CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
Compromisos sociales con
vocación comercial
El nuevo y esperado trabajo del bra-sileño
Fernando Meirelles —el
pri-mero que dirige en solitario y fuera de su país tras el
rotundo éxito interna-cional de “Ciudad
de Dios”— continúa la línea,
ya apuntada entonces, de un cine capaz de combinar el
entreteni-miento con el ejercicio artístico me-diante
una apropiación personal de los códigos del género, sin
descuidar, al mismo tiempo, un importante senti-do del compromiso
con las injusticias sociales
y políticas que dominan el mundo. Si la
intensa "Ciudad de Dios" supuso una estimable revisitación
ét-nico-juvenil del clásico cine de gánsters sobre la que
planeaba una mirada crítica en torno a la lamentable situación a
la que se han visto condenadas las favelas por los distintos
gobiernos de Brasil, ahora Meirelles se sirve de una atípica
historia de amor en clave de thriller para levantar una
voluntariosa denuncia contra el poder fácti-co que ostentan las industrias
farmacéuticas en nuestro sistema y las deplorables prácticas que
llevan a cabo en el continente africa-no, aprovechándose de los
más desfavorecidos con el consenti-miento de todas las
autoridades implicadas. Y, aunque se trata de un tema de
candente actualidad —revitalizado ahora con la amena-za de la
gripe aviaria— que cada vez cuenta con más voces de
pro-testa, éste es uno de los pocos largometrajes
de ficción que se han atrevido a abordarlo, no sólo desde un
planteamiento realista, sino dirigiendo una acusación apenas
velada contra los principales responsables.
Jeffrey Caine, guionista televisivo que hizo su aportación al uni-verso
bondiano en “GoldenEye”, ha sido el encargado de adaptar
una
novela homónima del inglés John Le
Carré inspirada en he-chos reales. Y si consideramos
la suerte
tan desigual
que han co-rrido las
numerosas
traslaciones de este reputado
autor multiventas a la gran pantalla (“El espía que surgió del
frío”, “La chica del tam-bor”, “La Casa Rusia” o “El
sastre de Panamá”,
entre otras),
quizás nos encontramos delante de una de sus traducciones
cinematográ-ficas más sólidas y cuidadas, conservando ese
espíritu lúcido y subversivo que Le Carré ha ido ganando con el
paso de los años.
“El jardinero fiel” narra el viaje geográfico, sentimental y de
investi-gación que emprende Justin Quayle (Ralph
Fiennes), un honrado diplomático británico, en busca
de la verdad, tras recibir la noticia de la muerte de su joven
esposa Tessa (Rachel Weisz),
una apa-sionada e incisiva activista fallecida en oscuras
circunstancias en el norte de Kenia. De este modo, sus pesquisas
le llevarán a desta-par,
en paralelo, los
entresijos de un escalofriante complot a gran escala
que gira en torno a las multinacionales farmacéuticas,
las miserias de
la olvidada
África,
marcada por el hambre, la enferme-dad y el abuso, y las
incógnitas alrededor de una mujer reservada y enigmática, de la
que se enamoró sin conocerla demasiado bien y a pesar de tener
temperamentos opuestos.
Es
bastante probable que en otras manos estos tres vértices del
triángu-lo —el
drama romántico,
la
intriga po-lítica
y la
reivindicación social—
hu-biesen quedado reducidos a la enési-ma cinta de conspiraciones
repleta de forzado
suspense,
torpes escenas de acción y huecas relaciones persona-les entre
los protagonistas, con un di-luido y blando mensaje que tratara
de justificar su caprichoso argumento. Pero lo que hace de "El
jardinero fiel" una
historia
interesante que sobresale del genérico panorama
actual
es
que, además
de
no
perder nunca de vista la contundencia
de
su
discurso, el interés de la
trama
política queda relegado a un segundo plano gracias a su
de-tallado tratamiento dramático, logrando compensar la fuerza de
la épica con
una
vertiente
más melancólica
e introspecti-va.
