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Banda sonora de "El jardinero fiel" (Alberto Iglesias)
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Novela "El jardinero fiel" (John Le Carré)
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EL JARDINERO FIEL
(The constant gardener)


Dirección: Fernando Meirelles.
País:
Reino Unido.
Año: 2005.
Duración: 129 min.
Género: Drama, thriller.
Interpretación: Ralph Fiennes (Justin Quayle), Rachel Weisz (Tessa Quayle), Danny Huston (Sandy Woodrow), Bill Nighy (Sir Bernard Pellegrin), Pete Postlethwaite (Lorbeer), Bernard Otieno Oduor (Jomo), Donald Sumpter (Tim Donohue).
Guión: Jeffrey Caine; basado en la novela de John Le Carré.
Producción: Simon Channing Williams.
Música: Alberto Iglesias.
Fotografía:
César Charlone.
Montaje: Claire Simpson.
Diseño de producción: Mark Tildesley.
Vestuario: Odile Dicks-Mireaux.
Estreno en Reino Unido: 11 Nov. 2005.
Estreno en España: 4 Noviembre 2005.

CRÍTICA por Tònia Pallejà

Compromisos sociales con vocación comercial

  El nuevo y esperado trabajo del bra-sileño Fernando Meirelles el pri-mero que dirige en solitario y fuera de su país tras el rotundo éxito interna-cional de “Ciudad de Dios continúa la línea, ya apuntada entonces, de un cine capaz de combinar el entreteni-miento con el ejercicio artístico me-diante una apropiación personal de los códigos del género, sin descuidar, al mismo tiempo, un importante senti-do del compromiso con las injusticias sociales y políticas que dominan el mundo. Si la intensa "Ciudad de Dios" supuso una estimable revisitación ét-nico-juvenil del clásico cine de gánsters sobre la que planeaba una mirada crítica en torno a la lamentable situación a la que se han visto condenadas las favelas por los distintos gobiernos de Brasil, ahora Meirelles se sirve de una atípica historia de amor en clave de thriller para levantar una voluntariosa denuncia contra el poder fácti-co que ostentan las industrias farmacéuticas en nuestro sistema y las deplorables prácticas que llevan a cabo en el continente africa-no, aprovechándose de los más desfavorecidos con el consenti-miento de todas las autoridades implicadas. Y, aunque se trata de un tema de candente actualidad —revitalizado ahora con la amena-za de la gripe aviaria— que cada vez cuenta con más voces de pro-testa, éste es uno de los pocos largometrajes de ficción que se han atrevido a abordarlo, no sólo desde un planteamiento realista, sino dirigiendo una acusación apenas velada contra los principales responsables.

 

  Jeffrey Caine, guionista televisivo que hizo su aportación al uni-verso bondiano en “GoldenEye”, ha sido el encargado de adaptar una novela homónima del inglés John Le Carré inspirada en he-chos reales. Y si consideramos la suerte tan desigual que han co-rrido las numerosas traslaciones de este reputado autor multiventas a la gran pantalla (“El espía que surgió del frío”, “La chica del tam-bor”, “La Casa Rusia” o “El sastre de Panamá, entre otras), quizás nos encontramos delante de una de sus traducciones cinematográ-ficas más sólidas y cuidadas, conservando ese espíritu lúcido y subversivo que Le Carré ha ido ganando con el paso de los años. “El jardinero fiel” narra el viaje geográfico, sentimental y de investi-gación que emprende Justin Quayle (Ralph Fiennes), un honrado diplomático británico, en busca de la verdad, tras recibir la noticia de la muerte de su joven esposa Tessa (Rachel Weisz), una apa-sionada e incisiva activista fallecida en oscuras circunstancias en el norte de Kenia. De este modo, sus pesquisas le llevarán a desta-par, en paralelo, los entresijos de un escalofriante complot a gran escala que gira en torno a las multinacionales farmacéuticas, las miserias de la olvidada África, marcada por el hambre, la enferme-dad y el abuso, y las incógnitas alrededor de una mujer reservada y enigmática, de la que se enamoró sin conocerla demasiado bien y a pesar de tener temperamentos opuestos.

