CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
Reconstrucción del mito zombie
George A. Romero restaura el
subgénero del cine de zombies con una película metafórica sobre
el sistema político actual y la diferen-ciación de clases
Cuando George A. Romero y
John A. Russo tomaron como referencia la obra de Richard
Matheson "Soy le-yenda" y la desconocidísima obra de culto de
Sidney Salkow y Ubaldo Ra-gona "The last man on Earth" para
elaborar el clásico "La noche de los muertos vivientes", no
sabían que además de desarrollar las fijaciones de las
generaciones posteriores del cine de terror, fundarían un
subgénero propio denominado, por lógica, 'cine de zombies'. Si
Romero reinventó con numerosos y contundentes matices a los
zombies modernos presentándo-los como bestias anónimas con sed
de carne humana en sus se-cuelas "Zombie" y "El día de los
muertos", persistiendo en ese ins-tinto natural que servía para
hostigar a unos protagonistas que, an-te la amenaza de la masa
maléfica, se transformaban en seres más egoístas y violentos
para mostrar, en último término, la total deshumanización, en
"La tierra de los muertos vivientes", el regreso de Romero a la
gran pantalla después de muchos años en la mi-santropía fílmica,
se continúa con la acertada soflama sociopolítica que poco o
nada ha cambiado desde finales de los 60 hasta el día de hoy,
concluyendo que la condición humana acaba por evidenciar lo que
para muchos sociólogos y filósofos es un hecho fehaciente: que
una sociedad en continua descomposición representa, en va-rios
sentidos, al hombre actual.
En su acertada
actualización, el maestro Romero ha dejado a un lado aquella
miscelánea que deambulaba entre el expresionismo, el
semidocumental y el cine discursivo de corrientes teleologistas,
sin olvidar un trasfondo social, para proyectar determinadas
situacio-nes de países actuales oprimidos por sus propias
restricciones, y por la práctica manipuladora de sus gobernantes
y la progresiva querencia por instaurar el miedo social. "La
tierra de los muertos vivientes" le sirve a su veterano
cineasta para plantear su sem-piterna epístola terrorífica sobre
zombies y humanos, acomo-dada esta vez en una aureola de serie B
de gran calidad, menestral pero con ambiciones, como si de
una obra de John Carpenter (cineasta con el que encuentra varios
puntos en común) se tratase, aportando con su genialidad
la lucidez de una historia que no necesita
de nuevas tecnologías para impactar en su mani-festación de
irónico ‘gore’ en su eficaz empeño
de acreditar que un subgénero tan
denostado como el ‘splatter’ sea el idóneo para ex-poner la
diferencia de clases y el envilecimiento de los líderes que
gobiernan el mundo.
Romero ataca sin tapujos al neolibe-ralismo y a los pretextos de
la admi-nistración Bush Jr. tras el 11-S, ur-diendo una
descarnada crítica al capi-talismo que impera en un mundo
occi-dental que ha vuelto, silenciosamente, a un soterrado
feudalismo que en el filme está aludido en una enorme for-taleza
llamada Fiddler's Green, donde sólo vive
la clase alta que menospre-cia a los pobres y teme a los muertos
vivientes que incorporan a ese Tercer Mundo que hoy en día no
importa a nadie. Un lujoso reducto donde un amo somete todo y a
todos, contro-lando con despotismo y sordidez una
precaria sociedad que acaba-rá asolada por sus propios miedos.
Aquellos que, paradójicamente, les devolverá la libertad y la
oportunidad de volver a crear una so-ciedad en igualdad con los
zombies. Y, en medio de ellos, unos
mercenarios que procuran sobrevivir entre dos mundos marcados
por la disparidad de bienes trabajando para que a los ricos no
les falte suministros, mientras los más desfavorecidos mueren de
ham-bre. Asesinos materialistas que, como sucedió con los
estadouni-denses, se vuelven contra aquellos que les
adiestraron en sus cen-surables tareas. Las alegorías, en este
sentido, no tienen desperdi-cio; soldados desmembrados que son
silenciados con el mutismo mediático, una ciclópea torre que en
su final es asolada por el ho-rror, ciudadanos huyendo presas
del pánico, aristocráticos capita-listas devorados por los
zombies con ferocidad. En definitiva, cadá-veres que son
ocultados a los ojos de una colectividad que se pre-tende
perfecta y sin problemas. Nada queda sin crítica en el ojo
sarcástico y nihilista de Romero.
Así, el indudable poder me-tafórico de "La tierra de los muertos
vivientes" no deja títere con cabeza.
Pero lo más interesante, dentro de toda esta autenticidad del
mundo actual, es que los zombies (a
los que se llama ‘podridos’), en
estado de putrefacción, desorientados y carentes de estímulos,
lejos de perpetrar una indolente conducta autómata,
además de se-guir devorando ávidamente carne humana, recobran
aquí su decen-cia, coordinándose como pueden, aprendiendo a
utilizar armas y buscando, finalmente, lo que todo ser humano:
un lugar donde po-der convivir en extraña y fétida sociedad
liderada por un negro ca-paz de ir progresando en su limitado
raciocinio.
No muy lejos de los propósitos del remake "Amanecer de los
muertos" de Zack Snyder, la mejor representa-ción de la idea
‘romeriana’ del género hasta el momento (para eso era un
superlativo sucedáneo de la mejor dramaturgia del maestro), "La
tierra de los muertos vivientes" encuentra sus mejores virtudes
en esa diversifi-cación ampliada en un mundo visto como
acrópolis habituada a vivir bajo la amenaza zombie. Tanto es
así que a lo largo de la cinta asistimos a todo un recital de
ridiculización de los no muertos (con los que se tira al
blan-co, sirven de modelos fotográficos, luchan con apuestas de
por me-dio e incluso aparecen varios cadáveres vivientes
disfrazados de pa-yasos), dejando claro que el humor negro
pasa a ser parte de este profundo análisis por parte de Romero
en la psique co-lectiva yanqui y, de paso, reconstruir su mito
del zombie.
Calificación:
    
Imágenes de "La tierra de los muertos vivientes" - Copyright © 2005 Universal
Pictures, Atmosphere Entertainment, Mark Canton-Bernie Goldmann
Productions y Romero-Grunwald Productions. Distribuida en España
por UIP. Todos los derechos
reservados.
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