CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
Cine social adulterado
Fernando León decepciona con su complaciente historia de
pros-titutas, con un ramplón didactismo que pretende revestir el
filme de una trágica trascendencia no lograda.
Era ciertamente difícil mantener el sortilegio de tres películas tan
especiales como las que componían la pequeña y formidable
filmo-grafía de Fernando León de Aranoa hasta el momento. La
sole-dad del fingido simbolismo familiar en una ilusoria
composición de realidad y ficción en "Familia"; tres
adolescentes de un suburbio madrileño que pasan el tiempo
aceptando su incierto futuro en me-dio del fárrago veraniego en "Barrio";
y, sobre todo, esa gran pelícu-la acerca de seres humanos
desplazados que se levantan cada día con el duro objetivo de la
supervivencia en un mundo sin trabajo de "Los
lunes al sol", ponían muy alto el listón
cinematográfico de un director que parecía dominar un terreno
muy comprometido como es el drama urbano, el realismo social
aderezado con un toque de humor característico e inconfundible.
Pero todo se ha frustrado con "Prin-cesas". Sus anteriores obras han
su-puesto un efímero oasis personal den-tro del actual cine
español que última-mente opta por disfrazar la triste reali-dad de
sus productos para dedicarse a denunciar la piratería. León de
Ara-noa, desprovisto de la magia y astu-cia de sus anteriores
cintas, vuelve a incidir en el lado oscuro de los más
desfavorecidos que perviven en una sociedad acostumbrada a
aislar lo in-cómodo, esta vez narrando la rutinaria vida de una
joven llamada Caye en su tortuoso pero aceptado ejercicio de la
prostitución de bajo saldo, en una cotidianidad que se ve
alterada por el fortuito encuentro con una compañera de
profesión, la inmi-grante dominicana Zulema, que conllevará a
compartir todo tipo de experiencias y fraguará entre ellas una
amistad basada en la amar-ga vivencia de su profesión y en la
sucesión de confidencias exis-tenciales.
A pesar de que la
propuesta pueda parecer atractiva y su-gerente teniendo en cuenta
la sensibilidad realista de su di-rector, "Princesas" no es más
que un fraude argumental e in-tencional del que se desprenden
situaciones que procuran adoptar un tono documental contiguo al
‘cinéma verité’, pero que al pasar por el filtro costumbrista y
a veces cómico de Aranoa se fragmenta en simples situaciones
dibujadas desde el más sonrojante tópico. El tema de la
prostitución no es más que una excusa, un telón de fondo para
remitir a los peores defec-tos de las películas anteriores del
cineasta madrileño. Saturada de excesos literarios, de
rimbombantes y ornamentales diálogos que pretenden una
inalcanzada trascendencia, "Princesas" adquiere un prototípico
tono desmedido, subrayado e innecesario que, una y otra vez,
acaba cayendo en un conformismo complaciente que asu-me sin
retraimiento una descarada superficialidad con la que se re-fleja
un tema tan duro como el que se está tratando. A Fernando León
la prostitución y sus verdaderas y metafóricas ‘princesas’ no le
interesan más que como fácil recurso para narrar una historia
vi-ciada de arquetipos imaginarios, que viven en un entorno
articulado en un dramatismo moralizante creado a partir de
situaciones sin sentido, de personajes mal dibujados y de una
impertinente bús-queda de la complicidad del espectador que
incluye algún guiño có-mico o situaciones efectistas. Un
menoscabo que ha estado pre-sente en esa perspectiva de León de
reflejar de forma edulcorada y eficaz los problemas situados en
ese hipotético ideal de realismo con el que el director pretende
jugar con el espectador.
Sólo así es posible que
Fernando León pretenda filtrar una hermosa his-toria de amistad
entre dos putas que poco tienen en común con la motiva-ción en la
disyuntiva laboral de la rea-lidad. Mientras que Zulema acapara
el prototipo de inmigrante que se prosti-tuye para enviar dinero
a su hijo pe-queño y soporta el abuso de cuantos se cruzan en su
camino, Caye, en uno de los personajes más pretencio-sos que ha
dado el cine español en sus últimos años, se dedica a la
pro-fesión más antigua del mundo simple-mente porque quiere
operarse las te-tas y no quiere acabar de la misma manera que su
simplista fami-lia. En ese ambiente de irrealidad impostada,
de absurdo, en todo caso, "Princesas" despliega todo tipo de
sentimientos impuestos y pomposos, imposibles de aceptar en un
submun-do como el que se nos muestra en pantalla, aceptando
todo ti-po de concesiones en un mundo de sueños incumplidos como
el que se pretende enseñar. No es lógico, así, que una persona
que no sabe quién es Bill Gates y tenga la cabeza llena de
pájaros, sea capaz de recitar una perorata reflexiva y
filosóficamente existencial acerca de Dios, de la vida y de las
aspiraciones humanas con una ilustrada erudición injustificada.
"Princesas" no es una buena
película. No tiene grandes momen-tos, ni un texto lúcido, ni
siquiera creíble. Cae torpemente en la rei-teración de diálogos,
en la innecesaria utilización de recursos ya vistos en su cine,
como esa soledad alienada de algún personaje, en este caso la
madre de Caye, que se inventa un admirador secre-to para paliar
así la muerte de su marido. Como en su momento lo fueron el
abuelo de su corto "Sirenas", Paco Algora en "Barrio", dando
vida al padre desligado del mundo real por la drogadicción de
hijo, o el Amador interpretado por Celso Bugallo en "Los lunes
al sol", abandonado por su mujer pero fingiendo un inexistente
viaje temporal. Además, Fernando León insiste en una habitual
comici-dad de momentos de brillantez dialoguista, enfocados a
aquellos en los que Caye comparte sobre el oficio en una
peluquería (refugio de humor y de distensión narrativa), con
diálogos que procuran la sonrisa y la confabulación con el
público, recurriendo a un persona-je drogadicto como foco
humorístico (Miss Metadona) y acabando por caer en lo grotesco
con secuencias de pobre vigor argumental (como la clase de
sexología que imparte Zulema, los continuos de-sencuentros de
Caye con su 'Príncipe Azul' o el ignominioso paseo en limusina
gracias a una inaceptable y veterana prostituta de lujo
ministerial).
Pese a las logradas
interpretaciones de Candela Peña
(que además tiene una polémica secuencia de falsa fela-ción con
un pene de goma supuesta-mente real) y
Micaela Nevárez (que comienza hablando como Antonia
San Juan para ir dando enjundia al único personaje salvable de
todo el fil-me), no existe un enfoque racional de la
problemática que se trata, no hay sustancia ni aparición del
lóbrego, duro y despiadado mun-do de la prostitución, sólo un
bar-niz de embellecido embozo que ni siquiera es capaz de
disimular las composturas de una película fallida en todos sus
conceptos, que acaba incluso con la impudicia de desacertar con
el ma-niqueísmo de su final e impactante epílogo. Incluso en
el plano formal, Fernando León recurre a una inquieta y molesta
cámara en mano que provoca un constante mareo visual, en su
corrompida fi-nalidad de llegar al universo realista de sólidos
preceptores del gé-nero como Mike Leigh o Ken Loach. "Princesas",
que ha sido una de las grandes decepciones del último cine
español, termina per-diéndose en la apatía sin rumbo, por un mar
de desventuradas solu-ciones y planteamientos de infortunado
simplismo.
Calificación:
    
Imágenes
de "Princesas" - Copyright © 2005 Reposado
Producciones y Mediapro. Distribuida en España por Sogepaq y
Warner Sogefilms. Todos los derechos
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