CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
Vade retro... señor fiscal
Después del logro que significó “El exorcista” en la década de
los 70 al poner en contacto el imaginario reli-gioso con el cine
de terror, han sido muchas las cintas del género —co-menzando por
sus propias secue-las— interesadas en emular aquella exitosa
fórmula de posesiones infer-nales, quedándose la mayoría sólo a
medias; en efecto, eran bastante in-fernales... pero sólo
cualitativamente hablando. Poco se podía esperar, pues, a estas
alturas de cualquier nueva iniciativa que adoptara la mis-ma
línea, pero, afortunadamente, aquello que pone a "El exorcismo
de Emily Rose" por encima de otras simples fotocopias es que su
autor, el joven Scott Derrick-son,
ha decidido incrustar este ingrediente fantástico dentro de la
estructura clásica de un drama legal, y aunque los
conceptos que maneja sean escasamente novedosos, sí lo es su
combinación a través de un abordaje aparentemente realista.
Luego, cabe advertir que es más que probable que la película
decepcione a aquellos que, animados por su engañosa campaña
publicitaria, esperen ver un pasatiempo de horror al uso, pero
dispondrá de mayor atractivo para audiencias saturadas de
refritos que busquen algo diferente a lo habitual. Sin embargo, este precario equilibrio entre terror y
pro-ceso judicial —o, lo que es lo mismo en este caso, el eterno en-frentamiento entre fe y razón— se convierte al mismo
tiempo en el principal obstáculo de este, por otro lado,
competente film, pues fi-nalmente se revela incapaz de conjugar
ambas perspectivas hasta sus últimas consecuencias, desembocando en una conclusión po-co
convincente, y todavía menos consecuente con su pretensión
inicial.
Tradicionalmente, muchos
trastornos mentales han sido interpre-tados como posesiones
diábolicas en entornos de fuerte raigambre religiosa, y a pesar
de que los progresos culturales y científicos han reducido estos
casos a la anécdota folclórica, las noticias aún nos
sorprenden de vez en cuando con insólitos ejercicios de
exor-cismo llevados a cabo por miembros de la Iglesia. Pero, ¿qué
ocu-rriría si tales prácticas tuvieran un desenlace fatal para el
presunto poseído y el sacerdote responsable debiera enfrentarse
a las leyes humanas y no divinas? Esto es, ni más ni menos, lo que
nos plan-tea "El exorcismo de Emily Rose", una historia supuestamente
ins-pirada en unos sucesos reales ocurridos en Alemania a finales
de los 70 que la ficción se ha encargado de trasladar al
contexto nor-teamericano. El argumento se centra en el
contencioso emprendi-do contra el veterano cura de una comunidad rural,
el Padre Ri-chard Moore (Tom Wilkinson), acusado de homicidio negligente después de haber dirigido un
exorcismo con resultados funestos para una estudiante
universitaria (Jennifer
Carpenter)
aquejada de graves episodios psicóticos.
El mayor mérito de "El
exorcis-mo de Emily Rose" reside en su efectividad para
atrapar el
interés del espectador hasta el final ha-ciendo uso de una
notable econo-mía de recursos, y ello a pesar de que ya en los minutos
iniciales nos descubre el trágico final de la expe-riencia que se
somete a veredicto y de adscribirse al esquema tradicional en
cualquier película de juicios, con un desarrollo más que familiar no exento de los
habituales lugares co-munes. Esto lo
consigue básicamen-te gracias a una habilidosa narración que nos
traslada del presente al pasado a través de continuos flashbacks,
alimentando el relato con intensas revelaciones y giros, y
apostando por una subtrama paralela que sigue la evolución de
Erin Bruner (Laura
Linney), la ambiciosa abogada de la defensa contratada por el arzobispado, una mujer
agnóstica que a través de los contactos con su cliente y de
algunos misteriosos eventos verá cómo su escepticismo se
resquebraja, dicho sea de paso, bastan-te discutiblemente.
No se puede negar que la cinta hace un esfuerzo consciente por
mantener una posición deliberadamente ambivalente y neutral
du-rante la mayor parte del tiempo, tanto al ofrecer una
presentación de los hechos donde encajen
ambas posibilidades —los brotes de la enfermedad y la
intervención
diabólica—, como
contrastando la visión sobrenatural de algunos testigos con
aportaciones científicas que explicarían dichos fenómenos. A lograr
este efecto contribuye, por un lado, una acertada puesta en escena, fría y
oscura en su tono, que distingue los puntos de vista objetivo y subjetivo
mediante un estilo visual diferenciado que se apoya en el
es-tupenda labor fotográfica de Tom
Stern —con una cinemato-grafía
más opaca en las escenas que transcurren en el interior de la
sala, planteadas de forma estática y sobria en contraste con las
recreaciones de los testimonios, más dinámicas, llenas de
efectis-mos, y con una estética más pulida y vistosa—, pero sobre todo
por la
práctica ausencia de toda la pirotecnia de efectos especiales que, desde la
fundacional obra de William Friedkin, se ha venido asociando a
las invasiones corpóreas del demonio:
los ataques que sufre Emily y la ceremonia del exorcismo
resultan genuinamente impactantes, pero siempre guardan un
compromiso realista donde quepa cualquier interpretación, del
mismo modo que los recursos digitales que subrayan algunas de sus alucinaciones son
premedi-tadamente precarios y artificiales.
