CRÍTICA
por
Leandro Marques
Un mundo de chocolates
Finalmente, cuando la enorme puerta de la fábrica de chocolates
se abre, no sólo ingresan los afortunados cinco niños ganadores
del sorteo para visitarla y sus respectivos acompañantes.
Tim Bur-ton ya se las ingenió
para conseguir que los espectadores esperen tan ansiosos como
los protagonistas por ingresar al mágico y mis-terioso mundo que
habita Willy Wonka, el excéntrico rey de los chocolates y dueño
del establecimiento. Cuando se abren las puer-tas, entonces,
surge frente a la vista de todos un lugar que sólo la mente del
escritor Roald Dahl fue
capaz de imaginar, y el talento del realizador de "Eduardo
Manostijeras" de convertir en imagen.
En el inicio de "Charlie y la fábrica de chocolate", la cámara
se posa so-bre la cruda realidad del pequeño Charlie Bucket, el
protagonista de la historia. Realidad cruda por pobre pe-ro no
por fría, porque amor de su fami-lia no le falta, sino todo lo
contrario. El niño vive en una muy humilde casa con sus padres
y todos sus abuelos, los cuatro juntos metidos en la misma cama
—por suerte, de dos plazas—. La pobreza es dura, se observa en
ca-da rincón, en la sopa de casi pura agua que forma parte del
único menú accesible, en la preocupación del papá de Charlie,
que por si fuera poco acaba de perder su empleo. A través de la
ventana pegada a su cama, Charlie encuentra paz y se permite
soñar, como todo ni-ño: a metros nomás posa la inmensa y
misteriosa fábrica de sus chocolates favoritos, cerrada al
ingreso de personas desde hace décadas, sólo abierta para los
camiones que entran y salen cotidia-namente recargados de
mercadería.
Para
sobrellevar la pobreza y engañar al estómago, Charlie se fas-cina
escuchando las historias sobre la fábrica, y sobre su dueño, que
cuenta uno de sus abuelos, quien había trabajado en ella hasta
que todos sus empleados fueron despedidos. Con esta primera
parte del relato, contada en tono de fábula, Burton va
cons-truyendo un clima cálido y envolvente al tiempo que, sin
de-cir demasiado, comienza a pintar un retrato místico de Willy
Wonka, interpretado por Johnny Depp.
El actor, en su cuarto tra-bajo junto a Burton (tras "Eduardo
Manostijeras", "Ed Wood" y "Sleepy
Hollow") ha compuesto una dupla similar, aunque
bastante más insinuante y enriquecedora, a la que también
comparten en estos tiempos Steven Spielberg y Tom Cruise.
Un buen
día, la ciudad amanece con cientos de carteles que anuncian que
un sorteo premiará con una visita para cinco niños y sus cinco
acompañantes adultos al lugar donde se producen los chocolates
más ricos del mundo. La pobreza de Charlie queda ab-sorbida por
su ilusión. Y así, poco a poco, la cruda realidad de la familia
ingresa en un gran paréntesis, al que Burton regresará
alter-nadamente, solamente como patrón de referencia. Con esa
intro-ducción, el realizador ya había aportado la información
necesaria para entender quién y cómo es Charlie. En este
sentido, la estruc-tura narrativa del film tiene rasgos similares
a la que utilizara tam-bién en "Big
fish": sostenida en un marco de realidad que sirve
co-mo excusa para acceder a un mundo de fantasía.
Cuando llega el momento en que por fin, con Charlie incluido,
las puertas de la fábrica se abren, no sólo los diez ganadores
del sorteo esperan an-siosos y boquiabiertos introducirse en el
edificio. Burton es genial inven-tando mundos, pero tan
importan-te como eso es que puede tam-bién ser genial preparando
el ca-mino de ingreso hacia esos mun-dos. Colores, ríos de
chocolates, bal-sas de dulces, árboles de caramelos, césped con
sabor a dulce. La fábrica es un sueño hecho realidad. Una nue-va
película comienza cuando, una vez que el impacto visual co-mienza
a agotarse, la mirada puede aflojarse y tomarse un descan-so.
Entonces quedan los niños, sus acompañantes, y el pálido y
extrovertido Willy Wonka, que los conduce y les va mostrando
los distintos sectores del lugar. Sutilmente, desde que los
invitados in-gresan a la fábrica, empieza a percibirse un quiebre
en el clima, un nuevo traspaso de dimensión que Burton dibuja
silenciosamente. De la realidad de Charlie y su familia al
universo de colores, dulces y fantasías de la fábrica. Y de
allí, hacia una atmósfera más tensa, donde se funden las
sensaciones de vacío, extrañeza y oscuridad.
El
corazón y la dulzura de Charlie contrasta con el del resto de
los niños, quienes entusiasmados porque Wonka prometió un pre-mio
especial para sólo uno de los cinco, se convierten en pequeños
representantes de los grandes defectos de la naturaleza humana
en general —la gula, el egoísmo— y de los niños de estos tiempos
en particular —fanáticos de los videojuegos, competitividad
desafo-rada inducida por los padres—. Tal vez el hecho de que
la com-posición de estos personajes responda a estereotipos muy
fuertes de la sociedad torne demasiado previsibles algunos
sucesos de la historia y quiten humor a algunos de sus pasa-jes.
La moraleja, el castigo a los niños malos y el premio a los de
buen corazón, inherente a casi todo relato infantil, también
forma parte de la trama. El precio a pagar por ello son algunos
baches en el ritmo de la narración, que de ninguna manera opacan
el clima de tensión, intriga e incomodidad que envuelven
permanentemente a las imágenes.
El director, al abrir las puertas de la fábrica, propone el
ingreso a un mun-do donde reina lo imprevisible, la inco-herencia,
la ironía. La mirada y la acti-tud de Wonka responden a ese lugar
en que las cosas nunca terminan de cerrarse y mucho menos de
aclarar-se. Sin embargo, en lo que es una de-cisión del guión que
puede discutirse, se elige justificar la manera de ser de Wonka,
adjudicarle una razón a su excéntrico comportamiento —cosa que
no sucede en el cuento de Dahl— quizás para poder darle un
giro más cerrado al desenlace de la historia. O, mejor dicho,
para tratar de cerrar algo que daba la sensación de que podía
quedar no cerrado. La ingenuidad y el corazón de Charlie tienen
el rol de, casi sin quererlo, ser el contraste de la
personali-dad de Wonka: iluminar lo oscuro, cuestionar lo
incoherente, darle sentido a su aparente sinsentido. Y el final,
entonces, es felicidad y armonía: el corazón de Charlie ayudó a
Wonka a reencontrarse con el suyo. Tratándose de un film de
Burton, seguramente la enseñanza de la historia no sea tan
importante como los dis-positivos creativos a los que el director
recurre para poder transitarla. Por eso, más allá del
final, quizás haya que recordar otro momento, que también es
sensación, aquel en que las puertas de la fábrica de chocolate
se abren. Y empieza la aventura.
Calificación:
    
Imágenes de "Charlie y la fábrica de chocolate" - Copyright ©
2005 Warner Bros. Pictures, Village Roadshow Pictures, Zanuck
Company y Plan B Entertainment. Distribuida en España por
Warner Sogefilms. Todos los derechos
reservados.
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