CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
La otra guerra de los
mundos: depredadores, globalización y cinismo
"La pesadilla de Darwin" tiene el mérito de explicar algo que no
in-teresa a nadie, y el valor de seguir interesada en
explicárselo a to-do el mundo. Porque el foco de atención de este
modélico docu-mental no es otro que África, cuna olvidada de la
Humanidad, desti-no turístico de los privilegiados, pero, sobre
todo, despensa y verte-dero de las potencias blancas de Occidente
que la han sumergido en un pozo de pobreza, guerra, corrupción y
marginalidad in secula seculorum. La imagen que devuelve el
espejo inevitablemente mo-lesto del subdesarrollo no podría ser
más nítida: es la falta de es-crúpulos de aquellos que continúan
expoliando a los más débiles a través de un nuevo orden de
colonialismo, pero también la conni-vencia de los que la aprueban
y la indiferencia de quienes, final-mente, apartan la mirada
hacia otro lado. Es algo que a nadie le gusta escuchar, pero que
no por ello deja de ser menos cierto: el Primer Mundo vive bien
gracias a que en el Tercer Mundo se vive muy mal. Y es esa responsabilidad
compartida lo que, en última instancia, tanto nos cuesta
digerir.
Lo que nos cuenta
Hubert Sauper
bajo este oportunísimo título es una
fábula terrorífica, más que au-daz, salvaje, que trata
precisa-mente sobre la evolución y la su-pervivencia del más
fuerte a costa de los menos aventajados. En
Tan-zania, esa Naturaleza que dicta idén-ticas leyes para los animales y
los hombres, ha servido una significativa metáfora envuelta en
la ironía más despiadada. Durante
los años sesen-ta, un pez exótico fue introducido en el Lago
Victoria a modo de experi-mento científico a pequeña escala. La
perca del Nilo resultó ser un feroz depredador para las especies autóctonas,
a las que no tardó en arrasar, reproduciéndose a
gran velocidad y amenazando el equilibrio ecológico de las
extensas aguas. Sin embargo, la exquisita carne de aquel animal
abrió un nuevo filón para las empresas extranjeras, y, en la
actualidad, alre-dedor de la perca gira una industria
multimillonaria que abastece a algunos países de Europa y Japón,
donde este pescado es de con-sumo común. La exportación del
producto enlatado en tierras afri-canas genera un constante
tráfico de aviones rusos, que aterrizan en un rudimentario
aeropuerto sembrado de esqueletos de otras na-ves accidentadas
como consecuencia de la precariedad de las ins-talaciones —suena
a chiste, pero no lo es: el flujo de vehículos es-tá en manos de
un semáforo de bolsillo con el que el único respon-sable de la
cabina de control sustituye una radio inutilizada—. A diario,
esta flota, mayoritariamente ucraniana, parte con una carga de
toneladas de pescado, pero la voz del periodista, siempre fuera
de campo, interroga una y otra vez sobre la misma cuestión: lo
que le inquieta no es el viaje de vuelta, sino aquello que
llevan dentro de sus bodegas en el de ida. La respuesta
pertenece también al fuera de campo, disimulada o evasiva, y no
hace más que confirmar las sospechas: el comercio de la perca
está ligado a la introducción de armamento, que se
destina a las guerras vecinas de Sudán o El Congo. Pero, además,
la cadena de la perca ha hecho florecer otro negocio residual:
la presencia permanente de los pilotos ha dado sentido a la
prostitución como solución de emergencia ante las pe-nosas
circunstancias que atraviesa el país. Son las mujeres tanza-nesas
que venden su compañía al personal aéreo por precios irriso-rios,
jugándose a menudo la vida entre hombres de paso a quienes nadie
pedirá explicaciones si algo va mal.