Sin embargo, no es menos cierto que esta imparcialidad es
únicamente aparente, no sólo porque el trata-miento que reciben
los personajes no escapa del todo del maniqueís-mo, concediendo
al sacerdote incul-pado y a su atribulada letrada el papel de “héroes”
protagonistas, mientras que el fiscal al que encarna Camp-bell Scott,
un hombre creyente pero de distinta confesión,
es retratado, si no como un ridículo "villano", sí como un
ridículo opositor, sino porque al final la perspectiva
fantástico-sobrena-tural termina ganando terreno a lo
ra-cional. Sin ánimo de desvelar algunas de las cartas que se
guarda el guión bajo la manga para su última parte, ni
mucho menos cuál es el dictamen del jurado, bastará decir que el
largometraje ha con-tado con la aprobación de la Iglesia, así que
ya pueden hacerse una idea aproximada de cuál es su probable
inclinación.
Como es obvio, "El exorcismo de Emily Rose" no juzga
directa-mente si Dios —y, por tanto, el Diablo— existen, sino si
el acusa-do obró de manera correcta de acuerdo con sus
convicciones, pero para ello no tiene más remedio que confrontar
las dos únicas op-ciones posibles: que Emily Rose fuera una
poseída real o que su trastorno psiquiátrico, sumado a una
férrea educación religiosa, la condujeran a tal delirio. Y aquí es donde la
película comete su mayor error, al arriesgarse a trasladar al
espectador la deci-sión de cuál es la verdad, al mismo tiempo que
se ve obliga-da a tomar partido. No cabe duda de que el film será
recibido se-gún las creencias personales de cada uno, lo cual no
significa ni mucho menos que invite a la reflexión, más bien a
la controversia, pero la
conclusión será poco satisfactoria para todo el mundo. Ade-más, se le puede reprochar que desperdicie la
oportunidad de bara-jar algunos argumentos más astutos y hasta
cierto punto concilia-bles desde las dos posturas —¿por qué la
defensa se empeña en apostar por el choque fatídico entre la
acción de los fármacos y del exorcismo cuando se podría haber
decantado por el poder de la su-gestión y el efecto placebo de
estas prácticas?—, y que no
haya sabido sacar mejor provecho a algunos personajes —se echa
en falta un mayor desarrollo del Padre Moore,
reducido a un hombre firme en sus ideas que, lejos de
estar preocupado por lo que le de-para el resultado del juicio,
lo único que quiere es contar su verdad, y de ese fiscal que,
siendo un hombre de fe, defiende a ultranza la razón, y que podría haber
dado pie a un abanico de matices bas-tante más sugerentes—. A su favor, la cinta
reúne un plantel de sólidos y experimentados actores, como Laura
Linney, Tom Wilkin-son, Campbell Scott o un anecdótico
Colm Feore,
que aportan la credibilidad y presencia escénica requeridas,
siendo la menos ro-dada Jennifer Camperter la que, con su
convincente y esforzada actuación, constituye la principal
sorpresa de la cinta, logrando que nos asustemos —o
compadezcamos— más por su humanidad tor-turada que por su
espíritu maligno... caso de que lo hubiera.
Scott Derrickson ha tenido una cor-ta
pero desconcertante carrera tras las cámaras, primero dirigiendo
la se-cuela “Hellraiser: Inferno” y luego par-ticipando en los
libretos de dos pro-puestas tan dispares como son la producción
comercial de
terror juvenil “Leyenda
urbana 2” y “Tierra de abun-dancia”, un drama con lectura social
bajo el sello de Wim Wenders. Su pri-mer proyecto completamente
perso-nal, en tanto que cubre ambas
face-tas, es, cuando menos, una iniciativa interesante y audaz
por su fusión de dos géneros distantes —o quizás no haya tal
distancia entre un demonio y un abogado—, que pretende nadar
entre esas dos aguas... o más bien nadar y guardar la ropa, aunque
termine con las "vergüenzas" al aire. Bien hilvanada en lo
estrictamente cinematográfico, cumple como solvente dra-ma
judicial bañado por efectivas dosis de terror. Pero en lo
meramente discursivo se destapa como un intento de objeti-vidad y
especulación bastante tramposo y fallido. A fin de cuentas, lo que de verdad asusta de
esta historia es que cosas co-mo éstas sucedan todavía.
Calificación:
    
Imágenes de "El exorcismo de Emily Rose" - Copyright © 2005
Screen Gems, Lakeshore Entertainment y Firm Films. Distribuida
en España por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos
reservados.
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