CRÍTICA
por
Javier Quevedo Puchal
Un triunfo sin miedo a estar
demasiado cualificado
Es precisamente en una de las
primeras escenas de “El método”, justo en los previos al inicio
de la selección de candidatos en torno a la que gira la
película, cuando Fernando (el personaje interpretado por
Eduard
Fernández) establece un jocoso y bastante afortuna-do paralelismo
con el programa televisivo “Gran Hermano”. Y es que,
en efecto, no resulta fácil evitar, a la salida del cine, las
com-paraciones con la mecánica de determinados
reality shows como el mencionado u “Operación Triunfo” (ambos
con renovado empuje, pese a que a un servidor no deja de
sorprenderle cómo es posible que la fórmula siga funcionando
después de haberla agotado tantas veces seguidas).
Efectivamente, parece existir en la actualidad (y cabría añadir
que de manera harto notoria) una morbosa fascinación por ver
puesto en práctica y en todo su esplendor el popular dicho de
que “el hom-bre es un lobo para el hombre”. A este respecto,
también hay un personaje en la película (esta vez, Nieves, la
ejecutiva interpretada por Najwa Nimri)
que afirma con pretendida frialdad: “Si hay que ser un lobo,
puedo serlo”. Pues al igual que ocurre de forma más o menos
solapada en los citados programas, “El método” se articula como
una cínica disección de los sucios juegos a los que nos po-demos
llegar a entregar con la mayor voluntad tan sólo para elimi-nar
a nuestros adversarios directos y alzarnos con la victoria que
creemos merecer. De este modo, todo vale en la carrera: pulsos
de ingenio, réplicas malintencionadas (con la mejor sonrisa, eso
sí, que no falte el buen rollo), tanta frialdad como haga falta
y, por su-puesto, dejándose los escrúpulos donde deben estar: en
casa.
Aunque basada en la obra teatral “El método Grönholm” de
Jordi
Galce-rán Ferrer, parece ser que el guión cinematográfico a cargo
del propio Marcelo Piñeyro en colaboración con
Mateo Gil se ha tomado
bastan-tes licencias con respecto al original. Y digo “parece
ser” porque, lamenta-blemente, no he podido ver ninguna
representación y, por tanto, me temo que aquí hablo más por
referencias in-directas que por experiencia personal. En todo
caso, quizás la diferencia más significativa con respecto a la
obra de Galcerán radique en que se la haya despojado de buena
parte de su sentido del humor, más bien decantándose en el
equivalente fílmico por el drama y la tensión la-tente, si bien
ello no obsta para que haya momentos puntuales de humor o, para
expresarlo más exactamente, socarronería. Claro que el
planteamiento de la historia no da para menos: siete candi-datos
a un mismo puesto de trabajo en una gran empresa, someti-dos a
un retorcido método de selección por medio del cual habrán de ir
superando una serie de pruebas teóricas en grupo, en cada una de
las cuales deberán prescindir con razones de peso de uno de los
otros candidatos... el/la cual, en consecuencia, será a su vez
eliminado del proceso.
Si hay algo que realmente desconcertó a quien esto firma es la
habilidad con que la película logra estar en todo momento
borde-ando el género de suspense (sin que lo sea realmente, cabe
pun-tualizar). Pero es que, por diversas razones, “El método”
tiene mu-cho de juego de rol. Y uno no puede dejar de pensar en
las novelas de Agatha Christie, con varios sospechosos
encerrados en un mis-mo escenario tratando de averiguar quién es
el culpable del crimen y, al mismo tiempo, destapando todo tipo
de sorpresas a lo largo de la investigación. Claro que, por otro
lado, también tiene la pelícu-la de Piñeyro la virtud de no ser
ni la mitad de tramposa que la cé-lebre obra de la novelista
inglesa y, por el contrario, nos acaba re-galando un retrato muy
poco complaciente tanto de la psicología humana como de la
lamentable situación en la que ya se está mo-viendo el mercado
laboral hoy por hoy. Para ello, se apoya en un guión que
podríamos calificar de modélico, apuntalado por unos diálogos
ejemplares y un desarrollo escalado de la ten-sión que consigue
granjearse la atención del espectador has-ta el final, así como
por una puesta en escena fría y muy estudia-da que garantiza unos
cimientos lo bastante sólidos para asentar el tono de la
historia.
Aun con todo, difícilmente una pro-puesta de este estilo podría
llegar a buen puerto sin el reparto adecuado. Por suerte para
todos, “El método” cuenta con un elenco más que ajustado y, de
hecho, ahí precisa-mente reside uno de los mayores atractivos de
la película. Quizás la mayor pega esté en
Eduardo Norie-ga y
Ernesto Alterio: el primero por-que no logra transmitir la
convicción necesaria hasta casi la mitad de la película (alguien
debería controlar sus arqueos de ceja, por favor) y el segun-do,
esencialmente, porque a ratos pa-rece estar aún interpretando su
papel en “El otro lado de la cama”. En cualquier caso, se trata
de problemas menores dentro de un re-parto muy solvente, en el
que destaca tanto Carmelo Gómez co-mo
Adriana Ozores,
regalándonos un recital interpretativo de lo más sobrio,
controlado y elegante de acuerdo con los requerimien-tos de sus
respectivos personajes. Sin embargo, si alguien brilla con
especial intensidad, ésa es sin duda Najwa Nimri, que por un
lado demuestra un aplomo inédito hasta ahora en sus
interpretacio-nes y, por otro, consigue resolver magníficamente
el papel más rico en matices y evoluciones.
Resulta un verdadero alivio que, en un año tan pobre
cinematográ-ficamente hablando (y ya no digo sólo dentro de
nuestras fronte-ras), nos llegue una propuesta tan estimulante
como ésta. Una pe-lícula rodada de forma elegante,
que tiene el atrevimiento de tomar al espectador por un ser
pensante, adulto y capaz de entretenerse de una manera
inteligente y digna. En ese sentido, “El método” se revela
como la auténtica sorpresa de la temporada. Hoy por hoy, el
mejor estreno del año.
Calificación:
    
Imágenes
de "El método" - Copyright © 2005 Alquimia
Cinema, Tornasol Films, Arena Films y Cattleya. Distribuida en
España por On Pictures. Todos los derechos
reservados.
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