MÁS OPINIONES
Zena
(Lista de Cine)
«Sin duda me alegro de haber
ido a ciegas a ver esta película que nos resultó entretenida,
que nos hizo pensar sobre el alma o la personalidad de los
clones, a la que le encontramos dos o tres incoherencias
argumentales, en la que descubrimos a dos clones que siempre
salen indemnes de forma nada creíble y un exceso, es verdad, de
fuegos artificiales».
Dani García
(Lista de Cine)
«Ni a mí, que me lo trago
todo en este tipo de películas, me ha logrado convencer Bay. Y
mirad que me lo pasé teta con "La Roca" y soy un fan, sí, de la
subnormalada de"Armageddon", pues recuerdo el día que la vi en
el cine, que disfruté como un enano, aunque claro, tenía 8 años
menos. Además de que el bombardeo de "Pearl
Harbor" me pareció ejemplar. Para mí "La isla" tiene
un fuerte problema: el tráiler de mierda. ¡Es que te explica
toda la santa película! [...]. Podría incluso haber sido un
refrito del Shyamalan si te ocultaran lo de que son clones hasta
el final, o, por ejemplo, si después te intrigaran con el motivo
de su clonación, usando esto como golpes de efecto, para así
mantener el interés. Pero no, hay que romper coches. Joder, los
podías romper igual sin desvelar nada y así al menos mantienes
el interés por ello. Pues va a ser que no, se nota que Spielberg
estaba preparando su versión del atentado en las olimpiadas de
Munich'72 y le dejó el sitio al chapucero de Bay».
Pablo del Moral
(Cinencanto)
«Aunque sea odiado por muchos
cinéfilos, es indudable que el director Michael Bay ha resultado
ser una importante influencia en el cine popular de la última
década. Quizás no haya sido una buena influencia, pero no se
puede negar que su estruendoso y rebuscado estilo se ha
convertido en el estándar del cine de acción contemporáneo.
Pero, a diferencia de otros directores que han tratado de
emularlo o parodiarlo (como McG y Rob Cohen), Bay se mantiene
firme en su tono de solemnidad. Incluso sus burdas comedias "Dos
policías rebeldes" y "Dos
policías rebeldes II", parecen serias, o al menos se
toman demasiado en serio, perdiendo así gran parte del atractivo
que podrían haber tenido como simple cine chatarra, libre de
pretensiones y orgullosas de su vacuidad. "Los
Ángeles de Charlie" y "xXx",
de los dos mencionados directores, lograron eso con muchos menos
recursos... y menos ínfulas. "La isla", el nuevo chasco de
Michael Bay, sigue puntillosamente la fórmula que ha seguido en
su carrera: abundantes y elaboradas escenas de acción,
personajes torpemente desarrollados y una seriedad que no
coincide con el ridículo libreto y que sólo subraya sus
múltiples fallas y tropiezos. La historia sigue a Lincoln (Ewan
McGregor) y Jordan (Scarlett Johansson), dos habitantes de una
futurista comunidad, donde cientos de personas viven con
bastante comodidad, pero bajo rígidas normas de conducta y
desarrollo. Entonces, accidentalmente, Lincoln se da cuenta del
terrible secreto detrás de su comunidad, y se fuga junto con
Jordan, no sólo para sobrevivir, sino para encontrar respuestas
y la razón de su existencia misma. Aunque los cortos de la
película ya se encargaron de divulgar el "secreto" de la
historia, no quiero repetirlo, en caso de que alguien vea esta
cinta sin influencia publicitara alguna. Tal vez sólo así la
experiencia ofrezca algún suspenso, pues de lo contrario sólo
nos quedará el torpe mensaje de derecho a la vida... rodeado de
vasta destrucción, explosiones y efectos especiales de dudoso
realismo, pero alta espectacularidad. El elenco, compuesto por
actores normalmente talentosos, realiza un trabajo mediocre, en
el que nadie destaca (tal vez con la excepción de Ewan
McGregor). Y quizás todos se limitan a decir sus líneas con
cierta convicción porque realmente no hace falta más. Los
personajes son genéricos héroes y villanos (y carne de cañón), y
las situaciones son tan genéricas y predecibles como las de
cualquier cinta de acción moderna. Posiblemente el final busca
alejarse un poco de lo convencional, pero es un débil esfuerzo,
que llega demasiado tarde para compensar más de dos horas de
tedio y cansadas fórmulas. Lo cual es una lástima, pues con los
amplios recursos invertidos en esta película se pudo haber
logrado algo más impactante, no en imágenes y "stunts", sino en
ideología. Pero supongo que ese es un derecho reservado al cine
independiente, y totalmente negado a las películas espectáculo
del verano. Técnicamente buena, pero intelectualmente vacía, "La
isla" encaja perfectamente bien en la filmografía de Michael
Bay. Para mí, eso sería un insulto, pero quien haya disfrutado
de sus películas previas (como "Armageddon" y "Pearl
Harbor") quizás encuentre igual entretenimiento,
espectacular pero intrascendente, y carente de humor. Casi me
apena decirlo, pero la humilde cinta "The clonus horror" contó
una historia muy similar allá por 1979, y aún con sus horribles
actuaciones e inepta dirección, transmitió mejor su mensaje que
"La isla". Y aunque no puedo recomendar ninguna de las dos, al
menos la de 1979 ha adquirido con el tiempo un nivel de humor
involuntario y nostálgico. Quizás lo mismo le ocurra a "La isla"
en veinte años. Recomendaría esperarse».