No obstante, la más atroz de las pa-radojas servidas por la
globalización está aún por llegar: la perca que ali-menta cada
día a dos millones de per-sonas en el exterior y engrosa las
ar-cas de las multinacionales, mata lite-ralmente de hambre a
los habitantes de Tanzania. La gente que vive alrede-dor del
lago tiene prohibido pescar pa-ra consumo privado para no
perjudicar la venta, y la industrialización ha dis-parado los
precios de este pescado hasta extremos tan inalcanzables pa-ra
la población civil, que tienen que conformarse con comer sus
desechos. Un camión transporta des-de la fábrica hasta los
arrabales montañas de cabezas y raspas en estado de
descomposición que otros se encargan de ahumar en extensos
caballetes de madera, poniendo en peligro su salud por el ácido
que se desprende. Se trata de una manufactura que discurre
paralela a la de las factorias: la que cubre el mercado
interior. Y su-ma y sigue, porque todavía existe un último
eslabón más trágico, si cabe, que saca provecho del proceso de
envasado. Con el plástico sobrante, los niños que malviven sin
techo por las calles de Mwan-za y Musoma, obtienen una cola
líquida que inhalan para desco-nectar de una rutina de abusos
sexuales y mendicidad.
Lamentablemente, las desgracias que desangran a Tanzania no se
acaban aquí. Está también el azote periódico de la hambruna, la amenaza
constante de los conflictos bélicos, y las ONGs, que han convertido la ayuda
humanitaria en otra fuente de lucro, porque sus clientes son el
hambre, la muerte y la enfermedad, y sin clientes no existe
justificación. Está la plaga del SIDA, esos críos
que acu-den a la droga más pedestre, y está
esa otra droga, la de la reli-gión, con Jesucristos blanquísimos
en Technicolor, cuyos ministros condenan el uso del preservativo
porque es pecado, mientras la-mentan la alarmante propagación del VIH. Y están,
por último, las autoridades políticas y espirituales, preocupadas
por la mala ima-gen que se pueda ofrecer en el exterior, porque
ellos quieren, tex-tualmente, "vender el país" y así no hay manera, frente a
la hipocre-sía de los supervisores de la Unión Europea, que
durante sus visi-tas de rigor dan el
visto bueno a todo lo que ven y a lo que no ven... o prefieren
no ver.
Sauper,
director y guionista del proyecto, no deja títere con cabe-za en
este fresco desgarrador que se va extendiendo ante nuestros
ojos, porque, simple y llanamente, aquí hay muchos títeres, pero
ya no queda ninguna cabeza que se pueda erguir con orgullo, ya
sea por vergüenza o desesperación. Su historia es la del pez
grande que devora al pequeño, una espiral de atrocidades que,
como la pescadilla, se muerden la cola, y esa perca om-nipresente como catalizador
de ese otro depredador que es el hombre. Hay una escena que
resume a la perfección el sentido alegórico de la película: un
pez mecánico que cuelga del despacho del ufano di-rector de la
fábrica canta el "Don't worry, be happy" mientras se contonea.
Es éste, por supuesto, un mensaje teñido de sarcasmo que va
dirigido al Primer Mundo: aquí todo está bajo control. Más
desarmante resulta, sin embargo, la actitud de los ciudadanos
ne-gros que, aun sumergidos en todas las adversidades posibles,
no han perdido su capacidad para reír, soñar, luchar,
solidarizarse... Nunca se lamentan, no maldicen, no gimotean; en
cambio, agrade-cen tener todavía un trabajo y algo que llevarse a
la boca al cabo del día. Se trata de la mayor lección de
humildad y dignidad que un ser humano puede regalar a otro, y
que contrasta con el fácil victi-mismo que aflora en las naciones
desarrolladas a las primeras de cambio.
