CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Resulta una tontería rasgarse
ahora las vestiduras por “Tideland”, cuando
Terry Gilliam
nunca se ha caracterizado precisamente por la accesibilidad. El
ex componente de los Monty Python continúa respetando la premisa
de una carrera amorfa, freak y egocéntrica, debido a la actitud
de que todo gira en torno a su peculiar imaginario y aunque
conlleve una inevitable exclusión del visitante. Del mismo modo
que otro vilipendiado y entronizado a partes iguales, David
Lynch, el director de “Brazil” (1985) opera a espaldas del
público, la crítica, la industria y la estética tal y como se
entiende en los manuales académicos, pero con una diferencia
importante. Si otros han conseguido elevar universos propios
sobre las expectativas narrativas e incluso genéricas, a William
sigue escapándosele la coherencia de su planteamiento, emperrado
en enterrar reflexiones y significados explícitos en un cuento
que vendría a hablar de la ausencia de moraleja.
Jeliza-Rose (Jodelle Ferland) y la estructura misma de la
película han sido comparadas hasta la extenuación de la
obviedad con la Alicia de Lewis Carroll. El periplo de una
niña de aspecto delicado e ideas perturbadoras entre padres
drogadictos, casas desoladas, páramos desérticos y vecinos
dignos del 13 Rue del Percebe, narrado desde ese punto de
vista infantil en el que la fantasía se confunde con la
realidad hasta que el atisbo de la primera madurez impone el
sabor amargo de la segunda. El viaje iniciático y la comilona
de recuerdos a punto de esfumarse que suponía entrar en la
madriguera o traspasar el espejo se desintegran en la
traslación de Gilliam por el contacto con la visión fría y
negrísima, que no desencantada, del director. Un procedimiento
que no es en absoluto una vuelta de tuerca al relato de hadas
clásico, sino su reformulación malévola –lo que no pudo hacer
con
"El secreto de los hermanos Grimm" (2005), simple juguete de estudio
dotado del encanto ancestral que Gilliam ansiaba hacer volar
por los aires, o si no recuerden a Jonathan Pryce propinando
un puntapié a un tierno gatito blanco–.
La
madriguera como alegoría de la muerte –en forma de baúl sin
fondo–, el conejo blanco –o, en su defecto, una ardilla
traviesa–, personajes tocados por la lucidez de la locura y
frases literalmente tomadas del libro dan pistas muy explícitas
sobre el material que la cinta pretende homenajear como crónica
pesimista de una lectura ya de por sí triste y melancólica. Y
sin embargo, Jeliza-Rose no es Alicia, pues no se trata de una
niña deseosa por escapar a un mundo ilusorio, sino atrapada en
él hasta el punto de que su felicidad proceda de soluciones
reales y convencionales –ser esposa y madre–. “Tideland” es el
limbo abandonado por los protagonistas heroicos y los
compiladores de cuentos, un lugar al que su pequeña protagonista
llega demasiado tarde, cuando el tornado acaba de abandonar en
Oz la destrozada casa de Dorothy. O demasiado pronto, el momento
en el que reinan fuerzas oscuras incontroladas hasta que llegue
el escritor y les imponga un sentido, un enfrentamiento moral,
un ‘Érase’ y un ‘Fin’. Y es en esta fabulosa ideación donde todo
se derrumba: la película opta por lo fácil, por desentenderse de
la razón cinematográfica simplemente porque se han anulado la
humana y la lógica.
Sólo
comulgarán con el film los fans irredentos del neo-surrealismo
visual –no como concepto, pues son claras las críticas y mofas
que William dirige a la ética occidental– o aquellos
desprovistos por completo de tabúes sociales.
El visionado de “Tideland” puede ser maravillosamente trasgresor
o un rato insoportable. La abstracción de su argumento e
imágenes otorga libertad absoluta al trazar teorías y confirmar
filias o fobias por el realizador,
de tal manera que parezca que todos los argumentos guardan
sentido. En cualquier caso, y por el material que emplea, no es
extraño que las dos horas de metraje se vuelvan insulsas y
largas hacia su primera mitad –en cuanto los hallazgos empiezan
a repetirse o deformarse con cierta hilaridad, como las cabezas
de muñeca parlantes–, y el tono de la segunda, estomagante.
Aunque quien suscribe experimentó esa serie de sensaciones, no
se imputan tanto al contenido de las escenas como a la gratuidad
y los recursos facilones con que Gilliam las plantea –combinar
una niña, un retrasado mental y una mujer chiflada con apuntes
sexuales es más obsceno por la cobardía del esbozo utilizando
personajes ingenuos que por la transgresión en sí, pues sabe
frenarse a punto–.
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La provocación pura no va mal
encaminada en tiempos de adocenamiento global, y como siempre su
digestión será ardua y a medio plazo. Pero contemplada como
película independiente de su entorno, “Tideland” se pierde en el
fango de las autorreferencias y la obsesión por un marcaje
estrambótico y no por una diferenciación constructiva.
Gilliam
consigue atisbos poéticos: el símil fúnebre entre las
luciérnagas del coche volcado y las luces que bailan sobre la
madre muerta, la casa en medio de un campo de trigo, estampa
digna de Hopper; los encuadres inclinados que responden a la
perspectiva infantil y a la progresión paulatina de lo onírico,
además de un humor irreverente, a veces de muy mal gusto,
heredero de aquella época con el Flying Circus. El resto no son
ingredientes de cómoda identificación –aún más complicada con el
sobreactuado Jeff Bridges
y la un tanto repelente, aunque osada,
Jodelle Ferland–, si bien ésa es la conclusión acorde a un
cuento al revés, en el que no encajan las paranoias personales
de su director. Sin esas ínfulas impostadas de Sombrerero Loco,
el resultado habría permitido distinguir de la paja la sabiduría
de quien espera el fin del mundo, ese momento patético en el que
las ramas de los árboles simularán raíces y el esquema vital que
todos manejamos se dará la vuelta para caminar siempre boca
abajo, las ideas en la cabeza y no en el corazón.
Calificación:
    
Imágenes de "Tideland" - Copyright © 2005 Recorded Picture
Company y Capri Films. Distribuida en España por Amazing!
Pictures. Todos los derechos
reservados.
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