CRÍTICA
por
Julio Rodríguez Chico
Las dos caras del fracaso
Hace cuatro años,
Roger Gual sorprendía por
su trabajo en “Smoking room”, una película que obtuvo
merecidamente el aplauso de crítica y público. Ahora se confirma
en solitario como un director y guionista de garantía con este
drama sociológico en torno a la generación del Mayo del 68. Desde
la distancia del tiempo y sir-viéndose de una sana y gélida
ironía, se aproxima al mítico movi-miento contestatario que
rechazó los principios autoritarios y los valores morales
tradicionales, y que apostó por una educación li-bertaria que
años después traería desastrosas consecuencias.
Para proceder a ese
revisionismo, Gual trama el reencuentro en una masía catalana de
algunos antiguos amigos de la comuna hip-pie, durante un fin de
semana. El anfitrión y dos parejas, ahora di-vorciadas y que
rondan los sesenta, vuelven a verse en el escenario de aquellas
locuras juveniles, y lo hacen con sus hijos, entonces unos
tiernos infantes, ahora unos jóvenes e inmaduros treintañeros.
La ocasión, planteada inicialmente como unos días de diversión y
descanso, se torna pronto en un ajuste de cuentas generacional y
en una cascada de reprimendas y rencores ocultos.
El director catalán mantiene el
estilo naturalista de su ópera pri-ma, y opta por dar prioridad a
la espontaneidad de las interpreta-ciones. Busca, ante todo,
generar verosimilitud en la historia, hacerla creíble y
auténtica para un espectador que observa y analiza a unos
perso-najes muy bien caracterizados. Le in-teresa dejar que los
recuerdos fluyan en esos personajes desencantados y
aburguesados, o dejar hablar a esos jóvenes insolidarios que
necesitan contar su rollo, aunque a nadie intere-se. Son muchas
veces diálogos in-sustanciales y extravagantes, algunas
intencionadamente crudos y desgarrados, pero siempre hechos
desde el interior de unos seres vacíos y de vuelta de todo, y
que fluyen sin darse entrada y aparen-temente sin artificio.
Entre los progenitores, quien no padece una crisis nerviosa o
sufre la afrenta filial, se mueve entre la frustración o
prolonga su personal revolución sexual. Los hijos no salen mejor
parados, y se anulan en su pequeño mundo de fantasías
pelicule-ras o de incapacidad reflexiva; ni siquiera la
cultivada Laura se sal-va de esa radiografía de seres tristes y
patéticos, con un papel de chica madura y responsable que más
bien actúa como oráculo de todos los tópicos sociológicos.
Sin embargo,
curiosamente la disección que hace la cámara de aquella época y
de sus consecuencias resulta respetuosa con las personas,
títeres de una ideología ácrata e idealista, que no hizo otra
cosa que imponer a los suyos las normas que rechazaban de sus
mayores. De ahí el título, “Remake”, pues en el fondo no fueron
más que una mala copia de un modelo que pretendían destruir: la
contracultura instalada que se aburguesa, que pierde unos
ideales —los que sean—, que no los sustituye por nada, y que
trasmite esa vaciedad a la siguiente generación. Gual logra
trasmitir esa sensación de decepción y de fracaso vital, con un
guión ágil y lúcido, que no entra en disquisiciones morales y
que deja a los personajes en su desorientación existencial.
Para conseguir
la comentada auten-ticidad, el director de “Smoking room” apuesta
por una puesta en escena fresca y fluida, por una planificación
descuidada y una cámara nerviosa, así como por la ausencia de
música extra-diegética o por la preferencia por los primeros
planos y de una fotogra-fía hiperrealista, a la que oportuna-mente
añade imágenes digitales de los recuerdos de la comuna. Pero son
las magníficas interpretaciones de un grupo de actores
consagrados —con Juan Diego o
Silvia Munt a la cabe-za— y de
otros jóvenes —Marta Etu-ra o
Juan Navarro están espléndidos—
lo que atrapa al especta-dor en una complicidad que arranca
algunas risas y también senti-mientos de compasión por esas
tristes historias.
El director ha
confesado su admiración e inspiración en el inde-pendiente
Cassavetes (“Una mujer bajo la influencia”), del que toma el
bisturí libre de prejuicios para diseccionar la crisis familiar
y el choque de generaciones, y también de Kasdam
(“Reencuentro”). Más reciente es la aproximación hecha por el
canadiense Denys Arcand en “Las invasiones bárbaras”, film que
también abordaba el desencanto y escepticismo de aquellos
utópicos que quisieron vivir al margen de las reglas y que
hicieron “muchas bobadas de juven-tud”, según rememoran los
protagonistas de una y otra película. En ambas, vemos la misma
lucidez en el diagnóstico de un fenómeno ¿cultural?, resuelto
aquí sin complacencia ni esperanza y sí con un punto de
amargura. Sin duda,
estamos ante un director de futu-ro prometedor, de mirada libre y
honesta, interesado por las personas y los personajes, creador
de mundos llenos de per-plejidad, y poseedor de una madurez que
le permite distan-ciarse de la realidad para reírse desde el
respeto.
Calificación:
    
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