuestra cómoda manera de
dejarnos llevar por una autocomplacencia nada recomendable. Su
cine provoca reflexiones tremendas y remueve las malas
conciencias de los espectadores, y a mí un cine que provoca
tales perturbaciones siempre me parece digno de admirarse. Hace
poco, a propósito de la reciente victoria de Hamás en las
elecciones libres en Palestina, leí un chiste brutal que
mostraba a un occidental muy enfadado que gritaba “¡Estúpidos!
¡No habéis entendido nada! ¿Qué coño os habéis creído que es la
democracia? ¡Tenéis que votar lo que nos gusta a nosotros, no lo
que os gusta a vosotros!”. Consideren por un momento todas las
implicaciones de esa idea básica que consiste en que por muy
estupendo o justo que nos parezca un determinado modo de vida,
es imposible imponérselo a sus destinatarios si no están por la
labor o no están preparados para asumirlo. "Manderlay" está de
plena actualidad. No hace falta volver a conmocionarse con las
imágenes que acompañan a Young Americans para darse cuenta de
ello: basta leer cualquier periódico»
Borja Sánchez Mayoral
(E-mail a
la redacción)
«Como era previsible, la
última creación del danés Lars von Trier es una película de gran
riqueza. La segunda parte de la trilogía "USA, tierra de
oportunidades" nos recrea un artificio próximo al de “Dogville”.
Desde el punto de vista formal, el pueblo situado en la
plantación de Manderlay es muy similar al espacio físico de su
antecesora, al combinar varios objetos representativos en un
escenario amplio (en este caso de suelo blanco en cuya
superficie hay unas rayas pintadas de negro y unos nombres que
marcan las calles, viviendas, pozo, jardín...). De esta manera
se vuelven a dar la mano elementos reales con otros más
imaginarios. Después de abandonar Dogville, Grace –aquí
interpretada por Bryce Dallas Howard en lugar de Nicole Kidman–
hace una parada en esta zona de Alabama con el séquito de su
padre, un poderoso gangster encarnado por Willem Dafoe. En
principio, Grace no tenía pensado quedarse, pero al ver la mala
situación en la que viven la mayoría de sus habitantes, decide
residir allí durante un período con el propósito de mejorar las
cosas. En parte de ese tiempo permanecerán con ella algunos
hombres de su padre. Una vez más, Von Trier nos regala un film
que supone otro lúcido estudio sobre la condición humana. En
esta ocasión, inspirándose parcialmente en el prefacio de la
novela “Historia de O” de Pauline Réage –escrito por Jean
Paulhan– y en la obra “American pictures” de Jacob Holdt, el
realizador danés afronta desde su particular punto de vista
temas dolorosos como la esclavitud, el racismo y la segregación
racial, que inevitablemente se relacionan con la libertad, la
coacción, la igualdad, la democracia y la justicia. El resultado
es un largometraje polémico y provocador, en el que abren
heridas que todavía no están completamente cerradas. El director
de “Rompiendo las olas” resume bien en un frase cómo se supone
que será su acogida por ciertos sectores estadounidenses: “Creo
que ésta será una de las escasas ocasiones en las que los
Panteras Negras y el Ku Klux Klan estén de acuerdo, odiarán la
película”. La visión que se tiene de aquella sociedad sureña de
los años 30 del siglo pasado es muy negativa, y el mensaje que
se lanza en relación a las posibilidades que tiene la población
negra para equipararse a la blanca es claro: el clima social
imperante pesa como una losa. Tampoco debemos olvidar la posible
relación entre la metáfora que representa la llegada de Grace
junto a unos hombres armados, y la actual ocupación
norteamericana de Irak que trata de establecer una democracia a
la fuerza, en la que posteriormente se observa que los
resultados no son los deseados. A la hora de analizar otros
aspectos de “Manderlay” conviene que se compare con “Dogville”,
ya que ambas tienen similitudes de diversa naturaleza, como
pueden ser el idealismo y la decisión de Grace (a pesar de que
al mismo tiempo siga siendo enérgica y frágil, ahora parece un
personaje más maduro y pragmático); y las consecuencias que a
veces traen las buenas intenciones y las dificultades existentes
para que se produzcan ciertos cambios. Por otro lado, la nueva
obra también se estructura en capítulos, posee una fluida
narración respaldada por la voz en off, tiene una soberbia
puesta en escena que incluye una simbólica iluminación, y goza
de un reparto numeroso con un gran trabajo de los actores –en la
plantación destacamos a Bryce Dallas Howard, Willem Dafoe, Danny
Glover e Isaach de Bankolé–. Además Lauren Bacall, Jeremie
Davies y Chloë Sevigny intervienen en papeles distintos a los de
“Dogville”. Debemos señalar que en relación a la primera entrega
de esta trilogía americana, “Manderlay” cuenta con un guión,
también obra de Von Trier, más intenso y un ritmo narrativo más
dinámico (también hay que tener presente que su duración es
inferior). La estética de la obra sigue siendo especial y se
desenvuelve entre unos cánones sobrios que incluye planos
filmados con steady-cam. Lars von Trier ha vuelto a realizar una
obra maestra madura e inteligente, que compartió en la última
edición de la Seminci el Premio 50 Aniversario con la
espeluznante y excelente “Caché
(Escondido)” de Michael Haneke. Esperemos que
“Wasington”, la encargada de cerrar esta trilogía, mantenga el
elevado nivel de calidad de las dos primeras entregas».
Imágenes de "Manderlay" - Copyright © 2005 Zentropa
Entertainments8, Sigma Films, Memfis Film International, Ognon Pictures,
Pain Unlimited Filmproduktion e Isabella Films International. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos
reservados.
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