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EL MÉTODO


Dirección: Marcelo Piñeyro.
Países:
España, Argentina e Italia.
Año: 2005.
Duración: 120 min.
Género: Drama.
Interpretación: Eduardo Noriega (Carlos), Najwa Nimri (Nieves), Eduard Fernández (Fernando), Pablo Echarri (Ricardo), Ernesto Alterio (Enrique), Carmelo Gómez (Julio), Adriana Ozores (Ana), Natalia Verbeke (Montse).
Guión: Mateo Gil y Marcelo Piñeyro; basado en la obra "El método Grönholm" de Jordi Galcerán Ferrer.
Producción: Gerardo Herrero y Francisco Ramos.
Fotografía: Alfredo Mayo.
Montaje: Iván Aledo.
Dirección artística: Verónica Toledo.
Vestuario: Verónica Toledo.
Estreno en España: 23 Septiembre 2005.

 

CRÍTICA
por Tònia Pallejà

Maquiavelo en los despachos

  Tras debutar con su prometedora “Tango feroz: la leyenda de Tanguito” hace ya más de una década, Marce-lo Piñeyro se ha ido consolidando entre los primeros nombres de la ac-tual escena cinematográfica argentina gracias a títulos como “Caballos sal-vajes”, "Cenizas del paraíso", “Plata quemada” o la propuesta para el Os-car® “Kamchatka”. Un puñado de es-timables películas que, si bien no han alcanzado la misma resonancia que los últimos trabajos de su compatriota Juan José Campanella, ni se igualan en prestigio a la obra de Adolfo Arista-rain, nos hablan, en cambio, muy positivamente acerca de una ca-rrera que destaca sobre todo por su coherencia, constancia y regu-laridad. Es la persistencia de un tipo de cine que, a pesar de cami-nar siempre apegado a la realidad de su país, ha apostado a menu-do por aproximar el drama humano con lectura social a los vericue-tos del thriller o a la ensoñación romántica del fugitivo o del perde-dor, siguiendo la estela de esos clásicos americanos de género que el autor bonaerense reconoce admirar; la presencia continuada en la cartelera sin grandes altibajos en el nivel de sus creaciones; y la fidelidad hacia un equipo de actores y guionistas con los que no ha dudado en repetir experiencia en varias ocasiones.

  Quizás por esa tónica ininterrumpida en temáticas y estilo, a los habituales de su filmografía les sorprenderá encontrarlo ahora al frente de un proyecto tan diferente, en apariencia, a todo lo anterior que podríamos referirnos a él como un punto de ruptura dentro de su trayectoria. No es sólo por el relevo de rostros delante y detrás de las cámaras que convierten “El método” en la primera de sus películas con acento español, ni por ese barniz sofisticado y frío que la arropa, sino porque esta pieza de cámara, en la que la trama se desnuda hasta quedarse con lo esencial, está más cerca de lo abstracto y universal que de una geografía concreta, es tan con-temporánea que casi resulta posmoderna, se aísla del mundo exte-rior para crear un microuniverso que lo refleje con realismo, y cede terreno a lo cerebral y a la palabra frente al impulso de las emocio-nes o a la obviedad de la acción física. Sin embargo, lo que se es-conde debajo de este ropaje intelectual y cosmopolita no es sino otro relato humano en el que Piñeyro vuelve a poner de relieve la lucha por la supervivencia en una situación extre-ma, a través de un grupo de personajes que, pese a su as-pecto de triunfadores, son igualmente víctimas de un siste-ma, dejando esta vez muy poco margen para la ilusión o la espe-ranza.

  La pieza teatral escrita por Jordi Galcerán y trasladada con éxito a los escenarios de Europa y América, “El método Grönholm”, sirve única-mente como punto de partida para una versión tan libérrima que el propio dramaturgo catalán ha manifestado que apenas reconocía su obra —toda-vía en cartel en algunas ciudades— en el resultado final. A manos de Ma-teo Gil, tradicional guionista de Ale-jandro Amenábar, y el propio Piñeyro, el texto original ha sido despojado de su sentido cómico, aumentando el nú-mero de participantes y modificando la gran mayoría de su argumento, para construir un descarnado psi-codrama con visos de intriga que gira en torno al agresivo mercado laboral de nuestros días. Controversias al margen, lo cierto es que esta aproximación más siniestra y severa sobre siete aspirantes a un mismo puesto de ejecutivo que se ven envueltos en un peculiar proceso de selección de personal, mientras los activistas antigloba-lización se manifiestan en las calles contra el Foro Monetario Inter-nacional, es una inteligente y entretenida metáfora que invita a la reflexión sobre las relaciones de poder y la falta de es-crúpulos que invade el mundo empresarial en la actualidad. Conejillos de indias de un experimento cruel y retorcido que deter-minará su prosperidad profesional, estos siete arquetipos que re-presentan distintas formas de entender el éxito o de aceptar el fra-caso, serán aislados como peces dentro de una pecera en un des-pacho, sometidos a constante observación y puestos a prueba en-frentándolos entre sí para establecer cuál de ellos es el candidato más válido, lo que se traduce en cuál de ellos está más dispuesto a humillar y dejarse humillar. Crítica ácida de esa encarnizada ba-talla que se libra en las oficinas para acceder a las altas esferas —de ese "todo vale" que tanto se impone— y de unas reglas del jue-go que pervierten al individuo hasta sacar lo peor de cada uno, trata también de un relevo generacional donde la preparación académica y la ambición mal entendida de la juventud vencen a otros valores tradicionales como la experiencia o la honradez, o de una tecnolo-gía que despersonaliza las relaciones y facilita el trabajo sucio, ca-so de esos ordenadores con atisbos de muñecos diabólicos que presiden la sala.

