OPINIÓN DEL PÚBLICO
Xavier Carrillo
(Reseñas de un Butaquero)
«George A. Romero para los
fans del género no necesita presen-tación y para ellos ha vuelto
a las pantallas de cine. Vaya por de-lante que para disfrutar de
esta película has de sentirte atraído por estos cadáveres
andantes, sedientos de carne viva. George no se olvida de la
esencia de sus protagonistas y premia a sus seguido-res con el
indispensable mordisco transformador, los primeros pla-nos de
las orgías de sangre, desgarros, particiones de "comida" y
explosiones de cráneos. Los "podridos" muestran ligeros síntomas
de raciocinio e intentan avanzar y entrar en la "zona segura",
donde los humanos supervivientes han creado una estructura
social espe-jo de la actual (el mordisco de George ha sido
incluir a los "podri-dos" en el reflejo del espejo). Los fans
encontrarán todo lo que es-peran encontrar y George ha dado un
paso adelante en la "evolu-ción" de sus criaturas y esto hace
que la película no aburra siendo una más del genero. Recomiendo
"Amanecer
de los muertos" y "Zombies
party"».
Sonia Puerto
(Lista de Cine)
«Es muy divertida. No da
miedo para nada, eso sí, pero entretie-ne. Os voy a contar una
cosa repugnante de la que me acabo de acordar. En la sesión
anterior a la que nosotros entramos alguien había vomitado
(supongo que se le revolvieron los higadillos porque la película
es un poquito explícita cuando los muertos se alimen-tan) y
tuvimos que soportar el olor a vómito durante bastante rato...
digo yo que a lo mejor lo hiceron para ambientar. En definitiva,
que se te pasa el rato divertido entre muertos y vivos. Muertos
muy feos y un vivo que me tiene loca de lo guapetón que es el
muchacho, Si-mon Baker. Para mi gusto, la Asia Argento sobra.
Pero no sólo su interpretación, también su personaje. Una pena
que "Manolete" no tenga más diálogo el hombre, porque es de lo
más gracioso. Por cierto, una duda que tengo: ¿por qué no hay
muertos vivientes an-cianos? Casi todos eran muy jovencitos».
José Luis Santos
(Lista de Cine)
«Seguramente, cuando en 1968
George A. Romero empezó a ro-dar con un más que modesto
presupuesto de cien mil dólares y en blanco y negro una historia
sobre muertos que se levantaban de sus tumbas para comerse a
unos vivos tan histéricos como mez-quinos y egoístas, ni se le
pasaba remotamente por la cabeza la posibilidad de que “La noche
de los muertos vivientes” se convirtiera en uno de los grandes
clásicos de culto del terror de serie B, y un icono para quienes
creen que entre higadillos y chorros de sangre bien cabe un
poquito de ironía social y mala leche. Así, Romero re-pitió la
experiencia en los 70 con “Zombi” y en los 80 con “El día de los
muertos”, y ahora, tras veinte años de silencio, vuelve a rodar
porque dice que tiene cosas que contar sobre la sociedad actual,
cómo no, en clave de historia de zombis. Eso queda claro desde
el primer minuto de metraje de “La tierra de los muertos
vivientes”, cu-yo planteamiento basa Romero en una
representación de la socie-dad actual proyectada en un futuro
apocalíptico casi feudal, en el que la humanidad vive en
ciudades-fortaleza, dividida entre los que mandan (es decir, los
que trincan y los únicos que verdaderamente viven, eso sí,
aplicando la táctica del avestruz para ignorar todos los
problemas y amenazas e ir únicamente a lo suyo), los que
obe-decen (llámese los curritos que hacen el trabajo sucio y se
limitan a sobrevivir) y la amenaza exterior, los zombis (puede
usted con toda confianza, como Romero, compararlos con
terroristas y tendrá el cuadro completo). Además, por si algún
cabo de lo que se pre-tende “sugerir” no queda lo
suficientemente sujeto para alguien, sal-pica el guión de
sentencias y giros que apuntalan todo su discurso, en unos casos
con ingenio e ironía pero en otros con una falta de tino que
desluce el resultado. Y es que ése es el primer gran pro-blema
del filme, el que una idea interesante, con muy buenas
inten-ciones y notables posibilidades se queda a mitad de camino
por-que la forma de ponerla en práctica es en exceso
esquemática, in-cluso ramplona, de forma que la simpleza de sus
planteamientos la priva de la garra suficiente para evitar que
lo que ideológicamente hablando podía haber sido un buen rugido
se quede en poco más que un maullido. Así, no se consigue
superar la sensación de serie B con pretensiones que a pesar de
algunas cosas buenas eviden-tes no acaba de trascender como lo
hiciera con su obra cumbre, ya que a pesar de disponer de más
presupuesto le falta su frescura, y sobre todo algo de sutileza.
