CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
La magia de la plastilina
Nunca me he planteado de dónde
proviene mi completa fascina-ción por las películas realizadas
mediante la animación stop mo-tion, es decir, películas
que se basan en la manipulación fotograma a fotograma de muñecos
modelados con plastilina, arcilla, caucho o cualquier otro
material maleable, pero es bastante probable que se deba a la
forma en que combina dos de mis grandes aficiones, el cine y las
artes plásticas... aunque quizás deberíamos añadir la fotografía
como tercera herramienta implicada en el proceso. No obstante,
más allá de su pericia para inyectar movimiento a una se-rie de
elementos estáticos, lo verdaderamente prodigioso es esa
capacidad para despertar auténtica vida y contagiar emociones a
partir de una materia inerte. Si el cine es magia, no hay duda
algu-na de que la animación stop motion atesora su
quintaesencia, y la Aardman Animations se ha convertido,
indiscutiblemente, en su más merecida dignataria.
El pionero Willes H. O’Brien (“El mundo perdido”, “King Kong”) y
su aventajado discípulo Ray Harryhausen (“Furia de titanes”,
“Jason y los argo-nautas”) sentaron precedente al inte-grar los
efectos de la stop motion en largometrajes de acción
real. En reali-dad, se trata de una técnica artesanal que ha
acompañado al cine desde sus orígenes, pero que fue quedando
obsoleta, arrinconada prácticamente al capricho de autor, a
medida que los avances infográficos invadían el mer-cado. Sin
embargo, varias décadas después la compañía británica lidera-da
por Nick Park y
Peter Lord revolucionaría el
panorama al con-ducir la animación orgánica a otra nueva
dimensión: la stop motion ya no era un fin en sí mismo ni
una incursión experimental, sino una opción más en el arte de
contar historias que alcanzaría una enorme repercusión entre el
gran público, logrando competir con los sofisticados productos
del CGI. Sus trabajos confeccionados ín-tegramente mediante este
proceso, tanto en el campo de la publici-dad, como en el
videoclip o el cine, entre los que merece la pena destacar su
premiado "Creature comforts", obtuvieron una trascen-dencia
insospechada que les valió no pocos reconocimientos,
esta-bleciendo a la Aardman como el referente moderno de esta
tradi-ción. Pero fueron las tres piezas protagonizadas por
Wallace y Gromit —"La gran excursión", "Los pantalones
equivocados" y "Un esquilado apurado"— las que calaron más hondo
entre sus segui-dores. Las entrañables peripecias de este
soltero lunático, tímido y algo torpe, adicto al queso y amigo
de los estrafalarios inventos, y de su fiel perro Gromit, que
siempre le sacaba de todos los apuros en que se metía,
confirmaron el magistral talento de Nick Park y de su equipo de
colaboradores, a los que les llovieron incluso un par de Oscar®.
A pesar de ello, el salto al largometraje de esta pecu-liar
pareja se hizo esperar, ya que primero impulsaron aquel
estu-pendo proyecto titulado "Chicken run: Evasión en la
granja", con el que introducían nuevos personajes y
circunstancias. Sólo ahora, tras nada menos que cinco años de
esfuerzos, la nueva entrega de las aventuras de Wallace y
Gromit ve por fin la luz, bajo el auspicio de la poderosa
DreamWorks que, sin embargo, no
ha hecho mella en la libertad creativa que caracterizaba a sus
precedentes.