  Película de personajes y diálogos, en la que la dinámica de gru-pos es el motor que empuja la evolución del relato, “El método” congrega un reparto integrado por destacados actores españoles de varias generaciones, cuyo mayor acierto ha sido, tal vez, el ha-ber sabido aprovechar el registro natural de cada uno para confec-cionarles un papel con una idiosincrasia a su medida. Así, Eduar-do Noriega se ocupa del niño pijo atractivo y triunfador, Najwa Nimri es una mujer insegura y turbia, Eduard Fernández encarna a un “macho ibérico” socarrón, Adriana Ozores se adueña de la madura de apariencia firme pero frágil fondo, a Carmelo Gómez le corresponde el tipo honesto y sereno, y Natalia Verbeke solventa a una secretaria coqueta que parece disfrutar atormentando a los candidatos durante el proceso. Las grandes sorpresas nos las de-paran el argentino Pablo Echarri, que tiene en su desparpajo y versatilidad sus mejores armas, y un Ernesto Alterio insospecha-damente agraciado como el típico acomplejado e indeciso que in-tenta epatar provocando la risa. Todos ellos ofrecen, en líneas ge-nerales, unas interpretaciones correctísimas y bien ajustadas a un sentido de equipo, aunque de forma inevitable la balanza se decan-te, salvo excepciones, a favor de la solidez y desenvoltura de los más veteranos. Y es que frente al recital que nos regalan Fernán-dez u Ozores, a Noriega, Nimri y Verbeke continúa faltándoles más de un hervor.

  La cinta logra transmitir ese cli-ma opresivo de competitividad y paranoia crecientes gracias a la diestra arquitectura que sostiene su libreto. El simpático desconcierto, las dudas y la colaboración iniciales se ven substituidos paulatinamente por las tensiones, miedos, descon-fianzas y disputas, mientras la trai-ción, las alianzas y los signos de re-nuncia y vejación comienzan a hacer aparición, reduciéndose cada vez más las notas de humor que ayudan a oxi-genar la cargada atmósfera. Desde el comienzo resulta sencillo identificar los comportamientos y actitudes que se suceden en la pantalla, poniéndose fácilmente en la piel de unos personajes creíbles y re-presentativos, que nunca son buenos ni malos, sino víctimas de unas mismas circunstancias. "El método" engancha al ser capaz de plantear una situación que siendo extrema y absurda, se perci-be como temiblemente probable y reconocible, y por su habilidad para alimentar el suspense y sostener la intensidad haciendo uso únicamente de las revelaciones que descansan en el factor huma-no. No obstante, no puede evitar que su interés vaya decayendo a medida que los candidatos más atractivos son eliminados y, con ello, que algunos de los actores que prometían dar más juego abandonen la partida. Tras un paréntesis argumental algo capricho-so que desestabiliza el ritmo y rompe con el tono elegante y conte-nido que había dominado hasta el momento —lo que sucede en los lavabos resulta, a todas luces, algo forzado e inverosímil—, los agudos y dinámicos diálogos del principio terminan embarrancando en un farragoso triángulo de índole sexual que no parece aportar nada positivo a la progresión dramática, pero en el que la presencia siempre rotunda de Eduard Fernández al menos garantiza la aten-ción.

  Obligado por la puesta en escena teatral, Piñeyro sortea las limitaciones del espacio cerrado con una edición ágil y flexi-ble, y arranca toda la expresividad a los actores mediante unos primeros planos sostenidos que al mismo tiempo subra-yan su vulnerabilidad. Más discutible es el efecto de la pantalla dividida como forma de introducir brevemente a los personajes y captar el clima de enfrentamiento que se respira en el exterior, ya que atiende más a fines estéticos que a una función narrativa. En cualquier caso, la dirección se mantiene lo suficientemente discre-ta y atenta al detalle como para dejar que las interpretaciones y el guión se luzcan como los auténticos protagonistas de la función que son. La ambientación desangelada, desapacible e irreal del lu-joso edificio donde transcurre la acción se perfila como un acertado reflejo de esa experiencia casi onírica que atraviesan los individuos, haciendo brotar todo el desarraigo y la hostilidad de su interior, mientras que las marchas populares contra la deshumanización de la economía que bullen en las calles son la otra cara, más ruidosa y combativa, de una misma moneda, haciendo de contrapunto del discurso que tiene lugar en el interior.

  Pese a que, por su planteamiento, "El método" nos remite a los formatos Gran Hermano, y Piñeyro cita entre sus referentes el film de Sydney Po-llack "Danzad, danzad, malditos", re-sulta más oportuno emparentarla con otra interesante cinta española toda-vía próxima, "Smoking room", a la que se acerca, además de en contexto, en problemática y abordaje. Sin em-bargo, detrás de este juego maquiavé-lico no cuesta vislumbrar, salvando las distancias que median entre la re-alidad y la fantasía, una historia de te-rror al estilo de "Cube", con la diferen-cia de que aquí a los descartados no les aguarda la muerte y asu-men de forma voluntaria el reto. En definitiva, una propuesta cierta-mente estimulante que, aunque mejorable, marca una novedosa y grata distancia con respecto a otros productos del cine español y argentino que no hacen más que insistir en los mismos tópicos y esquemas agotados. Una película original y fresca en su for-mulación, perturbadora en su fondo, bien realizada y con un sobresaliente guión que no descuida el compromiso de su mensaje, y que gana enteros cuanto más se reflexiona sobre ella.

Calificación:


Imágenes de "El método" - Copyright © 2005 Alquimia Cinema, Tornasol Films, Arena Films y Cattleya. Distribuida en España por On Pictures. Todos los derechos reservados.

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