En realidad, se han
difundido
tantos detalles de
esta
película
antes de su estreno
que
cualquier posible
misterio ha quedado dis-minuido hasta lo inexistente, y los
sucesivos giros son tan previsi-bles
que
no podemos hablar con propiedad de un thriller que nos mantenga
todo el rato a la expectativa. Por suerte, el guión nos propone
a cambio
una atractiva historia
de amor
post
mortem
que,
contrariamente a lo que viene siendo habitual,
se fortalece con
la memoria y las revelaciones futuras,
siendo la auténtica impulsora
de la
narración
y convirtiéndose en el corazón del
relato.
Un
relato que, además, al seguir
con bastante acierto una estructura frag-mentada
que regresa del presente al pasado a través de diversos
flashbacks,
nos
permite
acercarnos a las interioridades que han consolidado a esta
peculiar pareja e ir conociendo, a la vez que lo hace el
protagonista, los descubrimientos que acompañan su peri-plo
"detectivesco", mera excusa para poder desplegar esa triste
realidad social con la que el diplomático, hombre de despachos,
sufre un encontronazo.
En este sentido,
“El jardinero fiel”
tiene el
mérito de haber logrado aquello que largometrajes como
“La
intérprete” intentaron
ser
sin
conseguirlo.
Pero que nadie se lleve a engaño; a pesar de su apa-riencia
deliberadamente independiente de cine de contenidos,
el film de Meirelles arrastra una indiscutible
vocación comercial. Y, si bien
posee el valor añadido de
incluir un necesario mensaje crítico,
no se trata de su principal objetivo, ni
mucho menos le impide caer a menudo en un
abordaje superficial, intere-sado
y complaciente, dispuesto,
menos como una denuncia sentida que consentida, para un
fácil consumo.
A fin de cuen-tas, Meirelles no
es ni Ken Loach, ni
Mike Leigh, ni los hermanos
Dardenne,
y el paisaje de esa África exprimida por el Primer Mundo en esta
suerte de neocolonialismo que pervive con la connivencia de
todos, no deja de ser eso, un paisaje, que ofrece al espectador
blanco la posibilidad de cumplir con su cuota anual de
compromiso durante las dos horas que dura la película, sin
hacerlo sentir dema-siado incómodo, y olvidar el asunto una vez
abandona la sala.
El guión
no está exento de otros fallos, ya sea porque la visión mani-quea
con que se presentan algunos personajes (caso de
Sir Ber-nard
Pellegrin o de la policía negra),
los reduce a poco más que a villanos de feria o por lo
desdibujado de ciertos secundarios, ya sea porque la forma en
que se establece la relación entre la pareja protagonista
resulta bastante precipitada, pero sobre todo porque al final
—con la salvedad de esa especie de epílogo que cierra el cír-culo
de manera tan lógica como desesperanzadora— la acción ter-mina
imponiéndose al drama y a la denuncia, en ese episodio que nos
traslada al paraje remoto donde el médico al que interpreta
Pe-te Postlethwaite
vive su particular proceso de
expiación.