Betomovies
(Lista de Cine)
«Lo primero que se me viene a
la mente al recordar esta película es que es una suerte de
combinación de otros filmes, es como que Michael Bay explota las
ideas ya mostradas anteriormente y produce una nueva cinta.
Recordad "Matrix",
"El
6º día", "Minority
report", "Blade runner", "Yo,
robot", etc. Se puede decir entonces que si bien la
trama en sí y las circunstancias son originales, no por eso son
novedosas. Hay bien delimitadas en la película dos partes, la
primera es donde se presenta la historia, donde nos adentramos
en el mundo imaginario que Bay nos propone, y, la segunda, la
típica aventurilla de acción con gran despliegue técnico y
visual como nos tiene acostumbrado este director. La película me
entretuvo, y no es para menos con la cantidad de dinero gastado
para producir las secuencias de acción, pero es como que no me
dejó conforme con el planteamiento que se hace de fondo. El tema
de la clonación es algo delicado y Bay opta por tomarlo a la
ligera, o por lo menos no desarrollar mucho la temática desde el
aspecto reflexivo, sino como disparador para una película de
acción neta, donde el objetivo principal es la diversión sin
límites gracias a fórmulas ya utilizadas hasta el hartazgo. Una
película que no llega a convencer desde el planteo, pero sí que
es efectiva a la hora de entretenernos, claro que sabiendo que
hay un gran vacío discursivo que no puede ser llenado con
momentos de adrenalina. No es una película compleja en su
naturaleza, sino que la simplicidad domina y marca el camino
para obtener por resultado una cinta de persecuciones, de
manejos poco éticos, con la ineludible historia de amor y las
escenas de acción muy bien conseguidas. Como vemos, un filme
orientado hacia un público que disfruta de filmes sencillos y
eficaces, con un ritmo narrativo frenético que no da respiro.
Con situaciones pasatistas muy bien musicalizadas, movimientos
ampulosos de cámaras, mucho vértigo, anuncios publicitarios por
doquier, registros histriónicos limitados, recursos ya
utilizados por el mismo director en sus anteriores filmes (vale
recordar las persecuciones en "Dos policías rebeldes II"),
acción trepidante sin tregua, en definitiva...más de lo mismo.
En fin, el filme es una mera repetición de los otrora exitosos
tópicos de la gran industria del cine, sólo que ahora es como
que ya pasaron de moda y la gente exige un poco más. Cosa que
Michael Bay parece no entender».