Nadie que quiera declararse romántica-mente a su pareja lo hace
con un megáfono en un McDonalds (bue-no, tal vez lleguemos a
verlo en alguna de las insufribles películas de los Farrelly,
pero créanme, eso no vale como ejemplo), y si bien como es
lógico no vamos a pedir a estas alturas que Romero ruede una de
zombis con la delicadeza de “Deseando amar”, el hecho de que
hubiera hilado un poco más fino hubiera facilitado,
paradójica-mente, que su mensaje hubiera llegado más y calado a
una mayor profundidad. Todo esto se ve agravado por un segundo
problema que termina de rematar el efecto: el exceso de
casquería y hemo-globina, ni siquiera justificable desde el
punto de vista pretendida-mente gamberro que está presente
durante toda la proyección. Puedo entender el deleite de Romero
contemplando cómo los zom-bis se zampan las vísceras de unos
corruptos mandamases que los rumores apuntan (y el visionado de
la película confirma sin lugar a dudas) a que se inspiran en
George Bush y sus compinches, pro-bablemente servidor filmaría
con idéntico deleite la misma escena, o por ejemplo cómo dichos
zombis se hacen un sorbete de pán-creas con los concursantes de
Gran Hermano y toda la troupe de prensa rosa, con Lidia Lozano a
la cabeza (hueca pues). Pero eso no quita para que tenga
presente que está rodando una película que debe tener un cierto
interés, lo cual no parece muy compatible con el hecho de que
uno, al tercer muslo arrancado de cuajo a mor-discos, la sexta
cabeza reventada a hachazos y el octavo intestino arrastrado por
el boulevard, pase olímpicamente de lo que quiera que vaya a
ocurrir ante sus ojos. Tal vez Romero debería haber aprendido un
poco de dos readaptaciones del género recientes que han
conseguido actualizarlo con más éxito a los parámetros
actua-les, tanto en los aspectos visuales como narrativos: la
interesante (salvo en su decepcionante final) “28
días después” de Danny Boy-le, que aplicaba con
sabiduría aquel viejo principio cinéfilo de que estimula más la
mente humana lo que se sugiere que lo que se muestra en su
totalidad, y la divertida “Amanecer de los muertos” de Zack
Snyder, que haciendo un remake de uno de los citados filmes del
propio Romero aprovechaba y retorcía los cánones de la serie B
(con influencias de otra de las leyendas del género, John
Carpenter) para con un mayor comedimiento culminar un producto
más atrayente y no exento de ironía social. Puede que lo haga
para próximas aventuras de sus zombis... si decide volver a
desempol-varlos dentro de otros veinte años, o incluso antes.
Razones para pasearlos por ahí no le faltan... ni le faltarán».
