CRÍTICA
por
Julio Rodríguez Chico
Otra vuelta de
tuerca
Más de veinte
años ha tardado Bergman en ofrecernos otra muestra de
auténtico cine, después de haber firmado una especie de
testamento con "Fanny y Alexander". Rodada en vídeo digital
para la televisión, ahora nos ha llegado esta magnífica
pelícu-la, realizada desde lo más profundo de su ser —como todas
las suyas, especialmente las últimas en que se ha
responsabilizado únicamente del guión—, mostrando todas sus
obse-siones y temores, poniendo en imáge-nes sin pudor alguno su
propia vida y miserias. Una vez más, deja aquí ver el estado de
su alma tras una vida de búsqueda infructuosa de lo divino, de
tormento e insatisfacción en sus relaciones de pareja, o de
amargura y sentimiento de culpa en un mundo que para él pare-ce
haber sido un infierno y donde siempre amenaza la sombra del
suicidio.
La película se
estructura en diez episodios, con diálogos entre dos de los
personajes, completados con un prólogo y un epílogo. Nos cuenta
el reencuentro de Marianne y Johan, treinta años des-pués de
separarse, con Liv Ullmann y
Erland Josephson para
volver a dar vida a la pareja de "Secretos de un matrimonio".
Sin embargo, la historia se centra más bien en las complejas
relacio-nes de Henrik y Karin, hijo y nieta de Johan
respectivamente. Este cuarteto le basta a Bergman para
ilustrar la dificultad para comunicarse y el sentido de posesión
en las relaciones hu-manas, el rencor y odio enfermizo entre un
padre y su hijo —en una escena durísima que no tiene
desperdicio—, o el miedo a una muerte que arrastra consigo la
culpa o la imposibilidad de afecto sincero. Todas las miserias,
mentiras y humillaciones tienen cabi-da en unas relaciones
tormentosas —incesto incluido—, en las que la dureza no deja
resquicio al perdón o a la afabilidad: remordimien-tos luteranos
o vaciedad de una vida llena de hastío, y siempre la frialdad de
unos corazones que dan sus últimos latidos.
Las
interpretaciones son magníficas, y Bergman vuelve a
demostrar su im-pecable capacidad en la dirección de actores, su
facilidad para escrutar el alma a través de unos rostros que han
abandonado las máscaras para recri-minarse sin tapujos: el
espectador puede contemplar a través de los ojos de Ullmann
los restos de piedad —Marianne parece el único personaje capaz
de perdón y de una mirada amable— o descubrir en Josephson
todo el desprecio que Johan se tiene a sí mismo y a la vida.
Primeros pla-nos y una perfecta planificación para una cámara que
escarba en el interior de unos personajes que mi-ran con tristeza
y pesimismo. Todo sería admirable si no supiése-mos que detrás de
esa cámara y de esas imágenes quizá se en-cuentre la verdad de un
cineasta genial, pero cuya sensibilidad siempre ha percibido la
vida con el filtro de la desesperanza y de lo descarnado, de la
pasión y de la conciencia culpable e insatisfe-cha.
Cine retorcido
con varias capas y lecturas, en el que resulta difícil
distinguir la verdad de lo que cuenta de aquello que pretende
hacer creer: historias llevadas al extremo para hablar de la
negrura de la vida, o quizá de la imposibilidad para penetrar en
los misterios del alma y así ocultar —la omnipresente máscara
bergmaniana— sus íntimos anhelos, en un sofisticado arte de la
re-presentación de la vida en el escenario. En definitiva, mucha
densi-dad interna para oscurecer la realidad y apenas dejar luz
al espec-tador, aquella que llega por fugaces e instantáneas
epifanías, como cuando Marianne entra en la iglesia o visita a
su hija enajenada. A la vez, una incierta esperanza en una
juventud deseosa de romper un universo caduco, de tomar sus
decisiones y construir su propia vida: es Karin como
representante de una nueva generación que tendrá que
distanciarse de la anterior, y también como proyección del
propio director en su angustiosa búsqueda de paz y felicidad, de
la sed de Dios y de quien lucha por abandonar una soledad que se
ha convertido en muerte sostenida.
Diálogos
soberbios, depuración formal, sabiduría narrativa y máxi-ma
expresividad para una puesta en escena teatral en que todo es
pura representación, donde Marian-ne se dirige al espectador
como si se tratara de la crónica televisiva del oca-so de una
vida, la de un Johan senil —alter ego de Bergman— que da
una nueva vuelta de tuerca a sus obsesio-nes y heridas más
profundas. Parece que el director de "El séptimo sello" nos
ha dado una nueva obra maestra en lo cinematográfico, pero que
signi-fica también un paso más hondo en el abismo de amargura y
tristeza con que contempla la vida: una lásti-ma para una
sensibilidad e inteligencia preclaras que en otra época buscó
sinceramente la verdad y que se debatió en la duda con
ho-nestidad, y que ahora parece haber claudicado y sepultado
definiti-vamente.
Calificación:
    
Imágenes de "Saraband" - Copyright © 2003 Swedish Television y
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Distribuida en España por Nirvana. Todos los derechos
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