David Garrido Bazán
(E-mail a la redacción)
«Reconozco que Michael Bay no
es santo de mi devoción. No, permítanme que me corrija: en
realidad no soporto a Michael Bay. De toda su filmografía apenas
puedo quedarme con momentos sueltos como el excelente comienzo
de "La Roca" o las virguerías técnicas de la reconstrucción del
bombardeo de "Pearl Harbor". Sin negar el hecho de que es un
realizador dotado para lo visual, lo cierto es que cada vez que
pienso en todo lo negativo que conlleva la palabra Hollywood en
la actualidad, son imágenes de su estruendosa "Armageddon" o la
insufrible "Dos policías rebeldes" las que me vienen con más
rapidez a la cabeza. Y es que Michael Bay, con sus montajes
vertiginosos de planos que apenas duran unas centésimas de
segundo –que la velocidad y el ritmo narrativo son dos cosas
distintas es algo que Bay aún no ha aprendido–, su gusto
desmedido por el subrayado al intercalar excelsas panorámicas
con primerísimos planos que la mayor parte de las veces no
vienen a cuento, su abuso de los efectos visuales hasta tal
punto que dejan de ser un medio para contar la historia, sino el
fin último de la propuesta y, por encima de todo, su
insoportable tendencia a filmar todos y cada uno de los planos
de la película como si fueran el más importante de la misma
(desoyendo así aquel buen consejo que un director le daba al
ávido productor interpretado por Kirk Douglas en "Cautivos del
mal" en el que le advertía sobre la estupidez que suponía llenar
el metraje de multitud de "momentos cumbre") es el responsable
directo, junto con su colega Jerry Bruckheimer, de un modo de
entender el cine comercial que ha hecho, en mi opinión, mucho
daño a la industria actual del entretenimiento. Instauró una
tendencia que aún perdura y en la que se han desequilibrado los
distintos elementos que conforman una propuesta fílmica: un
guión coherente, las tramas, los diálogos y hasta los mismos
personajes carecen de cierta importancia si tienes el suficiente
presupuesto para conseguir algunas estrellas que den la cara por
el filme e insertar en él como sea unas cuantas explosiones
espectaculares y alguna persecución frenética marca de la casa
que permita destrozar a base de bien unos cuantos vehículos y
multitud de mobiliario urbano. El caso es que "La isla"
prometía, a priori. Para empezar, Michael Bay ya no trabajaba a
las órdenes de Jerry Bruckheimer, sino que
DreamWorks y el mismísimo
Steven Spielberg estaban detrás del proyecto, algo que sin duda
debía notarse en el resultado final. Como protagonistas, dos
actores tan solventes como poco habituales del cine de acción,
Ewan McGregor y Scarlett Johansson, y por encima de todo, un
punto de partida de lo más sugerente que situaba el argumento en
un futuro no muy lejano en el que las posibilidades de la
clonación habían acabado produciendo una corporación que se
dedicaba básicamente a criar dobles de seres humanos para
asegurar, vía transplante de órganos que serían perfectamente
compatibles con el receptor, la prolongación de la vida de
aquellos que pudieran permitírselo. Sin duda que tan atractivo
gancho, propio de ese interesante componente de la
ciencia-ficción que hace reflexionar sobre los límites morales y
éticos del uso de una tecnología que parece relativamente cerca
de nuestro alcance hubiera funcionado incluso mucho mejor si
esta premisa se hubiera mantenido oculta al espectador, pero
dado que la propia promoción de la película se ha encargado
abundantemente de destripar ese extremo, uno debería entrar en
la sala habiéndose hecho un par de preguntas acerca de lo que
verdaderamente interesa vender a los responsables de este filme.
Y es ahí cuando uno empieza a darse cuenta de dónde se ha
metido. Porque, claro, si el espectador ha visto un sólo tráiler
de "La isla" (en caso contrario debe de ser una especie de
alienígena), sabe de antemano algo que los protagonistas Lincoln
y Jordan desconocen y durante más de tres cuartos de hora no le
queda otra opción que asistir impaciente a que la verdad les sea
revelada y empiece la fuga y cacería de los clones que se
rebelan ante su inevitable destino. Esto, que resulta un
evidente desatino, dice mucho acerca de las intenciones de los
responsables del filme. Y resulta mucho más triste cuando es
precisamente en ese primer tramo del metraje donde se encuentra
lo más salvable de la nueva propuesta de Michael Bay.
