CRÍTICA
por
Miguel Laviña Guallart
Viaje al principio del mundo
La nueva
incursión cinematográfica del calificado por algunos como el J.D.
Salinger del Cine retrocede hasta la llegada de los primeros
colonos in-gleses a las costas de América del Norte, una visión
necesariamente dis-tinta a otras aproximaciones sobre este tema,
teniendo en cuenta que nos encontramos ante el universo de un
creador desconcertante, libre e in-clasificable. Al igual que el
autor de “El guardián entre el centeno”, el di-rector
Terrence
Malick no se prodiga en los medios, es extraño a la
promo-ción y parece estar al margen de la industria. Tan sólo
cuatro películas en algo más de 30 años, con unos signos de
identidad muy concretos, muestran unas constan-tes en su forma
de entender el Cine como medio para crear fasci-nantes imágenes
e instrumento de reflexión sobre el sentido del in-dividuo ante
la realidad que le rodea.
Pese a su aparente distancia temática y temporal, esta personal
mirada al traumático encuentro entre dos civilizaciones, contado
a través del amor del capitán John Smith hacia una joven
princesa nativa, guarda numerosos puntos de contacto con sus
anteriores trabajos. Al igual que en su primer film “Malas
tierras”, la pareja protagonista vive una relación condicionada
por unas difíciles cir-cunstancias, elemento dramático que
también tenía presencia en el siguiente, “Días del cielo”. En
especial, la denuncia de la destruc-ción que supuso la
colonización de toda una forma de vida enlaza directamente con
“La delgada línea roja”, cinta que mostraba cómo las grandes
potencias desataban la barbarie de la Segunda Guerra Mundial en
el Pacífico, escenario en el que sus pobladores eran to-talmente
ajenos al conflicto. Al igual que el capitán Smith, en aquel
alegato antibelicista un soldado emprendía su propio viaje
emocio-nal alejándose del campo de batalla, e intentaba
comprender su im-plicación en la violencia frente a la serenidad
que el inmenso paraje desplegaba ante él.
Fiel a los elementos formales que han caracterizado su cine,
Malick realiza una aproximación a la historia profundamente
senso-rial. Lo primero y lo último que se percibe es el sonido de
la Naturaleza, la profunda comunión con el medio natural se
plasma en sus todas sus dimensiones y su presencia es uno de los
aspectos fundamentales a lo largo del metraje. Este retorno a la
pureza del sonido se acompaña por la partitura del compositor
James Hor-ner y distintas piezas clásicas. Si en “Días el cielo”
la luz del recordado di-rector de fotografía Néstor Almendros
envolvía aquellos campos de Medio Oeste americano, aquí el
preciosismo visual de Emmanuel Lubezki recorre con su mirada la
costa de Virginia componiendo hermosos planos pictóricos. La
cámara se desliza de forma des-mayada por entre unos personajes
que, en ocasiones, no son más que una parte integrante de esta
naturaleza que casi es posible lle-gar a oler y sentir a través
de ellos. Hasta cierto punto, se recrea en la belleza que
proporcionan estas localizaciones, con las que crea el marco
idóneo para lo que pretende transmitir.
Puede decirse que algunos de estos momentos serían la Poesía
plasmada en el Cine. Estas hipnóticas imágenes se acompañan por
unos deshilvanados monólogos interiores que nos guían por los
tortuosos y contradictorios sentimientos de los perso-najes. No
se trata de una voz en off, tan poco cinematográfica en algunas
ocasiones, como opción demasiado cómoda para sustituir lo que
debería plasmarse mediante otros recursos, sino de una
pro-fundísima reflexión que, de forma progresiva, deja en el aire
pensa-mientos desordenados y preguntas que acaban resultado
totalmen-te actuales, como la incomprensión, la duda o el anhelo
de huída y cambio.
Por ello, no son gratuitas las largas secuencias del tiempo que
el capitán Smith pasa entre los pobladores de aquellas tierras
conde-nados a desaparecer, y en especial, el inicio y desarrollo
de la his-toria de amor. Esos prolongados planos son necesarios
para poder comprender el proceso de asimilación que pudo
embargar al hom-bre que llegaba de la vieja Europa del XVII y se
encontraba ante ese mundo nuevo. Dejando a un lado su posible
poco rigor históri-co, lo narrado va variando de puntos de vista,
desde los nativos divi-sando la llegada de los colonos en la
espléndida secuencia del de-sembarco, el propio Smith, pasando
finalmente el testigo a la joven nativa.
Sin duda, se le pueden objetar a esta obra algunas licencias al
len-guaje fílmico, su arbitraria estruc-tura, sus continuos
cambios de rit-mo o su morosidad en los diálo-gos, pero todo ello
es directamen-te proporcional al extraño poder de seducción que
produce, e im-pone el aliento poético en detri-mento de la
narración. Tiene la audacia de alejarse de cualquier visión
convencional sobre las pri-meras expediciones, cuando aún hoy es
posible echarse a temblar recor-dando las versiones que se
perpetra-ron con motivo del Quinto Centenario. El prestigio de
Malick se ha-ce también evidente por el enorme interés de los
interpretes en tra-bajar con él, poniéndose esta vez a su
incondicional servicio el ir-landés Colin Farrell, que aborda su
personaje con fuerza y sobrie-dad, acompañado, entre otros, por
Christian Bale,
Christopher Plummer y todo un descubrimiento, la
joven Q´Orianka Kilcher.
Pese a su escasa producción fílmica hasta la fecha, con esta
nueva propuesta el cineasta vuelve a demostrar que todavía hay
muchos caminos hacia la introspección por recorrer. El Cine
puede continuamente reinventarse, abierto a todo tipo de
interpretaciones, y dar cabida a la Poesía o la Filosofía, y,
como impresión final, pa-rece que invita a pensar que el sentido
de la existencia es la propia vida, tanto natural como humana,
que pese a todo, nunca se detie-ne.
Calificación:
    
Imágenes
de "El nuevo mundo" - Copyright © 2005 New Line
Cinema, Sunflower Productions, First Foot Films, Sarah Green
Film y The Virginia Company. Distribuida en España por
TriPictures. Todos los derechos
reservados.
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