Afortunadamente, la puesta de largo de Wallace y Gromit no
su-pone un mero reciclaje de las ide-as y argumentos que
presentaban sus tres cortometrajes anteriores, sino que Park y
sus guionistas han elaborado una historia completa-mente original
que mantiene fres-cas las constantes que habían he-cho de aquella serie de
episodios independientes una absoluta deli-cia. Si
“Chicken run:
Evasión en la granja” era un divertido homenaje al film de John
Sturges “La gran eva-sión”, “Wallace & Gromit: La maldi-ción de
las verduras” brinda una particular parodia del mito del
hombre-lobo, encontrándonos también con guiños a otros clásicos
del género como “La mosca”, "Frankenstein", "El hombre y el
monstruo" o “King Kong” en algunas espectaculares escenas, junto
con ciertas referencias a las míticas producciones de la Hammer,
que lejos de formar un refrito de clichés ajenos, son integrados
con los motivos de su propio universo dando como resultado un
relato interesante, consistente y lleno de personalidad. Así
pues, las ha-bituales aventuras en clave cómica coquetean en
esta ocasión con el fantástico y el terror, pero conservando el
tono familiar que las hace disfrutables tanto para los niños
como para los adultos. Wa-llace y Gromit aparecen ahora
convertidos en los responsables de Anti-Pesto, una empresa que
con sus sofisticados artilugios se de-dica a controlar la plaga
de conejos que amenaza con destrozar las mimadas hortalizas de
los huertos vecinos a las puertas del Con-curso Anual de
Verduras Gigantes. Sus métodos son respetuosos con los roedores,
a los que capturan con el propósito de reeducar-los mentalmente
para que dejen de saquear las plantaciones, pero un error
fortuito provocará que un peligro todavía más devastador se
adueñe de la plácida comunidad y siembre el pánico entre los
habi-tantes, capitaneados por la sensible ricachona Lady
Tottington...
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Un film
soberbio por su calidad técnica y humana. Una generosa
invitación a pasarlo en grande |
El éxito de los trabajos de
la Aardman radica en que sus res-ponsables nunca se han
confor-mado con lograr sólo una exce-lente técnica. Desde luego,
el proceso de animación es perfec-to y revela una obsesión por el
detalle que se traslada de la creación de los personajes a los
minuciosos decorados y la plásti-ca y colorista fotografía. Basta
con contemplar las complejas se-cuencias que exigen coordinar
grandes acciones físicas con sutiles gestos en los rostros y
cambios de luz, y la
armonía con que se ejecutan eventos en distintos planos sin que
los personajes pierdan un ápice de su expresividad. Pero la
plastilina puesta en movimien-to es únicamente el vehículo para
explicar sólidos y entretenidos relatos a través de una competente
narrativa llena de recursos y de un ritmo trepidante,
consiguiendo que desde el principio
olvidemos la naturaleza del medio y nos impliquemos fácilmente
con las emo-ciones de la historia, como si se tratara de
cualquier otro largome-traje de acción real con actores de carne
y hueso, si no más toda-vía. Todo ello es también aplicable a
"Wallace & Gromit: La maldi-ción de las verduras".
El argumento
tiene una estructura bas-tante sencilla y puede parecer
escasamente novedoso, pero cuenta con un cuidado guión plagado
de imaginativas solu-ciones, situaciones ingeniosas y agudos
diálogos que apenas dejan tregua a la sonrisa del espectador.
Mientras que la ma-yoría de cintas de este tipo ofrecen una
simple sucesión de gags aislados y chistes fáciles que intentan
forzar la risa sin conseguirlo, el humor funciona aquí con
naturalidad dentro de la trama y posee distintos niveles de
lectura que van desde lo más visual hasta lo textual, combinando
perfectamente la sátira, la ironía, los juegos de palabras, los enredos
situacionales, el slapstick o el choque de personalidades
opuestas. De este
modo, si los más pequeños se verán absorbidos por su vigor
estético, los mayores podrán apreciar además la comedia
inteligente sobre la que descansa. Más impor-tante aún es la
ausencia de esa desgastada moralina con que sue-len castigarnos
las películas de otros estudios, y es que, aunque "Wallace &
Gromit: La maldición de las verduras" dispone de un vá-lido
mensaje de fondo, no pretende adoctrinar a su público como si
fuera a lavarle el cerebro.
