CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
Gilliam entre el control ajeno y el
descontrol propio
No parece
gratuito que el regreso de Terry
Gilliam a la escena cinemato-gráfica venga de la mano
de una pe-lícula que tiene como ejes fundamen-tales
los temores más primitivos del ser humano y ese choque, siempre
doloroso, entre realidad y fantasía —dos temáticas que, a
decir verdad, salpican su filmografía, pero que aquí cobran un
significado mucho más in-tencionado y pleno—. Después de ver cómo uno de
sus sueños más am-biciosos y personales, la adaptación de
"El Quijote", se
convertía también en uno de los fracasos más calamito-sos de su
carrera —unas circunstancias que, dicho sea de paso,
se recogen en el
instructivo documental “Lost
in La Mancha”—, Gilliam necesitaba a toda costa
abrazar un nuevo proyecto que le ayudara a recuperarse
anímica y profesionalmente de aquella lasti-mosa experiencia,
aunque ello supusiera renunciar a una buena
parte de su independencia si a cambio obtenía resultados prácti-cos.
Se entiende, así,
que finalmente cediera ante las exigencias de la productora
y los caprichos de su reparto, conformándose, además, con
trabajar sobre el material ajeno de un guionista,
Eh-ren Kruger, cuyas
faenas
precedentes —“Scream
3” y sendas
en-tregas del remake estadounidense “The
ring”, por no
mencionar la más reciente "La
llave del mal"— no auspiciaban
grandes solucio-nes imaginativas compatibles con la
singular creatividad del direc-tor.
Como cabía
esperar, el producto de
este Gilliam ansioso y mania-tado —o quizás deberíamos
decir demediado— es un largometra-je
irregular dominado por la anarquía, en el
que
en todo mo-mento se hacen presentes los desacuerdos entre esas
dos vo-luntades enfrentadas; un híbrido bicéfalo
donde los destellos de in-genio
característicos del antiguo miembro
americano de los disuel-tos Monty Python quedan aprisionados
dentro de la impersonal ca-misa de fuerza impuesta por la
industria. En realidad, si no fuera por esos ramalazos
inconfundibles de su pintoresca personalidad que asoman de
manera puntual y aislada —el excéntrico sentido del
humor, los personajes grotescos, el imaginario medieval o esa
ambientación deliberadamente cutre que nos recuerda a sus
tiem-pos junto a la compañía inglesa o a sus primeros títulos en
solita-rio—, podría ser ésta una película
adjudicable a cualquier realizador por encargo de los que
pueblan el mercado, pues su presencia se
reconoce tímidamente en menos de un 50%.
Acorde con
los tiempos que corren, en los que la subversión de lo
estable-cido se consolida como socorrida vía de renovación,
la posible
originali-dad de “El secreto de los herma-nos Grimm” radica en la
forma en que pervierte el cuento clásico in-fantil, desmitificando sus
estrictas convenciones mediante el humor, co-mo sucedía, por
ejemplo, en “Shrek”,
para después conducirlo a su lado más atávico y oscuro, en clara
contra-posición con la perspectiva acarame-lada e ingenua a que
nos había acos-tumbrado la Disney. Se recupera de este
modo la nada inocente función que cumplían en su origen las
fábulas, como lección moral destinada a advertir a los más
jóvenes atemorizándolos a través de sus siniestras metáforas.
Caperucita Roja, Hansel y Gretel, la bruja de Blancanieves y
otros legendarios personajes abandonan la ficción y descienden
hasta la realidad más pedestre, rodeando a los
autores e integrándose en lo cotidia-no en forma de parodia, hasta
que finalmente se giran en su contra, tanto en el sentido más
figurado como en el literal, provocando que los
creadores deban enfrentarse a sus propias criaturas.
Es,
precisamente, por esta vocación de fábula envenenada por la que
la profesión de cuentistas cobra para Wilhelm y Jacob Grimm su
acepción menos honorable.