David Medina
(E-mail a la redacción)
«Se podría decir que dentro
del género de terror existe el subgé-nero concreto de los
zombis, muertos devueltos a la vida sin que apenas importe la
causa con un improbable pero insaciable apetito de carne humana
pese a que sus estómagos carezcan de la virtud de digerir. Y el
culpable, por no decir el creador de ello, no es otro que George
A. Romero, autor de la magistral (y todavía no supera-da) "La
noche de los muertos vivientes" (1968). Desde entonces, ha
habido burdas imitaciones ("Nueva York bajo el terror de los
zom-bies", 1979; "28 días después", 2002), parodias banales ("La
diver-tida noche de los muertos vivientes", 1987), remakes ("La
noche de los muertos vivientes", 1990; "Amanecer de los
muertos", 2004) e incluso videojuegos con sus correspondientes
adaptaciones cine-matográficas de mayor ("Resident
evil", 2002) o menor acierto ("House
of the dead", 2003). Sin embargo, sólo el propio
Romero ha sabido mantenerse fiel al estilo que él mismo creó
gracias a las secuelas de su obra magna, en las que poco a poco
ha ido descri-biendo ese mundo terrorífico y desesperanzador en
el que se ha convertido nuestro planeta. "La tierra de los
muertos vivientes" es la cuarta película de la saga y en ella
los muertos son más aterrado-res que nunca por la simple razón
de que se muestran cada vez más humanos. Tal y como ya se
apuntaba en "Zombi" (1978) y se reafirmaba en "El día de los
muertos" (1985), los muertos vivientes pueden recordar detalles
de cuando estaban vivos, siendo capaces, incluso, de volver a
tener sentimientos, tales como dolor, rencor o incluso
compasión, sentimientos que –no por casualidad– empie-zan a
menguar entre los humanos supervivientes. La base argu-mental no
aparenta ser nada del otro mundo (zombies por doquier
organizándose y aprovechándose de sus recuerdos para ser más
mortales, sustos a mansalva y mucha sangre), pero a medida que
avanza la película se descubre que hay más de lo que parece a
simple vista. Por eso, uno de los pilares claves en el cine de
Rome-ro, el desmesurado abuso de escenas sádicas, completamente
go-res, que sin duda hará las delicias de sus más fieles
seguidores, se convierte aquí en una pesada losa, pues tanta
hemoglobina con-dena a la película a ser un producto de serie B
pese a su gran pre-supuesto cuando merecería aspirar a mucho
más. Y es que ahora los zombies, supuestos malos de la historia,
no lo son tanto. Por-que acaso, ¿no son también victimas de lo
ocurrido? ¿Les dejaron la libertad de elegir lo que querían ser?
La lucha inicial por la super-vivencia pronto se desvela como
una cruel matanza indiscriminada, en ocasiones por pura
diversión. Los zombies son considerados una raza
subdesarrollada, a los que se tortura y humilla en una so-ciedad
en la que las clases sociales están exageradamente
dife-renciadas y en la que el poder absoluto reside en un solo
hombre, cual si fuese el presidente del país más poderoso del
mundo (en un momento dado recita la frase: “yo no negocio con
terroristas” en clara alusión a la política del gobierno
americano). La escena en que los zombies cruzan el río (frontera
entre su territorio y el de los humanos) guiados por su
particular versión de líder revolucionario parece una metáfora
con los inmigrantes ilegales que arriesgan sus vidas por cruzar
el río Bravo en busca del sueño americano, un sueño representado
en forma de ciudad inmersa en su propia gue-rra civil. [...]
Cabe de todo en esta brillante revisión del genero, en esta
inmensa coctelera en la que Romero mezcla con maestría hu-mor
negro, acción, sangre y drama, teniendo el bonito detalle,
in-cluso, de homenajear en una escena una de la mejor película
de zombies de la última década (que, por cierto, no le pertenece
pero a la que ha manifestado públicamente su admiración) como es
"Zombies party" (2004). Y es que no sólo de Romero viven los
zom-bies, pero casi».
Imágenes de "La tierra de los muertos vivientes" - Copyright © 2005 Universal
Pictures, Atmosphere Entertainment, Mark Canton-Bernie Goldmann
Productions y Romero-Grunwald Productions. Distribuida en España
por UIP. Todos los derechos
reservados.
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