CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
La sombra
de Kieslowski
Danis Tanovic
rescata uno de los guiones que
Krzysztof Kieslowski
tenía escritos cuando la muerte le visitó en 1996. Se trataba de
una nueva trilogía, después de la aclamada “Tres colores”, ahora
en torno al Cielo –ya filmada por Tom Tykwer ("Heaven")–, el Purgatorio y
el Infierno. Con esta inmejorable tarjeta de presentación, el
director de la oscarizada "En tierra de nadie"
y el magnífico plantel de actores quedan un tanto eclipsados por
el autor de "No
matarás". Quien
conozca su obra, buscará entre los fotogramas de Tanovic ecos de
“La doble vida de Verónica” o de “Azul”, deseoso de volver a
dejarse impresionar por el misterio de la vida vislumbrado, a
ser interpelado con honestidad y sin adoctrinamiento sobre
cuestiones existenciales, a sentir emociones que nacen y mueren
en el interior de cada uno. Valentía y admiración del bosnio,
sabedor de la inevitable comparación con el polaco, que recurre
al hombre de confianza de Kiesloswki,
Krzysztof Piesiewicz,
para terminar de perfilar el guión en su intento por captar el
espíritu original y adaptarlo a su propio modo de hacer cine.
En “Rojo”, guinda de “Tres
colores”, quedaba claro que Kieslowski entendía la vida como un
hermoso y paradójico misterio donde la libertad encuentra su
sentido en el amor, a la vez que éste permite mantener la
esperanza con que superar el escepticismo y la indiferencia. Por
eso, resulta coherente y eficaz la idea de construir “El
infierno” sobre el tormento afectivo vivido por tres hermanas,
que siendo niñas vieron cómo se rompía su familia y cómo su
padre se suicidaba al salir de la cárcel y ser rechazado por su
mujer. Desde entonces, la soledad y la resignación han
perseguido durante toda su vida a Céline, la hija mayor que
cuida de su madre en una residencia. Por su parte, la
infidelidad y los celos han arruinado la existencia de Sophie,
vuelta orgullosamente sobre sí misma y sus hijos. Y la inocencia
corrompida y el desencanto son los sentimientos y heridas de
Anne, una adolescente que creyó en el idilio con su profesor
casado. Junto a ellas, una madre que no puede hablar y que
tampoco quiere perdonar, pero cuyos ojos no pueden ocultar el
veneno cumulado de una vida malgastada en el rencor. Drama
familiar con la indiferencia y la falta de comunicación por
estandartes, reducto de una infelicidad y hondo dolor para tres
mujeres, víctimas del miedo y de la falta de amor.
Desde el prólogo con el
nacimiento a la vida de un pájaro hasta el desenlace con un
auténtico “entierro del corazón”, toda la
historia responde a planteamientos del propio Kieslowski. Pero
parece como si su alma quedara sepultada bajo la máscara de
formas e ideas, como si su aliento se hubiera congelado y
perdido la pujanza interior.
Hay abundantes metáforas, muchas de ellas idénticas a las de
films del director de “Azul”: la abeja que intenta salir del
vaso con licor, la planta reducida a su tallo tras arrancársele
sus hojas en la desesperación, el teléfono como símbolo de
incomunicación... Y también situaciones ya vistas en “Decálogo”
o “Rojo”, como la clase universitaria en que se aprovecha para
exponer un dilema moral, una anciana que arroja con dificultad
una botella a un contenedor, la ruptura de una relación afectiva
destruyendo fotos y objetos del pasado, decisiones u omisiones
por miedo que acaban determinando la vida de terceros, o las
miradas de un cruce de caminos desde la ventana superior de la
propia casa. Pero nada de eso conserva el espíritu poético y
sensible de Kieslowski, su sutil sugerencia y ambigüedad se
transforman en exposiciones cerradas, el respeto al misterio de
la vida deja paso a la explicación, y sus personajes se
convierten en seres que reaccionan y sienten –sufren en este
caso– por lo que les sucede en su mundo de relación pero sin
mostrar lo que bulle por dentro ni guardarse nada para sí. No
son errores de guión, ni de la puesta en escena o las
interpretaciones, sino simplemente un cine distinto, más
narrativo, más “exterior”, y también que no ha surgido de las
propias inquietudes y experiencias de un director sino de ideas
recogidas o reflexionadas..., y entre medias se ha perdido parte
del aliento que vivificaba las realidades mostradas.
El director bosnio
mantiene el sentido metafórico y el valor concedido a las
miradas y sonidos para expresar sentimientos, pero recurre a una
estructura despiezada, que alterna trozos de vida de cada una de
las tres hermanas, y del momento actual con un pasado doloroso
que resulta clave para entender a las protagonistas.
La historia está bien contada, con ritmo y claridad, con
primeros planos llenos de fuerza, transiciones con una cuidada
estética, y travellings circulares o planos cenitales con
fuerte sentido expresivo y conceptual.
También logra momentos emotivos
y de tensión, aunque esa intensidad dramática provenga más bien
de los acontecimientos que del interior de unos personajes a
merced de ellos. Las interpretaciones de
Emmanuelle Béart,
Karin Viard
o Marie Gillain
son de indudable calidad, y sus rostros expresan el arrebato de
la humillación, el afecto congelado por el trauma, o la pasión
ingenua de sus respectivos personajes. Pero estos laberintos de
fuego y sangre no son nada en comparación con el particular e
insondable infierno de la madre –una
Carole Bouquet
no tan expresiva como sus hijas, y ni de lejos como la madre de
Julie, en “Azul”– que vive su mudez con la obcecación y
terquedad de “no arrepentirse de nada”.
El homenaje a Kieslowski se
completa con un tratamiento fotográfico diferenciado según la
historia de cada mujer, con tonos azules fríos para Céline,
rojos cálidos para Sophie, y blancos y verdes para la joven
Anne. Tonalidades diversas para expresar distintos estado del
alma, y elementos discursivos expuestos oportunamente en una
clase del profesor-amante acerca de Dios, el destino y el azar,
o de una universitaria que se examina sobre Medea, arquetipo
literario de mujer celosa que sacrifica a sus hijos para
vengarse de su infiel marido. Pero aquí no hay tragedia griega
sino drama, según su director –y uno de los personajes–
porque la sociedad actual ha huido de Dios, se ha abandonado a
la casualidad y el consumo, y por eso ya no cabe el destino ni
la libertad.
Material prestado para
una película más que digna, pero sólo un reflejo de quien
planteó interesantísimos dilemas morales en “Decálogo”, recogió
con la cámara intuiciones y presentimientos de una chica que
respondía al nombre de Verónica, o buscó la libertad y la
igualdad hasta encontrar algo en otra realidad llamada “amor”.
Por su parte, Tanovic se queda en un intenso drama de unas vidas
sin amor ni esperanza, algo que nunca le perdonará aquel a quien
dedica su película. Gustará a quien prefiera el
cine de personajes y problemáticas intimistas, y sabrá a poco a
quien vaya buscando un nuevo Kieslowski pues sólo encontrará su
sombra.
Calificación:
    
Imágenes
de "El infierno" - Copyright © 2005 Sintra Films,
Man's Films Productions y Bitters End. Distribuida en España por
Vértigo Films. Todos los derechos
reservados.
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