Los otrora respetados escritores
pa-ra niños son
aquí un par de granujas que, durante la ocupación na-poleónica de
Alemania, estafan a los incautos aldeanos aprove-chándose
de sus miedos. Su negocio consiste en hacerles creer que los
están librando de ficticios monstruos y brujas
que ellos mismos escenifican con el único
fin de sacarles el dinero. Nada tienen que ver estos dos
productos de la picaresca con las almas torturadas y delirantes
por las que Gilliam mostraba predilección, pero tampoco encajan
con el perfil de héroe abnegado que ordena la tradición: Will y
Jacob no resuelven conflictos, los generan, se mueven por
interés y dejan de hacerlo por cobardía. No obstante, aquí
termina toda tentativa
revolucionaria, porque esta aventura —trasunto,
como siempre sucede, de ese otro viaje
interior— les de-parará la oportunidad
de hacer propósito de enmienda, como
tam-poco faltarán esos dos hermanos de
caracteres opuestos —el uno petulante, astuto
y pragmático, y el segundo,
tímido, torpe e inge-nuamente romántico—
que sortean sus diferencias hasta la espera-ble
reconciliación.
Resulta
innegable que “El secreto de los hermanos Grimm” partía con un
enorme potencial rico en matices y lecturas. La fuente
inagotable de posi-bilidades que ofrecía el universo
desa-rrollado por los hermanos Grimm a
partir de la tradición oral le tendía la
mano a un director que ha dado so-bradas muestras de su
imaginación y habilidad plástica, puestas siempre al
servicio de una idiosincrasia capaz de descubrirnos
aspectos insospecha-dos de cada género a través de su particular
visión. Sin embargo, el guión de Kruger no ha
sabido or-ganizar todos estas referencias literarias y novedosas
pers-pectivas en una trama lo suficientemente
consistente que su-piera sacarles provecho
de acuerdo con
algún propósito firme y bien definido, y,
todavía menos, conjugarlos con un desarrollo diná-mico
y sugerente a la altura de los hallazgos visuales del director.
Lo que obtenemos es un archipiélago de buenas ideas rodeadas por
mediocres brazos de mar que deparan una travesía tan azarosa
como cansina debido a su naturaleza repetitiva —los
continuos asaltos a la torre— y a su
falta de concreción. Porque frente
a ins-tantes ciertamente inspirados, como
aquellas escenas que tienen como protagonista a un caballo,
la aparición de un muñeco de ba-rro o la introducción del lobo,
el resto es una mera sucesión de se-cuencias que, en su mayoría, se
sitúan entre lo anodino y lo desa-tinado —la peor borrachera
fingida de la Historia del cine la encon-trarán aquí—, ocasionando una
experiencia que, en el mejor de los casos, será recibida con
indiferencia, pero ante la que es difícil re-primir el bostezo
en muchos momentos.
También el equilibrio entre
los diferentes componentes se resiente de este tratamiento
rutinario y superficial. El relevo entre comedia, drama
y terror es tan precipitado y tosco que ninguno de ellos al-canza
el efecto que se perseguía, y termina despistando acerca de las
verdaderas intenciones de una película que parece querer
abar-carlo todo sin interesarse a fondo por nada ni tener
demasiado cla-ro adónde quiere llegar, mientras que el
obligado episodio románti-co sólo es un fútil agregado más.
Aun así,
la
mayor de las limitacio-nes viene dada por un reparto de-sacertado
cuyo nivel de desajuste interpretativo ofrece una idea bas-tante clara sobre el
escaso
control que ejercía Gilliam. Heath
Ledger y Matt Damon
son dos de esas es-trellas del Hollywood actual que de-tentan una
incomprensible populari-dad sin poseer el suficiente carisma
y amplitud actoral, pero
está claro que su protagonismo aseguraba al mismo tiempo el
respaldo financiero y la atención
del público. Si bien cada uno de ellos funciona en una gama de re-gistros
limitada, en esta ocasión se intercambiaron los
papeles, y el nada convincente resultado conduce a sus
arriesgados persona-jes al borde del desastre, y el conjunto de la película
pierde crédito y gana opacidad. La insípida rigidez de Damon
está reñida con la desenvoltura de Will, y su idea de un
temperamento dominante se traduce en agravar y elevar la voz como si fuera un oso cavernario, mientras que la sensibilidad y
prudencia de su hermano Jacob que-dan reducidas a manos de Ledger
a un sobreactuado titubeo y a una irritante torpeza de
movimientos. El elenco secundario
oscila entre la caricatura, esforzada pero a todas luces
imposible, de
Pe-ter Stormare y
Jonathan Pryce,
y la contención y entrega de
Le-na Heady,
que hace de su personaje uno de los mejor resueltos. Por último, la siempre exuberante
Monica Bellucci parece
renun-ciar cada vez más a sus
aspiraciones como actriz conformándose con ocupar la vacante de jarrón de lujo
cuando se la requiere.