Aprovechándose de que tiene a un excelente diseñador de
producción llamado Nigel Phelps y de que no hace excesivos ascos
a plagiar de forma evidente a un buen puñado de películas de
temática futurista más o menos reciente tanto en cuestiones
puramente artísticas como argumentales –las referencias van
desde "THX 1138" de George Lucas a "Matrix", pasando por "La
fuga de Logan", "Blade runner" o "1984", por citar sólo unas
cuantas–, Bay fabrica un Mundo Feliz para sus criaturas que
hubiera hecho las delicias de Aldous Huxley, pero que por
desgracia no aporta ni un solo elemento original o mínimamente
innovador al espectador familiarizado con tales propuestas. Sin
embargo, la mezcla tiene cierta gracia, y mientras contemplamos
plácidamente las reglas de ese universo cerrado de ambiente
controlado (y obviamos piadosamente las incoherencias que
permiten, por ejemplo, que Lincoln se pasee por los niveles de
máxima seguridad del complejo para descubrir la verdad sin
apenas dificultad), lo cierto es que Bay consigue alguna que
otra imagen inquietante mientras revela poco a poco
perturbadores detalles sobre la enormidad de lo que está
sucediendo en ese complejo (el destino del personaje de Michael
Clarke Duncan o de la mujer embarazada, la sala de los clones en
gestación, el sitio donde se le implantan los recuerdos que
recuerda vagamente a "Coma" de Michael Crichton, etc.) En el
fondo, para nada pues la verdadera película aún no ha arrancado.
"La isla" se transforma demasiado pronto en un vulgar producto
más de la factoría Michael Bay. Desde el instante en que ambos
clones abandonan las instalaciones y se dirigen al mundo real,
perseguidos por un ejército privado que demuestra ser tan
incompetente como sea necesario para que nuestros héroes salgan
bien parados de cada obstáculo del camino y comiencen a aprender
a marchas forzadas lo duro que es el mundo real, la película
pierde progresivamente interés mientras van ganando terreno las
peleas, las explosiones, las persecuciones absurdas y los
efectos visuales. Parece casi como si Bay, una vez liberado de
las férreas cadenas que la premisa inicial del filme le obliga a
llevar, se complaciera en hacer su trabajo de la forma más
explosiva, estruendosa y vertiginosa posible, sin guardar el más
mínimo sentido de la medida. Ni siquiera aprovecha demasiado el
interesante juego argumental que podría haber dado el pasaje en
el que Lincoln se encuentra frente a frente con el ser humano
real que ha encargado su creación, limitándose a resolverlo como
una dificultad más que es casi una pausa entre tanto estrépito.
La química entre Scarlett Johansson y Ewan McGregor funciona,
sí, y ambos actores cumplen con la dignidad necesaria con sus
roles, que al fin y al cabo tienen más enjundia que el patético
villano que le toca hacer a Sean Bean, el mercenario profesional
que hace el cabreado Djimon Hounsou o ese Steve Buscemi
graciosillo que una vez más hace de Steve Buscemi graciosillo.
Pero no es en absoluto suficiente para sostener una propuesta
que se derrumba como un castillo de naipes según va avanzando su
metraje y los protagonistas van tomando decisiones cada vez más
extrañas, llevados por un incomprensible y suicida altruismo.
Habrá quien sea de la opinión de que "La isla" es un producto de
entretenimiento para pasar un par de horas con el cerebro
desconectado y que no hay que darle una mayor importancia, ni
buscarle demasiado las cosquillas en cuestiones de incoherencia
argumental o incluso falta absoluta de la más mínima lógica. Me
parece muy bien y está en su derecho. Pero un servidor se siente
en la obligación de decir una vez más que no le gusta que le
tomen por idiota, ni siquiera en películas comerciales y menos
aún en obras que pretenden, con esa superficial pátina futurista
que no sirve sino para disimular su verdadera condición, ser más
de lo que a la postre ofrecen. Quizás hay que rendirse y dejar
que ese niño grande que en el fondo sigue siendo Michael Bay
siga volando cosas por los aires con ese ánimo destrozón y
derrochador que siempre le caracteriza. Pero no deja de ser una
lástima que alguien que sin duda podría ser uno de los mejores
directores de cine de acción de la actualidad se conforme con
hacer películas como ésta en la que, aparte de comprobar que
sabe sacar buen partido de obras precedentes y de la fotogenia
brutal de la incandescente Scarlett Johansson, apenas queda nada
aprovechable».