Aun así, son sus carismáticos
per-sonajes los que terminan llevándose el gato al agua. El
mayor acierto de Nick Park fue encontrar un comple-mento idóneo
entre las idiosincrasias de su simpático dúo protagonista. Co-mo si se
hubieran intercambiado los papeles, el canino Gromit es el que
se encarga de llevar a buen puerto las disparatadas y temerarias
ocurrencias de su dueño humano, y las reaccio-nes y desvelos del
perro por resolver la situación son una de las principales
fuentes del humor. No deja de sor-prender que un animal que no
habla —por no tener, no tiene ni boca— posea una capacidad
comunica-tiva tan incontestable que, no sólo deja en bragas a
muchos acto-res con elevados cachés, sino que lo convierte en la
auténtica es-trella de la función. Quizás la única pega del film
sea achaca-ble a algunos personajes secundarios, configurados
como planos arquetipos que no poseen el mismo peso que tuvieron
en su momento la oveja Shaun o Pingu. Sin embargo, esto queda
compensado por el aliciente de unos protagonistas que rebosan
encanto y efectividad.
Tengo por
costumbre rechazar la opción doblada en el cine por-que en la
mayoría de ocasiones altera demasiado la forma en que la
película fue concebida, pero en este caso concreto agregaría que
es indispensable ver
"Wallace & Gromit: La maldición de las verdu-ras"
en versión original con subtítulos. El doblaje en español no
só-lo sepulta el meritorio esfuerzo por sincronizar los
movimientos de las bocas con los diálogos, sino que la historia
entera pierde gran parte de su inconfundible sabor británico y la esmerada
creación de los personajes se ve contaminada, cuando no
estropeada, por re-gistros vocales que los autores no decidieron
adjudicarles, al igual que ya sucediera con
“Chicken
run:
Evasión en la granja”.
Como no podía ser de otra forma, Wallace vuelve a contar una vez
más con la inconfundible voz del actor británico
Peter Sallis, mientras que
los más célebres Helena Bonham Carter
y Ralph Fiennes se ponen,
respectivamente, en la piel de Lady
Campanula Tottington y su arrogante
y ridículo pretendiente Victor Quartermaine.
En una época en que los efectos di-gitales y la animación por
ordenador monopolizan el mercado, está claro que cualquier
profesional que se dedi-que todavía a la tradicional stop mo-tion
lo hace por puro amor al arte. Y son ese cariño y esa pasión los
que hacen de esta brillante película, mo-délica por su elegancia
y por su habi-lidad para conmover, una generosa in-vitación a
pasarlo en grande con los pequeños placeres que nos regala la
vida, aunque éstos se reduzcan a unos quilos de plastilina. El
excéntri-co, inocente y optimista universo de Wallace y Gromit,
donde tiene cabida la amistad, el amor, la aven-tura, la intriga,
e incluso el retrato sociológico, es uno de los mejo-res ejemplos
de ese cine que supera sus limitaciones para abrazar una
categoría superior, la de Magia. Los maestros de la Aard-man
Animations vuelven a regalarnos una película práctica-mente
intachable, soberbia por su calidad técnica, pero so-bre todo
superlativa por su calidad humana. Tan cautivado-ra, entrañable y
deliciosa que sacude a ese niño que todos llevamos dentro para
tratarlo con un respeto que a menudo no nos depara el cine
adulto. No defraudará a sus fans, y
no me cabe duda de que seducirá a nuevos adeptos hacia esa causa
lla-mada Plasticine. Wallace y Gromit deberían pasar a la
Historia en-tre las grandes aportaciones de la Humanidad, porque,
simple y lla-namente, no se me ocurre ninguna medicina mejor para
el espíritu.
Calificación:
    
Imágenes de "Wallace & Gromit: La maldición de las verduras" - Copyright ©
2005 DreamWorks Animation y Aardman Features. Distribuida en
España por UIP. Todos los derechos
reservados.
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