Fiel
a la estética dinámica y recru-decida con la que revistió “Ciudad
de Dios”, Meirelles opta por un estilo vi-sual que mezcla el
realismo desnudo del pseudo-documental, el esteticis-mo
publicitario y una dirección de cor-te clásico generosa en
panorámicas,
cuya
fotografía, obra de
César Char-lone,
alterna
abundantes efectos de luz,
de grano
y de color casi impresio-nistas que se ajustan a los distintos
tonos emotivos del relato. Así, mien-tras que los recuerdos
románticos se ven inundados por una luminosidad blanca en
contraste con el plomizo presente de los despachos donde se
urden y ocultan planes, las estampas africanas oscilan entre un
colorista optimismo, la sordi-dez en tonos
pardos y
tierra de la miseria y la corrupción, y una so-breexposición ocre
que se avanza a la tragedia, insinuada, más que mostrada, con un
pudor que, sin embargo, no oculta su ira. Un, en apariencia,
brillante trabajo de dirección, oportunamente flexible y
minuciosamente estudiado, que se emborracha con la insoporta-ble
belleza de las localizaciones naturales y arranca impresión de
vida de los paisajes humanos, pero que finalmente le acaba
pasan-do factura. Y es que,
aunque
Meirelles conduce con pulso firme la narración a través de esta
amalgama de texturas,
contando con el excelente respaldo de una banda sonora que
integra las composi-ciones del español
Alberto Iglesias
y los ritmos africanos de un puñado de preciosas
canciones,
en bastantes momentos las for-mas acaban devorando el fondo:
no es sólo que el abuso de los movimientos de cámara se perfila
como un recurso agotador, o que la
factura estilizada imprima
una distancia emocional
no pretendi-da, sino,
lo
que es peor todavía,
se
incrementa la sensación de haber asistido
a
un
desfile de postales demasiado convenien-tes, cuya sofisticada
arquitectura no tiene mayor justificación que
esconder
la
escasa profundidad
de la
propuesta.
Afortunadamente, la película
congrega un estupendo repar-to que otorga crédito y proximidad a
la historia. Ralph Fiennes compone desde la contención a ese
"jardinero fiel" del título, un hombre íntegro, más que estoico,
apacible y con aplomo, que no exterioriza sus sentimientos pero
del que percibimos la fuerza in-terior que lo mueve. Rachel Weisz
es una talentosa actriz que me-recía la oportunidad de
interpretar algo más que hermosas compar-sas románticas en cintas
de mediocre categoría como "Constanti-ne" o "The
mummy (La momia)", y aquí
demuestra con gran natura-lidad, convicción y encanto sus dotes
para resolver un personaje escurridizo, siendo quizás la mayor
revelación del elenco. Por últi-mo, vale la pena señalar,
asimismo, el efectivo trabajo que realizan
Danny
Huston y Bill Nighy,
como amigo de la pareja y alto cargo respectivamente, quienes
conservan la suficiente ambigüedad y fir-meza que requieren sus
papeles.
Resulta
ciertamente difícil hacer una valoración global de una película tan
compleja y engañosa
como ésta, en la que se tiende a tomar
la parte por el todo o a confundir el contenido del mensaje
con la forma en que se transmite y el uso que de él se ha-ce. Como
producto comercial, "El jar-dinero fiel" se sitúa por encima de
otras incursiones en el género, gra-cias al inteligente
equilibrio que sos-tienen sus componentes, a la calidad humana de sus
interpretaciones y al válido discurso con el que juega, pero a
pesar de que la realización es nota-ble, un estilo visual menos
efusivo habría mejorado su definición y dado mayor calidez a las
emociones. Francamente, en el plano de-nunciatorio me decepcionó,
porque percibo que las desgracias que sacuden África han sido
empleadas más como un superfluo gancho adicional o como pretexto para elevar
la categoría del material que con una motivación genuina y
audaz, capaz
de llegar al fondo de la cuestión. Por ello, recomiendo como
complemento otras dos cintas recientes, el impactante
documental "La
pesadilla de Darwin" y la estimable "Hotel
Rwanda", que con mayor honestidad y arrojo, y sin
necesidad de recurrir a tantas trampas y adornos, sí lograron
poner el dedo en la llaga sobre el expolio y el abandono a que
he-mos condenado, condenamos y seguiremos condenando a los paí-ses
africanos para que las potencias de Occidente podamos conti-nuar
viviendo bien. Porque lo peor que le sucede a "El jardinero
fiel" es que, estando considerada por algunos como una de las pelícu-las más
incisivas y conmovedoras de la temporada, nadie va a acordarse de ella al doblar
la esquina, no digamos de aquí a que pase un año... si acaso no
acaba siendo confundida con un instruc-tivo vídeo de
horticultura.
Calificación:
    
Imágenes de "El jardinero fiel" - Copyright © 2005 Focus
Features, UK Film Council, Potboiler Productions y Scion Films. Distribuida en España
por UIP. Todos los derechos
reservados.
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