Almudena Muñoz Pérez
(E-mail a la redacción)
«Los hijos díscolos son
aquellos que se esfuerzan por trazar un camino distinto al que
sus progenitores pretendían, con la buena intención que acompaña
a los deseos fuertes. Los protagonistas de "La isla", en
especial el personaje de Ewan McGregor, plantean esa inquietud
perentoria en cualquier hijo y ante cualquier padre; el dilema
de la vida que inevitablemente tiende a separarse de su origen
para sentirse única. Una disyuntiva que, en este caso, se agrava
mediante el tema de la clonación y su consecuente escollo a la
originalidad. Pero, como obstáculo mayor, se planta la figura de
Michael Bay, otro hijo medianamente díscolo que suelta por una
vez desde hace un tiempo la mano del enemigo público número uno
del cine, Jerry Bruckheimer. Y es un obstáculo porque, aun sin
el trazo de grosero comercialismo de dicho productor, la
clonación requiere de manos mucho más sabias que las del señor
Bay. Bien es cierto que ahora está admitida la frivolidad
respecto a cualquier asunto, del mismo modo que se admite la
opuesta formalidad, equilibrando la balanza de los públicos y
las taquillas, y en "La isla" estamos hablando, por descontado,
de una frivolidad que apenas hiere de tan ingenua. Con una
introducción de estética límpida y blanca, típica en estos
ambientes futuristas y ordenados, se esconde un mundo no muy
lejano de ética sucia. El debate sobre cuestiones morales tan
inalcanzables todavía para la ciencia y la expectativa humana
resulta superfluo existiendo lastres éticos aún sin resolver.
Quizá por ello, y por falta de ideas argumentales, el guionista
pasa muy por encima de esa alambrada espinosa, ahondando más en
la especialidad de Bay: la unión emocional entre personajes y
espectador. Lo consigue mediante la treta más manipuladora: dos
jóvenes, inocentes y engañados, que sólo piden lo que cualquier
persona posee y que se dedican a huir con miradas azules de
cordero degollado. Llama la atención, sin embargo, que se
insista en la idea de que estos clones son criados en un lugar
pacífico y soporífero, y que como resultado se obtengan
casi-humanos de mentalidad quinceañera. Estos quinceañeros, a la
menor, hacen gala del instinto criminal para salvar su propio
pellejo y levantan en su huida más vidas que las que el
espectador pueda contar. Sobrevivir, dice el personaje de
McGregor, es la clave, y ellos sobreviven a sus traumas a partir
de carreras. No es tan fácil romper con unos esquemas de
nacimiento y, mucho menos, creerse la teoría de que los
recuerdos e instintos del original perviven en la copia, enlaces
baratos de premisas y conclusiones. Otro cineasta más perspicaz
habría optado por explorar la vía oscura del hombre y de su
prolongación clónica: la verdadera supervivencia resultaría de
matar al patrocinador, al padre, y suplantar su puesto. La
muerte de Dios. Algo que no encaja ni con la débil psicología de
los protagonistas ni con la (débil) dirección de Bay. Así se
diluye una ingenuidad dentro y fuera del centro de clonación,
una idea de esperanza representada simbólicamente en la isla del
título, en el retiro que todo hombre busca en un lugar, una
ocupación o una persona. Esta candidez late no sólo en la
historia: se traspasa a la forma de rodar, de actuar y, por si
alguien desea completar el pack, de ver. Desde los primeros
contrastes visuales, entre el sueño de Lincoln (Ewan McGregor) y
los coletazos de una verdad que intuye, la película se luce de
una fotografía entre gélida y alternativa, esos vaivenes de
cámara, saltos de plano, resúmenes de acciones y movimientos a
ras de suelo que resultaran tan propios del cine menos
comercial, pero que, a fuerza de uso, se están convirtiendo en
la técnica más esnob posible. Como sus colegas de género, Bay
entiende los problemas futuros en color plata y añil, y añade el
toque personal del rojo-anaranjado-explosión. De ahí que sobre
algo, algo de pretenciosa reflexión que, por fortuna, cuaja
poco; o algo de escenas en lata con medios de transporte varios
que repiten más que un guiso de pueblo. Las mañas de Bay en la
cocina siguen sin ser extraordinarias y no debería meterse en
complejidades de nouvelle cuisine. "La isla" podría ser
el entrante de un cine más adulto, pero se queda en el plato
tardío de una comida sin apetito. Eso sí, un plato mucho más
ligero y digerible que otros comensales batacazos, con "Pearl
Harbor" y "Armageddon" a la cabeza. Para quien sólo desee un
rato entretenido y no le molesten los clones de ideas, bon
appétit. Yo, como dice Ewan McGregor, no quiero dietas sanas
y películas descafeinadas: quiero beicon».
Imágenes de "La isla" - Copyright © 2005 DreamWorks Pictures,
Warner Bros. Pictures y Parkes/MacDonald Productions.
Distribuida en España por Warner Sogefilms. Todos los derechos
reservados.
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