Ese
mismo
desorden
y
oquedad se trasladan al diseño artístico y
a
los efectos
especiales.
Aunque los valores de
la producción son vistosos y sofisticados, transmiten una
desagradable sen-sación de artificio y descuido. Los complejos
decorados no logran desprenderse de su apariencia de
cartón-piedra, como ocurre con ese bosque protagonista que,
lejos de representar una amenaza real, es un inocuo entorno
físico. Y los recursos digitales están tan pobremente elaborados
que se aprecian falsos e inofen-sivos —caso del lobo, la figura
que surge del fango o el interior del caballo—. Una vez más, la
forzada combinación entre la concep-ción artesanal de Gilliam y
las pretensiones comerciales de la pelí-cula desembocan en una
falta de integración y credilidad. Pero to-davía llaman más la
atención ciertos saltos de continuidad en la edición que
corroboran esa desunión de pareceres, encontrándo-nos, por
ejemplo, con escenas que presentan un estilo cromático
determinado seguidas de otras revestidas por una factura
estética completamente distinta.
Por
desgracia, la realización de Gilliam, tan desmesurada y enfática
como viene siendo habitual, sólo contribuye esta vez a subrayar
los defectos de la producción y acentuar el his-trionismo de un
relato errático y arrítmico que alterna fases manía-cas y
depresivas. Y es que cuando el toque personal del cineasta no
está presente, se le echa de menos, pero cuando lo está, resul-ta
molestamente excesivo.
Cualquier aspirante a narrador debe-ría pasar al menos una vez
por la prueba de fuego que supone la fanta-sía, un género que
nace con la imagi-nación, cobra forma con los medios, pero que,
en última instancia, requiere concentración y una motivación
genui-na para respirar auténtica vida y con-tagiarle su energía al
receptor. La dife-rencia que separa transcribir de fabu-lar es la
misma distancia que existe entre tener alas y volar, o
entre estar de paso y echar raíces.
El
problema de "El secreto de los hermanos Grimm" es que no dispone
de tal in-grediente secreto. Es una película
desapasionada y contrariada, que cumple con rutinaria
corrección pero sin implicarse en lo que nos está contando, y
que, por tanto, es incapaz de pasarle el tes-tigo al espectador
y crecer en su mente. Su
bosque no da miedo, sus protagonistas no caen en gracia, y si
hubiera tenido enanos, le habrían crecido. Es ésta, en
definitiva, una historia con acción pero sin ritmo, con
contenidos pero sin substancia, que trata sentimientos sin
emoción y que, sobre todo, alberga fantasía sin desprender magia. El resultado de dos visiones opuestas,
ti-rando cada una hacia su lado, es siempre un muñeco roto. O,
di-cho en palabras del refrán, el uno
por el otro, la casa sin barrer. Obra menor
y poco
representativa del talento y la audacia del res-ponsable de
títulos como "Brazil", "12 monos" o "Miedo y asco en Las Vegas",
la olvidable "El secreto de los hermanos Grimm" al menos habrá servido para
que Alemania
aparezca en el cine como invadida en lugar de como la
tradicional invasora.
Calificación:
    
Imágenes de "El secreto de los hermanos Grimm" - Copyright © 2005 Dimension
Films, Metro-Goldwyn-Mayer Pictures, Daniel Bobker Productions y Mosaic Media Group.
Distribuida en España por DeAPlaneta. Todos los derechos
reservados.
Página
principal de "El secreto de los hermanos Grimm"
Añade esta película a tus favoritas
Opina sobre esta película en nuestra Lista de Cine
Suscríbete
a la Lista de Cine si todavía no eres miembro
Recomienda "El secreto de
los hermanos Grimm" a un amigo
|