  Es bastante probable que en otras manos estos tres vértices del triángu-lo —el drama romántico, la intriga po-lítica y la reivindicación social— hu-biesen quedado reducidos a la enési-ma cinta de conspiraciones repleta de forzado suspense, torpes escenas de acción y huecas relaciones persona-les entre los protagonistas, con un di-luido y blando mensaje que tratara de justificar su caprichoso argumento. Pero lo que hace de "El jardinero fiel" una historia interesante que sobresale del genérico panorama actual es que, además de no perder nunca de vista la contundencia de su discurso, el interés de la trama política queda relegado a un segundo plano gracias a su de-tallado tratamiento dramático, logrando compensar la fuerza de la épica con una vertiente más melancólica e introspecti-va. En realidad, se han difundido tantos detalles de esta película antes de su estreno que cualquier posible misterio ha quedado dis-minuido hasta lo inexistente, y los sucesivos giros son tan previsi-bles que no podemos hablar con propiedad de un thriller que nos mantenga todo el rato a la expectativa. Por suerte, el guión nos propone a cambio una atractiva historia de amor post mortem que, contrariamente a lo que viene siendo habitual, se fortalece con la memoria y las revelaciones futuras, siendo la auténtica impulsora de la narración y convirtiéndose en el corazón del relato. Un relato que, además, al seguir con bastante acierto una estructura frag-mentada que regresa del presente al pasado a través de diversos flashbacks, nos permite acercarnos a las interioridades que han consolidado a esta peculiar pareja e ir conociendo, a la vez que lo hace el protagonista, los descubrimientos que acompañan su peri-plo "detectivesco", mera excusa para poder desplegar esa triste realidad social con la que el diplomático, hombre de despachos, sufre un encontronazo.

  En este sentido, “El jardinero fiel” tiene el mérito de haber logrado aquello que largometrajes como La intérprete” intentaron ser sin conseguirlo. Pero que nadie se lleve a engaño; a pesar de su apa-riencia deliberadamente independiente de cine de contenidos, el film de Meirelles arrastra una indiscutible vocación comercial. Y, si bien posee el valor añadido de incluir un necesario mensaje crítico, no se trata de su principal objetivo, ni mucho menos le impide caer a menudo en un abordaje superficial, intere-sado y complaciente, dispuesto, menos como una denuncia sentida que consentida, para un fácil consumo. A fin de cuen-tas, Meirelles no es ni Ken Loach, ni Mike Leigh, ni los hermanos Dardenne, y el paisaje de esa África exprimida por el Primer Mundo en esta suerte de neocolonialismo que pervive con la connivencia de todos, no deja de ser eso, un paisaje, que ofrece al espectador blanco la posibilidad de cumplir con su cuota anual de compromiso durante las dos horas que dura la película, sin hacerlo sentir dema-siado incómodo, y olvidar el asunto una vez abandona la sala. El guión no está exento de otros fallos, ya sea porque la visión mani-quea con que se presentan algunos personajes (caso de Sir Ber-nard Pellegrin o de la policía negra), los reduce a poco más que a villanos de feria o por lo desdibujado de ciertos secundarios, ya sea porque la forma en que se establece la relación entre la pareja protagonista resulta bastante precipitada, pero sobre todo porque al final —con la salvedad de esa especie de epílogo que cierra el cír-culo de manera tan lógica como desesperanzadora— la acción ter-mina imponiéndose al drama y a la denuncia, en ese episodio que nos traslada al paraje remoto donde el médico al que interpreta Pe-te Postlethwaite vive su particular proceso de expiación.

