CRÍTICA
por
Julio Rodríguez Chico
Conciencia y libertad
Con la
misma factura realista de la reciente "Señora
Beba" (Jorge Gaggero) y retomando la temática de la
búsqueda de los orígenes de "El
abrazo partido" (Daniel Burman), el argentino
Eduardo Mig-nogna ("Sol de
otoño") da luz a una triste historia de reconciliación con el
pasado y reencuentro con la vida. De manera reposada y
contemplativa, con densos silencios y recuerdos reparadores, se
adentra en un mundo de culpas y remordimientos que pesan sobre
la conciencia de los protagonistas, y que es preciso aliviar
antes de despedirse de una existencia agónica.
Tras la
muerte de su hija en la Patagonia, el viejo Frank viaja rum-bo a
Buenos Aires para ver a su nieta Alina y saldar cuentas
pen-dientes con el pasado. Perdido en una urbe que le resulta
extraña y novedosa, sólo encuentra reproches y desaires en la
joven huérfa-na, una doctora de corazón endurecido con los años
al habérsele ocultado la identidad de su padre y que ahora vive
un romance con un hombre casado. Recuerdos desempolvados,
sentimientos es-condidos y revelaciones trascendentales para dos
seres que nece-sitan conocer y airear el pasado para alcanzar
así un alivio que les devuelva la vida.
El director de "Cleopatra"
nos ofrece otra road movie —o también un wes-tern— desde
el desierto austral, a partir de la soledad de un abuelo y de su
nieta: él lleva casi treinta años con un secreto que le asfixia
y que había jurado no desvelar; ella necesita res-puestas para
cuestiones existencia-les que le permitan construir su
identi-dad. Ambos sufren la “muerte en vida” de quien fuerza su
conciencia o repri-me sus sentimientos. Frente a la sen-cillez
del campo, la sabiduría de la tradición y el placer de la
compañía de un perro se alza la complejidad de la ciudad y la
sofisticación de la modernidad: polos contrapuestos encarnados
por dos personas llamadas a entenderse en su bús-queda de una
paz consigo mismas, y a superar la repulsa que los necesarios
silencios de antaño originaron.
El guión
dosifica escrupulosamente la información sobre las raíces de
Alina y las ambiguas relaciones con su madre y abuelo, y la
puesta en escena consigue dar veracidad al dra-ma contado. Pero
lo que sostiene la historia son las magnífi-cas interpretaciones
de Federico Luppi y
Antonella Costa: ca-da plano
deja ver su dolor silencioso y su cariño forzosamente
amortiguado, la necesidad de conocer, amar y perdonar, la
crudeza de una vida que se extingue y de otra que lucha por
abrirse camino; así, resulta conmovedora la declaración de Frank
ante el comisario de policía —en una magnífica escena llena de
sinceridad y candor que nos habla de conciencia y justicia—, y
cada una de las cartas que entrega a su nieta y que sirven de
giros del guión para hacer avanzar la historia y descubrir al
espectador aspectos del pasado. Como decíamos, la moderna
factura busca reflejar fielmente una realidad dramática, y
recurre a una fotografía de grano grueso que prescinde de la
profundidad de campo, a abundantes primeros pla-nos y a una
cámara móvil que sigue a los personajes por donde van.
La película supone la realización de un viejo y largo sueño
de su di-rector, y eso se nota en su cuidada terminación. Goza
de un tono poé-tico y humano, pero su enfoque es triste y un
tanto desolador. La me-táfora de una casa con desperfectos
materiales o de un delincuente herido que finalmente "reconoce"
a su her-mana sirven para ilustrar unas exis-tencias con grietas
que requieren una reparación desde la raíz. Realidades
interiores donde la libertad se impone a la fuerza del destino
—del viento— que sopla fuerte para que la historia se repita y
el fatalismo se imponga, pero que deja una rendija a una
rectificación que permita salvar la familia, que es lo que
importa, según afirma el viejo Frank.
Calificación:
    
Imágenes
de "El viento" - Copyright © 2005 Retratos y Tesela.
Distribuida en España por Alta Films. Todos los derechos
reservados.
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