CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
Menos lobos, Caperucita
Antes que nada, quizás
convenga hacer una aclaración para evi-tarle un buen chasco a más
de uno. A pesar de que tanto el título de este largometraje
como su tráiler televisivo apuntan en determi-nado sentido, y por
mucho que su programación en las pasadas ediciones del Festival de
Sitges y de la Semana de Cine Fantástico y de Terror de Donostia
así parezcan confirmarlo, no nos hallamos delante
de la enésima cinta de horror protagonizada por licántro-pos,
vampiros, demonios, hombres-chinche o periodistas de alguna incendiaria cadena de
radio española. Bien al contrario, “El imperio
de los lobos” es un producto inscrito en el suspense policíaco
clásico que bebe por igual del género negro y del cine de
acción... y aunque no quiero dar muchas pistas sobre su
cambiante argu-mento, bastará añadir que también combina ciertos ingredientes
propios del thriller político con la ciencia-ficción médica,
pero siem-pre manteniendo este leve toque fantástico dentro de un marco contemporáneo abiertamente
reconocible.
Dicho esto, resulta innegable
que “El imperio de los lobos” nace como un intento por repetir
la fórmula que en el 2000 convirtió “Los ríos de color púr-pura”,
de
Mathiew Kassovitz,
en uno de los éxitos comerciales, incluso con el beneplácito de
la crítica, más importantes
del reciente cine francés, al que seguiría cuatro años más
tarde una desechable secuela dirigida por Olivier Dahan que
contó con la partici-pación del magnate galo Luc
Besson como guionista y productor. Basada como
aquélla en una novela del es-critor multiventas
Jean-Christophe
Grangé, asimismo coautor de
"Vidocq", no sólo prosigue su línea en cuanto a género y
estructura se refiere —dos subtramas aparen-temente
independientes y rutinarias que acaban convergiendo para
desenmascarar un complot de proporciones mayúsculas; un miste-rio
con cierto calado social que bucea en el fantástico; y el
protago-nismo de una pareja de policías de métodos dispares en la
sintonía de una buddy movie—, adoptando a Jean Reno en el
papel de otro veterano agente, sino que además asimila su
vistosa
factura de producción dispuesta a competir con sus aventajadas
primas de Hollywood. No obstante, aquí se acaban todos los
parecidos con su estimable predecesora, pues "El imperio de los
lobos" carece de la intensidad, consistencia y carisma del
trabajo de
Kassovitz, además de verse adornada, salvo una excepción,
por unas muy discretas actuaciones.
La historia
arranca presentándonos a Anna Heymes (Arly
Jover), la esposa de un alto cargo del
Ministerio del Interior francés, aque-jada de graves pérdidas de
memoria y espantosas alucinaciones que la llevan a
dudar de su propia identidad y de la de aquellos que la rodean.
Mientras Anna se somete a una serie de reconocimien-tos médicos y
a la ayuda de una psicóloga,
en un barrio marginal de París, varias inmigrantes clandestinas turcas
están apareciendo asesinadas a manos de un
posible psicópata serial, que mutila y desfigura los cuerpos de sus
víctimas hasta volverlas irreconoci-bles. Ante la sospecha de que pudiera tratarse de un asunto
de venganza relacionado con la mafia, el joven policía encargado del caso,
Paul
Nertheaux
(Jocelyn Quivrin), decide solicitar
la colabo-ración
de un colega retirado,
Jean-Louis Schiffer
(Jean Reno),
ex-perto en la
cultura turca y con una dudosa reputación debido a su falta de
escrúpulos.
“El imperio de los lobos”
es una de esas películas que comienzan pare-ciendo una cosa y
terminan siendo otra muy distinta, y aunque esto su-pondrá una
decepción para aquellos que confiaban ver algo diferente, no se
le puede negar su empeño por aportar cierto factor sorpresivo.