  Fiel a la estética dinámica y recru-decida con la que revistió “Ciudad de Dios”, Meirelles opta por un estilo vi-sual que mezcla el realismo desnudo del pseudo-documental, el esteticis-mo publicitario y una dirección de cor-te clásico generosa en panorámicas, cuya fotografía, obra de César Char-lone, alterna abundantes efectos de luz, de grano y de color casi impresio-nistas que se ajustan a los distintos tonos emotivos del relato. Así, mien-tras que los recuerdos románticos se ven inundados por una luminosidad blanca en contraste con el plomizo presente de los despachos donde se urden y ocultan planes, las estampas africanas oscilan entre un colorista optimismo, la sordi-dez en tonos pardos y tierra de la miseria y la corrupción, y una so-breexposición ocre que se avanza a la tragedia, insinuada, más que mostrada, con un pudor que, sin embargo, no oculta su ira. Un, en apariencia, brillante trabajo de dirección, oportunamente flexible y minuciosamente estudiado, que se emborracha con la insoporta-ble belleza de las localizaciones naturales y arranca impresión de vida de los paisajes humanos, pero que finalmente le acaba pasan-do factura. Y es que, aunque Meirelles conduce con pulso firme la narración a través de esta amalgama de texturas, contando con el excelente respaldo de una banda sonora que integra las composi-ciones del español Alberto Iglesias y los ritmos africanos de un puñado de preciosas canciones, en bastantes momentos las for-mas acaban devorando el fondo: no es sólo que el abuso de los movimientos de cámara se perfila como un recurso agotador, o que la factura estilizada imprima una distancia emocional no pretendi-da, sino, lo que es peor todavía, se incrementa la sensación de haber asistido a un desfile de postales demasiado convenien-tes, cuya sofisticada arquitectura no tiene mayor justificación que esconder la escasa profundidad de la propuesta.

  Afortunadamente, la película congrega un estupendo repar-to que otorga crédito y proximidad a la historia. Ralph Fiennes compone desde la contención a ese "jardinero fiel" del título, un hombre íntegro, más que estoico, apacible y con aplomo, que no exterioriza sus sentimientos pero del que percibimos la fuerza in-terior que lo mueve. Rachel Weisz es una talentosa actriz que me-recía la oportunidad de interpretar algo más que hermosas compar-sas románticas en cintas de mediocre categoría como "Constanti-ne" o "The mummy (La momia)", y aquí demuestra con gran natura-lidad, convicción y encanto sus dotes para resolver un personaje escurridizo, siendo quizás la mayor revelación del elenco. Por últi-mo, vale la pena señalar, asimismo, el efectivo trabajo que realizan Danny Huston y Bill Nighy, como amigo de la pareja y alto cargo respectivamente, quienes conservan la suficiente ambigüedad y fir-meza que requieren sus papeles.

  Resulta ciertamente difícil hacer una valoración global de una película tan compleja y engañosa como ésta, en la que se tiende a tomar la parte por el todo o a confundir el contenido del mensaje con la forma en que se transmite y el uso que de él se ha-ce. Como producto comercial, "El jar-dinero fiel" se sitúa por encima de otras incursiones en el género, gra-cias al inteligente equilibrio que sos-tienen sus componentes, a la calidad humana de sus interpretaciones y al válido discurso con el que juega, pero a pesar de que la realización es nota-ble, un estilo visual menos efusivo habría mejorado su definición y dado mayor calidez a las emociones. Francamente, en el plano de-nunciatorio me decepcionó, porque percibo que las desgracias que sacuden África han sido empleadas más como un superfluo gancho adicional o como pretexto para elevar la categoría del material que con una motivación genuina y audaz, capaz de llegar al fondo de la cuestión. Por ello, recomiendo como complemento otras dos cintas recientes, el impactante documental "La pesadilla de Darwin" y la estimable "Hotel Rwanda", que con mayor honestidad y arrojo, y sin necesidad de recurrir a tantas trampas y adornos, sí lograron poner el dedo en la llaga sobre el expolio y el abandono a que he-mos condenado, condenamos y seguiremos condenando a los paí-ses africanos para que las potencias de Occidente podamos conti-nuar viviendo bien. Porque lo peor que le sucede a "El jardinero fiel" es que, estando considerada por algunos como una de las pelícu-las más incisivas y conmovedoras de la temporada, nadie va a acordarse de ella al doblar la esquina, no digamos de aquí a que pase un año... si acaso no acaba siendo confundida con un instruc-tivo vídeo de horticultura.

Calificación:


Imágenes de "El jardinero fiel" - Copyright © 2005 Focus Features, UK Film Council, Potboiler Productions y Scion Films. Distribuida en España por UIP. Todos los derechos reservados.

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