Haciendo
de la escasez de medios una virtud, y siguiendo el hilo de sus
propios descubrimientos, este soberbio film nos depara un discurso visual
austero, oscuro, granuloso, sólo aparentemente errático, porque
avanza en cículos concéntri-cos, si no viciosos, igual que el
destino turbio y estancado de sus protagonistas, ampliando con
cada nueva vuelta la perspectiva, pro-fundizando en los temas y
poniendo de relieve nuevos lazos. Como si trazara
pinceladas aisladas, este realizador de origen tirolés nos
acerca a la actividad alrededor del lago, a los ejecutivos y
emplea-dos de las factorías, a la intimidad del personal aéreo y a sus chi-cas de recreo. La cámara pasea por las barracas
de una comuni-dad integrada por
pescadores y prostitutas, confinados en una isla como si fueran
una suerte de leprosos sociales, para quienes la muerte es más
cara que la vida; desciende a las calles desérticas que de noche
se pueblan por esa infancia abocada al vagabundeo y la
autodestrucción; se introduce en las reuniones de los altos
esta-mentos y en las hogueras que congregan a los desposeídos en
la playa. De los despachos a las chabolas, de la pista del
aeropuerto al interior de las casas, del banquete de unos a las
migas que re-cogen los otros, del paisaje natural al rostro
humano. En este reco-rrido sórdido y grotesco surgen testimonios
descorazonadores, co-mo el del vigilante nocturno que ha
conseguido el trabajo porque mataron a su antiguo compañero y se
protege con un puñado de flechas de punta envenenada, el de la
mujer desahuciada por el vi-rus a la que sólo le queda esperar a
la muerte, o el de esa otra que se tapa el ojo que perdió y
aguarda una operación que probable-mente no llegará. Pero son las
escalofriantes escenas las que, en definitiva, se pegan a la
boca del estómago y aniquilan cualquier atisbo de cinismo: esas
manos y esos pies hundiéndose en los restos del pescado
putrefacto que luego se comerán, donde los gusanos se confunden
con el fango, son imposibles de olvidar. El resultado final de
estos retazos, engañosamente inconexos, fatídi-camente
vinculados, es un paisaje dantesco ante el que uno no sabe si
sentir asco o pedir perdón. Llamar notas de humor a ciertos
momentos de distensión sería obsceno: la risa se queda congelada
cuando nos damos cuenta de lo que la motiva.
Aun así, es el impecable trata-miento que se le ha dado a todo
este material lo que aumenta su valía. "La pesadilla de Darwin" posee el rigor
de la honestidad y la modestia: el autor cede todo el
protagonismo posible a los afecta-dos a través de imágenes y
conversa-ciones en estado puro, silencios que respiran,
elocuentes miradas y ges-tos, apenas pautados por unos rótu-los
que nos sitúan, subrayan o con-trastan aquello que observamos y
oí-mos. Pero, más allá de la fuerte im-presión que genera, de
sus contundentes revelaciones o de la denuncia que suscita,
existe algo que hace de este documental, tan incómodo como de
obligado visionado, un ejemplo a seguir. Sauper ha confeccionado
un producto inteligente destinado a los que considera
espectadores inteligentes, porque enseña sin juzgar, transmite
sin manipular, pone en relación sin necesidad de colgar
etiquetas, y secuestra el interés con contenidos y no con
especias —no hay música, ni montajes efectistas, ni voces
en off, que ame-nicen o sobredimensionen este brutal descenso a
los infiernos—. Y encontrarse hoy en día con algo así, que
rehuya el panfleto y sor-tee la tentación de complacer, para que
cada uno extraiga luego su propia valoración, es un milagro. De hecho, el cojín de premios que lo respaldan
—incluido el de Mejor Documental en los Premios del Cine
Europeo— son una nadería frente al incontestable aval que otorga
la realidad desquiciante a la que nos aproxima. No hace fal-ta
recurrir a las ficciones alienígenas de Spielberg con las que
com-parte cartelera para asistir a la guerra de los mundos más
perversa.
La
conclusión no podría ser más pesimista. Pero si cambiar el curso
de la Humanidad supera la utopía, abrumarnos por
nuestra cuota de culpa es, como mínimo, impagable: "La pesadilla
de Dar-win" no sirve, ni mucho menos, para sentir lástima por los
otros, si-no para sentir vergüenza de nosotros mismos. Sin ningún
género de dudas, uno de los documentales más impactantes y
me-morables que se hayan podido ver, uno de los más necesa-rios y
valiosos que se hayan podido producir. Por el arrojo y la
lucidez con que nos implica a todos y cada uno, no
cabe sino agradecerle la bofetada.
Calificación:
    
Imágenes
de "La pesadilla de Darwin" - Copyright © 2004 Mille
et une Productions, Coop99 Filmproduktion y Saga Films.
Distribuida en España por Sagrera TV. Todos los derechos
reservados.
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