Sin embargo, se trata de una cinta mal dosificada que cursa la
misma evolución que muchas
relaciones de pareja o borra-cheras, si es que no van unidas en al-gunos casos: tiene un principio
ciertamente interesante y bien conducido, pero va perdiendo fus-te y mesura a medida que
avanza, hasta desembocar en un
desenlace tan
bochornoso y alargado que te deja con un ine-vitable mal
sabor de boca una vez concluida. Es una verdade-ra lástima que
tras una efectiva primera parte dominada por el sus-pense
psicológico, donde el guión se toma la molestia de desarro-llar
a su protagonista femenina, creando una atmósfera apropiada de
paranoia y ensoñación, llega un punto en que todas las
incógni-tas quedan despejadas antes de tiempo y, como si sus
responsa-bles no supieran hacia dónde tirar, optan por la
solución más có-moda, embarrancando en una burda muestra de cine
de acción exótica
digna de un telefilm de tercera
regional z al fondo a mano izquierda
a la que, para colmo, le cuesta encontrar más la salida que a un
cliente del Ikea. De este modo,
lo
que podría haberse que-dado en una aceptable cinta de
entretenimiento totalmente inofensi-va, acaba derivando en una
experiencia tediosa y bastante sonro-jante. Una irregularidad que
seguramente se explica porque detrás del libreto se esconde un
equipo de fútbol al completo, con autocar lleno de hinchas
incluido: a la participación del propio autor del libro y del
director en su escritura, cabe sumar
la labor de dos guionis-tas y
otros tantos colaboradores, no se vaya a decir que la
indus-tria no da de comer a muchas familias. Y ya se sabe que
donde meten mano muchos, sólo pueden salir dos cosas posibles:
una orgía... o un muñeco roto como en este caso.
En su favor, hay que
reconocer que la narración no se anda con prisas e invierte el
tiempo necesario en exponer cada situación, aunque esto a menudo
afecte negativamente al ritmo, y que goza de una estilizada
puesta en escena, que se ve potenciada por la pulida fotografía
de tintes oscuros de
Michel Abramowicz.
Como dije, los aspectos visuales son lo más llamativo de esta
película, lo cual al menos nos permite disfrutar de algunas
cuidadas compo-siciones y de una perspectiva inusual del París de
nuestros días. El realizador de comerciales y videoclips
Chris Nahon
debutó en el cine en el 2001 apadrinado por Luc Besson y Jet Li
en la mediocre cinta de artes marciales "El
beso del dragón", y, afortunadamente, a diferencia de
muchos de sus colegas que proceden del campo televisivo, se le
debe agradecer que, en lugar de abusar de baratos trucos y
efectismos apoyados en el montaje, apueste por un estilo
elegante y contenido, aunque insuficiente para salvar la
ineficacia del conjunto.
Aun con todos sus defectos, creo que esta idea podría haber
salido a flote si por lo menos hubiera existido alguna química
entre su dúo protagonista, pero ambos es-tán esbozados a base de
planos clichés y sus intérpretes no logran insuflar ninguna
pasión a la pobre dinámica que los relaciona. Pese a que Jean
Reno lleva varias décadas solventando personajes de este tipo
con aplomo y carisma, sospecho que últimamente se limita a
cumplir con el piloto automático puesto, y desde lue-go su
trabajo como
Jean-Louis Schif-fer
no pasará a la historia entre sus actuaciones más comprometi-das.
Jocelyn Quivrin simplemente entrega una ejecución demasia-do
blanda e insulsa; quizás ése sea su papel en contraste con su
violento y cínico compañero, pero si no fuera porque de vez en
cuando salta y grita, nos olvidaríamos por completo de su
presen-cia en la pantalla. Así las cosas, Arly Jover sobresale
como el gran descubrimiento del film. Esta joven actriz nacida
en Melilla debe enfrentar una amplitud de registros que van
desde el drama a la épi-ca, y obtiene un convincente desempeño
en todos ellos.
Dudo mucho que
“El imperio de los lobos” vaya a
dejar satisfe-chos a los
seguidores de cualquiera de los géneros que aquí se citan, pues
aunque toca
muchos palos, lo hace a trompicones y sin conseguir resultados
destacables en ninguno: la
intriga se ago-ta enseguida, las escenas de acción llegan
demasiado tarde y no ofrecen espectáculo, el elemento fantástico sólo
representa
un agregado más y cualquier posible lectura social es del
todo irrele-vante.
Calificación:
    
Imágenes
de "El imperio de los lobos" - Copyright © 2005
Gaumont, TF1 Films Production y Kairos. Distribuida en España
por On Pictures. Todos los derechos
reservados.
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